domingo, 31 de marzo de 2019

Ese activismo necesario

Escuché sobre alguien que vino de Venezuela -donde tenía un cargo directivo en un banco- a trabajar en “una de esas maquilas de Pat Primo" en mi ciudad. Reconozco que la palabreja hizo que me estremeciera: “¿esas cosas existen en este país?" creía que estaban en lugares lejanos, como la China o Indonesia, nunca imaginé que podrían estar siquiera cerca de nosotros, en esta pequeña villa fronteriza plagada de desempleados.

Me propuse no volver a comprar esa marca, aunque recordé que prácticamente ya no compro nada de ninguna marca. Y es que sólo de pensar que esas prendas han sido fabricadas por niñas, adolescentes o mujeres famélicas en jornadas extenuantes con salarios de miseria, me siento incómoda y avergonzada: es por eso que dejé de ir a almacenes como Zara aunque haya promociones, a H y M y hasta a Desigual, cuyos carísimos vestidos pueden haber sido pagados a un precio irrisorio a aquellas sufridas manos que les dieron vida.

No sólo el tema del vestuario se ha vuelto complicado; existen unos almacenes de todo a mil, a dos mil o a cinco mil, a los que es inevitable entrar sin comprar al menos una chuchería, a los cuales ahora ni me acerco, pues estoy segura de que cosas tan baratas fueron fabricadas en condiciones deplorables, con materiales de mala calidad por trabajadoras y trabajadores mal pagos y con el agravante de la obsolescencia programada. Entonces, considero que por ningún motivo debo comprarlas.

En cuanto a la comida, el asunto se torna un poco más angustioso: si bien evito consumir productos procesados, tomar bebidas gaseosas que causan enfermedades y obesidad o comidas rápidas de cadenas que además de producir alimentos dañinos para la salud utilizan a jóvenes estudiantes a los que pagan salarios por debajo de lo debido (con la excusa de que ellos no tienen familias que mantener y sólo trabajan en sus ratos libres para pagarse ciertos lujos), lo que no he logrado aún es adherirme al movimiento por la liberación animal que promueve, entre otras cosas, el veganismo.

Intento aplicar lo de un día a la semana sin carne como ayuda para el planeta, sé que debería asesorarme con especialistas antes de modificar mi dieta pero, ¿seré capaz de vencer mi resistencia a un cambio en los hábitos alimenticios que han acompañado todos mis años de vida? Estoy en contra del maltrato animal y no iría a una tienda de mascotas a comprar un cachorro, siempre he preferido y aplicado la adopción y lo seguiré haciendo aunque me sigo preguntando ¿hasta dónde llega mi preocupación y empatía hacia otros seres vivos?

Podríamos seguir con otros tópicos que exigen alguna postura como el de la xenofobia hacia los migrantes, el asedio a los palestinos en la Franja de Gaza, la destrucción de la Amazonía o el deshielo de los polos, sobre los cuales a veces no podemos más que sentirnos impotentes, pues la mayoría de nosotros apenas logra disminuir el uso de plástico reutilizando su botella de agua y usando una bolsa de tela para las compras en el supermercado.

Lo cierto es que el mayor acceso a la información que permite el uso de internet y los dispositivos electrónicos nos empujan a convertirnos en militantes de causas nobles, aunque de ninguna manera podemos dejar de lado la consciencia política, la movilización social y la coherencia en nuestros actos, pues de lo contrario estaremos destinados a ser simplemente seres angustiados e inútiles detrás de una pantalla, o peor, dueños de una auto atribuida superioridad moral cómoda y dañina, tanto para nosotros mismos como para este planeta que tanto nos necesita.


viernes, 1 de marzo de 2019

¡Mátenme, feministas!

Por alguna razón que otros sabrán explicar mejor, no siento una empatía especial por mi género; me caen bien o mal las personas, independientemente de que sean hombres o mujeres, no asumo que ellas deban generarme aceptación sólo porque son como yo. Tampoco me siento particularmente cómoda rodeada de otras féminas, a veces sucede todo lo contrario, me intimidan cuando las veo tan crispadas (ya sé, amigas feministas, es por la opresión de tantos siglos), que muchas reuniones con ellas me hacen sentir un enorme deseo de huir.

Me sucede también con muchos hombres, aunque no puedo caer en generalizaciones, porque si bien es evidente que algunos me causan incomodidad, aprensión y hasta fastidio, los que son mis amigos y otros conocidos, se me hacen una compañía verdaderamente agradable. "Será por el tema de la seducción" dirán, "será porque ellos siempre te están viendo como un pedazo de carne al cual probablemente podrán engullir sin mucho esfuerzo" -puede ser-, pero disfruto estar con hombres, hablar con ellos, discutir, como también he disfrutado hacerlo con mujeres olvidándome del género, conectándonos intelectual o emocionalmente.   

No quiero decir que no tenga amigas: tengo unas entrañables a las cuales quiero y admiro, con las que me siento cómoda y relajada, por las que no me siento juzgada; pero no disfruto especialmente la reuniones que muchas suelen llamar de manera jocosa "aquelarres" si éstas son para denigrar de los hombres o de otras mujeres. Me gustan las buenas conversaciones con ellos o con ellas, no asumo que sea mejor con uno u otro género.

Tampoco siento que nosotras seamos particularmente inteligentes o mejores, no creo que un mundo gobernado por nosotras sería mejor, ni que el hecho de poder dar vida (con la colaboración de los hombres, por cierto) nos haga superiores. No me parece que el hombre deba ser erradicado de las faz del planeta. De la misma manera deploro que en muchos temas los hombres sean superiores porque nosotras no nos preocupamos por cultivarnos. Conozco mujeres brillantes, sí, con una vasta cultura, intelectuales, pero al menos en mi entorno, no son tantas como me gustaría.

En cuanto a sentirme especialmente afectada por lo que les ocurre a tantas mujeres en el mundo, por supuesto que sí: soy una de ellas, me he sentido vulnerable y vulnerada por mi condición como tal, he sentido rabia por no poder salir después de cierta hora sin el riesgo de ser violentada; he llorado por la muerte de muchas a manos de sus parejas, del padre de sus hijos, de aquel a quien entregó su amor. He sentido rabia por las miles de niñas abusadas. Pero también me duelen los niños.

No creo que el hombre, el masculino sea nuestro enemigo natural. Al menos no siempre. Tampoco que todos sean victimarios, nosotras también podemos serlo. Rechazo el feminismo que censura a la que quiere casarse y tener hijos o depilarse las piernas y usar maquillaje. Creo que si bien muchas fuimos abusadas y callamos por miedo o porque sólo posteriormente tuvimos conciencia de que lo que nos habían hecho estaba mal, deploro que esto sea utilizado como instrumento de desprestigio o como venganza, así como negar al padre el contacto con sus hijos porque se fue con otra; considero que poco bien le hace a un movimiento que alcanzó tantos logros acusar a mansalva o sin pruebas sólo por hacer daño o reinvindicar nuestras luchas, de actos que si bien son reprochables y el producto de una cultura machista y patriarcal, no son delitos o hasta hace poco no eran considerados como tales, pues estaban "normalizados" para usar sus términos. Debemos educar, formar nuevas generaciones libres de discursos machistas y patriarcales.

Escupir en la cara a los ‘falotenientes' no es la manera.

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...