jueves, 29 de enero de 2026

Desear...

 Se aprende en la facultad de psicología que el deseo es lo que nos mantiene vivos, especialmente el de vivir (aunque no todos los que siguen en este mundo deseen hacerlo) y para la muestra un botón: una de las características de los episodios depresivos es la afectación del deseo, de la capacidad de desear y de disfrutar o sentir placer con las cosas que antes lo producían (anhedonia). 

Pero, ¿qué es el deseo y sobre qué se sostiene? ¿Sobre aquello que nos gusta o creemos que nos dará satisfacción, sobre lo que aprendimos que era valioso e importante o sobre lo que nos venden todos los días como más que deseable, necesario? ¿Deseamos con la ilusión de ser deseadas y deseados, o nuestro deseo es inmune a la reciprocidad y a la satisfacción? ¿Es diferente el deseo nuestro al de ellos? Parecería una respuesta obvia, pero ¿a qué se debería la diferencia? ¿Al patriarcado, tal vez, que nos sitúa a las mujeres como objetos de deseo y a los hombres como sujetos deseantes de nuestros cuerpos, de nuestra atención o por qué no, de nuestra indiferencia? Porque, para nadie es un secreto que cuando se obtiene lo que desea viene la insatisfacción, el cansancio, y se abre nuevamente el ciclo, pero esta vez lo que se desea es otra cosa, no la que poseemos... ¿Por eso es tan impertinente, tan incómoda una mujer que desea, porque debería limitarse a ser recipiente pasivo y no sujeto activo? 

Y yo, ¿qué quiero? Si a nadie más le importa mi deseo, si los demás saben lo que quieren de mí y lo obtienen si lo permito, ¿quién debe velar por lo que realmente desea, si no soy yo? ¿Por qué buscar tanto complacer a costa del propio deseo? Aunque, ¿qué es el deseo sino algo construido en nuestro tránsito por este mundo y en relación con él y con los otros, próximos o lejanos?

¿Vivimos como deseamos hacerlo? ¿Podría haber sido de otra manera? ¿Aunque nos consideremos ese tipo de persona cuyo deseo o su búsqueda lo ha guiado más que lo impuesto, ¿qué tanto de esos deseos más profundos ha podido realizarse?




miércoles, 21 de enero de 2026

Temores nocturnos

 ¿Cómo evitar sucumbir, una vez más, ante el miedo? 

¿Cómo no sentir que saborear algo tan precioso significa poder perderlo? 

¿Cómo no hundirse en la posesión, en la duda de los celos, en la hoguera de las inseguridades? 

¿Cómo tener la mente clara, sin que se pierda en los vericuetos de la especulación, de la amenaza de la traición? 

¿Cómo amar sin querer encerrar al otro en la jaula de los propios temores, cómo pensarlo y pensarnos libres?  

viernes, 16 de enero de 2026

La vida

 ¡Lástima que se empieza a disfrutar y entender tan tarde! Con tanto que la sufrimos, la desperdiciamos, a la vez que la gozamos y le tememos...

Lo que se impone después de la tormenta y la tragedia, lo que renace -a veces no lo notamos y es ahí cuando nos atrapa la desesperación-, pero incluso cuando sentimos que ya no nos queda ni un mínimo de fuerza por tantas horas de sufrir o no haber dormido, un rayito de sol se cuela por entre las cortinas cerradas. O cuando lo hemos dado todo por perdido y se nos aparece una pepita de oro en el camino...

Y es que, si no cayera la lluvia después los días de sol, si no saliera el sol después de varios días de lluvia, si después de la catástrofe no brillara la esperanza, ¿cómo podríamos seguir? 

Viene a mí un fragmento del texto que escribí hace varios años llamado Tributo

Eso tan fuerte que sobrevive muchas horas al frío y a la intemperie o bajo toneladas de tierra... 

¡La Vida! que retumba con un grito cuando ya se han dejado caer los brazos y las palas

Que se niega a abandonar el cuerpo
Conservándolo caliente mucho tiempo después de haber exhalado su último suspiro. 

Eso que se arrebata sin vergüenza a hombres y mujeres, 
A los animales, a los ríos, a los árboles 
Sigue resistiendo 

Aunque miremos para otro lado. 

La Vida, es solo eso. Y sin embargo, lo es todo.

miércoles, 14 de enero de 2026

Confesiones de una huérfana

 No sé si todos en algún momento nos hemos sentido extraños o anormales, pero yo sí me sentí así desde muy temprano: odiaba el colegio, a los niños por tontos y bruscos (las niñas solo me parecían aburridas, pero no las odiaba), a algunas profesoras y en general, no sé por qué, le temía a la gente, grande o pequeña. Tal vez era por ser tan asustadiza que las personas me parecían demasiado crueles, no entendía por qué se reían si alguien tropezaba y caía al suelo o se burlaban de los "defectos físicos" de otros (que ahora ni siquiera se llaman así, pues ser de contextura gruesa, baja estatura o tener una mancha es una condición, no un defecto). Entonces, odiaba, con todas mis fuerzas todo y a todos: estar en el mundo, levantarme cada mañana e ir al colegio, las visitas a los abuelos por compromiso, las idas al cementerio los domingos... Todo lo que no era divertido ni emocionante, lo que era impuesto.

He llegado a entender que no había nada malo en mí, solo que no quería el libreto que parecía haberme sido asignado, bueno, a todos. Aunque jugué con muñecas y cada navidad recibía el bebé de moda que lloraba, tomaba biberón o hacía chichí y popó y las cocinitas con todos sus enseres, o las escobas y traperos adecuadas al tamaño de un enano, lo doméstico, de lo que en general se encargaban las mujeres, me parecía muy aburrido. Quería ser bailarina y cantante y lo que más me gustaba hacer en las tardes era leer novelas de amor en las que los hombres arrancaban los vestidos de sus amadas y ellas se les entregaban con pasión.

Con el tiempo entendí por qué desde pequeña admiraba y me gustaba la compañía masculina y luego, desde que empecé a transitar la adolescencia, tener amigos varones: sus vidas, excepto por estupideces como el fútbol, me parecían mucho más interesantes que las de nosotras, y no por poca cosa. Eran tan deliciosamente libres (desde poder rascarse las partes íntimas donde se les diera la gana y decir malas palabras hasta hacer cualquier cosa bien o mal o simplemente no hacer nada sin que se les juzgara) como para que una mujer que deseaba hacer lo que se le daba la gana los envidiara con una gran porción de rencor... A partir de allí mi paso por este mundo se convirtió en una lucha constante por construir un sendero propio, independiente de la letra que aparece en mi identificación en cada una de los documentos y trámites que reducen mi sexo a una F (de “femenino").

¿Dejé de odiar? Tal vez no, pero he aprendido que con un poco de inteligencia podía escaparme por los laditos, a la larga muchas y siglos antes que yo, lo hicieron y pudieron no casarse, ni procrear ni lavar calzoncillos. Suena sencillo pero no lo era, nunca lo fue y desafío al que se atreva a decir que lo teníamos todo a la mano, que las puertas siempre estuvieron abiertas para nosotras, que no era tan difícil.

Porque sí lo era. Aún lo es.


Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...