La vida que pasa y en la que se va de creer a no creer y a hacerlo nuevamente: en ella, en el amor, en la humanidad; sentir la muerte que roza, que respira en la nuca, que sacude como el terremoto que acaba de azotar a Venezuela. Vivir una vez más la agonía de la derrota, la decepción, buscar la fe donde no aparece; esperar el momento de volver a escribir, desear hacerlo y no saber qué letras poner en el teclado.
El mundo a veces es un barrio del que uno quiere mudarse, solo que las consecuencias no serían tan simples como cuando se busca un lugar mejor donde vivir. Porque cambiar de vivienda abre la posibilidad de encontrar algo mejor o peor; en cambio, irse de este mundo es irremediable.
El cansancio invade, hartos no solo de este vecindario ruidoso y sucio, sino de los vecinos que nos saturan con su maldad y su estupidez. Cansa -y duele- que cada 30 horas una mujer o una niña muera asesinada; de las Yulianas, Vanessas, Natalias y Agostinas a las que se les quitó la posibilidad de envejecer; en Colombia, en España, en Argentina y en México las vidas de las mujeres siguen siguen siendo arrebatadas sin que pase de ser un titular por unos cuantos días y luego pase al olvido. Entre más luchamos por nuestros derechos más arrecian los movimientos antifeministas, profamilia, machistas, misóginos, conservadores, homofóbicos...
¿Cómo explicarles a ellos que no somos exageradas, que hemos tenido que convivir, no solo con la discriminación, sino con sus prejuicios durante siglos? Nunca nos trataron como a sus iguales -dignas de respeto, poseedoras de inteligencia y muchos talentos-, sino como a las débiles, las demandantes, las interesadas, las lascivas: somos una especie de placer culposo o de mal necesario, ¡Qué agotador! ¿Cómo hemos podido unirnos heterosexualmente si pensamos tan mal uno del otro?
Hastía también que la gente vote por sus verdugos simplemente por rechazo o con la absurda esperanza de ser algún día como ellos; desespera intentar convencer con argumentos a quien tiene una idea tan arraigada que ni el amor por seres queridos, a quienes su decisión puede poner en peligro, los hace desistir.
No queda otra que pasar la página, tragarse la indignación, ver llegar la noche, dejarse llevar por el sueño y esperar -a pesar del desastre- que mañana todo siga en pie.