sábado, 30 de diciembre de 2023

El paso del tiempo

                                                                                                                           Para mi hermano

 ¿Por qué a veces estás tan abatido? 

¿Por qué hay días en los que estás sensible y todo te afecta?

Hace algunos años lloraste por ese niño que murió en las costas tratando de escapar con su familia de la pobreza y el hambre; ahora te duelen esos muertos bajo los escombros dejados por las bombas en tierras lejanas, aunque no entiendas su lengua ni practiques su religión.

Has vivido más de media vida y todavía pareces esa alma recién llegada al mundo que se pregunta ¿por qué los hombres destruyen y asesinan, cómo pueden cegar una, miles de vidas?

Y mientras más envejeces más vívidas son tus memorias: a veces, la propaganda de un producto que consumías en la infancia te devuelve a esos días dulces y sientes que no has dejado de ser el niño que se sentaba alelado frente al televisor mientras comía su plato de cereal extranjero.

También, sin saber por qué, llega a ti ese viernes feliz en el que te levantaste de la siesta, llovía y saliste con tu hermano con los impermeables puestos (el tuyo era rojo, el de él, verde) a saltar en los charcos y luego entraste a ver en la tv Pipi Calzaslargas que te fascinaba, aunque no entendieras muy bien por qué una niña vivía sola en una gran casa con un caballo y un mono y tenía para gastar un baúl lleno de monedas de oro.

¡Cuánto has añorado ese disfraz tan amado, imaginándolo allí, en el armario donde estaban los demás! Aunque ya no existan el disfraz ni el armario, ni siquiera la casa en la que dormiste tantos años y donde salías a jugar con tu perro en el garaje.

Son tantas las veces en que recordaste esa navidad que fue todo lo que querías y pudiste oler nuevamente el empaque del juguete que tanto deseabas y llegó a ti esa noche, como un milagro... Esa sensación de que todo era posible, que solo debías desear algo intensamente y alguien allá arriba se encargaría de hacerlo realidad, nunca volvió a repetirse.

Suele pasar que no reconoces a esa niña de las fotos que intenta no llorar mientras mira a la cámara y sopla las velitas con su gorrito de papel y sus ojos asustados; tampoco a la joven regordeta y con exceso de maquillaje que posa y se ríe efusivamente. No recuerdas haber estado en esos lugares ni lo que estabas pensando cuando se inmortalizaron esos momentos: podrías no haber sido tú.

Luego, por un momento una imagen te traslada a otra dimensión y llegas a alucinar con tu vida siendo otra, en otro lugar, con otro paisaje y otro destino.

Pero estás aquí y ahora, y la soledad, el silencio, el desgaste y la muerte son indiscutiblemente reales.

jueves, 21 de diciembre de 2023

Amores binacionales

 Dicen que uno no debería regresar a los lugares en los que ha sido feliz y, según eso, yo no debería haber vuelto a la metrópolis de mi infancia. Pero lo he hecho muchas veces y nunca, ni en sus peores momentos, me ha decepcionado.

Muchos conocidos ya han escuchado hasta el cansancio esta perorata: la primera gran ciudad que conocí fue la capital de Venezuela -mi segunda patria- y para una niña de 7 años que aún creía en seres sobrenaturales y en que los muertos resucitaban, fue una experiencia mágica y de colores, sabores y sensaciones inolvidables.

Recuerdo llegar de noche y transitar a toda velocidad por una autopista que parecía flotar sobre el suelo y de hecho lo hacía, rodeada de inmensos edificios y avisos luminosos como los que se veían en las películas gringas, después de muchas horas de viaje y de haber saboreado en el camino un café más rico y más fuerte que el de mi propio país (cafetero, por cierto); de probar unas arepas que parecían tener mil variedades para escoger y ver en esos mostradores dulces y galletas (Sorbeticos, Nucita, Torontos) que en mi vida había conocido. Todo, desde el viaje en carro hasta hacernos los dormidos cuando nos paraban en las alcabalas para que los guardias no nos pidieran papeles, era misterioso y emocionante.

Cuando llegamos, cansados, a nuestro destino, el olor del apartamento -no sabría decir a qué, a rancio y a nuevo, a desinfectante-, el de la ciudad toda a smog, a comida china (cada lugar tiene su olor) se me quedó grabado para siempre, como el de esa juguetería con un nombre poco sugestivo: la General Import, en la que había de todo lo que un niño pudiera desear. Y el metro, ¡Wow! Nunca había sentido esa sensación de aceleración y desaceleración más que en el Gravitrón de las ciudades de hierro, era como llegar con el cuerpo tan rápido a un destino que la mente no terminaba de enterarse (como dijo alguna vez García Márquez sobre viajar en avión).

Fue mi primera vez en un zoológico, mi primer helado en un Mc Donalds, mi primera hamburguesa en Burguer King (¡lo siento, soy hija de los ochentas!) y cómo no, ¡la playa! Aunque había conocido el mar en San Andrés unos años antes, pero estar en una ciudad con mucho tráfico, rodeada de montañas y con pequeñas casas enclavadas en sus faldas (cuyas luces de noche simulaban un pesebre viviente), atravesar un túnel y verlo allí, esperándonos, con su pescado y su tostón gigante (patacón) con ensalada de zanahoria y repollo rallados y mucho queso y salsas por encima ¡Era una delicia! 

El chocolate caliente en el cerro El Ávila, ataviados con ropas de invierno como si estuviéramos en Saint Tropez, la subida en teleférico y ver desde arriba los edificios pequeñitos; el cochino frito con cachapa en el Junquito (un pueblito a una hora de Caracas); las fresas en la Colonia Tovar (un poco más allá). Los sandwiches de jamón y queso, que eran de un nivel superior a los colombianos por la calidad de sus ingredientes; los cachitos (una especie de croissants), las empanadas de carne mechada, de cazón (una variedad de pescado); los pasteles de pavo y queso crema, de espinaca con ricota; la paella, la sangría, la reina pepiada, el pasticho (la lasaña aquí) y tantos platos insuperables que hicieron que al regresar a mi país papero y desabrido casi no pudiera tolerar su comida...

Todavía escucho las gaitas y no puedo dejar de recordar las salidas de noche a patinar en el paseo Los Próceres; la misa de gallo a la que fuimos, felices, de madrugada; la alegría de los vecinos que parecían conocernos de toda la vida ¡Qué país alucinante! Y estaba ahí al lado, más cerca que la fría, en todos los sentidos, Bogotá... 

¡Qué amor tan temprano y tan eterno por ti, mi bella Caracas! 

sábado, 9 de diciembre de 2023

¿Somos tolerantes?

 No tengo, como es el caso del personaje de la película El Grinch, ningún trauma relacionado con la navidad; de hecho, tuve unas maravillosas. Como a todo niño me encantaba en ese momento de la vida en que era algo mágico y desconocido (que hicieras una carta pidiendo juguetes y una noche aparecieran bajo el árbol era alucinante). No ando robándome los árboles ni las luces de nadie, pero resulta que crecí y me di cuenta de que era solo una ocasión comercial, un sincretismo entre creencias paganas y cristianas aprovechado para vender cada vez más productos, así que ver a la gente corriendo por sus regalos, sus adornos y sus “estrenos" se me hizo cada vez más ridículo y ahora me produce un tremendo aburrimiento.

Pero resulta que pensar así es casi un delito. Me han dicho de todo y ya la verdad no me afecta, pero debo decir que no solo no me gusta la navidad, tampoco la natilla ni los villancicos y lo que más detesto es que sea una época en que más que nunca se aprovecha para pasar por encima de los demás con música a todo parlante, desorden y pólvora hasta donde da. Lo peor es que no me considero amargada, amo la música, adoro el baile, los espectáculos con juegos pirotécnicos que duran unos minutos y muestran piruetas de luces de colores con poco ruido me encantan, pero además, ninguna diversión de mi parte pasaría por hacerle la vida o el rato angustioso a ningún ser vivo. Me gustan las reuniones de amigos donde se charla y la música sirve para ambientar y obviamente para bailar, pero no entiendo cómo en diciembre, así como en tantas otras fiestas, se sientan un montón de personas con cara de aburridas alrededor de unos bafles a todo volumen con el dueño de casa generalmente doblado por el alcohol en su silla, solo despertándose (en algunas ciudades traquetas) para echar los doce tiros reglamentarios cuando suenan las respectivas campanadas; así, sin hablar, sin reír. Es incomprensible para mí.

Tampoco me gusta que al final de la película el Grinch termine amando la navidad, es el eterno mensaje gringo de “estas conmigo o estás en mi contra". No. Se pueden rechazar ciertas costumbres sociales que se consideran sin sentido y ser personas normales y felices, como muchos lo somos; para otros es una cuestión de creencias distintas a la mayoritaria y eso también es respetable. Solo no nos tiene que gustar lo mismo a todos ¿Podrían, por favor, entenderlo?

martes, 5 de diciembre de 2023

Ni putas ni santas

  Hace un tiempo estuve en el campo y pregunté qué tipo de flores eran las que adornaban el centro de mesa: la respuesta es que eran llamadas por los locales "cuarto de puta" por su olor particular; nunca he estado en la habitación de una meretriz, pero el aroma que expelen es dulce y penetrante. Eso me llevó a pensar en lo común que es escuchar frases como "fuma como puta presa" o cómo suele decirse que tiene "pinta de puta" cuando alguien del sexo femenino se viste o maquilla de forma llamativa-  y a preguntarme cuál será la fascinación que ejerce en las personas de todas las condiciones sociales esta profesión ("la más antigua en la historia de la humanidad").

Hay una dualidad en la mente de la mayoría de los hombres, producto del machismo en el que fueron formados, que los lleva a buscar como compañera y madre de sus hijos a la mujer casta, preferiblemente sin pasado -porque el hecho de que lo tuvieran los mortificaría durante toda la relación-; pero a la vez desear a rabiar a las de conducta atrevida, las que encarnan todos los placeres. Es por eso que acuden a la prostitución en todas sus variedades y es en parte esta deformación la que les impide concebir que la mujer "normal", la compañera, la madre, tenga deseos y experimente placer, no solo con ellos sino -lo más insoportable- con otros además de ellos. Y como la esposa es de su propiedad, el no tolerarlo lleva a todo tipo de aberraciones como la violencia y el feminicidio.

Quienes nacimos con este sexo y quienes no nacieron pero se identifican con él sabemos lo difícil que es ser mujer y ejercer nuestros derechos, los que aún están en el papel y han tenido que ser peleados con bravura a lo largo de la historia. Se nos juzga por hacer lo que queremos y más si va en contra de lo establecido; se nos castiga por decir lo que pensamos sin filtros; si somos abnegadas se nos ataca, si somos libres también; si nos abandonan casi siempre para los demás es por nuestra culpa, porque no fuimos lo suficientemente buenas en la casa, en el sexo o en alguna otra cosa. 

Así que, a veces, para salvaguardar nuestra dignidad como personas, nuestro amor propio e incluso nuestra propia vida tenemos que abandonar al que nos violenta física o verbalmente, al que nos cela, al que no piensa en más que gastarse la plata que se gana en juerga; al que nos es infiel aunque le hayamos parido sus hijos. Debemos irnos de ahí y de nuestros hogares; también de amistades o de trabajos en los que no nos sentimos valoradas o somos acosadas, y es entonces cuando además de la de santas o putas surge una nueva categoría: nos convertimos en hijas de puta, porque se supone que debíamos aguantarlo todo. Porque se nos pedía que fuéramos una fuente inagotable de amor y de perdón, porque aparentemente el cariño se demuestra quedándose, a pesar de que las vejaciones se repitan una y otra vez.

Pues no. No nos vamos a seguir quedando aunque los amigos y la familia nos juzguen, ya es justo después de tantos siglos que podamos irnos azotando la puerta sin mirar atrás y sin que peligre nuestra integridad.

Así que ni putas ni santas ni hijas de puta: mujeres. Libres.

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...