sábado, 24 de agosto de 2013

Este loco invento

Ya no puedo recordar cómo era mi vida antes; tal vez al levantarme y después de servirme el café prendiera la radio o el televisor; es posible que leyera el periódico o simplemente mirara por la ventana o hablara con las personas que vivían conmigo.

Puede que no lo sepa, pero estoy segura de que no soy la única. Y es que, ¿alguien sabe cómo nos comunicábamos con los familiares o amigos que vivían lejos? ¿Qué hacíamos con nuestro tiempo muerto, ese en que no estábamos trabajando, estudiando, durmiendo o enamorándonos? Me dirán que usábamos el teléfono, hacíamos visita, íbamos al cine o nos sentábamos en una panadería a tomar café o gaseosa con pan. Pero para bien o para mal, nuestra existencia nunca será la misma: Internet se ha adueñado de ella y de nuestro tiempo.

Tenemos a la mano desde pornografía hasta noticias de todos los rincones del mundo; desde vídeos de artistas desaparecidos hasta películas que aún no han llegado a los cines; desde recetas de cocina hasta la muerte de Gadafi en vivo y en directo... Ahora es posible contactarnos con gente que no sólo está lejos, sino que nunca hemos visto o no vemos en mucho tiempo, o más aún, que nunca veremos.

Esta maravilla global nos permite el don de la ubicuidad, la capacidad de expresar lo que sentimos y pensamos, cuándo y dónde se nos ocurra. También de ser militantes de múltiples causas: la defensa de los animales, la protesta social, la búsqueda de niños perdidos; la prevención del maltrato, los secuestros, el bullying; de participar en cadenas de oración por personas enfermas, compartir recetas milagrosas para curar el cáncer u otras enfermedades; alertar sobre los abusos de poder, las estafas de la industria farmacéutica o de las multinacionales que nos envenenan; expresar indignación por las múltiples guerras, la crítica a la clase política mundial, las cruzadas a favor y en contra de las religiones... Sentamos posición, criticamos, rechazamos, compartimos, perdemos y ganamos amigos y nos dormimos cada noche agobiados por las noticias desalentadoras o tranquilos de haber contribuido a que el mundo sea más justo, más creyente, o más escéptico; lo que sea, según los intereses de cada uno.

Pero ¿en qué radica el encanto, la seducción de este medio que nos hace apertrecharnos en nuestra cama o escritorio, protegidos detrás de una pantalla a través de la cual sólo mostramos lo que queremos y velamos lo que no nos enorgullece?

¿Será que nos libramos de la incomodidad del contacto, la inseguridad de 'la calle y sus vicios', del calor o del frío y de las inclemencias del tráfico? ¿Ahorramos tiempo y dinero, hacemos amigos a los que conservamos simplemente dando me gusta en sus publicaciones y enviando un mensaje o una postal virtual en sus cumpleaños, nos quedamos con los que nos son cercanos ideológicamente y nos deshacemos de aquellos que piensan diferente o no apoyan nuestras posturas? ¿Empezamos a detestar tener que salir, esperamos con ansia el momento de revisar nuestras notificaciones, nos cuesta concentrarnos en el aburrido profesor o conferencista que habla mientras podríamos estar chateando o whasapeando? ¿O simplemente nos saltamos las pocas normas sociales que subsisten y lo hacemos (escribir, revisar mensajes y fotos) sin ningún pudor?

Lo cierto es que resulta interesante preguntarse qué vendrá después y cuáles serán los efectos de este fenómeno en la sociedad. En el futuro inmediato seguiremos explotando esta herramienta capaz de hacernos fluctuar entre el anonimato y la efímera fama que nos proporciona la publicación de nuestros pobres triunfos en la vitrina a través de la cual observamos y nos observan, hasta que aparezcan otras, que no dejarán de aparecer...




jueves, 22 de agosto de 2013

Creo que he cumplido

Porque estoy en este mundo sin haber pedido venir
Mi único deber es conmigo mismo
Hacer por mí lo que mis padres y nadie pudo
Buscar los esquivos momentos de tranquilidad evadiendo la desgracia.

Aunque no  todo dependa de mí
No necesito a otro a quién hacer feliz
Puedo intentarlo conmigo
Dejemos a los no nacidos quietos en la nada del no ser
En la absoluta paz.

jueves, 1 de agosto de 2013

De mí

Soy repetitiva, hay ciertos temas que me obsesionan y sobre los que vuelvo una y otra vez: religión, política, maternidad... Sobre la primera no tengo -ni creo que tenga en el futuro- algo bueno qué decir; con respecto a la segunda, reafirmo mi posición “de extrema" recalcitrante y acerca de la tercera, aunque siento que no he dicho suficiente, prolongaré ese placer para otra ocasión.

Últimamente le he dado vueltas a la cuestión del cambio y lo retomo porque algunas personas que dicen tenerme cierto cariño han reclamado mi tendencia a hacer o decir cosas “impropias" para mi edad.

A los que dicen que a los cuarenta no queda bien ser revolucionario solo puedo replicarles que parte de crecer, para mí, es adquirir una voz que ni de fundas podría haber tenido a los veinte (cuando mi mayor preocupación era a quién se lo daba). Haber vivido me permite tener una posición frente al mundo y, sinceramente, no encuentro una razón válida para estar a favor de un sistema que ha sido despiadado con el mismo ser que lo creó (el hombre, por supuesto) y con la naturaleza, llevándolos al extremo de la degradación. Por eso me identifico con tendencias que ponen la vida por encima de la riqueza material, que apoyan la igualdad de derechos y castigan la discriminación; que dan al individuo la posibilidad de decidir sobre su vida y su cuerpo, porque lo reconocen pensante y no como un autómata descerebrado al que hay que trazarle el camino. Creo que estos son los fundamentos básicos del humanismo, pero a otros les suena a discurso comunista.

No tengo problemas en ventilar mi vida y mis defectos, me han visto burlarme de ellos y criticarme, pues aunque me formé para estudiar al ser humano me he dedicado especialmente a hacerlo con mis sentimientos, experiencias y gustos. Es por ello que través de la escritura hago catarsis y autoanálisis, aunque no tenga mucho talento y sea incapaz de escribir un cuento o un poema tan siquiera regular. Admiro a tantos escritores que logran deleitar a las masas con sus historias, que a mí me hace feliz que tres o cuatro de mis amigos lean estas palabras.

También me gusta hablar. Más que gustarme, es uno de los placeres que más disfruto y lo llevo hasta sus últimas consecuencias, porque carece de sentido si no llego al menos a un acuerdo con mi interlocutor. Si con alguno no coincido en religión o política, al menos debo terminar conviniendo en las maravillas del café o en lo hermosos que son los gatos o cualquiera de los demás animales. Cuando eso no pasa y el contertulio es difícil, temo que me veré enfrentada a una que otra peleílla, que por cierto no me desagradan del todo.

Así que mi propuesta es: sentémonos y hablemos. Nadie tiene que ser o hacer nada que no quiera, démosle una patada a esos prejuicios que hacen la vida más aburrida.

Aquí estaré esperando.

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...