jueves, 16 de julio de 2026

Nuestro encuentro

 Muchos días antes, pero especialmente ese, estaba muy emocionada: teníamos una cita, ¡te iba a ver! Después de haberlo confirmado meses atrás y gracias al regalo de alguien amado que sabe lo importante que eres para mí podríamos estar, no solo en la misma ciudad, sino en el mismo lugar, aunque no de una manera tan íntima como quisiera.

Nuestro encuentro me tomó en medio de una fuerte gripa, el pecho me dolía de tanto toser y era penoso hacerlo delante de la gente que volteaba a mirar escandalizada al oír la ruidosa expectoración de quién se está atragantando con la flema. Para empeorar las cosas tenía que viajar a la capital -que está a 2.600 metros sobre el nivel del mar y en las noches puede ser bastante fría-, mi pasaje era de clase económica, así que no podía llevar muchas cosas para abrigarme; todo pintaba mal, aunque al llegar al sitio en el que me hospedaría pude ver que estaríamos cerca y con fortuna y para variar, no llegaría tarde a nuestro encuentro.

Reconozco que no me puse mi mejor ropa ni me arreglé mucho: estaba un poco triste, no porque hubiera llegado el momento, sino porque sabía que sería corto, ¡tantas semanas anticipándolo para verte solo un par de horas!

Como cosa rara llegué justo sobre la hora, saliste cuando me compraba una cerveza y te oí saludar y arrancar con una de mis favoritas ¡Y yo no estaba frente a ti! Entré corriendo y ahí estabas, todo de verde… Lo demás es difícil de expresar, lo podría resumir en un éxtasis de 120 minutos que hubiera deseado fuera eterno; quería más y me complaciste con tres o cuatro, esta vez saliste todo de blanco y para mí éramos solo tú y yo, aunque una multitud coreara tu nombre y casi todas tus letras. Me hubiera gustado que supieras que esa que anunciaste como casi desconocida y que entonabas por primera vez en la ciudad yo la conocía y la canté mientras los demás se quedaban en silencio…

Aún no me explico cómo llegué a convertirme en tu admiradora incondicional, todavía no sé por qué necesitamos ídolos a quiénes seguir -y también destruir-, de quiénes esperar que nos digan lo que está bien y lo que no y que nos acompañen en el tránsito por lo malo y lo bueno de la vida; y así como nos rendimos ante ustedes también les exigimos tanto, los destrozamos si fallan, los amamos si nos complacen… 

Sé lo ingenuo que suena, pero a veces te siento muy cercano a mí, tan dentro me llegas con tus palabras y melodías; tampoco niego que con frecuencia me decepcionas, como cuando pareces tan cómodo y no tomas posición frente a las injusticias, cuando afirmas que tu música habla por ti y que con eso es suficiente.

Pero, Rodolfo, no siempre es suficiente, el mundo se cae a pedazos mientras tú solo nos diviertes.

miércoles, 8 de julio de 2026

El algoritmo

 En casi todas las ciudades del país y me atrevo a decir que del mundo, los platos tradicionales han ido desapareciendo de los restaurantes -excepto aquellos que ya constituyen una ”marca”, como la bandeja paisa- y aunque haya cada vez más abundancia de ofertas pareciera que todas terminan sabiendo igual (en el caso de la comida rápida a la excesiva cantidad de salsa tártara, barbecue o cualquiera a la que llamen pretenciosamente ‘de la casa' que le adicionan para tapar la falta de sazón). En todos los sitios se encuentra lo mismo y no parece haber nada que diferencie a una de las demás. 

Si alguien atrevido intenta apartarse de la corriente la va a tener un poco difícil: hay un restaurante de mariscos de los pocos buenos que existen en la ciudad y en el que incluyeron hace poco hamburguesas en el menú; cuando pregunté por qué lo habían hecho, me dijeron que la gente las había pedido. Tuvieron que adaptar su carta, que era muy específica, a los gustos de los comensales; ya saben, el cliente siempre tiene la razón. 

Se siente casi lo mismo con la música, cuando suena por ejemplo alguna canción de una artista como Shakira, quien de adolescente se cuestionaba la vida, a la sociedad y a sus costumbres; al compararla con la actual es evidente que en vez de reflejar lo que ha vivido -lleva más de 30 años de carrera, varios amores y un par de hijos-, pareciera mostrar una existencia superficial y artificialmente joven y fresca, cuya única preocupación es disfrutar de la soltería, la rumba y el baile. En últimas, un producto definido por el mercado, llamativo y exitoso, pero sin alma.

También pasa en la política: no buscamos mandatarios auténticos, con una historia y unos rasgos de personalidad propios -esto se hizo evidente en nuestra última elección presidencial-; queremos presidentes que podamos comprar por Temu, Shein o Ali Exprés en cualquier parte del mundo; que sean falsos pero parezcan auténticos, que repitan las mismas promesas que ya otros pusieron de moda en otro lugar como más seguridad, mano dura para los delincuentes, golpe a los inmigrantes ilegales, cárcel para los bandidos y por supuesto, la particular para nuestro país: cero guerrilla, entendida como cualquier posibilidad de disidencia o expresión a favor de los derechos humanos o los procesos de paz.

Es así que en este mundo atravesado por unas redes que todo lo saben sobre nosotros, que moldean nuestras opiniones y constantemente las refuerzan, que crean tendencias, no solo en lo que usamos sino en lo que pensamos y creemos, lo que comemos, los artistas que consumimos y por quién votamos ya no lo deciden nuestros gustos, nuestro partido político, ni siquiera nuestra ideología: lo hace el algoritmo, porque es el que nos da lo que queremos, aún antes de saber que lo queremos.

miércoles, 1 de julio de 2026

Orfandades

 La vida que pasa y en la que se va de creer a no creer y a hacerlo nuevamente: en ella, en el amor, en la humanidad; sentir la muerte que roza, que respira en la nuca, que sacude como el terremoto que acaba de azotar a Venezuela. Vivir una vez más la agonía de la derrota, la decepción, buscar la fe donde no aparece; esperar el momento de volver a escribir, desear hacerlo y no saber qué letras poner en el teclado.

El mundo a veces es un barrio del que uno quiere mudarse, solo que las consecuencias no serían tan simples como cuando se busca un lugar mejor donde vivir. Porque cambiar de vivienda abre la posibilidad de encontrar algo mejor o peor; en cambio, irse de este mundo es irremediable.

El cansancio invade, hartos no solo de este vecindario ruidoso y sucio, sino de los vecinos que nos saturan con su maldad y su estupidez. Cansa -y duele- que cada 30 horas una mujer o una niña muera asesinada; de las Yulianas, Vanessas, Natalias y Agostinas a las que se les quitó la posibilidad de envejecer; en Colombia, en España, en Argentina y en México las vidas de las mujeres siguen siguen siendo arrebatadas sin que pase de ser un titular por unos cuantos días y luego pase al olvido. Entre más luchamos por nuestros derechos más arrecian los movimientos antifeministas, profamilia, machistas, misóginos, conservadores, homofóbicos... 

¿Cómo explicarles a ellos que no somos exageradas, que hemos tenido que convivir, no solo con la discriminación, sino con sus prejuicios durante siglos? Nunca nos trataron como a sus iguales -dignas de respeto, poseedoras de inteligencia y muchos talentos-, sino como a las débiles, las demandantes, las interesadas, las lascivas: somos una especie de placer culposo o de mal necesario, ¡Qué agotador! ¿Cómo hemos podido unirnos heterosexualmente si pensamos tan mal uno del otro?

Hastía también que la gente vote por sus verdugos simplemente por rechazo o con la absurda esperanza de ser algún día como ellos; desespera intentar convencer con argumentos a quien tiene una idea tan arraigada que ni el amor por seres queridos, a quienes su decisión puede poner en peligro, los hace desistir.

No queda otra que pasar la página, tragarse la indignación, ver llegar la noche, dejarse llevar por el sueño y esperar -a pesar del desastre- que mañana todo siga en pie.



miércoles, 24 de junio de 2026

Enloqueciendo (again)

Todas las ciudades, aún las más detestables, se ven lindas de noche desde un avión

A veces cansa ir de un lugar a otro, a veces uno solo quiere quedarse

Pero de vez en cuando hay que moverse, solo para comprobar que se está vivo

Los aeropuertos son lugares tan hostiles como el mundo mismo 

Se parecen a la vida pero no lo son, porque son artificiales

Son estandartes del capitalismo en los que todos se sienten ricos por el solo hecho de pisarlos (todo cuesta muchísimo más que en cualquier parte)

Algunos dicen que son como pequeñas ciudades, aunque hay cierto tipo de personas que nunca tendrán cabida en ellos (pero las ciudades también suelen expulsar a mucha gente)

Se parecen un poco al mundo, con gente llegando y yéndose, gente en tránsito, gente que perdió la conexión... 

Pero si eres el que va en la fila y se retrasa ya no eres uno de ellos, porque no se puede parar la rueda

Si eres un viejo que cae al suelo, alguien que no tiene con qué pagar un exceso o retraso, eres un indeseable y puedes ser echado a la calle, porque no vales

Enloquecí, una vez más, en un aeropuerto: fue solo un descuido sí, pero el mundo no iba a dejar de andar por mí 

Me enfurecí, lloré, grité y nadie se conmovió, solamente alguien dijo: "no puedo hacer nada, así funcionan las cosas".

sábado, 18 de abril de 2026

Día Santo

 El rayo de luz que entraba por la ventana 

iluminaba tus ojos

que descubrí de un color diferente al que imaginaba

en los claroscuros de esas noches 

en las que representábamos el performance 

del matrimonio que no somos

(con la tele encendida y los niños durmiendo)

porque en ese instante en el que las cortinas sacudidas por el viento 

-como lo hace con el mar en las tardes tempestuosas

y como en él nos sumergimos en esa cama 

gigante como un buque atracado en un banco de arena-

verdaderamente fuimos 

aunque bien pudo ser una pequeña balsa la que nos contuviera

en el frágil equilibrio de las zambullidas sin fin

de los besos que se estrellaban contra partes del cuerpo del otro

como quién succiona hasta el final el jugo de la ostra

no solo estábamos desnudos, nos despojamos de la piel

tú roto, yo llena de remiendos

tan torpes por causa del deseo

que las voces al otro lado del teléfono sonaban de ultratumba

tan perdidos en el tiempo que nos preguntábamos mutuamente 

¿qué hora es? Sin responder la pregunta 

más que con las señales de los astros en la bóveda lechosa

con los murmullos de la marcha que rendía homenaje piadoso

al Mártir 

las explosiones de los fuegos artificiales

y las pocas secundarias necesidades

que nos permitimos satisfacer.

miércoles, 1 de abril de 2026

Un sitio especial

 Nadie le ha dado el reconocimiento que merece, y si bien la habitación en que dormimos, la sala para las visitas, incluso la cocina son espacios en los que tomamos decisiones y nos hacemos propósitos de todo tipo, para muchos nuestro confesionario, área de contrición y muro de lamentaciones es ese pequeño recinto en el que nos despojamos de la suciedad y en el que pensamos, guardamos nuestros secretos más íntimos y hasta hemos y nos han amado. En el que lloramos una que otra vez lágrimas amargas sentados en el suelo, en la taza del inodoro o debajo del agua que corría (¡lo hice siempre que murieron o se fueron de mi vida seres queridos!), en ese ritual que se repite a diario como tantos otros.

¿Quién no ha cantado en el baño sus alegrías y despechos, preparado sus discursos o declaraciones, emocionado ante una cita o inminente celebración? Pasamos por alto que lo que dejamos en cada uno de sus rincones es un cúmulo de historias, un abanico de emociones, una gran parte de nuestra vida que no siempre está en la conciencia, sino que es puro acto mecanizado, producto de la rutina en que se ha convertido nuestra obligada visita a este paraje particular.

De pequeña solía jugar en el de mi mamá a que era mi casa: ponía un cojín encima de la tapa del sanitario que hacía las veces de sillón para las visitas y después de secar la ducha ponía en el piso un tendido simulando la cama, los estantes para el champú los convertía en repisas; era feliz imaginando lo que sería de adulta mi propio hogar. Tal vez era mi lugar seguro y también una proyección de lo que sería mi vida, algo muy reducido y simple, con pocos objetos, sin mucho interés por acumular posesiones, tal vez solo experiencias.

Mi ducha además es un pequeño cementerio al que llegan muchos insectos a respirar su último aliento: algunas arañitas que veo tratando de trepar las paredes húmedas y resbalosas, unos cuantos ciempiés y una que otra cucaracha que corre asustada -aunque menos que yo, que no me atrevo a matarlas-, casi siempre aparecen muertos al día siguiente.

En últimas, en el baño somos verdaderamente nosotros, siempre los mismos aunque distintos a través de las días, los años y las décadas.

martes, 10 de marzo de 2026

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar 

en inventar un nuevo alfabeto

tendría que llenarme de neologismos 

para que las trajinadas palabras de antes 

no te ensucien

-así es lo que despiertas en mí de inefable-

solo ciertas letras deberían estar en mi abecedario:

las de tu nombre

mantra que no me canso de repetir

que te trae a mi presencia 

cuando nos separamos un instante

no importa cuántos lo hayan llevado

ninguno fue digno de él 

lo digo cada vez como si fuera la primera

evocando tus manos

lo rosado de tus mejillas 

tus labios

los quiebres de tu voz

tus suspiros


Enloquecí y dejé de escucharlos

soy una tapia en la que rebotan

los prejuicios ajenos

(que si antes no importaban ahora me alientan)

porque no saben lo mucho que te buscaba 

en la música de ese lugar oscuro

que te deseaba en las tardes solitarias

lo que sabía sin saber cuando te soñaba sin recordarlo

sin conocerte

sin haber olido tu cuello ni acariciado tus rizos

sin haber sentido tu piel sobre la mía

te amé desde siempre y ahora solo te tengo

al estirar mi brazo, al abrir mis ojos

al voltear mi cabeza


Bautízame de nuevo con tu nombre

porque la que soy volvió a nacer

cuando descifró el código sagrado.

Nuestro encuentro

 Muchos días antes, pero especialmente ese, estaba muy emocionada: teníamos una cita, ¡te iba a ver! Después de haberlo confirmado meses atr...