No sé si todos en algún momento nos hemos sentido extraños o anormales, pero yo sí me sentí así desde muy temprano: odiaba el colegio, a los niños por tontos y bruscos (las niñas solo me parecían aburridas, pero no las odiaba), a algunas profesoras y en general, no sé por qué, le temía a la gente, grande o pequeña. Tal vez era por ser tan asustadiza que las personas me parecían demasiado crueles, no entendía por qué se reían si alguien tropezaba y caía al suelo o se burlaban de los "defectos físicos" de otros (que ahora ni siquiera se llaman así, pues ser de contextura gruesa, baja estatura o tener una mancha es una condición, no un defecto). Entonces, odiaba, con todas mis fuerzas todo y a todos: estar en el mundo, levantarme cada mañana e ir al colegio, las visitas a los abuelos por compromiso, las idas al cementerio los domingos... Todo lo que no era divertido ni emocionante, lo que era impuesto.
He llegado a entender que no había nada malo en mí, solo que no quería el libreto que parecía haberme sido asignado, bueno, a todos. Aunque jugué con muñecas y cada navidad recibía el bebé de moda que lloraba, tomaba biberón o hacía chichí y popó y las cocinitas con todos sus enseres, o las escobas y traperos adecuadas al tamaño de un enano, lo doméstico, de lo que en general se encargaban las mujeres, me parecía muy aburrido. Quería ser bailarina y cantante y lo que más me gustaba hacer en las tardes era leer novelas de amor en las que los hombres arrancaban los vestidos de sus amadas y ellas se les entregaban con pasión.
Con el tiempo entendí por qué desde pequeña admiraba y me gustaba la compañía masculina y luego, desde que empecé a transitar la adolescencia, tener amigos varones: sus vidas, excepto por estupideces como el fútbol, me parecían mucho más interesantes que las de nosotras, y no por poca cosa. Eran tan deliciosamente libres (desde poder rascarse las partes íntimas donde se les diera la gana y decir malas palabras hasta hacer cualquier cosa bien o mal o simplemente no hacer nada sin que se les juzgara) como para que una mujer que deseaba hacer lo que se le daba la gana los envidiara con una gran porción de rencor... A partir de allí mi paso por este mundo se convirtió en una lucha constante por construir un sendero propio, independiente de la letra que aparece en mi identificación en cada una de los documentos y trámites que reducen mi sexo a una F (de “femenino").
¿Dejé de odiar? Tal vez no, pero he aprendido que con un poco de inteligencia podía escaparme por los laditos, a la larga muchas y siglos antes que yo, lo hicieron y pudieron no casarse, ni procrear ni lavar calzoncillos. Suena sencillo pero no lo era, nunca lo fue y desafío al que se atreva a decir que lo teníamos todo a la mano, que las puertas siempre estuvieron abiertas para nosotras, que no era tan difícil.
Porque sí lo era. Aún lo es.