Nadie le ha dado el reconocimiento que merece, y si bien la habitación en que dormimos, la sala para las visitas, incluso la cocina son espacios en los que tomamos decisiones y nos hacemos propósitos de todo tipo, para muchos nuestro confesionario, área de contrición y muro de lamentaciones es ese pequeño recinto en el que nos despojamos de la suciedad y en el que pensamos, guardamos nuestros secretos más íntimos y hasta hemos y nos han amado. En el que lloramos una que otra vez lágrimas amargas sentados en el suelo, en la taza del inodoro o debajo del agua que corría (¡lo hice siempre que murieron o se fueron de mi vida seres queridos!), en ese ritual que se repite a diario como tantos otros.
¿Quién no ha cantado en el baño sus alegrías y despechos, preparado sus discursos o declaraciones, emocionado ante una cita o inminente celebración? Pasamos por alto que lo que dejamos en cada uno de sus rincones es un cúmulo de historias, un abanico de emociones, una gran parte de nuestra vida que no siempre está en la conciencia, sino que es puro acto mecanizado, producto de la rutina en que se ha convertido nuestra obligada visita a este paraje particular.
De pequeña solía jugar en el de mi mamá a que era mi casa: ponía un cojín encima de la tapa del sanitario que hacía las veces de sillón para las visitas y después de secar la ducha ponía en el piso un tendido simulando la cama, los estantes para el champú los convertía en repisas; era feliz imaginando lo que sería de adulta mi propio hogar. Tal vez era mi lugar seguro y también una proyección de lo que sería mi vida, algo muy reducido y simple, con pocos objetos, sin mucho interés por acumular posesiones, tal vez solo experiencias.
Mi ducha además es un pequeño cementerio al que llegan muchos insectos a respirar su último aliento: algunas arañitas que veo tratando de trepar las paredes húmedas y resbalosas, unos cuantos ciempiés y una que otra cucaracha que corre asustada -aunque menos que yo, que no me atrevo a matarlas-, casi siempre aparecen muertos al día siguiente.
En últimas, en el baño somos verdaderamente nosotros, siempre los mismos aunque distintos a través de las días, los años y las décadas.
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