Muchos días antes, pero especialmente ese, estaba muy emocionada: teníamos una cita, ¡te iba a ver! Después de haberlo confirmado meses atrás y gracias al regalo de alguien amado que sabe lo importante que eres para mí podríamos estar, no solo en la misma ciudad, sino en el mismo lugar, aunque no de una manera tan íntima como quisiera.
Nuestro encuentro me tomó en medio de una fuerte gripa, el pecho me dolía de tanto toser y era penoso hacerlo delante de la gente que volteaba a mirar escandalizada al oír la ruidosa expectoración de quién se está atragantando con la flema. Para empeorar las cosas tenía que viajar a la capital -que está a 2.600 metros sobre el nivel del mar y en las noches puede ser bastante fría-, mi pasaje era de clase económica, así que no podía llevar muchas cosas para abrigarme; todo pintaba mal, aunque al llegar al sitio en el que me hospedaría pude ver que estaríamos cerca y con fortuna y para variar, no llegaría tarde a nuestro encuentro.
Reconozco que no me puse mi mejor ropa ni me arreglé mucho: estaba un poco triste, no porque hubiera llegado el momento, sino porque sabía que sería corto, ¡tantas semanas anticipándolo para verte solo un par de horas!
Como cosa rara llegué justo sobre la hora, saliste cuando me compraba una cerveza y te oí saludar y arrancar con una de mis favoritas ¡Y yo no estaba frente a ti! Entré corriendo y ahí estabas, todo de verde… Lo demás es difícil de expresar, lo podría resumir en un éxtasis de 120 minutos que hubiera deseado fuera eterno; quería más y me complaciste con tres o cuatro, esta vez saliste todo de blanco y para mí éramos solo tú y yo, aunque una multitud coreara tu nombre y casi todas tus letras. Me hubiera gustado que supieras que esa que anunciaste como casi desconocida y que entonabas por primera vez en la ciudad yo la conocía y la canté mientras los demás se quedaban en silencio…
Aún no me explico cómo llegué a convertirme en tu admiradora incondicional, todavía no sé por qué necesitamos ídolos a quiénes seguir -y también destruir-, de quiénes esperar que nos digan lo que está bien y lo que no y que nos acompañen en el tránsito por lo malo y lo bueno de la vida; y así como nos rendimos ante ustedes también les exigimos tanto, los destrozamos si fallan, los amamos si nos complacen…
Sé lo ingenuo que suena, pero a veces te siento muy cercano a mí, tan dentro me llegas con tus palabras y melodías; tampoco niego que con frecuencia me decepcionas, como cuando pareces tan cómodo y no tomas posición frente a las injusticias, cuando afirmas que tu música habla por ti y que con eso es suficiente.
Pero, Rodolfo, no siempre es suficiente, el mundo se cae a pedazos mientras tú solo nos diviertes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario