En casi todas las ciudades del país y me atrevo a decir que del mundo, los platos tradicionales han ido desapareciendo de los restaurantes -excepto aquellos que ya constituyen una ”marca”, como la bandeja paisa- y aunque haya cada vez más abundancia de ofertas pareciera que todas terminan sabiendo igual (en el caso de la comida rápida a la excesiva cantidad de salsa tártara, barbecue o cualquiera a la que llamen pretenciosamente ‘de la casa' que le adicionan para tapar la falta de sazón). En todos los sitios se encuentra lo mismo y no parece haber nada que diferencie a una de las demás.
Si alguien atrevido intenta apartarse de la corriente la va a tener un poco difícil: hay un restaurante de mariscos de los pocos buenos que existen en la ciudad y en el que incluyeron hace poco hamburguesas en el menú; cuando pregunté por qué lo habían hecho, me dijeron que la gente las había pedido. Tuvieron que adaptar su carta, que era muy específica, a los gustos de los comensales; ya saben, el cliente siempre tiene la razón.
Se siente casi lo mismo con la música, cuando suena por ejemplo alguna canción de una artista como Shakira, quien de adolescente se cuestionaba la vida, a la sociedad y a sus costumbres; al compararla con la actual es evidente que en vez de reflejar lo que ha vivido -lleva más de 30 años de carrera, varios amores y un par de hijos-, pareciera mostrar una existencia superficial y artificialmente joven y fresca, cuya única preocupación es disfrutar de la soltería, la rumba y el baile. En últimas, un producto definido por el mercado, llamativo y exitoso, pero sin alma.
También pasa en la política: no buscamos mandatarios auténticos, con una historia y unos rasgos de personalidad propios -esto se hizo evidente en nuestra última elección presidencial-; queremos presidentes que podamos comprar por Temu, Shein o Ali Exprés en cualquier parte del mundo; que sean falsos pero parezcan auténticos, que repitan las mismas promesas que ya otros pusieron de moda en otro lugar como más seguridad, mano dura para los delincuentes, golpe a los inmigrantes ilegales, cárcel para los bandidos y por supuesto, la particular para nuestro país: cero guerrilla, entendida como cualquier posibilidad de disidencia o expresión a favor de los derechos humanos o los procesos de paz.
Es así que en este mundo atravesado por unas redes que todo lo saben sobre nosotros, que moldean nuestras opiniones y constantemente las refuerzan, que crean tendencias, no solo en lo que usamos sino en lo que pensamos y creemos, lo que comemos, los artistas que consumimos y por quién votamos ya no lo deciden nuestros gustos, nuestro partido político, ni siquiera nuestra ideología: lo hace el algoritmo, porque es el que nos da lo que queremos, aún antes de saber que lo queremos.