miércoles, 31 de julio de 2019

El café que nunca fue

Ella no es una mujer de esas que quitan el aliento, pero hay algo en sus ojos, en su cuerpo que atrae. La novia de mi humano ya no es joven, no tiene en su piel la lozanía de los veinte y en su pelo asoman hilos de plata que cubre con todo tipo de tintes. Pero es buena y ama apasionadamente, aunque a veces me asfixia con sus abrazos, tanto como a mi noble compañero, que los acepta con estoicismo.

De sus conversaciones luego del amor -que observo a prudente distancia desde el armario o al borde de la ventana- he podido extraer que su padre murió siendo una niña y ella era su adoración, por lo que se sintió terriblemente sola y abandonada a partir de allí. Se crió con una madre estricta y fría, que siempre estaba cansada y de mal humor, que no demostraba su afecto y a la cual ella y su hermano temían, por eso hacían solos sus deberes escolares y mantenían aseada la casa. Se sintió siempre necesitada de alguien que la defendiera y apoyara, que le preguntara cuáles eran sus sueños y temores, que estuviera ahí para ella cuando nadie más estaba. Por eso buscó desesperadamente el amor y se aferró a los hombres de su vida.

Al parecer, todas sus relaciones fueron largas y gastó gran parte de su energía en conservarlas, luchando contra ella misma y su naturaleza rebelde, indomable y sensual. Fue infiel y lo pagó caro, fue fiel y no hubo diferencia. Llegó a mi humano herida y con el corazón hecho pedazos: otra vez abandonada; se aburrieron de ella y su falta de compromiso con la vida, su desinterés por todo, su pasión incandescente que se consumía en 10 segundos y luego se convertía en apatía y cinismo. Ya no era una niña y se había opuesto a todo: al trabajo, al matrimonio, a la religión, a la política. Se sentía vencida y con ganas de morirse.

Ella siempre repite que a pesar de lo doloroso de las rupturas, fue lo mejor: al menos era libre y ahora sabía quién era, no se iba a engañar nunca más y trabajaría al fin por sus sueños, ya no dependería del afecto y la aceptación de otros; sería ella.

Un día, entre un duelo que parecía no terminar y las euforias causadas por el alcohol, dijo delante de alguien que siempre había soñado con un espacio donde se juntaran las dos cosas que más disfrutaba en la vida: los libros y el café. Le propusieron un proyecto que sonaba mágico y empezó a tejer fantasías alrededor de lo que sería este lugar para ella y sus amigos, para la vida de todos los que entraran allí y quisieran disfrutar de una bebida, un libro o una charla. En su mente esas mesas, que hoy sostenían patas arriba las sillas, serían ocupadas pronto por personas interesantes (y también por uno que otro fastidioso o arrogante), sería su oportunidad de brillar, de mostrarle al mundo que era inteligente y divertida y podía ganarse la vida sin ayuda de un hombre.

Pero pasó que al llegar el lunes a ultimar los detalles de lo que sería la gran inauguración, en la puerta había un cartel que decía "alquilado". Habían hecho una mejor oferta que la suya y esa se estaba convirtiendo en la historia de su vida.

"Será en otra ocasión, bella Michina", me dijo con una sonrisa triste mientras acariciaba mi lomo con desgano. Yo la consolé restregando mi cuerpo contra su turgente pierna.

jueves, 18 de julio de 2019

Renunciar a la vida

Hace algunos meses una novia de adolescencia de mi humano se suicidó. Lo vi llorar como un niño y quejarse de haberla plantado pocas semanas antes de su muerte ¿Qué le quería contar en medio de ese café que le había invitado? ¿Habría servido de algo consolarla, darle ánimos, decirle que la vida siempre tiene algo mejor para dar? Es imposible saberlo pero, de paso, deseé que algún día llore igual mi muerte. 

No sé por qué a todos los de su especie les causa tanto asombro, tanto shock eso que llaman suicidio, como si no fuera la cosa más sensata de hacer ante las agresiones de este mundo que ellos mismos crearon. Pensar en lo solos que están, en lo superficiales y transitorias que son sus relaciones -y no de ahora, de esta era de pantallas y apariencias, de siempre, en todas las épocas y lugares-; es así el humano, gregario pero solitario por naturaleza ¿Es que su capacidad de pensarse a sí mismo lo aísla, cosa que no es problema de otras especies? Es evidente que son los únicos en padecer la soledad, a otros seres vivos -incluyéndonos a los gatos- parece no causarles sufrimiento...

Y luego, esta sociedad que se inventaron e instaura paradigmas que les dañan la cabeza; que los vuelve guiñapos al vaivén de las circunstancias, de la moda, de los otros; entonces van a terapia y se quejan porque se sienten inseguros, poco atractivos, viejos y obesos y se aferran a otros de manera malsana, aunque los maltraten y hasta les destruyan la vida; después pretenden no volverse mierda cuando terminan relaciones en las que eran vulnerados y despreciados, de las que no se podían librar por temor a quedarse  solos y creerse demasiado poco, aunque el otro fuera una basura maltratadora y egocéntrica.

Les sorprende sentirse fracasados por no conseguir un empleo, aunque no sea de su agrado y esté mal pago, porque se inventaron una noción de éxito que significa tener mucho dinero para gastar. Les aterra que una madre se lance con su hijo de un puente y se sienten con derecho a juzgarla, cuando su sufrimiento tuvo que ser tanto que no quiso irse sin asegurarse de que su criatura no viviera lo que ella...

¿Cómo pueden dormir tranquilos viendo morir a tantos jóvenes, a tantos niños y niñas, a tantos padres, madres y ancianos, a tantos animales desaparecer, tantos bosques y selvas arrasados, tantos ríos contaminados o reducidos a charcos nauseabundos? 

Perdónenme señores, sé que poco entiendo de sus códigos y reglas, pero no dejo de preguntarme ¿qué esperan de un mundo que sólo los violenta más que pensar en abandonarlo?

sábado, 6 de julio de 2019

“Si tengo que esforzarme, no es lo mío, no me interesa". Diario de un gato

Soy un gato adulto, hembra, para más señas, aunque evito usar la palabra gata -que los humanos han hecho peyorativa usándola con propósitos ofensivos hacia las hembras de su especie-.

No siempre fui un felino, sé que tuve muchas vidas aunque no las recuerdo todas, pero estoy segura, por ejemplo, de que hace muchos soles atrás fui un aristócrata. Recuerdo levantarme a cualquier hora del día cuando los criados abrían las cortinas, desayunar en una linda terraza con café y tostadas escuchando noticias sobre mis lejanas propiedades y llevar una vida dedicada a los negocios, el arte y las grandes fiestas y tertulias en la corte de algún rey. Solo debía preocuparme por no caer en desgracia con el soberano de turno y administrar los bienes heredados para que no desaparecieran y mis descendientes no me maldijeran eternamente.

Unas décadas después, en los tiempos de las grandes revoluciones, fui una hermosa cortesana atormentada entre los vientos de liberación y el deseo de aferrarme al pasado esplendor. Fui amada y amé más de lo indecible a muchos hombres, les di placer y me lo dieron, muchos perdieron la cabeza por mí y quisieron atarme a sus dormitorios, pidieron que mi vientre diera frutos pero yo no deseaba ser una madre abnegada; luché por hacerme oír, supliqué que me amaran sin títulos ni cadenas, sin rutinas ni familiares entrometidos. Ninguno de mis amantes pudo asumirlo y tuve que envejecer y morir sola.

Pasaron los siglos y fui un escritor fracasado y pretencioso. No leía a nadie más que a mí y me sentía el mejor del mundo; hablaba mal de todos los demás escritores y me sentía orgulloso de mi poco intelecto y cultura. Morí en la miseria, pero no en esa en la que falta el pan, sino en la que ennegrece el alma, porque traicioné a todos y a mí mismo por querer dejar mi nombre en los anales de la historia, cosa que tampoco pude lograr.

Ahora y por suerte soy una especie de dios vivo: ya no tengo más que pedirle comida a mi olvidadiza humana en las mañanas y por las tardes, tomar el sol siempre que se pueda y estar a una distancia prudente de la pequeña ilusa que me alimenta para evitar que cometa tonterías. Es un trabajo fácil, ella es algo ingenua y enamoradiza pero toda una buenaza. Y me idolatra.

La vida y su evolución me trajeron hasta aquí en una suerte de nirvana y creo que me lo merezco. Si algo he aprendido es que debo respetar mi esencia, ser lo que he sido y soy, no importa lo que digan los otros ¡Que ellos vivan a su manera y me dejen en paz! Porque si tengo que esforzarme por conseguir algo, ya sea dinero o amor, sencillamente no vale la pena.

Lo único que sé es que esta vez moriré y nunca más regresaré. Lo siento por los que nunca llegarán a ser gatos...

¡Miau! (adiós).

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...