Para pico
Sentí que podía escribirte sobre las cosas tan terribles que estamos viviendo, sobre mi agitación y mi angustia -aunque sepas de sobra los hechos y mi estado emocional- y que tal vez hacerlo contribuiría a alivianar mi carga, porque, ¿quién más que tú para tomarme de la mano y darme calma? ¿Quién sino tú puede consolarme y decirme que no es nada, que ya pasará?
Los recuerdos de nuestros días me alegran la vida: las tardes de domingo tomando el sol sobre la hierba del parque, las conversaciones banales y profundas, nuestras fumadas de primíparos, ¡nuestros ataques de risa con los mismos chistes de hace más de 15 años! Esas anécdotas que al contarlas sólo nosotros encontramos graciosas. Los domingos tirados cada uno en un sofá compartiendo algo caliente de beber, yendo a recorrer las callejuelas del centro para escapar de los niños y la familia, haciendo ventas sin ganancias, diligencias inventadas. No había momento más plácido que el de ver una película mala metidos entre las cobijas, tú abrazado a tu tigre, yo sumida en mis duelos.
Amigo de la vida, mi hermano: ¿llegaremos a viejos y cumpliremos nuestra mutua promesa de vivir en una ciudad intermedia con buen clima? ¿Recuerdas nuestro sueño de sentarnos a contemplar la caída del sol en una hamaca al calor de unos roncitos? ¿Superaremos estos días de virus y carencias, de pánico e incertidumbres? ¿Tendremos la oportunidad de ser los viejos verdes que sin duda seríamos teniendo aventuras con gentes de cualquier edad, disfrutando de las conversaciones y la música?
Solo me queda esperar que las tormentas que ahora arrecian y parecen no tener intención de amainar las atravesemos en nuestra barca desvencijada y maltrecha, las derrotemos a punta de buen humor y bacanería y no logren borrarnos de la faz de esta atribulada tierra.
Promete que vas a mantenerte a salvo para mí, para nosotros.
Prometo lo mismo.
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