Se aprende en la facultad de psicología que el deseo es lo que nos mantiene vivos, especialmente el de vivir (aunque no todos los que siguen en este mundo deseen hacerlo) y para la muestra un botón: una de las características de los episodios depresivos es la afectación del deseo, de la capacidad de desear y de disfrutar o sentir placer con las cosas que antes lo producían (anhedonia).
Pero, ¿qué es el deseo y sobre qué se sostiene? ¿Sobre aquello que nos gusta o creemos que nos dará satisfacción, sobre lo que aprendimos que era valioso e importante o sobre lo que nos venden todos los días como más que deseable, necesario? ¿Deseamos con la ilusión de ser deseadas y deseados, o nuestro deseo es inmune a la reciprocidad y a la satisfacción? ¿Es diferente el deseo nuestro al de ellos? Parecería una respuesta obvia, pero ¿a qué se debería la diferencia? ¿Al patriarcado, tal vez, que nos sitúa a las mujeres como objetos de deseo y a los hombres como sujetos deseantes de nuestros cuerpos, de nuestra atención o por qué no, de nuestra indiferencia? Porque, para nadie es un secreto que cuando se obtiene lo que desea viene la insatisfacción, el cansancio, y se abre nuevamente el ciclo, pero esta vez lo que se desea es otra cosa, no la que poseemos... ¿Por eso es tan impertinente, tan incómoda una mujer que desea, porque debería limitarse a ser recipiente pasivo y no sujeto activo?
Y yo, ¿qué quiero? Si a nadie más le importa mi deseo, si los demás saben lo que quieren de mí y lo obtienen si lo permito, ¿quién debe velar por lo que realmente desea, si no soy yo? ¿Por qué buscar tanto complacer a costa del propio deseo? Aunque, ¿qué es el deseo sino algo construido en nuestro tránsito por este mundo y en relación con él y con los otros, próximos o lejanos?
¿Vivimos como deseamos hacerlo? ¿Podría haber sido de otra manera? ¿Aunque nos consideremos ese tipo de persona cuyo deseo o su búsqueda lo ha guiado más que lo impuesto, ¿qué tanto de esos deseos más profundos ha podido realizarse?