jueves, 5 de diciembre de 2019

Estaba en llamas cuando me acosté

Tanto hablar y tanto por decir
Tantas palabras contenidas
Ganas de decir te amo, no puedo vivir sin ti
Querer besarte, abrazarte, amarte
Desear que las cosas estén bien, que estemos bien.
Escucho tu voz y tu risa todo el día dentro de mí
Hiciste que mi estómago se retorciera cuando dijiste algunas cosas
Pero tal vez las deje pasar...
¿Qué me hiciste?
Te conozco hace tres días y quiero morirme contigo.

martes, 19 de noviembre de 2019

La guerra que nunca nos tocó

A nosotros nunca el río se nos llevó la casa, no nos tocó salir huyendo de una balacera, una incursión, una toma o una masacre; no corrimos el riesgo de ser reclutados por grupos armados, no tuvimos como única salida para la pobreza meternos al ejército o irnos para la guerrilla.

Nuestra familia, aunque también vino de zonas rurales, en la ciudad conoció tiempos mejores: nuestros abuelos pudieron tener un empleo digno, comprar una casa y darle a sus hijos la oportunidad de estudiar que ellos no tuvieron. Nuestros padres fueron bachilleres y nosotros universitarios -algunos Magister, otros con doctorado-; nuestros hijos -si los tenemos- podrían estudiar en el exterior (aunque el mundo actual no les brinde ninguna garantía, ni les dé esperanza, ni les asegure una mejor vida que la que tuvieron sus antecesores). Hemos viajado dentro y fuera del país, tenemos celulares de media y alta gama, podemos comprar una que otra cosa de marca; de vez en cuando comemos en un restaurante de lujo... 

Mientras, para otros el lujo es comer carne una vez al mes; viajar es ir a la capital del departamento; llegar al bachillerato y poder terminarlo es ir muy lejos.

Ellos vieron la cara del terror de frente, los sintieron llegar con sus camuflados y sus armas, con sus botas y sus capuchas; los oyeron arribar en medio de la noche anunciados por los ladridos de los perros, abriendo las puertas con estruendo, con sus linternas en medio de la oscuridad; pudieron oler el miedo y la sangre.

¿Con qué derecho quienes nunca fuimos tocados por la violencia opinamos sobre la guerra? ¿Cuánta empatía nos faltó y nos falta para llorar sus muertos, sus desaparecidos, sus reclutados? ¿Cómo nos atrevimos a votar No a una oportunidad de acabar con tanta barbarie? ¿Cómo nuestros padres y abuelos que huyeron de esa violencia en los campos, apoyan a los guerreristas de corbata y camionetas blindadas que desde sus lujosas casas y oficinas despotrican de una paz que además de imperfecta es incompleta, insuficiente, mínima?

Deberíamos acordar en que no solo es infame sino cruel, desear y justificar muertes de los que consideramos inferiores solo porque les tocó nacer en un rancho de paja, de cartón o de lata con piso de tierra. No todos tuvimos la oportunidad de abrir una llave y que de ella saliera agua; no todos fuimos privilegiados.

Deberíamos entenderlo, sentir compasión y apoyar y cultivar la paz de todas las maneras posibles.

Por nuestro bien y el de toda la especie humana.

sábado, 26 de octubre de 2019

De marchas y tropeles

Quienes contamos con unas cuantas décadas en este mundo hemos visto todo tipo de manifestaciones y revueltas: de ambos lados del espectro político, en nuestro país y en otros cercanos o lejanos, algunas “pacíficas" y otras que han incendiado todo a su paso; y todos, de una manera u otra, hemos participado de alguna.

Al menos una vez hemos salido a apoyar a la patria en los desfiles de independencia o a protestar contra el gobierno por las alzas en los transportes y en los servicios públicos, por los recortes en los presupuestos para la educación y la salud, por la negligencia ante las masacres contra líderes reconocidos y anónimos, frente a dudosos resultados electorales; hemos visto marchas de profesores y estudiantes, de pensionados y mujeres, de campesinos, indígenas, afrodescendientes; movilizaciones que aglutinan personas de todas las edades y marchas de viejos jóvenes y de jóvenes viejos -parafraseando a Pepe Mujica-; unas coloridas como las del orgullo gay y otras plagadas de rostros compungidos; silenciosas o llenas de comparsas y bullicio.

Algunas han terminado en tropel (como decimos aquí), con destrozos materiales, heridos y hasta muertos de uno u otro lado. Hay unas que han tumbado presidentes o reversado medidas anti populares, otras han sido reivindicativas, conmemorativas y tal vez muchas -aparentemente- no han servido para nada. Las hay financiadas por gobiernos poderosos, otras motivadas nada más que por el descontento popular que aunque aparente no existir, como el vapor en una olla a presión y de manera silenciosa crece y empuja, hasta que logra, por alguna vía -unas veces más potente que otras-, salir como una explosión.

El espejismo de la democracia ha limitado nuestro papel como ciudadanos a la mera función de contribuyentes y nuestra participación política a la rutina de votar en unas cuantas elecciones, cada vez más generadoras de suspicacias por la alta posibilidad de manipulación de los resultados. Así que luchar, como bien lo han sabido los pueblos aborígenes de nuestra América desde tiempos inmemoriales, ha sido la única manera de darle una sacudida al poder, a ese que se anquilosa y atornilla en su trono y se olvida del pueblo. ¿Qué más dan entonces unas cuantos vidrios rotos, unos edificios incendiados, unas pérdidas económicas, incluso algunas o muchas vidas sacrificadas si se está peleando precisamente por eso tan valioso, más que la vida de uno, la de muchos, la de todos? El fuego purificador invadiéndolo todo, aunque luego todo vuelva a la calma y las cenizas se vayan con el viento.
Porque mientras muchas señoras y señores de camándula sentados frente al televisor se persignan mientras escupen improperios contra los vagos desadaptados que “protestan quieren todo regalado", esas explosiones no son más que maravillosa poesía: el indicio, aunque leve, de que estamos vivos, de que a pesar de lo mucho que interactuamos con aparatos tecnológicos aun somos capaces de tener empatía, de indignarnos, de sentir, como cuentan que el abuelo le dijo a la abuela cuando tuvo una erección a sus setenta y pico: ¡todavía, carajo!


martes, 1 de octubre de 2019

La solemnidad

Los seres humanos nos tomamos la vida, a nosotros mismos y a los demás muy en serio, sólo hay que observar la multitud de ceremonias que realizamos a lo largo de nuestra existencia como individuos y como especie: los juramentos militares, las graduaciones escolares, las conmemoraciones de fechas importantes para la nación.

La rigidez de las posturas, de los gestos augustos, de la música, si es que así se le puede llamar a los himnos y cánticos ceremoniales; los rituales de la vida y la muerte decretados por las religiones: bautizos, matrimonios, misas de difuntos. Todo eso rodeado por una atmósfera aburrida y rimbombante, muy distante de la verdadera vida que lleva al ser humano a regodearse en los placeres, en el carnaval y el desenfreno.

¿Pueden catalogarse como formas de control social, rituales de paso, ejercicios necesarios para recordar nuestra trascendencia en oposición a la inmanencia que nos desvía?

Al parecer las redes sociales han exacerbado nuestra tendencia a ser solemnes: si bien el humor ha salido de las caricaturas en periódicos, revistas, programas de televisión y se ha convertido en un ejercicio democrático a través de los memes y todo tipo de parodias en vídeo, lo solemne también se ha vuelto una característica de nuestro personaje ante los demás en las redes. 

Adultos indignados que exigen justicia para los delincuentes y denuncian la corrupción de gobernantes; jóvenes eufóricos que claman por el cuidado del planeta que llevamos siglos destruyendo;  políticos de todas las calañas vendiendo imágenes impolutas; personas “de a pie" que día a día se esfuerzan por construir una reputación a punta de mentiras y fachada. Todos preocupados por la imagen de corrección política, coherencia ideológica o éxito que les interesa proyectar, viendo enemigos en todos los que osen menoscabarla. Solemnidad que termina siendo reducida a una moda, a una ola de indignación, a una catarsis orgásmica y luego es evacuada, olvidada, reemplazada por una nueva.

La seriedad -valor inculcado a nuestros antepasados y aún exigida a las personas de bien- con la que se nos exige vivir y morir y de la que escapamos entre borracheras y estados alterados de conciencia gracias a las drogas, sumergidos en arrebatos de pasión, ira o de éxtasis religioso; el "portarse bien" reprimiendo los instintos naturales para agradar a la sociedad. Esa solemnidad que la niñez nos enseñó que no sirve para nada.

Deberíamos volver a los ataques de risa incontrolables de las izadas de bandera o los velorios, justo cuando el rector lanzaba con voz grave odas a la patria o la rezandera del barrio recitaba esas horribles letanías que los demás debían responder... Reír, para no morir.

viernes, 20 de septiembre de 2019

Volver

Afuera el sol calcina las copas de los árboles que se mueven frenéticamente al vaivén de los vientos de agosto.

Adentro ella me mira y parpadea un par de veces antes de caer presa de la modorra del mediodía.

El silencio de la siesta lo invade todo y yo, que había perdido la costumbre, los siento respirar y pienso: voy a estar bien. Vamos a estar bien.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Recuperar el nombre

En una entrevista reciente, Rodrigo Londoño Echeverry, quien durante sus más de 40 años de vida armada usó el alias de Timochenko -aunque más el apócope "Timo" como el mismo reconoció-, insistía en que se dijera su nombre, así completo, con su patronímico y sin que faltara el apellido de su madre y con ello reafirmaba esa nueva persona que hoy es, comprometida con un proceso de desarme y de lucha sin violencia.

No son solo los seudónimos de la guerra, también están los del amor (como rebautizamos a nuestro ser querido) y los de la escritura; los alias de los más buscados, los nombres de los hijos deseados y el nombre del muerto en el recién nacido (como es el caso de muchos, incluidos famosos como el escritor Ernesto Sábato: "Y me pusieron el nombre de un muerto..."); los nombres de las personas, el Nombre del Padre y del Hijo de los cristianos; los nombres de las cosas, de los animales, de todo lo que es -porque en este mundo de lenguaje lo que no es nombrado no existe-: todos los nombres importan.

Recuperar el nombre de soltera de la que fue casada; usar por fin el nombre de la o el que siempre quiso ser la persona trans que se rebautiza; nombrarse cada semana con los nombres de las amigas o de sus muñecas la niña o súper héroes el niño; el nombre del ser amado en el cuaderno; el nombre de la madre, la abuela, del hijo en el tatuaje; nuestra vida es nombrar y ser nombrados: la nuestra es una vida de nombres.

Que Rodrigo Londoño Echeverry clame por ser llamado con el nombre que le dieron sus padres es una reafirmación de su compromiso con la paz que dice querer construir. Que Jesús Santrich e Iván Márquez no hayan abandonado sus nombres de guerra tal vez debería decirnos algo. Que el actual presidente del partido Comunes confiese que abogaba por un cambio de nombre que no recordara los excesos de esa guerrilla en el conflicto muestra su talante: a veces hay que empezar de cero y rebautizarse. 

Eso no borra la historia, pero la hace más fecunda a la siembra que esperamos algún día coseche buenos frutos.

jueves, 22 de agosto de 2019

Avatares de la política

Algunos nacieron con una tendencia a indignarse que incluso antecede a la existencia de las redes sociales, que parecen haberla puesto de moda y hasta alentarla. A muchos desde muy pequeños les dolían las injusticias, los niños con hambre en las calles, los viejos durmiendo en los andenes, los barrios de miseria con casas de latas y cartones. Pero cada uno escoge maneras diferentes de procesar esa indignación.

Hubo quienes crecieron y decidieron que lo único que podían hacer era resolver la propia vida, ya de por sí bastante dura como para echarse encima la responsabilidad de ayudar a otros; algunos escogieron el camino del “servicio a Dios" perteneciendo a órdenes religiosas, que si bien no cambiarían las condiciones de vida de los pobres, podrían ayudar a paliar su sufrimiento; otros tomaron las armas creyendo que era la única manera de acabar con las injusticias; unos cuantos, que cada vez son más entre propios y ajenos, se decantaron por la política.

Dejemos de lado a quienes eligieron estas opciones por el sólo hecho de considerarlas una manera más fácil y segura, no solo de ganarse la vida, sino de hacerse escandalosamente ricos: hablemos de los que creyeron de verdad en lo correcto del camino escogido para lograr una mejor sociedad. ¿A cuántos les sobrevive esa convicción? ¿Cuántos, si bien al inicio tenían buenas intenciones, luego sólo quisieron mantenerse porque era lo único que aprendieron a hacer, porque se tornaron buenos o hasta expertos en ello?

En el caso específico del ejercicio político ¿Cuántos no se convirtieron más que en adictos al poder, a la adrenalina de usar las más diversas estrategias para convencer y hasta engañar? ¿En qué punto no es más que un juego de ajedrez en el que mueven las fichas haciendo que el otro también lo haga condicionado por sus movimientos?

No dudo que los ideales persistan en algunos. No dudo de las buenas intenciones detrás de las palabras y los actos. Puede que, por más que sean calculadas, las decisiones que benefician a una gran parte de la población deban ser reconocidas; pero, tanto en la política como en la vida religiosa, ¿no se trata en muchos casos de actividades en las que el ego se ve alimentado por cada triunfo (cada nuevo reclutamiento, cada nuevo converso, cada nueva elección ganada) y además, recompensado de manera lucrativa?

Para muchos su contribución a un mundo menos desigual consiste en ser un buen ciudadano que no bota basura en las calles, que sale a votar por los candidatos que considera mejor capacitados y paga sus impuestos; otros están convencidos de la importancia de la movilización social; muchos creen que se debe militar en un partido político que represente de manera lo más completa posible nuestros ideales.

Tal vez todas estas posiciones hagan parte de este todo que es el mundo que construimos, todas parecen tener sus pros y sus contras: puedes creer que eres un buen ciudadano y no serlo tanto; que votas por el mejor y equivocarte; puedes hacer parte de un partido que crees el correcto y convertirte en un peón al que le piden obediencia ciega (encubierta en algo que denominan ‘disciplina partidaria'), conminándote a aceptar decisiones sin cuestionar so pena de considerarte un traidor, obligarte a seguir a directivos o candidatos non sanctos, verte  limitado a obedecer y callar.

Tal vez no haya una forma correcta y sólo se trate de vivir como nos sintamos más cómodos y felices; tal vez todos somos pequeñas piezas, necesarias, de este engranaje. Es posible que debamos probar una o varias opciones para saber que, simplemente, hay algunas que no resultaron para nosotros.

miércoles, 31 de julio de 2019

El café que nunca fue

Ella no es una mujer de esas que quitan el aliento, pero hay algo en sus ojos, en su cuerpo que atrae. La novia de mi humano ya no es joven, no tiene en su piel la lozanía de los veinte y en su pelo asoman hilos de plata que cubre con todo tipo de tintes. Pero es buena y ama apasionadamente, aunque a veces me asfixia con sus abrazos, tanto como a mi noble compañero, que los acepta con estoicismo.

De sus conversaciones luego del amor -que observo a prudente distancia desde el armario o al borde de la ventana- he podido extraer que su padre murió siendo una niña y ella era su adoración, por lo que se sintió terriblemente sola y abandonada a partir de allí. Se crió con una madre estricta y fría, que siempre estaba cansada y de mal humor, que no demostraba su afecto y a la cual ella y su hermano temían, por eso hacían solos sus deberes escolares y mantenían aseada la casa. Se sintió siempre necesitada de alguien que la defendiera y apoyara, que le preguntara cuáles eran sus sueños y temores, que estuviera ahí para ella cuando nadie más estaba. Por eso buscó desesperadamente el amor y se aferró a los hombres de su vida.

Al parecer, todas sus relaciones fueron largas y gastó gran parte de su energía en conservarlas, luchando contra ella misma y su naturaleza rebelde, indomable y sensual. Fue infiel y lo pagó caro, fue fiel y no hubo diferencia. Llegó a mi humano herida y con el corazón hecho pedazos: otra vez abandonada; se aburrieron de ella y su falta de compromiso con la vida, su desinterés por todo, su pasión incandescente que se consumía en 10 segundos y luego se convertía en apatía y cinismo. Ya no era una niña y se había opuesto a todo: al trabajo, al matrimonio, a la religión, a la política. Se sentía vencida y con ganas de morirse.

Ella siempre repite que a pesar de lo doloroso de las rupturas, fue lo mejor: al menos era libre y ahora sabía quién era, no se iba a engañar nunca más y trabajaría al fin por sus sueños, ya no dependería del afecto y la aceptación de otros; sería ella.

Un día, entre un duelo que parecía no terminar y las euforias causadas por el alcohol, dijo delante de alguien que siempre había soñado con un espacio donde se juntaran las dos cosas que más disfrutaba en la vida: los libros y el café. Le propusieron un proyecto que sonaba mágico y empezó a tejer fantasías alrededor de lo que sería este lugar para ella y sus amigos, para la vida de todos los que entraran allí y quisieran disfrutar de una bebida, un libro o una charla. En su mente esas mesas, que hoy sostenían patas arriba las sillas, serían ocupadas pronto por personas interesantes (y también por uno que otro fastidioso o arrogante), sería su oportunidad de brillar, de mostrarle al mundo que era inteligente y divertida y podía ganarse la vida sin ayuda de un hombre.

Pero pasó que al llegar el lunes a ultimar los detalles de lo que sería la gran inauguración, en la puerta había un cartel que decía "alquilado". Habían hecho una mejor oferta que la suya y esa se estaba convirtiendo en la historia de su vida.

"Será en otra ocasión, bella Michina", me dijo con una sonrisa triste mientras acariciaba mi lomo con desgano. Yo la consolé restregando mi cuerpo contra su turgente pierna.

jueves, 18 de julio de 2019

Renunciar a la vida

Hace algunos meses una novia de adolescencia de mi humano se suicidó. Lo vi llorar como un niño y quejarse de haberla plantado pocas semanas antes de su muerte ¿Qué le quería contar en medio de ese café que le había invitado? ¿Habría servido de algo consolarla, darle ánimos, decirle que la vida siempre tiene algo mejor para dar? Es imposible saberlo pero, de paso, deseé que algún día llore igual mi muerte. 

No sé por qué a todos los de su especie les causa tanto asombro, tanto shock eso que llaman suicidio, como si no fuera la cosa más sensata de hacer ante las agresiones de este mundo que ellos mismos crearon. Pensar en lo solos que están, en lo superficiales y transitorias que son sus relaciones -y no de ahora, de esta era de pantallas y apariencias, de siempre, en todas las épocas y lugares-; es así el humano, gregario pero solitario por naturaleza ¿Es que su capacidad de pensarse a sí mismo lo aísla, cosa que no es problema de otras especies? Es evidente que son los únicos en padecer la soledad, a otros seres vivos -incluyéndonos a los gatos- parece no causarles sufrimiento...

Y luego, esta sociedad que se inventaron e instaura paradigmas que les dañan la cabeza; que los vuelve guiñapos al vaivén de las circunstancias, de la moda, de los otros; entonces van a terapia y se quejan porque se sienten inseguros, poco atractivos, viejos y obesos y se aferran a otros de manera malsana, aunque los maltraten y hasta les destruyan la vida; después pretenden no volverse mierda cuando terminan relaciones en las que eran vulnerados y despreciados, de las que no se podían librar por temor a quedarse  solos y creerse demasiado poco, aunque el otro fuera una basura maltratadora y egocéntrica.

Les sorprende sentirse fracasados por no conseguir un empleo, aunque no sea de su agrado y esté mal pago, porque se inventaron una noción de éxito que significa tener mucho dinero para gastar. Les aterra que una madre se lance con su hijo de un puente y se sienten con derecho a juzgarla, cuando su sufrimiento tuvo que ser tanto que no quiso irse sin asegurarse de que su criatura no viviera lo que ella...

¿Cómo pueden dormir tranquilos viendo morir a tantos jóvenes, a tantos niños y niñas, a tantos padres, madres y ancianos, a tantos animales desaparecer, tantos bosques y selvas arrasados, tantos ríos contaminados o reducidos a charcos nauseabundos? 

Perdónenme señores, sé que poco entiendo de sus códigos y reglas, pero no dejo de preguntarme ¿qué esperan de un mundo que sólo los violenta más que pensar en abandonarlo?

sábado, 6 de julio de 2019

“Si tengo que esforzarme, no es lo mío, no me interesa". Diario de un gato

Soy un gato adulto, hembra, para más señas, aunque evito usar la palabra gata -que los humanos han hecho peyorativa usándola con propósitos ofensivos hacia las hembras de su especie-.

No siempre fui un felino, sé que tuve muchas vidas aunque no las recuerdo todas, pero estoy segura, por ejemplo, de que hace muchos soles atrás fui un aristócrata. Recuerdo levantarme a cualquier hora del día cuando los criados abrían las cortinas, desayunar en una linda terraza con café y tostadas escuchando noticias sobre mis lejanas propiedades y llevar una vida dedicada a los negocios, el arte y las grandes fiestas y tertulias en la corte de algún rey. Solo debía preocuparme por no caer en desgracia con el soberano de turno y administrar los bienes heredados para que no desaparecieran y mis descendientes no me maldijeran eternamente.

Unas décadas después, en los tiempos de las grandes revoluciones, fui una hermosa cortesana atormentada entre los vientos de liberación y el deseo de aferrarme al pasado esplendor. Fui amada y amé más de lo indecible a muchos hombres, les di placer y me lo dieron, muchos perdieron la cabeza por mí y quisieron atarme a sus dormitorios, pidieron que mi vientre diera frutos pero yo no deseaba ser una madre abnegada; luché por hacerme oír, supliqué que me amaran sin títulos ni cadenas, sin rutinas ni familiares entrometidos. Ninguno de mis amantes pudo asumirlo y tuve que envejecer y morir sola.

Pasaron los siglos y fui un escritor fracasado y pretencioso. No leía a nadie más que a mí y me sentía el mejor del mundo; hablaba mal de todos los demás escritores y me sentía orgulloso de mi poco intelecto y cultura. Morí en la miseria, pero no en esa en la que falta el pan, sino en la que ennegrece el alma, porque traicioné a todos y a mí mismo por querer dejar mi nombre en los anales de la historia, cosa que tampoco pude lograr.

Ahora y por suerte soy una especie de dios vivo: ya no tengo más que pedirle comida a mi olvidadiza humana en las mañanas y por las tardes, tomar el sol siempre que se pueda y estar a una distancia prudente de la pequeña ilusa que me alimenta para evitar que cometa tonterías. Es un trabajo fácil, ella es algo ingenua y enamoradiza pero toda una buenaza. Y me idolatra.

La vida y su evolución me trajeron hasta aquí en una suerte de nirvana y creo que me lo merezco. Si algo he aprendido es que debo respetar mi esencia, ser lo que he sido y soy, no importa lo que digan los otros ¡Que ellos vivan a su manera y me dejen en paz! Porque si tengo que esforzarme por conseguir algo, ya sea dinero o amor, sencillamente no vale la pena.

Lo único que sé es que esta vez moriré y nunca más regresaré. Lo siento por los que nunca llegarán a ser gatos...

¡Miau! (adiós).

domingo, 31 de marzo de 2019

Ese activismo necesario

Escuché sobre alguien que vino de Venezuela -donde tenía un cargo directivo en un banco- a trabajar en “una de esas maquilas de Pat Primo" en mi ciudad. Reconozco que la palabreja hizo que me estremeciera: “¿esas cosas existen en este país?" creía que estaban en lugares lejanos, como la China o Indonesia, nunca imaginé que podrían estar siquiera cerca de nosotros, en esta pequeña villa fronteriza plagada de desempleados.

Me propuse no volver a comprar esa marca, aunque recordé que prácticamente ya no compro nada de ninguna marca. Y es que sólo de pensar que esas prendas han sido fabricadas por niñas, adolescentes o mujeres famélicas en jornadas extenuantes con salarios de miseria, me siento incómoda y avergonzada: es por eso que dejé de ir a almacenes como Zara aunque haya promociones, a H y M y hasta a Desigual, cuyos carísimos vestidos pueden haber sido pagados a un precio irrisorio a aquellas sufridas manos que les dieron vida.

No sólo el tema del vestuario se ha vuelto complicado; existen unos almacenes de todo a mil, a dos mil o a cinco mil, a los que es inevitable entrar sin comprar al menos una chuchería, a los cuales ahora ni me acerco, pues estoy segura de que cosas tan baratas fueron fabricadas en condiciones deplorables, con materiales de mala calidad por trabajadoras y trabajadores mal pagos y con el agravante de la obsolescencia programada. Entonces, considero que por ningún motivo debo comprarlas.

En cuanto a la comida, el asunto se torna un poco más angustioso: si bien evito consumir productos procesados, tomar bebidas gaseosas que causan enfermedades y obesidad o comidas rápidas de cadenas que además de producir alimentos dañinos para la salud utilizan a jóvenes estudiantes a los que pagan salarios por debajo de lo debido (con la excusa de que ellos no tienen familias que mantener y sólo trabajan en sus ratos libres para pagarse ciertos lujos), lo que no he logrado aún es adherirme al movimiento por la liberación animal que promueve, entre otras cosas, el veganismo.

Intento aplicar lo de un día a la semana sin carne como ayuda para el planeta, sé que debería asesorarme con especialistas antes de modificar mi dieta pero, ¿seré capaz de vencer mi resistencia a un cambio en los hábitos alimenticios que han acompañado todos mis años de vida? Estoy en contra del maltrato animal y no iría a una tienda de mascotas a comprar un cachorro, siempre he preferido y aplicado la adopción y lo seguiré haciendo aunque me sigo preguntando ¿hasta dónde llega mi preocupación y empatía hacia otros seres vivos?

Podríamos seguir con otros tópicos que exigen alguna postura como el de la xenofobia hacia los migrantes, el asedio a los palestinos en la Franja de Gaza, la destrucción de la Amazonía o el deshielo de los polos, sobre los cuales a veces no podemos más que sentirnos impotentes, pues la mayoría de nosotros apenas logra disminuir el uso de plástico reutilizando su botella de agua y usando una bolsa de tela para las compras en el supermercado.

Lo cierto es que el mayor acceso a la información que permite el uso de internet y los dispositivos electrónicos nos empujan a convertirnos en militantes de causas nobles, aunque de ninguna manera podemos dejar de lado la consciencia política, la movilización social y la coherencia en nuestros actos, pues de lo contrario estaremos destinados a ser simplemente seres angustiados e inútiles detrás de una pantalla, o peor, dueños de una auto atribuida superioridad moral cómoda y dañina, tanto para nosotros mismos como para este planeta que tanto nos necesita.


viernes, 1 de marzo de 2019

¡Mátenme, feministas!

Por alguna razón que otros sabrán explicar mejor, no siento una empatía especial por mi género; me caen bien o mal las personas, independientemente de que sean hombres o mujeres, no asumo que ellas deban generarme aceptación sólo porque son como yo. Tampoco me siento particularmente cómoda rodeada de otras féminas, a veces sucede todo lo contrario, me intimidan cuando las veo tan crispadas (ya sé, amigas feministas, es por la opresión de tantos siglos), que muchas reuniones con ellas me hacen sentir un enorme deseo de huir.

Me sucede también con muchos hombres, aunque no puedo caer en generalizaciones, porque si bien es evidente que algunos me causan incomodidad, aprensión y hasta fastidio, los que son mis amigos y otros conocidos, se me hacen una compañía verdaderamente agradable. "Será por el tema de la seducción" dirán, "será porque ellos siempre te están viendo como un pedazo de carne al cual probablemente podrán engullir sin mucho esfuerzo" -puede ser-, pero disfruto estar con hombres, hablar con ellos, discutir, como también he disfrutado hacerlo con mujeres olvidándome del género, conectándonos intelectual o emocionalmente.   

No quiero decir que no tenga amigas: tengo unas entrañables a las cuales quiero y admiro, con las que me siento cómoda y relajada, por las que no me siento juzgada; pero no disfruto especialmente la reuniones que muchas suelen llamar de manera jocosa "aquelarres" si éstas son para denigrar de los hombres o de otras mujeres. Me gustan las buenas conversaciones con ellos o con ellas, no asumo que sea mejor con uno u otro género.

Tampoco siento que nosotras seamos particularmente inteligentes o mejores, no creo que un mundo gobernado por nosotras sería mejor, ni que el hecho de poder dar vida (con la colaboración de los hombres, por cierto) nos haga superiores. No me parece que el hombre deba ser erradicado de las faz del planeta. De la misma manera deploro que en muchos temas los hombres sean superiores porque nosotras no nos preocupamos por cultivarnos. Conozco mujeres brillantes, sí, con una vasta cultura, intelectuales, pero al menos en mi entorno, no son tantas como me gustaría.

En cuanto a sentirme especialmente afectada por lo que les ocurre a tantas mujeres en el mundo, por supuesto que sí: soy una de ellas, me he sentido vulnerable y vulnerada por mi condición como tal, he sentido rabia por no poder salir después de cierta hora sin el riesgo de ser violentada; he llorado por la muerte de muchas a manos de sus parejas, del padre de sus hijos, de aquel a quien entregó su amor. He sentido rabia por las miles de niñas abusadas. Pero también me duelen los niños.

No creo que el hombre, el masculino sea nuestro enemigo natural. Al menos no siempre. Tampoco que todos sean victimarios, nosotras también podemos serlo. Rechazo el feminismo que censura a la que quiere casarse y tener hijos o depilarse las piernas y usar maquillaje. Creo que si bien muchas fuimos abusadas y callamos por miedo o porque sólo posteriormente tuvimos conciencia de que lo que nos habían hecho estaba mal, deploro que esto sea utilizado como instrumento de desprestigio o como venganza, así como negar al padre el contacto con sus hijos porque se fue con otra; considero que poco bien le hace a un movimiento que alcanzó tantos logros acusar a mansalva o sin pruebas sólo por hacer daño o reinvindicar nuestras luchas, de actos que si bien son reprochables y el producto de una cultura machista y patriarcal, no son delitos o hasta hace poco no eran considerados como tales, pues estaban "normalizados" para usar sus términos. Debemos educar, formar nuevas generaciones libres de discursos machistas y patriarcales.

Escupir en la cara a los ‘falotenientes' no es la manera.

lunes, 7 de enero de 2019

¿Qué hacer?

Cuando has pasado los últimos años de tu vida, los únicos de militancia política, apoyando a los candidatos más difamados por cuenta de la estigmatización de las propuestas alternativas y ves como pierdes, una tras otra, todas las elecciones, a veces te preguntas si ya está bueno y es hora de darte por vencido.

Porque pareciera que después de un breve renacer en América del Sur de gobiernos progresistas, soberanos, contrarios a Washington y sus mandatos, el radicalismo de derecha racista, misógino, xenófobo y homófobico, más preocupado por beneficiar a los grandes capitales que a los trabajadores y a las clases medias, avanza a pasos agigantados y ya no entendemos cómo esos tantos perseguidos y perjudicados por las medidas de esos gobiernos, apoyan ciegamente a quienes serán sus verdugos.

¿Qué hacer cuando todo parece perdido, cuando la gente capta los mensajes amplificados por los medios de comunicación de los supuestos fracasos de la izquierda y minimiza descaradamente los efectos nocivos en el planeta y todos sus habitantes, incluidos ríos, bosques y selvas, del capitalismo?

Pocas personas razonan sobre lo que implica para la izquierda cargar aún con el estigma del stalinismo (cuando por lo general la derecha no suele ser tachada de réplica del nazismo); se desprestigia a Cuba, Corea del Norte, Nicaragua y Venezuela, países que al igual que los demás tienen problemas de pobreza y violencia -sin ser los únicos-, sin tener en cuenta que casi todos cargan con unas economías asfixiadas por los bloqueos y las sanciones "pedagógicas" de Washington y sus aliados y han sido marginados de los movimientos mundiales y de las ayudas de doble filo de las superpotencias. Y a pocos realmente les importa la pobreza, el hambre, el número de muertes violentas en Estados Unidos o en México, porque a quienes hay que señalar es a la banana republics gobernadas por dictaduras de uniforme que lanzan discursos incendiarios contra ellos, los buenos.

De la misma manera, la satanización y el desprestigio se enfocan en la supuesta corrupción de estos gobiernos, obviando la de los países que cumplen con las órdenes de los EE.UU.; sólo de vez en cuando los grandes escándalos retumban para luego caer en el olvido. Entonces, el único que aceptó sobornos fue Lula no Macri, (quien también apareció salpicado en lo de Odebrecht); sólo Kim Jong Un es autoritario (no Donald Trump); sólo en el gobierno de Maduro hay pobres, no en el de Piñera; sólo en Nicaragua hay protestas, no en Colombia... Y así.

¿Cuál podría ser entonces nuestra alternativa frente a esta arremetida? Resistir sí, pero cómo. Educar sí, pero a quiénes. Los jóvenes en un porcentaje importante -aunque hay muchos convencidos de las bondades de la ultraderecha-, por naturaleza y gracias en parte a las redes sociales que traen consigo tanta información diversa, tienen clara la amenaza. Algunos profesionales y gente mayor también.

Pero ¿y eso jóvenes y adultos, pobres y de clase media, trabajadores y desempleados que creen en el orden y en las tradiciones como fundamento de un país; que achacan todos los males a los pobres (¡ellos mismos!), negros, inmigrantes, homosexuales? Los que están convencidos de lo necesario de la desigualdad, de la exclusión, para que la sociedad sobreviva?

¿Esperamos que se cansen de comer mierda, para que tomen conciencia y dejen el cuentico de “veamos las cosas buenas, dejemos el negativismo que sólo sirve para polarizar"?

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...