miércoles, 30 de diciembre de 2020

Las manos del abuelo

- ¿Seguro que no va a doler? Preguntó la niña observando los dedos gigantes del hombre, quien con un pedazo de algodón en una mano y el tarro de Merthiolate en la otra se aprestaba a curar la rodilla herida.

- No solo no le va a doler, mi muñequita, sino que no dejará cicatriz y cuando sea grande podrá ir tranquilamente al reinado de Cartagena.

Efectivamente no dolió, como pasaba siempre que le curaba algún raspón, cortada, reventada o chichón; sus manos eran expertas en sanar.

- ¿Y a dónde viajaremos hoy?

- Iremos a las tierras de las mil y una noches, recorreremos los inmensos desiertos, las mezquitas imponentes, los castillos rodeados por frondosos jardines de árboles frutales; pasaremos entre las tiendas de los nómadas y los mercados abarrotados de dátiles y una gran variedad de telas bordadas en oro; volaremos en alfombras mágicas y aspiraremos los perfumes de princesas cubiertas por delicados velos; acariciaremos caballos de elegantes crines y brillante pelaje; espiaremos a los reyes en sus aposentos y a los mendigos con sus muletas apostados en los andenes; a los niños de ojos oscuros y profundos; a los hombres de barbas negras y pobladas; a las cabras en los techos de las casas hechas de barro que parecen enclavadas en la tierra; planearemos a través de ríos de aguas cristalinas en las que bebió el profeta Mahoma, escucharemos su delicado murmullo y el trinar de miles de aves; de lejos, observaremos a las vacas sagradas pastar en clama y los huertos y los olivos reverdecer; y a todos los habitantes de este lado del mundo inclinarse al caer el sol en profunda reverencia. También pasearemos en globo por las pirámides y saludaremos a la Esfinge.

- ¡Siiii! ¡Es justo allá a donde quería ir!

El hombre se toma el tiempo para describir los paisajes y las gentes, Marianita con la boca abierta escucha y casi evita pasar saliva para no perderse nada del relato. 

Además de curar sus heridas y probar con ellos los juguetes recibidos en los cumpleaños y Navidad; enseñarles a montar en bicicleta y patinar; traerles los dulces más exquisitos del mundo -melcochas, masmelos, caramelos de anís o de leche rellenos de chocolate-; el abuelo contaba buenas historias, muchas fantásticas y algunas reales, como la de esa vez que se quedó dormido en el camión que manejaba en “la empresa” (una petrolera para la que trabajó en su juventud) al borde de un barranco, de donde tuvieron que rescatarlo con una grúa sin que se diera cuenta del peligro, hasta que despertó sintiendo que lo halaban, con carro y todo, hacia la carretera. 

El nono (así le decían siguiendo la costumbre de los Santanderes) también los llevaba a comprar la pólvora de diciembre en unos toldos de lona que ponían en el mismo lote en el que se instalaban los circos y las ciudades de hierro que pasaban por la ciudad, a todos los que llevaba siempre a sus dos consentidos: Mariana y su hermano Jacobo, los primeros nietos y los más queridos. Les gustaba que les comprara manzanas acarameladas aunque duraran un rato con las manos pegajosas, con las que se aferraban a las barras de los carritos en la montaña rusa, a las sillas voladoras o a los manubrios de los caballitos del carrusel, los preferidos de ella. Al niño le gustaban más la Casa del Terror y el Gravitón (esa especie de nave espacial en la que uno daba vueltas pegado a las paredes sin poder moverse); la diferencia entre ellos es que a él le parecía que si no salía asustado o físicamente descompuesto la atracción no había valido la pena.

Había por ahí una foto de los tres (de esas en miniatura que entregaban en un estuche de pasta sujeto a una cadenita, con una abertura redonda por la que se podía ver la imagen) en uno de los circos y en la que el abuelo, en sus poderosos cuarenta, hacía gala de su apostura, el nieto de su picardía guiñando el ojo a la cámara y Marianita, tal vez de cinco o seis años, sin poder sonreír y con la mirada desorbitada ante el espectáculo sobrecogedor de tigres, elefantes, luces y sobre todo los payasos, que lograban intimidarla.

Cuando todavía no iban al colegio los montaba en el asiento delantero de su taxi y los llevaba a recorrer la ciudad en busca de pasajeros y los clientes se maravillaban de ese par de nietos tan guapos y bien portados, además de inteligentes y despiertos. También los llevaba a las clases de natación y danzas (al colegio no, porque quedaba a una cuadra y podían ir caminando), a casa de los abuelos paternos y al cementerio a visitar la tumba del padre los domingos; subido en él, Jacobo soñaba con que conducía mientras movía el volante sentado en las piernas del abuelo; allí encontraban en la guantera uno que otro objeto curioso olvidado por los clientes que terminaba siendo un regalo inesperado.

Mariana recuerda todo esto en la sala de velaciones en la que permanece el cuerpo de su abuelo; para ella siempre fue el mismo, aunque en los últimos tiempos cuando lo abrazaba lo sentía cada vez más frágil y encogido, él, que  de joven fue tan alto y robusto. En los últimos tiempos era ella quien le llevaba dulces y pan de leche al asilo, él devolvía el favor contándole historias delante del novio, quien solía acompañarla:

-Mi muñequita era tan tragona y gordita de recién nacida que las enfermeras llamaban a la casa para que llevaran más leche de fórmula, porque se tomaba ¡cuatro onzas de tetero! Y a veces quedaba con hambre y levantaba la clínica a gritos- A ella no le daba vergüenza sino ternura que su novio escuchara esas historias.

Antes de que se llevaran el féretro miró por última vez enredadas en un rosario esas manos que tanto la curaron

-¡Cuánto las voy a extrañar! Pensó, mientras ajustaban la tapa.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Hablemos de cosas serias

Aquí estamos: es el día de Navidad para los cristianos en todo el mundo y nueve meses después de declarar confinamientos generalizados, la pandemia nos azota con más fuerza. La región en la que vivo, con graves problemas sociales antes de la aparición del nuevo virus, ve colapsar sus servicios de salud, morir día a día a sus más emblemáticos médicos y aun así permanece indiferente, ensimismada en una orgía de fiestas, compras y locura colectiva; estamos librando una batalla en la que los caídos aumentan por minuto, las balas y bombas son silenciosas pero igualmente letales y pocos parecen entenderlo.

Nadie imaginó en sus propósitos para el nuevo año que una situación de tal magnitud nos golpearía de la manera en que lo ha hecho; creíamos que eso de esperar el antídoto milagroso para un virus mortal era cosa de películas de ciencia ficción y cómics de súper héroes; nos sentíamos lejos de situaciones tan características de sociedades premodernas: la generación de los aparatos tecnológicos inteligentes y de la interconexión no podía colapsar por culpa de un agente invisible y desconocido. 

Tal vez eso pueda explicar la negación en la que muchos persisten; eso y nuestra capacidad de mirar siempre para otro lado, como lo hemos hecho ante la destrucción del medio ambiente, los saqueos a los erarios públicos, la capacidad de nuestros dirigentes de embarcarnos en guerras en las que los muertos y lisiados los ponen siempre los sectores más desposeídos, no importa el lugar del mundo en el que se ubiquen los conflictos; tampoco la guerra, como la enfermedad y la muerte (aunque muchos afirmen lo contrario) es democrática.

Cómo no preguntarse por qué está crisis nos ha azotado tan duro, siendo como era una gripa fuerte (o al menos así lo expresaron los expertos al comienzo); la respuesta no está muy lejos: poca inversión en salud, sistemas inhumanos en los que el acceso al “bienestar" está restringido a sectores “privilegiados"; el atraso en educación, el mínimo apoyo a la investigación científica y en general, la inexistente promulgación de un estilo de vida verdaderamente saludable en todos los sectores de la población -más allá de la cultura vacía del fitness-, con el consiguiente resultado de una alta prevalencia de enfermedades crónicas (entre ellas la obesidad), que se han convertido en el cóctel perfecto para esta hecatombe.

Los ciudadanos “conscientes" nos sorprendemos ante aquellos que abarrotan las calles y los centros comerciales, nos alarmamos por el creciente número de contagios, nos quedamos en casa porque tenemos un techo y alguien del grupo familiar cuenta con ahorros o una pensión; ignoramos, no sólo que otros viven del diario y el rebusque, sino que nosotros mismos, hace unos meses (antes de que esto comenzara) e incluso en medio de los periodos de relajación de medidas, abarrotábamos aeropuertos, restaurantes, bares, almacenes de ropa de marca: porque todos hemos tomado parte en la dinámica del consumo; todos, al menos una, pero me atrevo a decir que muchas veces, compramos algo que no necesitábamos.

Hoy nos rasgamos y se rasgan las vestiduras nuestras autoridades, pero ellos mismos han repetido una y otra vez la consigna: “ante la adversidad, salgamos a gastar, es la única cura para todos los males de esta sociedad". 

Aunque -literalmente- nos mate.



jueves, 10 de diciembre de 2020

Salir

Mi madre acaba de terminar de armar el árbol de navidad -sin mi ayuda- y al preguntar cómo se veía no pude evitar decirle que me daba igual.

No me gusta asumir la pose de del Grinch cinematográfico, tampoco de la furibunda anti imperialista ni de la pachamamerta que pone árboles secos y no pinos, pero detesto todo lo que esta época implica.

Acabo de cerrar mi cuenta de facebook porque no soporté ver a antiguos compañeros de universidad otrora despeinados y con mochila, hablando o presumiendo en fotos de sus decoraciones navideñas, de lo emocionados que están sus hijos, de la caja de donuts con decoración en rojo, verde y blanco que se han comido o van a engullir para seguir engordando como pavos navideños a quienes algún día les llegará su diciembre. No pude tampoco con sus lamentos por los familiares perdidos este año por cuenta del omnipresente virus y no puedo ni podré más con sus opiniones, quejas, reflexiones (que yo también hice de manera recurrente y casi enfermiza). Hoy decidí salir de ese mundo de exposición asfixiante. Hoy quiero salir de todo lo que pueda en este mundo que cada vez me irrita más.

Mantendré al mínimo mis redes y por ende los contactos sociales, desearía no tener siquiera esta necesidad absurda de compartir con unos pocos conocidos y otros anónimos lo que siento a través de estas letras; me rehúso a ser una compradora y una consumidora más; lamento tener que usar un teléfono inteligente para comunicarme con familiares y amigos, para enterarme de lo que pasa en el planeta; ya no pienso comprar ni celebrar lo que me dicen y cuando me digan que debo hacerlo, no me pienso obligar a ser sociable, tampoco seré ya nunca una empleada de tiempo completo en nada ni para nadie. Tendré lo que necesite, no más que eso.

Sin salir de lo que considero mi hogar, saldré de esta rueda en la que nos apretujamos como hámsters rumbo a la destrucción. Acepto mi destino de no envejecer ni tener nietos a quienes malcriar. Quiero que sepan que verdaderamente detesto los rollos de canela y los mc flurry's que me obligué a comprar para no parecer una miserable tacaña. Prefiero las almojábanas rellenas con bocadillo, aunque no sea una hippie vegana sembradora y recolectora de sus propios alimentos.

Salgo de un mundo al que me obligué a entrar para ser aceptada.  Y, como rezaba ese edicto memorable en la película La estrategia del caracol, “ahí les dejo su hijueputa casa pintada".

Día Santo

 El rayo de luz que entraba por la ventana  iluminaba tus ojos que descubrí de un color diferente al que imaginaba en los claroscuros de esa...