sábado, 3 de noviembre de 2018

De lo difícil de ser mujer

No lo noté mientras crecía, pero viéndolo en retrospectiva, el comportamiento de los hombres fluctuaba entre la agresividad y una especie de embelesamiento: algunos niños en el colegio nos alzaban la falda en los pasillos, nos hacían zancadillas o empujaban en el patio de recreo (y uno hasta metía en mi pupitre billetes de 20 pesos arrugados con los que yo no sabía qué hacer hasta que la mamá del misterioso filántropo se quejó con las monjas); según lo que nos dijeron esos niños estaban "enamorados" de nosotras. Los primeros años en un colegio mixto hicieron que sintiera miedo de los hombres: fue un alivio pasar luego a uno femenino.

Siendo adultos no deja de ser igualmente frustrante: hombres a los que supuestamente les gustamos que nos tratan mal o no nos hablan. Hay otros que practican el acoso disfrazado de piropos, "roban besos" o hasta jefes que te manosean detrás de puertas o escritorios, a los que muchas veces respondes con una sonrisa para no parecer problemática a pesar de lo mucho que te incomoda.

Fui abusada y nunca lo supe. Tenía doce años y el novio -cinco años mayor- de una prima, mientras jugábamos al escondite me obligó a besarlo. Me preguntó si no sabía besar y ante mi negativa me dijo lo que tenía que hacer: obedecí y sentí una mezcla de susto y asco cada vez que lo hacía. Luego me sentía inquieta a su lado, empezó a ir a la casa cuando mi hermano y yo estábamos solos (mi mamá trabajaba todo el día) y lo enviaba a él a la tienda o al árbol a bajar mangos aprovechando para besar mi incipientes senos y tocar mis partes; no se cómo no me violó, pues yo no oponía resistencia 

¿Cómo saber que lo que él hacía estaba mal si nadie me previno? ¿Quién diablos podía explicarle a ese abusador que no se trataba de una relación consensuada por el hecho de no resistirme si yo era apenas una niña? Mucho tiempo después de haber sentido tanta culpa, supe que él era el único responsable.

¿Se entiende por qué muchas nunca denunciamos o contamos nuestra historia después de muchos años? Porque teníamos miedo y sentíamos vergüenza.; porque creíamos que estaba bien o nos lo merecíamos; porque sabíamos que lo más probable era que termináramos siendo señaladas por "seducir" a los abusadores y no a ellos por lo horrible de sus actos. 

Tener que ponerte un prendedor para cerrar el escote, bajarte la falda para evitar las miradas, callarte a veces para que no te tilden de feminazi; pero también querer de vez en cuando ponerte minifalda o short sin ser tachada de puta. Desear también estar con la sin maquillaje y con el pelo alborotado sin que te importen las miradas y sin que familiares indiscretas te manden a “arreglar"; en fin, liberarnos de todas esas cargas adicionales a la ya pesada de ser consideradas intelectualmente inferiores, inestables emocionalmente, problemáticas y volubles.

Todas esas taras que nos impusieron y que muchas ven como normales, "porque así tenía que ser". Y la parte que aún no acepto: ponernos a las mujeres en contra otras mujeres, por miedo a que nos uniéramos Porque, que no se nos olvide: la sororidad es resistencia.

domingo, 5 de agosto de 2018

Mi cuerpo, mis decisiones

No hablemos del estigma si la familia o los amigos se enteran, de la persecución de las autoridades en los países en que es totalmente prohibido, no hagamos alusión a la culpa que producen décadas de doctrina religiosa y movimientos pro vida que repiten hasta el cansancio la palabra asesinato: pensemos que todas las que pasamos por eso, hemos superado esas taras mentales inyectadas a punta de odio y prejuicios. Hablemos del trauma físico que un aborto acarrea.

Cuando eres una estudiante universitaria de clase media a quien su novio decide "responder" pagando los gastos con tal de no defraudar a la familia que espera verlo graduado y exitoso antes de empujar un cochecito, tienes el problema casi resuelto. No vas a tener que recurrir a las ramas de ruda ni a los ganchos de ropa, es posible que no mueras por la infección o desangrada, así que puedes dirigirte a una de esas Clínicas de la Mujer que afortunadamente existen, con conocimiento o no de los gobiernos, teniendo la certeza de que saben lo que hacen, que estás en buenas manos y que 300 mil o 400 mil pesos lo valen cuando se trata de tu salud y de tu futuro.

Comienza el proceso: vas a la charla con otras mujeres en la misma situación aunque con razones diferentes, te encuentras a una madre seguramente creyente con su hija menor de edad diciendo "no puedo mantener a otra criatura"; ves cómo tratan de disuadirte, en grupo, a solas y aprietas la mano de tu novio, aunque lo odies un poco (o mucho), por ser en parte responsable de estar allí. Entonces fijan la fecha.

Llegas esa mañana sin haber dormido ni desayunado, no porque te lo prohibieran sino porque no podías tragar; además, has sentido las náuseas propias de esa situación y te enteras de que, aunque es algo ambulatorio y sin anestesia, él no puede acompañarte, así nadie sostendrá tu mano y a nadie podrás gritar o apretar si duele; te quitas las ropa, la metes en una canasta como las de los aeropuertos, te pones la bata sin nada debajo y entras.

Sólo sabes que te introdujeron algo, sólo miras hacia el techo, sientes un ruido como el de las fresas de los odontólogos, sientes una vibración y la que lo está haciendo te dice que tu cara está congestionada (el único comentario impertinente y tenía que ser precisamente ahí). No sabes cuánto tiempo pasó, sólo que ya ha terminado. Tienes que ponerte la toalla higiénica que trajiste, comprar un termómetro para vigilar cada cierto tiempo tu temperatura (si pasa de 37ºC puede ser sinónimo de infección), tienes que tomar los antibióticos, consultar si hay hemorragia, descansar...

Sales de ahí sintiéndote apaleada, enferma, pero con la certeza de que hiciste lo que debías, tratando de bloquear esos pensamientos que giran alrededor de palabras como pecado, arrepentimiento, castigo. Todo sale bien y te alegras, pero tienes claro que nunca más pasarás por eso.

Y la vida sigue.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Y qué si...?

Escuché, con ocasión de la muerte de ese extraterrestre autodenominado Prince, una y otra vez una canción suya titulada "What if", que me encantó por su melodía un poco religiosa -porque debo reconocer que no entiendo la letra y no me di a la tarea de buscarla-. Lo cierto es que vino a mí con ocasión de las actuales contiendas políticas (porque siempre, a toda hora y en todo el mundo hay elecciones), en forma de pregunta, pero no sólo con respecto a ellas, en general: ¿Y qué si...?

¿Mi país hubiera tenido un gobierno de izquierda -de alguno de esos líderes que se veían tan capaces y fueron asesinados- y no hubiera existido la tal "apertura económica", ni las privatizaciones, ni los TLC y siguiera existiendo el Seguro Social y Telecom e Inravisión y la Televisión Educativa y los empleos para toda la vida y las primas y las cesantías y las vacaciones pagas y las licencias remuneradas y las horas extras y las bonificaciones y los ascensos y el SENA (ups, ese sí existe) y todo lo que alcanzamos a conocer y borró de un plumazo un señor al que llamaban Rudy Hommes?

¿Estaríamos mejor educados pero no comeríamos en Mc Donalds y no tendríamos Iphones sino los primeros celulares que inventaron los rusos y nuestras calles estarían inundadas de Wolswagens y Renaults 4 y comeríamos sólo papa nuestra, arroz nuestro y arracacha? ¿Estaríamos en medio de una gran crisis económica y el señor del Norte nos amenazaría cada día de por medio y todas las Instituciones internacionales creadas y sostenidas por el mismo señor nos condenarían y nuestra gente saldría por cientos a los países vecinos (ah, perdón, eso sí pasó) en busca de empleos en restaurantes o vendiendo chucherías en sistemas de transporte repletos, teniendo dos y tres títulos profesionales y hasta postgrados?


Con respecto a mi vida ¿Qué si me hubiera casado y tenido hijos a los 27, como correspondía...? ¿sería feliz? ¿mi esposo me habría dejado ahora a los cuarenta? ¿sería una divorciada atractiva en busca de "colágeno", una cuchi barbie? ¿o tendría un matrimonio y un hogar exitoso, con cumpleaños y días de Halloween perfectos, me habría hecho una lipo y estaría buenona aunque eso a mi esposo no le importara porque se estaría cogiendo a su secretaria o a su alumna o a su paciente o a todas las anteriores? 

¿Y si hubiera tenido la berraquera de hacer una Maestría o un Doctorado, o los dos, en otro país, aprendiendo otro idioma o adquiriendo otro acento y quedándome a vivir allá, engrosando la lista de cerebros fugados, sin recordar el sabor del mute, con novio extranjero (el cual nunca he probado, a menos que el venezolano cuente como tal), con apartamento, vida, costumbres y pensamiento de extranjera, detestando todo lo colombiano y a la vez añorando ese  tierrero que es mi ciudad natal o la fría y provinciana capital en la que fui tan feliz mientras estudiaba mi pregrado?

¡Uf, qué agotador resulta imaginar otro destino posible, como si sirviera de algo! Mejor, quedémonos con nuestro "paraíso capitalista/con mal empleo/mala salud/educación paga/pero somos libres" y nuestra "vida de soltera/que pasa de los 40/que vive con la mamá" y no hagamos nada, que para eso sí servimos. 

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...