viernes, 23 de febrero de 2024

Fuera de lugar

 Vivimos en una época saturada de ruido, eventos, celebridades, productos, entretenimiento; pero estamos cada vez más solos, cansados, distraídos y aburridos.

No sé si atribuirlo a la edad, cada vez siento menos deseos de salir de la casa -a menos que sea para ir a un lugar silencioso y rodeado de verde-: la idea de deambular por terminales de buses o aeropuertos atestados me genera una angustia tremenda; imaginar en cada lugar en el que me quiera tomar una foto a un enjambre de seres con el mismo deseo con sus bermudas, gorras, botellas de agua, su ruido incesante y basura tecnológica me hace no querer ya conocer la torre Eiffel, la Fontana de Trevi, el Peñón de Guatapé o las pirámides de Chichen Itzá. Aunque, ¡a quién engaño! Tampoco iba a tener nunca el dinero suficiente para ir a ningún lado; tal vez esta amargura no sea más que un consuelo de pobre.

Tampoco me interesan ya los conciertos multitudinarios (y pensar que a los 18 hice hasta colecta para ir al que sería el primero, de Gloria Estefan) ni porque reúnan a un montón de mis cantantes favoritos, casi todos en la plenitud de su vejez, me motivan a pagar pasajes hasta la capital (donde ocurre la mayoría) y una entrada carísima a través de una empresa especuladora, ni mucho menos a hacer una fila de horas bajo el sol y la lluvia para escucharlos con sus voces distorsionadas por los amplificadores y verlos pequeñitos a través de una pantalla pensando en que debo aguantar indefinidamente las ganas de orinar y preguntándome cada 20 segundos: ¿qué hago aquí?

Casi no quiero ir al cine o al menos no en mi ciudad, no me interesa lo que nos quieren vender, que no son películas sino franquicias, como la comida chatarra y casi todo lo demás que nos meten por los ojos. Sentirme obligada no solo a ver los éxitos de taquilla, sino a soportar durante más de tres horas a gente que masca sus palomitas como si fueran rumiantes y no puede dejar de mirar y enviar mensajes en su teléfono cuando no está hablando -como no serían capaces de hacerlo en un café, porque allí estarían absortos en las pantallas de sus celulares-, me exaspera.

Así que ¿qué podría haber allá afuera para mí? Tal vez el amor, pero sinceramente, lo dudo.


sábado, 3 de febrero de 2024

Las palabras del humano

  Se habla con frecuencia de lo importante que era para los abuelos "la palabra empeñada", que pesaba más que un documento notariado, ¿cuándo dejó de ser valiosa para sellar tratos y establecer todo tipo de compromisos? Ya nadie respeta ni la propia palabra, aunque no deja de ser fundamental para la vida en comunidad; su importancia es tal, que constantemente comprobamos la capacidad que tiene de estimular o de dañar.

Por ejemplo, lo que los padres digan a sus hijos en sus más tempranos años los marcará para siempre; lo que la pareja comunique o no en todo momento de la relación será determinante; lo que unos y otros expresen en redes acerca de una persona podrá afectar positiva o negativamente su autoconcepto y su equilibrio mental.

 Somos seres de lenguaje verbal y no verbal, como tantos otros seres vivos, pero nuestro código es propio del humano y con frecuencia lo usamos indiscriminada e irresponsablemente: palabras que hieren y matan, palabras como puñales y como dardos... Palabras que a veces no son suficientes para decir lo que se siente, que se quedan cortas para describir la belleza, que traicionan hasta su propio significado, como cuando el hombre le dice a su compañera que la ama, pero no deja de engañarla; o cuando la madre le dice a su hijo que es lo más importante pero no respeta el camino que escogió para su vida.

¿Qué es más importante, las palabras o los actos? Porque cuando son vanas, escasas o mentirosas, cuando no alcanzan a decir lo que se quiere, ¿no son más contundentes los hechos?

Ese atributo tan humano que nos da vida y nos la arrebata (o, ¿quién no se ha derretido ante un “te amo"? ¿Quién no ha necesitado como el aire un “gracias”, “estás linda(o)" o “lo hiciste bien"? ¿Quién no se ha sentido devastado por una crítica negativa o un insulto?); que nos marca desde nuestra emergencia como sujetos -pues mucho antes de nacer se nos otorga un nombre, se nos entrega el legado familiar con un apellido y se nos hace balbucear las palabras más necesarias para la existencia como mamá, papá, agua, teta, tete-; que así como nos crea puede destruirnos, marcar un destino, una personalidad, un destino venturoso o trágico.

Quienes nos dejamos seducir por ellas e intentamos dominarlas, desentrañar sus misterios, encontrar las precisas y conocer sus miles de sinónimos, lamentamos que muchas estén cayendo en desuso y a punto de desaparecer de nuestro vocabulario; insistimos en rescatarlas del olvido, seguirlas acariciando con nuestros labios y deleitándonos con su sonido, con su forma, con su sentido. 

Porque amamos el arte de las palabras seguimos intentando hacerles justicia, aunque continuemos errando y  no pasemos de ser más que simples aprendices. 


Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...