domingo, 1 de noviembre de 2015

Entonces ¿para qué sirve la cultura?

Tendría que definir primero a qué concepto de cultura me refiero, si al conjunto de expresiones propias de un pueblo, que comprende sus costumbres, música, comida, etc. O a la que se refieren mis amigos literatos, artistas y cinéfilos: aquella que amerita una amplia gama de conocimientos en Historia del Arte, lo mismo que haber leído desde Homero hasta Cortázar y haber visto al menos unas cuantas películas de Buñuel y de Felllini.

Algunos de estos amigos suelen sentirse superiores a los que desconocen la obra de Borges o la poesía maldita de Baudelaire y desprecian a quienes dedicaron su infancia a leer los chistes de Condorito o las novelas de vaqueros. Yo misma he despotricado por la ausencia de hábitos de lectura en los jóvenes, me he burlado de los que no conocen siquiera el poema 20 de Neruda, me he sentido una especie de iluminada ante alumnos, amigos y compañeros de trabajo y me he solazado discutiendo con todos esos pedantes ilustrados.

Sin embargo, ante la lamentable y caótica situación que ha atravesado mi país desde su nacimiento como nación, achacada en gran parte a problemas como la desigual distribución de la tierra y la tan trillada falta de educación y al haber tenido cierta oportunidad de acercarme a algunos círculos eruditos me he preguntado: ¿de qué diablos les sirve -además de permitirles discriminar y presumir- a todos esos intelectuales tener tanta información en sus cerebros -si es que la tienen- si la mayoría son apolíticos, porque para ellos el ejercicio de esa actividad es algo grotesco, bajo y sucio, de lo que sus manos no pueden untarse sin perder su condición de hombres impolutos, prefiriendo seguir rodeados de círculos masturbatorios de aduladores insufribles como ellos mismos? 

¿En qué contribuyen sus tertulias plagadas de datos interesantísimos sobre la vida de Oscar Wilde o Hemingway, en los que desprecian por su falta de clase o su poca preparación para ejercer al senador otrora limpiabotas o a la concejala indígena que estrelló su camioneta por conducir pasada de copas, si ellos no ponen esa brillantez al servicio del único ejercicio capaz de determinar los destinos de todo un país? ¿Cuál es su aporte a la educación del pueblo que rechazan por inculto, cuando su único interés es pensar en el próximo sarcasmo que soltarán, lo suficientemente inteligente para no ser captado por todos, pero aun así capaz de hacer que la pobre víctima enrojezca de los pies hasta el cráneo? ¿Qué motiva sus obras, además de la posibilidad de ser publicadas o expuestas y al fin y al cabo vendidas al mejor postor (y si se hacen merecedoras de algún premio acompañado de un dinerillo tanto mejor)? 

¿Cuándo se bajarán de sus pedestales, saldrán de sus aulas y auditorios y enfrentarán a esa masa ignorante que nunca ha oído a Bach ni visto Ciudadano Kane y asumirán una posición política acorde con las necesidades de la mayoría, en vez de inclinarse ante el poder tan servilmente como arrogantemente miran por encima del hombro a los no ungidos como ellos? ¿Dejaran de lado el importaculismo, la peligrosa indiferencia y la aparente neutralidad?

Por mi parte, aunque seguiré disfrutando de sus debates, observaré cada vez con menos respeto a quienes no se inmiscuyan en la realidad social; no toleraré más las vacilaciones y ambigüedades que tanto daño le han hecho a esta tierra; ¡al diablo su desprecio por el arte militante! de ahora en adelante creeré que la cultura, sin consciencia, sirve para absolutamente nada. 

martes, 18 de agosto de 2015

Reflexiones de invierno

No dejo de preguntarme cómo he podido sobrevivir, cómo alguien tan lleno de temores e inseguridades ha podido soportar el mundo. Cómo, si no tolero ver morir a ningún ser que mida más de cinco centímetros, he resistido tanta muerte en este país, en este mundo tenebroso en el que me tocó nacer. Cómo, siendo tan quisquillosa como soy, he podido tolerar tanto ruido, tanto despelote, tanta salvajada junta. Ahora entiendo por qué amé de forma desesperada, por qué busqué satisfacer los impulsos del cuerpo, para callar esa voz que dentro de mí retumbaba. Queda claro por qué he sido hedonista, epicureísta, o  como quieran llamarlo... Todo con tal de no morir de pena o beber la cicuta, que era lo mismo.

Sigo sintiendo el mismo dolor y la misma rabia. Me siguen indignando las muertes y la indiferencia; me cuesta entender que tal vez los otros sólo hacen lo mismo y buscan embrutecerse, cegarse, dejar de escuchar lo que alrededor grita que esto, simplemente no tiene salvación.

Dice la canción que el amor te salva y por eso trato de salvarme cada día amando a lo que sea y a quien sea, lo que verdaderamente me cuesta -como nos cuesta a todos- un gran esfuerzo, un gran dolor y una gran herida. Tengo que hacerlo porque no soy capaz de drogarme ni atiborrarme de objetos, comida o alcohol; tampoco de halar el gatillo de una arma que no poseo y nunca compraré. Apelaré a los amigos que no tengo, a los recuerdos que no viví,  a las personas que nunca me amaron. Tendré que seguir usando cada día la máscara con sonrisa incluida, fingir que algo me importa y que amo la vida cuando en el fondo espero con ansia dormir algún día el sueño de los justos.

Aunque le sigo temiendo a la muerte.

martes, 23 de junio de 2015

Victorias pírricas

Según Wikipedia: El nombre proviene de Pirro, rey de Epiro, quien logró una victoria sobre los romanos con el costo de miles de sus hombres. Se dice que Pirro, al contemplar el resultado de la batalla, dijo: "Otra victoria como ésta y volveré solo a casa".

Una corona en un concurso de belleza, una copa de fútbol, una medalla de bronce en un juego de dados o cualquier otra banalidad. Festejar hasta el agotamiento y quedarse sin voz, con el costo de unas cuantas vidas que serán olvidadas -aunque se trate de niños inocentes privados para siempre de contemplar las maravillas de este mundo por la mano cruel de un ser al que, tal vez desde pequeño se le hizo añorar el día en que podría tener en sus manos un arma para defenderse, joder a quien le diera la gana, o simplemente dispararla para celebrar que la selección ¡metió un goool hijueputaaa!-.

Medir el triunfo en términos de cuán dura la resaca confirma que este es un pueblo estupidizado, dominado por fuerzas oscuras y deja claro que el destrozo de lo que llamamos el tejido social, que se debería haber constituido a partir de la búsqueda del bien común, del empeño por satisfacer las necesidades de todos los que somos llamado colombianos, se fue a al carajo y difícilmente podrá recuperarse (aún si se acaba esta bendita guerra), con esas mismas fuerzas controlando los estamentos públicos y privados; ellos nos seguirán diciendo cuándo y alrededor de qué agruparnos, y no será precisamente alrededor de la lucha por los derechos: allí donde ésta surja esgrimirán la desinformación y el descrédito como estrategia de descalificación de los que se atrevan a alzar la voz, sin olvidar por supuesto la infaltable represión.

Será alrededor de los colores de una camiseta o una competencia insignificante que se mercadeará hasta la saturación -acompañada de la ingesta abundante de consumo de licor-, que nos uniremos brevemente, tanto como dure el partido o la competencia y luego volveremos a nuestra indiferencia frente a lo que verdaderamente importa: una salud inalcanzable para casi toda la población; unas condiciones degradantes de empleo; una educación inocua dedicada a la venta masiva de títulos; el desapego a la ley y a quienes la determinan; entre otros males que nos aquejan desde nuestro nacimiento como nación pero parecen multiplicarse con el paso del tiempo.

Por supuesto que la responsabilidad es de los dueños de los medios de comunicación (que son los mismos propietarios de los bancos, las fábricas de bebidas y en últimas de todo). Pero también es culpa de la izquierda y de la derecha porque juntos han sido cómplices en este desastre: la primera, cobarde, sólo ha sabido joder a los pobres por los que dice luchar sin enfrentarse realmente a este estado de cosas, provocando con sus torpes acciones un rechazo generalizado hacia todo lo que suene a “ideología marxista"; y la segunda, por defender sus intereses de manera implacable y descarada (de lo cual en realidad no se la puede incriminar porque sólo se limita a cumplir su papel). Incluyo a los intelectuales y artistas por denunciar las injusticias mientras se codean en los cocteles con los que destruyen y saquean no sólo al país, sino a las pocas conciencias que quedan. Somos responsables tanto ricos como pobres, pero muy especialmente la patética clase media que con su afán de escalar socialmente es la principal consumidora de ideales basura. 

Todos estamos untados y, por esto mismo, todos parecemos merecer la mierda en que vivimos.

domingo, 21 de junio de 2015

Vivir

Con esta herida abierta
Y el miedo
Persiguiendo a la esquiva risa
Y al mezquino amor
Vivir con el dolor de los muertos
De los árboles caídos
De la tierra seca
Añorar 
El silencio
Y desear, cada día
Que la paz llegue
Como un suspiro

miércoles, 25 de febrero de 2015

Reminiscencias

No sé qué hacían mis compañeras de colegio a los doce años, yo a esa edad azotaba la puerta de mi cuarto cada domingo en que se me ordenaba estar lista para visitar la tumba de mi papá en el cementerio: no le veía sentido a repetir avemarías ante una lápida cuando lo que estaba ahí no era más que un puñado de huesos. En cambio, si alguien llegaba a la casa cualquier día de semana me podía ver feliz tirada en el piso leyendo las novelas de amor que mi mamá coleccionaba y yo despachaba con insaciable morbo, porque me enseñaban en doscientas páginas más de la vida y del sexo de lo que mis progenitores o cualquier persona podría llegar a enseñarme en toda su existencia.

Me acostumbré a ser la mejor alumna y se me daba sin mucho esfuerzo en el pequeño colegio mixto del barrio, hasta que a mi señora madre se le ocurrió la genialidad de pasarme a uno “de niñas," pero además de clase media-alta (con contadas excepciones, incluyéndome). Me volví problemática porque no entendía cómo las monjas, “siervas de dios", eran tan serviles con las señoras emperifolladas de la alta sociedad, que por no tener nada que hacer podían aparecer en el salón un miércoles cualquiera a las nueve de la mañana. Detestaba que trataran mejor a sus hijas que a las de madres o padres trabajadores como la mía: me la supieron cobrar las brujas ésas, decidieron no volverme a dar matrícula de honor, lo cual implicaba tener que pagar una suma demasiado costosa para la exigua economía familiar. El veredicto era siempre el mismo: “es inteligente pero rebelde".

Nunca fui del grupo de las nerds sino más bien lógica -por lo que si prestaba atención entendía-, pero muy poco aplicada, además de amargada y asocial, por eso hasta que llegué a la edad adulta no creí que era inteligente; suena cliché, pero lo único en que pensaba durante mi infancia y adolescencia es que era diferente y lo rechazaba, deseaba ser como las demás porque veía que todo se les hacía más fácil mientras para mí cada pequeña cosa resultaba de una dificultad infinita.

Recuerdo que en alguna clase se nos enseñaba que la inteligencia era la capacidad para resolver problemas. Bueno, en mi caso esa premisa nunca aplicó: he sido absolutamente incapaz de enfrentar cuestiones como pedir trabajo o tramitar un préstamo en un banco; no me considero apta para vender o defender ningún objeto ni idea y mucho menos a mí misma, por eso cuando me contratan tengo que morderme la lengua para no decir lo impuntual, perezosa y poco "proactiva" que soy.

Con el tiempo supe que, como a la mayoría, no me trajeron al mundo ni me criaron para ser feliz, siempre dejaron claro que se trata de hacer lo que conviene, no lo que a uno se le antoja; tampoco se vive para gozar de la vida o cumplir los sueños sino para obedecer un mandato que viene de arriba o de atrás.

Pero ahora que entendí que tengo todo un mundo de conocimientos alrededor como un bufet con platos de todo el mundo que quiero devorar para sentirme cada día un poco más satisfecha; ahora que algunas de mis rebeldías adquirieron sentido o al menos las puedo expresar de manera un poco más articulada y teniendo en cuenta que muchas presumen de su buen cuerpo o su esposo de lujo, permítanme el derecho a presumir de mi inteligencia. El tipo o la cantidad depende de la teoría que cada uno escoja para evaluarme. 

Yo ya escogí la mía.


Y si no...

¿Y si no debemos persistir?
¿Y si seguir es un error que nos costará la vida?
¿Y si no soy y tú no eres?
¿Por qué lo dudo? ¿Por qué insisto? ¿Por qué temo?
¿Por qué no puedo ver lo que los demás?
¿Por qué?

martes, 27 de enero de 2015

Des-creencias

“Por fin me he ido del único club en el que yo no me había apuntado...", escribía alguien que acababa de tramitar su apostasía. Me hizo pensar en la estupidez humana de seguir un camino que no hemos elegido, como el del credo que nos impusieron nuestros padres; ni siquiera lo cuestionamos, lo asumimos como tantas otras tonterías, como el día de los enamorados o la navidad... Sólo de vez en cuando algunos desadaptados reclaman y se oponen y reciben chorros de agua o gases o balas y en casos menos graves miradas de desaprobación de señoras y señores bien... 

Pues, he aquí que en vísperas de una reunión de ex compañeras de colegio y viendo sus fotos y comentarios sentí una gran desazón y me pregunté ¿en quiénes nos hemos (se han) convertido? ¡Por dios, son nuestras madres! Ellas, yo no, carezco de la familia tipo postal, para la foto tendrían que prestarme un marido y un par de críos y además porque mis comentarios en redes sociales carecen de expresiones como: “que el señor bendiga tu hermosa familia y convierta a tus hijos en ciudadanos de bien", (“que dentro de unos años reproduzcan la misma foto, las mismas costumbres, el mismo sistema" deberían agregar).

No, yo no soy así y no debería seguir preguntándome si hay algo malo en mí o en ellos, mi vida ha sido desenredar el ovillo, intentar resolver esas dudas que me acosaban en las noches antes de dormir, cuando aún no tenía diez años y había perdido a mi papá a manos de la muerte y la puta ambición. Cuando era niña y la lógica era natural y me cuestionaba ¿por qué si el niño Dios o papá Noel traen los regalos, un vecino me había dicho que vio a mi padre (real) pasar con un oso gigante que luego apareció debajo del árbol? A menos que fuera sólo un cómplice, pensé luego, pero nunca lo entendí del  todo.

Tienen mucha razón los ministros de la fe al usar la palabra misterio para referirse al sinfín de cosas que la religión no puede explicar: la ambigüedad en la figura misma de dios me impedía considerarlo un ser posible o al menos un ser superior; si era compasivo y despiadado, amoroso y vengativo, si perdonaba a unos y a otros no; entonces no era magnánimo -me decía-  no era más que uno de nosotros, caprichoso e indolente y así no podía adorarlo.

Pasaron años para llegar a esto y mi familia y amigas deberían dejar de asustarse: porque me liberé de miedos que provocaban pesadillas recurrentes, como pensar en despertar el día de la resurrección con el cuerpo medio carcomido por los gusanos buscando a mis pobres seres queridos vivos o muertos; me deshice del temor a un juicio en el cual no sabría si se me condenaría más por dudar de mi fe que por matar a alguien (cosa que no pienso hacer); me salvé de la lotería que era rezar y no saber si el todopoderoso escucharía mis súplicas, me curé de entender la vida como castigo más que como una secuencia lógica de causas y efectos. Mi vida no es más feliz pero sí más tranquila que antes. Tengo la lucidez para analizar cada cosa que pasa sin aferrarme a una utopía absurda.

No requiero ahora de síntesis ilógicas para darle coherencia a cosas que no la tienen, para mí el mundo es mas caótico pero también más real, más maravilloso desde que sé que todo lo ha hecho por sí mismo, sin ayuda de magos gigantes; también es más simple ahora que sé que todo eso que la Biblia juzgaba mal no era más que producto de los prejuicios de fanáticos delirantes que se tomaron la vocería de la secta. Ahora duermo más tranquila y despierto pensando que haga lo que haga, no seré castigada más que por mi propia consciencia y por la ley de los hombres (si fuera el caso y cometiera un delito). 

Y como soy una atea con ética propia -aunque a veces piense en lo absurdo de vivir una vida que yo no pedí-, sólo puedo pensar, como dice el personaje de Dante en la película Martín Hache en "seguir, aunque sólo sea por curiosidad." Porque decida lo que decida, haga lo que haga, nadie estará ahí esperándome a las puertas de ningún reino de ultratumba.

He dicho.

miércoles, 21 de enero de 2015

Viaje

En medio del éxtasis me pregunté qué haría con sus cadáveres en mis manos, los cuerpos de aquellos que amé y a quienes no volvería jamás a ver... Entonces, lloré.

Y la respuesta vino a mí en forma de orgasmo, me dijo: no morirán, no morirás, te harás polvo de estrellas, vagarás por la noche inmensa del universo, no sentirás frío, ni rabia, ni hambre. 
¡Serás!

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...