Apartando el hecho de que crecí sin padre como muchas y muchos otros y de que la violencia en mi país y la vida misma nos arrebataron tantas figuras paternas y nos sumieron en tantos duelos, el nombre de este blog refleja una sensación, una forma de estar en el mundo que me acompañó durante mucho tiempo.
A muchos podría escandalizarles el término, como si el sentimiento de orfandad no fuera universal, algo muy cercano a sentirse solo al lado de otro o en medio de una multitud, y a estarlo verdaderamente a través de los sufrimientos, los retos, las decisiones importantes; a sentirse tantas veces perdido, desorientado con respecto la vida, pues, ¿no estamos todos viviendo esta experiencia por primera vez, sin posibilidad de ensayo ni de repetición? ¿No necesitamos el amor como las plantas al sol y creemos hallarlo en la compañía, por eso formamos parejas, amistades, ejercemos la maternidad y la paternidad, perseguimos el dinero, la realización, el éxito en cualquier campo solo para que nos quieran, nos admiren y sentirnos menos solos, para darle sentido a una existencia tan absurda, inexplicable e incierta? ¿No somos como islas desiertas que parecen clamar desesperadamente por ser habitadas?
Sí, soy huérfana y no solo de padre: en este gran océano que es el mundo floto sola, aunque de vez en cuando otros y otras se acerquen; algunos permanecen más tiempo, otros son fugaces pero fulgurantes, los hay también opacos y fríos, pero su calor y su frescor, la gravedad que nos unió, la atracción entre mi materia y la de otros me ha alimentado y sostenido, aún en medio de la orfandad.
Lo más paradójico es que mientras escribo esa sensación se disipa, así que soy menos huérfana gracias al espacio que lleva este nombre.
Y a ustedes, quienes quiera que sean, que lo leen.