martes, 15 de noviembre de 2022

Envejecer

 Si el desgaste corporal empieza muy temprano en el ciclo vital (podría decirse que casi en el mismo momento en que se completa el desarrollo), ¿cuándo y con qué criterios determina la sociedad que estamos viejos? Se considera persona mayor a quien sobrepasa los 60 años pero, ¿es aplicable a todas las culturas, en todos los contextos y a todos los fenotipos? ¿Cuándo en realidad empieza a constatarse el natural “declive"? Resulta paradójico que en el convulsionado mundo actual cada vez se nos califica de "ancianos" a una edad más temprana, pero a la vez se prolonga la senectud a través de tratamientos médicos y otros artificios como procedimientos estéticos, inyecciones, cirugías, gimnasios y hasta retoques fotográficos.

Solo alguien que cuenta con una edad que para la sociedad es “avanzada" puede entender lo cruel que llega a ser intentar subsistir en una sociedad que pareciera buscar con su desprecio exorcizar el miedo que le provoca envejecer, que para muchos ha significado pasar a ser parte del grupo de los rechazados, de los que deben ser inmunes a las burlas, los comentarios indiscretos y, en su manifestación más extrema, la segregación misma.

¿Por qué -se pregunta el que madura- si mis canas en el espejo y las personas, crueles algunas, inocentes otras, dicen que estoy cerca de ser un viejo, mi cuerpo y mi mente palpitan más que antes? ¿Tal vez porque he constatado que nuestro tiempo en este mundo es finito y lo que despierta más las ansias de vivir es haber visto -con las alegrías y sufrimientos que supuso- de lo que como especie somos capaces, de lo maravilloso tanto de lo complejo como de lo simple, algo que no podría haber vislumbrado en la convulsionada adolescencia o la resplandeciente juventud?

Los Estados, específicamente en países como el nuestro, deberían tener más y mejores políticas frente al tema, que incluyan protección económica -como la posibilidad de pensionarse a quienes no tuvieron la oportunidad de cotizar-, pero también fomentar la inclusión de otras maneras: en lo laboral y en lo educativo, por ejemplo, y con programas que no sean solo para que los adultos mayores diviertan a los mandatarios de turno bailando ritmos folclóricos, sino que les den la dignidad y el puesto que se merecen en esta cultura cada vez más gerontofóbica. Y educar, por supuesto, para que se sepa que no hay nada de malo en envejecer. 

Y menos en reconocerlo.

Día Santo

 El rayo de luz que entraba por la ventana  iluminaba tus ojos que descubrí de un color diferente al que imaginaba en los claroscuros de esa...