viernes, 12 de septiembre de 2014

Manifiesto

He aquí que despiertas y escuchas sus noticias sin entender, hoy amaneciste algo raro y las imágenes que brotan de la caja mágica no te conmueven. Contemplas sus cientos de muertos en una guerra lejana, los contagiados por la epidemia, los ahogados por las inundaciones, los sofocados por la sequía y no entiendes: todo parece un juego estúpido, una mala broma, una comedia absurda, patética y absurda. ¿Así fue como terminó todo?

Entonces sabes que no quieres ser parte de su juego, quieres estar al margen, no crees en sus ideologías ni en sus productos... Entraste y saliste de la matrix, prestándote para un juego de mesa en el que te vestías con una bata y escribías en un papel juicios y luego ya no eras nadie; ahora no compras ni vendes ni eliges, estás a la vera del camino y sólo los ves pasar, pelear, matarse; por dinero, por poder, por amor, por odio y te ríes, te sientes muy por encima porque ya no crees en las emociones (ni en el amor, ni en la amistad ni en nada). Los ves arrodillarse y persignarse; los ves cubrirse de baratijas costosas; los ves pintarse de colores, transformarse y sólo piensas que serán unos cadáveres pintorescos. 

Tampoco crees que necesites lo que ellos dicen, ni ropa interior ni tinte para el pelo ni crema dental... Te sueñas como un salvaje, un neanderthal, un ermitaño; te sientes sucio y te gusta esa suciedad, te sientes paria y marginal dejándote crecer el vello. Y te gusta.

Los ves desear, esforzarse, luchar, llorar por el fracaso, drogarse y emborracharse y sientes lástima por ellos, porque a ti todo te da igual. Quieres gritarles en la cara su estupidez, quieres abrir sus ojos, quieres hacerlos despertar. Y después sólo quieres callarte y dormir, desaparecer. Te preguntas quién eres, qué eres, qué está mal (en ti, en ellos), cómo solucionarlo, cómo aferrarse, cómo vivir sin que cada día carezca de sentido.

Y entonces entiendes que tu dolor de espalda es más real que esos cuerpos destrozados y deformados de la pantalla. Y que mirarla a ella, a una gata de tres patas caminar y desperezarse, es lo único que te interesa en la vida. El resto es ficción.

Mandato

No te mueras
O al menos ten la decencia de esperar a que yo me vaya
Sería incapaz de sostener tu cuerpo frío
Tu suavidad inerte me derrumbaría
Ahora que me devuelve la vida
Desde que me elegiste como tu casa
Sacrificaste todo por mí
Y no sé que haría sin poder mirarte
Porque sólo tú importas
En este mundo de muertos

jueves, 14 de agosto de 2014

De la red y otros demonios

¿Que son negativas, afectan el tiempo que pasamos con nuestras familias y amigos y distraen a la gente de sus labores haciendo que vivan una irrealidad que nada tiene que ver con sus problemas cotidianos? Es cierto.

¿Que nos permiten estar más informados aunque no mejor, que hacen posible ir más allá de nuestra propia realidad y de nuestro propio espacio y tiempo? También. Pero hoy se me antoja echar un madrazo a los que critican la constante actividad de otros en las redes sociales.

Si bien es cierto que hoy el mundo no es mejor que ayer y estos espacios rinden un tributo desmedido al ego, es preciso decir que, gracias a la world wide web o internet como la conocemos, los jóvenes (y los no tanto), están y estamos más al tanto de lo que pasa en el mundo que hace unas décadas atrás.

Antes, los periódicos y noticieros eran exclusivamente para gente mayor, tan mayor que ni siquiera pertenecía al ámbito laboral, como nuestros abuelos. Los adolescentes tenían miedo de ser tachados de aburridos si opinaban de política, huían de los que consideraban tediosos programas de historia que transmitían por radio o televisión y esto vino a cambiar con la aparición de la prima cool, la que nació siendo popular entre un sector de la población que tenía más tiempo libre para navegar en ella y terminó obligando a los adultos a conocerla para no sentirse apartados del mundo.

No sé si eso sea bueno o malo, pero las redes tienen mucho que ver con estos nuevos movimientos sociales que han empezado a dar pequeños frutos. Es cierto que algunos que hoy son abuelos protestaron en Estados Unidos y otras partes del mundo por la guerra de Vietnan y los derechos de las minorías étnicas en los años 60; pero hoy en día no son sólo un puñado de hippies: son muchos ocupando Wall Street, miles protestando por los recortes del gasto público en España, cientos marchando por los derechos de los campesinos en Colombia, otros tantos pidiendo la legalización de las drogas, el derecho al aborto, la abolición de la tauromaquia, el cese de la ocupación israelí en Palestina, etc. Si de algo podemos asirnos para concluir que no todo está perdido, es de estos focos de resistencia civil.

Por eso, la próxima vez que dudemos de compartir alguna foto en facebook a favor de alguna causa; que sintamos pereza de asistir a una convocatoria hecha a través de uno de estos sitios, pensemos que aunque parezca insignificante, este pequeño acto puede marcar la diferencia... Eso sí, sepamos escoger muy bien nuestras batallas.

Shhhh... ¡un poco de silencio!

No puedo entender tanto alboroto alrededor de un suicidio. Y menos cuando su ejecutor ha sido un personaje “famoso" a quien la mayoría de nosotros no tenía el placer de conocer. Podría considerar entendible el dolor cuando se trata de hechos trágicos que involucran a seres próximos y hasta justificado en el caso de niños y jóvenes, pero no así cuando son desconocidos que la “caja boba" o la pantalla grande nos han hecho sentir cercanos.

Tal vez escandalizarnos por la muerte “temprana" de un actor de 63 años que sufría depresión, problemas de alcoholismo y adicción a las drogas sea el resultado de nuestra educación religiosa, por la cual nuestro cuerpo es un templo que no debemos profanar y menos arrebatarle la vida -de la cual no somos dueños pues lo es el Señor, quien tan generosamente nos la regaló-. Posiblemente lo que nos duele sea ver derrumbarse a nuestros ídolos, esos que representan el ideal de fama y fortuna con el que alucinamos, con sus mansiones y convertibles y sirvientes incluidos.

¿Todavía nos sorprende y aterra el castigo divino, la ida directa por esa vía al infierno, o más bien que alguien decida apresurar un fin inevitable sólo que sin el elemento sorpresa que nos suele deparar el destino cruel, en el que sucumbimos luego de una penosa enfermedad, una larga vejez o una bala marcada con nuestro nombre? ¿Al fin al cabo la muerte no es el destino de todo lo vivo?

A mí personalmente, me duele más el suicidio de una madre que luego de asesinar a sus pequeños acaba con su humanidad, o el de un hombre que enceguecido por los celos arrastra consigo al amor de su vida y hasta al tercero en disputa hacia una dantesca muerte; y me afecta mucho más cuando se trata de niños o adolescentes que toman esa fatal determinación. Mi pesar surge de la oportunidad que no tuvieron de vivir; que no hayan tenido la posibilidad de decidir por sí mismos lo que eran o querían ser. Todos los demás suicidas son unos afortunados. Mucho más aquellos que le regalaron algo de su talento a la humanidad y contribuyeron a hacerla más grande. 

Puede que sea sólo una romántica a la que impactó saber que Paul Lafargue y su esposa, la hija de Karl Marx, se suicidaron antes de que su cuerpo comenzara a traicionarlos. Y porque considero valientes a los que acaban con una vida que ya ha dejado de serlo mientras el resto sólo nos resignamos. Lo cierto es que, en esas condiciones: ¡Bienvenida sea la muerte, cuando es gracias a ella que nos hacemos inmortales!

jueves, 29 de mayo de 2014

¿Por qué vivimos como vivimos?

Es innegable que gran parte de los problemas que aquejan a nuestra sociedad son responsabilidad de los estados, que en su mayoría no garantizan a los ciudadanos la más mínima seguridad personal, laboral, ni atención básica en salud, educación, vivienda o alimentación. Ni siquiera al nacer y teniendo en cuenta que seremos un ladrillo más en la construcción del sólido muro de la sociedad, se nos garantiza el sustento; si nuestros padres en conjunto o nuestras madres solas, o quienes se hacen cargo de nosotros no salen a vender su fuerza laboral o su creatividad, mejor dicho, si ellos no trabajan o roban para alimentarnos, moriremos de hambre. Puede suceder también que nadie asuma el compromiso; estaremos entonces a merced del hambre o el frío, tal vez seamos llevados a una institución de huérfanos con la opción de ser adoptados por gente de las más diversas calañas, haciendo parte de una macabra ruleta, en la que podemos correr con suerte o caer en desgracia.

Lo cierto es que no sólo somos objeto de la desidia de gobernantes, también de la insensatez de quienes por haber contribuido biológicamente con nuestra procreación adquieren el derecho de vejarnos: recibiremos sus maltratos, nos transmitirán sus prejuicios (conocidos como religiones), sus creencias, sus héroes o sus santos. Si consideran que deben quemar nuestras manos con cáscaras de huevo calientes por tomar unas monedas de sus billeteras, no les temblará la mano; si creen que deben llevarnos a un  "sobandero" para que nos cure la diarrea, no dudarán en hacerlo; si piensan que un brujo nos librará de los espíritus que nos han poseído, emplearán sus esfuerzos y dinero en purificar nuestras almas; es posible que acudan a un sacerdote o pastor para hacernos bautizar y así introducirnos en la fe, quedando así cooptados tal vez para siempre por un dogma.
   
Nacemos a un mundo que la mayoría de nosotros no cuestionará, muchos nos pondremos en la tarea de satisfacer a la sociedad y a nuestros seres queridos: estudiaremos para tener las mejores notas, seremos empleados ejemplares, atenderemos la obligación de establecernos, formar una familia, convertirnos en esposos y padres adquiriendo deudas para hacernos a la casa de nuestros sueños y poder tener unas vacaciones de lujo cada año; los hijos crecerán transformándonos en dulces abuelos cómodamente pensionados (si es que las leyes nos lo permiten) para disfrutar de una vejez pacífica. Y morir siendo recordados como personas de bien. O no.

Como ciudadanos cumpliremos con nuestro deber votando cada cierto tiempo por el candidato que mejor represente nuestros ideales o nuestros tabúes, porque gracias a dios tenemos un sistema -la Democracia-, que nos hace creer que "ellos" gobiernan para nosotros y nos permite tener la conciencia tranquila, achacándoles toda la responsabilidad del desastre que es este mundo y nuestras vidas. Lo curioso es que aunque participemos de la "fiesta democrática" pocas veces tendremos la dicha de ver a nuestro candidato elegido, lo que nos producirá cierta frustración, ¡porque nos gusta ganar! Entonces empezaremos a pensar en votar por el más seguro ganador, no importa si pertenece o no al partido que nos legaron nuestros padres o al que escogimos por convicción, porque poco a poco nuestras concepciones se irán diluyendo, endureciendo, los revolucionarios de ayer somos los conservadores de hoy, aunque algunos -tal vez por gracia divina- nunca hayan sido picados por el bicho del socialismo. Es posible también que por orden de nuestros guías espirituales contribuyamos aún más a la sociedad llevando una vez al año mercado a los pobres o regalando ropa que no usamos a los ancianatos; asistiremos cada domingo a la iglesia o el culto y saldremos tan relajados que no nos perturbará cada día durante el almuerzo ver noticias de masacres y asesinatos -lejos en la geografía o cerca de nuestro hogar-; porque, al fin y al cabo, hemos sido absueltos.

Pero, aunque cada semana nuestro dios nos perdone, habrá algo que nos seguirá torturando, que nos mantendrá como a los hámsters en su aparatito dando vueltas sin cesar y se ha convertido en estrategia de reclutamiento de organizaciones tan poderosas como las iglesias y el gran Mercado. Hemos venido al mundo con dos heridas, dos deudas primigenias que pagaremos a lo largo de nuestra vida: la mancha del pecado original que según la religión cristiana tendremos que borrar aunque sea imborrable (tanto que el sacrificio de Jesús, el hijo de Dios hecho hombre, no bastó para desaparecerla) y por ello debemos temer toda nuestra vida al castigo y las miles de desgracias a las que nos hicimos acreedores sin saberlo, porque desobedecimos y lo seguimos haciendo.

De ahí la lucha sin fin que libraremos por llenar nuestra segunda falta, esa que nos hará sentir siempre inconformes, decretada por una sociedad que nos antecede y por una profesión que debería ser penalizada -la publicidad- que con su principal aliada la propaganda, nos venderá objetos pero también ideales de vida, de belleza, de éxito, así como personas, “líderes” políticos y estrellas de papel. Buscaremos la satisfacción de nuestras "necesidades" sin saber que son absolutamente definidas por la sociedad, cuando casi todo aquello que deseamos es por lo general innecesario, nada tiene que ver con nuestra supervivencia, pero aún así estamos convencidos de que al obtenerlo nos hará más felices, porque eso es lo que nos han hecho creer.

Mucha gente inteligente y pensante puede argüir que no es manipulada, que decide por sí misma, que su estilo de vida responde a sus propios deseos y demandas emocionales... Pero, ¿vivir como vivimos es resultado de una necesidad o de una imposición? ¿hasta qué punto un imperativo social es interiorizado e incorporado hasta convertirse en una necesidad? Y, ¿si otras maneras de vivir consideradas "disfuncionales" (drogadicción, indigencia, delincuencia) no son más que formas de resistencia contra ese mandato que nos ordena ser "personas decentes"?




sábado, 26 de abril de 2014

Parálisis

He visto cómo la vida pasa frente a mí. A mi lado. Por encima de mi cabeza. He sentido el ardor de la pasión, las ganas de comerme el mundo y he tenido miedo; de volar, de gritar, de amar; de entregarme al placer, a lo desconocido, a la incertidumbre. Sólo al dolor me he abandonado completamente. Sólo a él me he abrazado con furia y he sido suya como de nadie. He dejado que penetre mi cuerpo y le he permitido conquistar el territorio de mis dudas y adueñarse de mí. Ya nada puedo hacer. Ya nada queda por hacer. Mis murallas ya no pueden derrumbarse. La llave que abre el cerrojo está enterrada en el fondo de un abismo. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. Mi piel ya no resiste. Espero el fin.  

miércoles, 19 de febrero de 2014

Urgente

¿Alguien podría decirme
Dónde hallaré a la gente buena?
Necesito desesperadamente un acto de bondad
Lo muros de maldad con que tropiezo
Estan destrozándome el alma
Ya casi no me quedan fuerzas
Para decir.

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...