sábado, 26 de octubre de 2019

De marchas y tropeles

Quienes contamos con unas cuantas décadas en este mundo hemos visto todo tipo de manifestaciones y revueltas: de ambos lados del espectro político, en nuestro país y en otros cercanos o lejanos, algunas “pacíficas" y otras que han incendiado todo a su paso; y todos, de una manera u otra, hemos participado de alguna.

Al menos una vez hemos salido a apoyar a la patria en los desfiles de independencia o a protestar contra el gobierno por las alzas en los transportes y en los servicios públicos, por los recortes en los presupuestos para la educación y la salud, por la negligencia ante las masacres contra líderes reconocidos y anónimos, frente a dudosos resultados electorales; hemos visto marchas de profesores y estudiantes, de pensionados y mujeres, de campesinos, indígenas, afrodescendientes; movilizaciones que aglutinan personas de todas las edades y marchas de viejos jóvenes y de jóvenes viejos -parafraseando a Pepe Mujica-; unas coloridas como las del orgullo gay y otras plagadas de rostros compungidos; silenciosas o llenas de comparsas y bullicio.

Algunas han terminado en tropel (como decimos aquí), con destrozos materiales, heridos y hasta muertos de uno u otro lado. Hay unas que han tumbado presidentes o reversado medidas anti populares, otras han sido reivindicativas, conmemorativas y tal vez muchas -aparentemente- no han servido para nada. Las hay financiadas por gobiernos poderosos, otras motivadas nada más que por el descontento popular que aunque aparente no existir, como el vapor en una olla a presión y de manera silenciosa crece y empuja, hasta que logra, por alguna vía -unas veces más potente que otras-, salir como una explosión.

El espejismo de la democracia ha limitado nuestro papel como ciudadanos a la mera función de contribuyentes y nuestra participación política a la rutina de votar en unas cuantas elecciones, cada vez más generadoras de suspicacias por la alta posibilidad de manipulación de los resultados. Así que luchar, como bien lo han sabido los pueblos aborígenes de nuestra América desde tiempos inmemoriales, ha sido la única manera de darle una sacudida al poder, a ese que se anquilosa y atornilla en su trono y se olvida del pueblo. ¿Qué más dan entonces unas cuantos vidrios rotos, unos edificios incendiados, unas pérdidas económicas, incluso algunas o muchas vidas sacrificadas si se está peleando precisamente por eso tan valioso, más que la vida de uno, la de muchos, la de todos? El fuego purificador invadiéndolo todo, aunque luego todo vuelva a la calma y las cenizas se vayan con el viento.
Porque mientras muchas señoras y señores de camándula sentados frente al televisor se persignan mientras escupen improperios contra los vagos desadaptados que “protestan quieren todo regalado", esas explosiones no son más que maravillosa poesía: el indicio, aunque leve, de que estamos vivos, de que a pesar de lo mucho que interactuamos con aparatos tecnológicos aun somos capaces de tener empatía, de indignarnos, de sentir, como cuentan que el abuelo le dijo a la abuela cuando tuvo una erección a sus setenta y pico: ¡todavía, carajo!


martes, 1 de octubre de 2019

La solemnidad

Los seres humanos nos tomamos la vida, a nosotros mismos y a los demás muy en serio, sólo hay que observar la multitud de ceremonias que realizamos a lo largo de nuestra existencia como individuos y como especie: los juramentos militares, las graduaciones escolares, las conmemoraciones de fechas importantes para la nación.

La rigidez de las posturas, de los gestos augustos, de la música, si es que así se le puede llamar a los himnos y cánticos ceremoniales; los rituales de la vida y la muerte decretados por las religiones: bautizos, matrimonios, misas de difuntos. Todo eso rodeado por una atmósfera aburrida y rimbombante, muy distante de la verdadera vida que lleva al ser humano a regodearse en los placeres, en el carnaval y el desenfreno.

¿Pueden catalogarse como formas de control social, rituales de paso, ejercicios necesarios para recordar nuestra trascendencia en oposición a la inmanencia que nos desvía?

Al parecer las redes sociales han exacerbado nuestra tendencia a ser solemnes: si bien el humor ha salido de las caricaturas en periódicos, revistas, programas de televisión y se ha convertido en un ejercicio democrático a través de los memes y todo tipo de parodias en vídeo, lo solemne también se ha vuelto una característica de nuestro personaje ante los demás en las redes. 

Adultos indignados que exigen justicia para los delincuentes y denuncian la corrupción de gobernantes; jóvenes eufóricos que claman por el cuidado del planeta que llevamos siglos destruyendo;  políticos de todas las calañas vendiendo imágenes impolutas; personas “de a pie" que día a día se esfuerzan por construir una reputación a punta de mentiras y fachada. Todos preocupados por la imagen de corrección política, coherencia ideológica o éxito que les interesa proyectar, viendo enemigos en todos los que osen menoscabarla. Solemnidad que termina siendo reducida a una moda, a una ola de indignación, a una catarsis orgásmica y luego es evacuada, olvidada, reemplazada por una nueva.

La seriedad -valor inculcado a nuestros antepasados y aún exigida a las personas de bien- con la que se nos exige vivir y morir y de la que escapamos entre borracheras y estados alterados de conciencia gracias a las drogas, sumergidos en arrebatos de pasión, ira o de éxtasis religioso; el "portarse bien" reprimiendo los instintos naturales para agradar a la sociedad. Esa solemnidad que la niñez nos enseñó que no sirve para nada.

Deberíamos volver a los ataques de risa incontrolables de las izadas de bandera o los velorios, justo cuando el rector lanzaba con voz grave odas a la patria o la rezandera del barrio recitaba esas horribles letanías que los demás debían responder... Reír, para no morir.

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...