Me inspeccionó a través del parabrisas de un carro que no es mío, con sus ojos, no inyectados en sangre, sino surcados por vetas azules, moradas y rojas -tal vez debido al humo de los carros o al polvo que levantan sus ruedas sobre el asfalto-; me lanzó una mirada con rabia y como una cobarde la esquivé, intentando hacer una mueca de pesar que solo fue de vergüenza por estar del otro lado del vidrio, por no ser como él (aunque hubiera podido serlo), por no hacer más para que no haya millones en su situación, por regodearme en mi tonta comodidad, en mi mundillo de ‘intelectuales' que no tienen nada más que una colección de citas en la cabeza y se emborrachan cada 15 días cuando cobran el sueldo del contratito que algún político ‘benévolo' y ‘amante de las artes' les suelta.
Lo vi maldecir y sentí miedo, porque temí que rompiera el vidrio y las astillas de los cristales se clavaran en mis ojos, pero a la vez me compadecí y quise abrazarlo; me pregunté si su improperio tendría que ver con no tener para llevar un plato de arroz a su mesa, comprar la leche de algún bebé o la dosis de alguna droga que le permite sobrellevar la mierda de la vida y el asco de las caras aterradas e indiferentes de las buenas personas que, como yo hoy, se posan a diario sobre este infame semáforo.
Vi sus manos manchadas y callosas y recordé las de mi abuelo que, aunque curtidas por la grasa de los motores que se pasó toda la vida arreglando, todo lo curaban. Y una vez más, juré que nunca apoyaré a quienes creen que esa miserable distancia, ese abismo que separa a unos y a otros y a algunos nos deja en mitad de la nada, triunfen.
Aunque siempre lo hagan.
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