Guayabo postelectoral

 Aunque ya pasaron varias semanas desde las más recientes elecciones en mi país, definitivamente para algunos, entre los que me incluyo, sigue siendo inevitable la sensación de que algo se rompió. Y no es únicamente por el hecho de haber perdido (aunque los malos ‘ganadores' lo asuman con un ánimo revanchista y nos restrieguen en la cara su ‘triunfo'), es esa atmósfera de profundo racismo que se vivió -aunque ya en las pasadas contiendas el señalamiento hacia la candidata afrodescendiente a la vicepresidencia fue fuerte-, que esta vez se generalizó a todas y todos quienes apoyamos el proyecto de la izquierda.

Es difícil entender cómo nuestras familias, la mayoría de clase obrera, descendientes de indígenas y afros, dependientes de un trabajo para sobrevivir y que habiendo logrado con mucho esfuerzo mejorar las condiciones de vida de sus antepasados, mostraran tanto rechazo hacia los pueblos originarios tachándolos de ignorantes, sucios y casi salvajes e incapaces de aportar desde su visión de mundo a  una sociedad pluricultural y no conformada por caucásicos de clase media, como parece sostener su desfasado imaginario, solo porque una de sus representantes aspiraba a cogobernar el país.

Mi mente tal vez muy básica no comprende -a pesar de reconocer que hubo errores de nuestro primer gobierno progresista, que pudieron haberse evitado y decepcionaron a muchos- el odio que se destiló y aún se destila hacia quienes solo pretendemos una sociedad menos desigual, es como si para la mitad del país los anteriores mandatos (de tendencia totalmente opuesta) no fueran responsables de casi todos los males que nos han azotado por siglos. La crispación fue de un nivel tal, que familias y amistades quedaron fracturadas por el hecho de saber que unos votaron por un proyecto que -de manera inédita en la historia de la democracia colombiana- prometió de frente ir tras los otros y destriparlos (algo que ya sucedió un par de décadas atrás, solo que sin decirse de forma explícita); por lo tanto, que no digan que nos sentimos dolidos por unas simples palabras o por un voto, sino por una posibilidad real de ser perseguidos, discriminados, asesinados y desaparecidos.

He tratado de superar el duelo acudiendo al consuelo de amigos y los análisis de teóricos e incluso influencers, he aceptado a quienes votaron en contra del proyecto que apoyé como contradictores políticos más que como enemigos, como alguien recomendó; pero no me puedo recuperar ni reconciliar con la idea de que personas que supuestamente me quieren apoyaron a quien amenazó con erradicarme. También intento comprender el papel que los medios de comunicación masivos y parcializados jugaron en convertir en fracaso todo lo que se hizo en los últimos cuatro años y al exmandatario en un payaso borracho y peligroso; trato de pensar en el bombardeo casi diario de escándalos políticos y personales de su entorno al punto de despertar las peores emociones, el miedo y el odio, en un gran porcentaje de ciudadanos. Pero saber todo eso no me hace sentir del todo mejor.

Porque, seamos honestos, la izquierda para muchas y muchos no es más que una idea deformada por unos pésimos referentes repetidos hasta la saciedad. Algunos sabemos que no es solo lo malo de Stalin, Castro y Maduro, son también países europeos con un estado de bienestar lógico, digno y objetivamente humano; además de que siempre existe la posibilidad de construir una que responda a las necesidades del mundo actual y de cada contexto, aclarando que no es la única que se reelige, ni la ideología exclusiva de los todos los grupos alzados en armas, algo que hay que seguir repitiendo hasta que quede absolutamente comprendido. 

Tal vez es momento de aprovechar la coyuntura para ser autocríticos, para superar en primera instancia esos discursos que catalogan a uno u otro bando: sabemos que quienes gobiernan casi toda Latinoamérica están librando una batalla cultural, así que debemos hacerla en los mismos términos, es decir, sin anacronismos, sin referencias a un pasado doloroso utilizado por décadas por los políticos tradicionales para hacerse con el poder, haciendo de la lucha por los derechos algo urgente pero cool. Puede que así un día se deje de acusar de ‘guerrilleros’ a quienes simplemente piden más equidad, a las y los que consideran que todas las personas deberían tener las mismas oportunidades y rechazan la miseria y la exclusión como algo natural o necesario para que la sociedad funcione. 

La tarea debe ser convencer a quienes crecieron viendo al comunismo como el único enemigo universal y a los mandatos eternos como a sus principales ejecutores de que hay un enemigo más poderoso, que tiene los mejores slogans y las imágenes más atractivas y destruye nuestras vidas, nuestras comunidades y al único planeta en el que nuestra especie puede sobrevivir. 

Eso será lo que verdaderamente contribuya a fortalecer nuestra golpeada democracia.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Día Santo

Orfandades

Enloqueciendo (again)