La vida que pasa y en la que se va de creer a no creer y a hacerlo nuevamente: en ella, en el amor, en la humanidad; sentir la muerte que roza, que respira en la nuca, que sacude como el terremoto que acaba de azotar a Venezuela. Vivir una vez más la agonía de la derrota, la decepción, buscar la fe donde no aparece; esperar el momento de volver a escribir, desear hacerlo y no saber qué letras poner en el teclado. El mundo a veces es un barrio del que uno quiere mudarse, solo que las consecuencias no serían tan simples como cuando se busca un lugar mejor donde vivir. Porque cambiar de vivienda abre la posibilidad de encontrar algo mejor o peor; en cambio, irse de este mundo es irremediable. El cansancio invade, hartos no solo de este vecindario ruidoso y sucio, sino de los vecinos que nos saturan con su maldad y su estupidez. Cansa -y duele- que cada 30 horas una mujer o una niña muera asesinada; de las Yulianas, Valentinas, Natalias y Agostinas a las que se les quitó la posibilida...
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