miércoles, 25 de febrero de 2015

Reminiscencias

No sé qué hacían mis compañeras de colegio a los doce años, yo a esa edad azotaba la puerta de mi cuarto cada domingo en que se me ordenaba estar lista para visitar la tumba de mi papá en el cementerio: no le veía sentido a repetir avemarías ante una lápida cuando lo que estaba ahí no era más que un puñado de huesos. En cambio, si alguien llegaba a la casa cualquier día de semana me podía ver feliz tirada en el piso leyendo las novelas de amor que mi mamá coleccionaba y yo despachaba con insaciable morbo, porque me enseñaban en doscientas páginas más de la vida y del sexo de lo que mis progenitores o cualquier persona podría llegar a enseñarme en toda su existencia.

Me acostumbré a ser la mejor alumna y se me daba sin mucho esfuerzo en el pequeño colegio mixto del barrio, hasta que a mi señora madre se le ocurrió la genialidad de pasarme a uno “de niñas," pero además de clase media-alta (con contadas excepciones, incluyéndome). Me volví problemática porque no entendía cómo las monjas, “siervas de dios", eran tan serviles con las señoras emperifolladas de la alta sociedad, que por no tener nada que hacer podían aparecer en el salón un miércoles cualquiera a las nueve de la mañana. Detestaba que trataran mejor a sus hijas que a las de madres o padres trabajadores como la mía: me la supieron cobrar las brujas ésas, decidieron no volverme a dar matrícula de honor, lo cual implicaba tener que pagar una suma demasiado costosa para la exigua economía familiar. El veredicto era siempre el mismo: “es inteligente pero rebelde".

Nunca fui del grupo de las nerds sino más bien lógica -por lo que si prestaba atención entendía-, pero muy poco aplicada, además de amargada y asocial, por eso hasta que llegué a la edad adulta no creí que era inteligente; suena cliché, pero lo único en que pensaba durante mi infancia y adolescencia es que era diferente y lo rechazaba, deseaba ser como las demás porque veía que todo se les hacía más fácil mientras para mí cada pequeña cosa resultaba de una dificultad infinita.

Recuerdo que en alguna clase se nos enseñaba que la inteligencia era la capacidad para resolver problemas. Bueno, en mi caso esa premisa nunca aplicó: he sido absolutamente incapaz de enfrentar cuestiones como pedir trabajo o tramitar un préstamo en un banco; no me considero apta para vender o defender ningún objeto ni idea y mucho menos a mí misma, por eso cuando me contratan tengo que morderme la lengua para no decir lo impuntual, perezosa y poco "proactiva" que soy.

Con el tiempo supe que, como a la mayoría, no me trajeron al mundo ni me criaron para ser feliz, siempre dejaron claro que se trata de hacer lo que conviene, no lo que a uno se le antoja; tampoco se vive para gozar de la vida o cumplir los sueños sino para obedecer un mandato que viene de arriba o de atrás.

Pero ahora que entendí que tengo todo un mundo de conocimientos alrededor como un bufet con platos de todo el mundo que quiero devorar para sentirme cada día un poco más satisfecha; ahora que algunas de mis rebeldías adquirieron sentido o al menos las puedo expresar de manera un poco más articulada y teniendo en cuenta que muchas presumen de su buen cuerpo o su esposo de lujo, permítanme el derecho a presumir de mi inteligencia. El tipo o la cantidad depende de la teoría que cada uno escoja para evaluarme. 

Yo ya escogí la mía.


Y si no...

¿Y si no debemos persistir?
¿Y si seguir es un error que nos costará la vida?
¿Y si no soy y tú no eres?
¿Por qué lo dudo? ¿Por qué insisto? ¿Por qué temo?
¿Por qué no puedo ver lo que los demás?
¿Por qué?

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...