Hace seis meses y dos días que murió mi gata y todavía rondan por ahí algunas de sus cosas -que ella no compró ni pidió, por supuesto-, pero que yo como humana, como habitante del mundo material consideré imprescindibles para nuestra convivencia.
Sus platos, su juguete, su cepillo con algunos de los pelitos todavía enredados (que me hacen pensar en la locura de que su ADN puede serme útil si algún día se inventan una manera de revivir a quienes tanto extrañamos) me la recuerdan, me hacen suspirar y soltar a veces unas lágrimas, pero sobre todo me sumen en la tremenda incapacidad de deshacerme de ellos, como si al hacerlo borrara su memoria de mi vida.
Así pasa con muchos objetos que conservamos: algunos que nunca hemos usado pero esperamos hacerlo algún día; los que quisimos mucho o aprovechamos en su momento y ya no funcionan o no nos son útiles, de los que no nos atrevemos a salir; los que nos evocan momentos felices o tristes, los recuerdos de viajes que hicimos, de personas que perdimos, fotos de épocas mejores que no volverán, las entradas a esos conciertos a los que parece haberse ido en otra vida; cartas de amor, esas piezas de museo en vía de extinción; libros que nos regalaron o compramos y que leímos o de los que nunca superamos las primeras páginas y aun así no nos deshacemos de ellos; la ropa querida, la roída de tanto usar, la nueva que guardamos para algo especial... ¿Somos nuestras cosas, esas que dejaremos atrás cuando abandonemos este mundo y con las que nuestros allegados no sabrán qué hacer?
El círculo de objetos se extiende a nuestra casa: los muebles, los cuadros, las porcelanas, los adornos de navidad, las vajillas heredadas de los abuelos... Nuestro espacio se convierte en un gran armario, en un almacén de antigüedades con valor "sentimental". No pensemos en los extremos (los acumuladores patológicos que sufren del llamado "Síndrome de Diógenes"), remitámonos a los "normales" que también guardamos multitud de enseres mientras en el mundo proliferan movimientos que promueven poseer máximo doce o veinte cosas y "viajar ligero" (que literalmente significa que toda nuestra vida quepa en una maleta). ¿Con cuántas cosas podemos vivir, cuántas menos de las que tenemos y cuántas más, por cierto, deseamos?
Si tuviera que escoger de las mías solo cinco, me quedaría con un pequeño tótem del guerrero que compré en San Agustín para que me diera fuerza; tres libros: Cuentos completos de Horacio Quiroga, Mujeres que corren con los lobos de Clarissa Pinkola y Antología poética de Mario Benedetti; y mi pocillo para el café. ¿Por qué son tan importantes si no me permitirían vivir ni un solo día en una isla desierta?
No tengo la respuesta, sólo sé que hay una pregunta que de vez en cuando cruza mis pensamientos nocturnos:
¿Qué dirán, cuando ya no estemos, nuestras cosas de nosotros?