Afuera
Me inspeccionó a través del parabrisas de un carro que no es mío, con sus ojos, no inyectados en sangre, sino surcados por vetas azules, moradas y rojas -tal vez debido al humo de los carros o al polvo que levantan sus ruedas sobre el asfalto-; me lanzó una mirada con rabia y como una cobarde la esquivé, intentando hacer una mueca de pesar que solo fue de vergüenza por estar del otro lado del vidrio, por no ser como él (aunque hubiera podido serlo), por no hacer más para que no haya millones en su situación, por regodearme en mi tonta comodidad, en mi mundillo de ‘intelectuales' que no tienen nada más que una colección de citas en la cabeza y se emborrachan cada 15 días cuando cobran el sueldo del contratito que algún político ‘benévolo' y ‘amante de las artes' les suelta. Lo vi maldecir y sentí miedo, porque temí que rompiera el vidrio y las astillas de los cristales se clavaran en mis ojos, pero a la vez me compadecí y quise abrazarlo; me pregunté si su improperio tendrí...