miércoles, 8 de julio de 2026

Algoritmos

 En casi todas las ciudades del país y me atrevo a decir que del mundo, los platos tradicionales han ido desapareciendo de los restaurantes -excepto aquellos que ya constituyen una ”marca”, como la bandeja paisa- y aunque haya cada vez más abundancia de ofertas pareciera que todas terminan sabiendo igual (en el caso de la comida rápida a la excesiva cantidad de salsa tártara, barbecue o cualquiera a la que llamen pretenciosamente ‘de la casa' que le adicionan para tapar la falta de sazón). En todos los sitios se encuentra lo mismo y no parece haber nada que diferencie a una de las demás. 

Si alguien atrevido intenta apartarse de la corriente la va a tener un poco difícil: hay un restaurante de mariscos de los pocos buenos que existen en la ciudad y en el que incluyeron hace poco hamburguesas en el menú; cuando pregunté por qué lo habían hecho me dijeron que la gente las había pedido. Ya saben, el cliente siempre tiene la razón.

A veces se siente lo mismo con la música, cuando suena por ejemplo alguna canción de una artista como Shakira, quien de adolescente se cuestionaba la vida, a la sociedad y a sus costumbres; al compararla con la actual es evidente que en vez de reflejar lo que ha vivido -lleva más de 30 años de carrera, varios amores y un par de hijos-, pareciera mostrar una existencia superficial y artificialmente joven y fresca, cuya única preocupación es disfrutar de la soltería, la rumba y el baile. En últimas, un producto definido por el mercado, llamativo y exitoso, pero sin alma.

También pasa en la política: no buscamos mandatarios auténticos, con una historia y unos rasgos de personalidad propios -esto se hizo evidente en nuestra última elección presidencial-; queremos presidentes que podamos comprar por Temu, Shein o Ali Exprés en cualquier parte del mundo; que sean falsos pero parezcan auténticos, que repitan las mismas promesas que ya otros pusieron de moda en otro lugar como más seguridad, mano dura para los delincuentes, golpe a los inmigrantes ilegales, cárcel para los bandidos y por supuesto, la particular para nuestro país: cero guerrilla (entendida como cualquier posibilidad de disidencia o expresión a favor de los derechos humanos o los procesos de paz). 

Es así que en este mundo atravesado por unas redes que todo lo saben sobre nosotros, que moldean nuestras opiniones y constantemente las refuerzan, que crean tendencias, no solo en lo que usamos sino en lo que pensamos y creemos; lo que comemos, los artistas que consumimos y por quién votamos ya no lo deciden nuestros gustos, nuestro partido político, ni siquiera nuestra ideología: lo hace el algoritmo, porque es el que nos da lo que queremos, aún antes de saber que lo queremos.

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