jueves, 5 de diciembre de 2019
Estaba en llamas cuando me acosté
Tantas palabras contenidas
Ganas de decir te amo, no puedo vivir sin ti
Querer besarte, abrazarte, amarte
Desear que las cosas estén bien, que estemos bien.
Escucho tu voz y tu risa todo el día dentro de mí
Hiciste que mi estómago se retorciera cuando dijiste algunas cosas
Pero tal vez las deje pasar...
¿Qué me hiciste?
Te conozco hace tres días y quiero morirme contigo.
martes, 19 de noviembre de 2019
La guerra que nunca nos tocó
Ellos vieron la cara del terror de frente, los sintieron llegar con sus camuflados y sus armas, con sus botas y sus capuchas; los oyeron arribar en medio de la noche anunciados por los ladridos de los perros, abriendo las puertas con estruendo, con sus linternas en medio de la oscuridad; pudieron oler el miedo y la sangre.
¿Con qué derecho quienes nunca fuimos tocados por la violencia opinamos sobre la guerra? ¿Cuánta empatía nos faltó y nos falta para llorar sus muertos, sus desaparecidos, sus reclutados? ¿Cómo nos atrevimos a votar No a una oportunidad de acabar con tanta barbarie? ¿Cómo nuestros padres y abuelos que huyeron de esa violencia en los campos, apoyan a los guerreristas de corbata y camionetas blindadas que desde sus lujosas casas y oficinas despotrican de una paz que además de imperfecta es incompleta, insuficiente, mínima?
Deberíamos acordar en que no solo es infame sino cruel, desear y justificar muertes de los que consideramos inferiores solo porque les tocó nacer en un rancho de paja, de cartón o de lata con piso de tierra. No todos tuvimos la oportunidad de abrir una llave y que de ella saliera agua; no todos fuimos privilegiados.
Deberíamos entenderlo, sentir compasión y apoyar y cultivar la paz de todas las maneras posibles.
sábado, 26 de octubre de 2019
De marchas y tropeles
Quienes contamos con unas cuantas décadas en este mundo hemos visto todo tipo de manifestaciones y revueltas: de ambos lados del espectro político, en nuestro país y en otros cercanos o lejanos, algunas “pacíficas" y otras que han incendiado todo a su paso; y todos, de una manera u otra, hemos participado de alguna.
Al menos una vez hemos salido a apoyar a la patria en los desfiles de independencia o a protestar contra el gobierno por las alzas en los transportes y en los servicios públicos, por los recortes en los presupuestos para la educación y la salud, por la negligencia ante las masacres contra líderes reconocidos y anónimos, frente a dudosos resultados electorales; hemos visto marchas de profesores y estudiantes, de pensionados y mujeres, de campesinos, indígenas, afrodescendientes; movilizaciones que aglutinan personas de todas las edades y marchas de viejos jóvenes y de jóvenes viejos -parafraseando a Pepe Mujica-; unas coloridas como las del orgullo gay y otras plagadas de rostros compungidos; silenciosas o llenas de comparsas y bullicio.
Algunas han terminado en tropel (como decimos aquí), con destrozos materiales, heridos y hasta muertos de uno u otro lado. Hay unas que han tumbado presidentes o reversado medidas anti populares, otras han sido reivindicativas, conmemorativas y tal vez muchas -aparentemente- no han servido para nada. Las hay financiadas por gobiernos poderosos, otras motivadas nada más que por el descontento popular que aunque aparente no existir, como el vapor en una olla a presión y de manera silenciosa crece y empuja, hasta que logra, por alguna vía -unas veces más potente que otras-, salir como una explosión.
El espejismo de la democracia ha limitado nuestro papel como ciudadanos a la mera función de contribuyentes y nuestra participación política a la rutina de votar en unas cuantas elecciones, cada vez más generadoras de suspicacias por la alta posibilidad de manipulación de los resultados. Así que luchar, como bien lo han sabido los pueblos aborígenes de nuestra América desde tiempos inmemoriales, ha sido la única manera de darle una sacudida al poder, a ese que se anquilosa y atornilla en su trono y se olvida del pueblo. ¿Qué más dan entonces unas cuantos vidrios rotos, unos edificios incendiados, unas pérdidas económicas, incluso algunas o muchas vidas sacrificadas si se está peleando precisamente por eso tan valioso, más que la vida de uno, la de muchos, la de todos? El fuego purificador invadiéndolo todo, aunque luego todo vuelva a la calma y las cenizas se vayan con el viento.
Porque mientras muchas señoras y señores de camándula sentados frente al televisor se persignan mientras escupen improperios contra los vagos desadaptados que “protestan quieren todo regalado", esas explosiones no son más que maravillosa poesía: el indicio, aunque leve, de que estamos vivos, de que a pesar de lo mucho que interactuamos con aparatos tecnológicos aun somos capaces de tener empatía, de indignarnos, de sentir, como cuentan que el abuelo le dijo a la abuela cuando tuvo una erección a sus setenta y pico: ¡todavía, carajo!
martes, 1 de octubre de 2019
La solemnidad
Al parecer las redes sociales han exacerbado nuestra tendencia a ser solemnes: si bien el humor ha salido de las caricaturas en periódicos, revistas, programas de televisión y se ha convertido en un ejercicio democrático a través de los memes y todo tipo de parodias en vídeo, lo solemne también se ha vuelto una característica de nuestro personaje ante los demás en las redes.
La seriedad -valor inculcado a nuestros antepasados y aún exigida a las personas de bien- con la que se nos exige vivir y morir y de la que escapamos entre borracheras y estados alterados de conciencia gracias a las drogas, sumergidos en arrebatos de pasión, ira o de éxtasis religioso; el "portarse bien" reprimiendo los instintos naturales para agradar a la sociedad. Esa solemnidad que la niñez nos enseñó que no sirve para nada.
Deberíamos volver a los ataques de risa incontrolables de las izadas de bandera o los velorios, justo cuando el rector lanzaba con voz grave odas a la patria o la rezandera del barrio recitaba esas horribles letanías que los demás debían responder... Reír, para no morir.
viernes, 20 de septiembre de 2019
Volver
Adentro ella me mira y parpadea un par de veces antes de caer presa de la modorra del mediodía.
El silencio de la siesta lo invade todo y yo, que había perdido la costumbre, los siento respirar y pienso: voy a estar bien. Vamos a estar bien.
jueves, 5 de septiembre de 2019
Recuperar el nombre
jueves, 22 de agosto de 2019
Avatares de la política
Dejemos de lado a quienes eligieron estas opciones por el sólo hecho de considerarlas una manera más fácil y segura, no solo de ganarse la vida, sino de hacerse escandalosamente ricos: hablemos de los que creyeron de verdad en lo correcto del camino escogido para lograr una mejor sociedad. ¿A cuántos les sobrevive esa convicción? ¿Cuántos, si bien al inicio tenían buenas intenciones, luego sólo quisieron mantenerse porque era lo único que aprendieron a hacer, porque se tornaron buenos o hasta expertos en ello?
En el caso específico del ejercicio político ¿Cuántos no se convirtieron más que en adictos al poder, a la adrenalina de usar las más diversas estrategias para convencer y hasta engañar? ¿En qué punto no es más que un juego de ajedrez en el que mueven las fichas haciendo que el otro también lo haga condicionado por sus movimientos?
No dudo que los ideales persistan en algunos. No dudo de las buenas intenciones detrás de las palabras y los actos. Puede que, por más que sean calculadas, las decisiones que benefician a una gran parte de la población deban ser reconocidas; pero, tanto en la política como en la vida religiosa, ¿no se trata en muchos casos de actividades en las que el ego se ve alimentado por cada triunfo (cada nuevo reclutamiento, cada nuevo converso, cada nueva elección ganada) y además, recompensado de manera lucrativa?
Para muchos su contribución a un mundo menos desigual consiste en ser un buen ciudadano que no bota basura en las calles, que sale a votar por los candidatos que considera mejor capacitados y paga sus impuestos; otros están convencidos de la importancia de la movilización social; muchos creen que se debe militar en un partido político que represente de manera lo más completa posible nuestros ideales.
Tal vez todas estas posiciones hagan parte de este todo que es el mundo que construimos, todas parecen tener sus pros y sus contras: puedes creer que eres un buen ciudadano y no serlo tanto; que votas por el mejor y equivocarte; puedes hacer parte de un partido que crees el correcto y convertirte en un peón al que le piden obediencia ciega (encubierta en algo que denominan ‘disciplina partidaria'), conminándote a aceptar decisiones sin cuestionar so pena de considerarte un traidor, obligarte a seguir a directivos o candidatos non sanctos, verte limitado a obedecer y callar.
Tal vez no haya una forma correcta y sólo se trate de vivir como nos sintamos más cómodos y felices; tal vez todos somos pequeñas piezas, necesarias, de este engranaje. Es posible que debamos probar una o varias opciones para saber que, simplemente, hay algunas que no resultaron para nosotros.
miércoles, 31 de julio de 2019
El café que nunca fue
"Será en otra ocasión, bella Michina", me dijo con una sonrisa triste mientras acariciaba mi lomo con desgano. Yo la consolé restregando mi cuerpo contra su turgente pierna.
jueves, 18 de julio de 2019
Renunciar a la vida
Les sorprende sentirse fracasados por no conseguir un empleo, aunque no sea de su agrado y esté mal pago, porque se inventaron una noción de éxito que significa tener mucho dinero para gastar. Les aterra que una madre se lance con su hijo de un puente y se sienten con derecho a juzgarla, cuando su sufrimiento tuvo que ser tanto que no quiso irse sin asegurarse de que su criatura no viviera lo que ella...
¿Cómo pueden dormir tranquilos viendo morir a tantos jóvenes, a tantos niños y niñas, a tantos padres, madres y ancianos, a tantos animales desaparecer, tantos bosques y selvas arrasados, tantos ríos contaminados o reducidos a charcos nauseabundos?
sábado, 6 de julio de 2019
“Si tengo que esforzarme, no es lo mío, no me interesa". Diario de un gato
Lo único que sé es que esta vez moriré y nunca más regresaré. Lo siento por los que nunca llegarán a ser gatos...
domingo, 31 de marzo de 2019
Ese activismo necesario
Me propuse no volver a comprar esa marca, aunque recordé que prácticamente ya no compro nada de ninguna marca. Y es que sólo de pensar que esas prendas han sido fabricadas por niñas, adolescentes o mujeres famélicas en jornadas extenuantes con salarios de miseria, me siento incómoda y avergonzada: es por eso que dejé de ir a almacenes como Zara aunque haya promociones, a H y M y hasta a Desigual, cuyos carísimos vestidos pueden haber sido pagados a un precio irrisorio a aquellas sufridas manos que les dieron vida.
No sólo el tema del vestuario se ha vuelto complicado; existen unos almacenes de todo a mil, a dos mil o a cinco mil, a los que es inevitable entrar sin comprar al menos una chuchería, a los cuales ahora ni me acerco, pues estoy segura de que cosas tan baratas fueron fabricadas en condiciones deplorables, con materiales de mala calidad por trabajadoras y trabajadores mal pagos y con el agravante de la obsolescencia programada. Entonces, considero que por ningún motivo debo comprarlas.
En cuanto a la comida, el asunto se torna un poco más angustioso: si bien evito consumir productos procesados, tomar bebidas gaseosas que causan enfermedades y obesidad o comidas rápidas de cadenas que además de producir alimentos dañinos para la salud utilizan a jóvenes estudiantes a los que pagan salarios por debajo de lo debido (con la excusa de que ellos no tienen familias que mantener y sólo trabajan en sus ratos libres para pagarse ciertos lujos), lo que no he logrado aún es adherirme al movimiento por la liberación animal que promueve, entre otras cosas, el veganismo.
Intento aplicar lo de un día a la semana sin carne como ayuda para el planeta, sé que debería asesorarme con especialistas antes de modificar mi dieta pero, ¿seré capaz de vencer mi resistencia a un cambio en los hábitos alimenticios que han acompañado todos mis años de vida? Estoy en contra del maltrato animal y no iría a una tienda de mascotas a comprar un cachorro, siempre he preferido y aplicado la adopción y lo seguiré haciendo aunque me sigo preguntando ¿hasta dónde llega mi preocupación y empatía hacia otros seres vivos?
Podríamos seguir con otros tópicos que exigen alguna postura como el de la xenofobia hacia los migrantes, el asedio a los palestinos en la Franja de Gaza, la destrucción de la Amazonía o el deshielo de los polos, sobre los cuales a veces no podemos más que sentirnos impotentes, pues la mayoría de nosotros apenas logra disminuir el uso de plástico reutilizando su botella de agua y usando una bolsa de tela para las compras en el supermercado.
Lo cierto es que el mayor acceso a la información que permite el uso de internet y los dispositivos electrónicos nos empujan a convertirnos en militantes de causas nobles, aunque de ninguna manera podemos dejar de lado la consciencia política, la movilización social y la coherencia en nuestros actos, pues de lo contrario estaremos destinados a ser simplemente seres angustiados e inútiles detrás de una pantalla, o peor, dueños de una auto atribuida superioridad moral cómoda y dañina, tanto para nosotros mismos como para este planeta que tanto nos necesita.
viernes, 1 de marzo de 2019
¡Mátenme, feministas!
Escupir en la cara a los ‘falotenientes' no es la manera.
lunes, 7 de enero de 2019
¿Qué hacer?
¿Qué hacer cuando todo parece perdido, cuando la gente capta los mensajes amplificados por los medios de comunicación de los supuestos fracasos de la izquierda y minimiza descaradamente los efectos nocivos en el planeta y todos sus habitantes, incluidos ríos, bosques y selvas, del capitalismo?
Pocas personas razonan sobre lo que implica para la izquierda cargar aún con el estigma del stalinismo (cuando por lo general la derecha no suele ser tachada de réplica del nazismo); se desprestigia a Cuba, Corea del Norte, Nicaragua y Venezuela, países que al igual que los demás tienen problemas de pobreza y violencia -sin ser los únicos-, sin tener en cuenta que casi todos cargan con unas economías asfixiadas por los bloqueos y las sanciones "pedagógicas" de Washington y sus aliados y han sido marginados de los movimientos mundiales y de las ayudas de doble filo de las superpotencias. Y a pocos realmente les importa la pobreza, el hambre, el número de muertes violentas en Estados Unidos o en México, porque a quienes hay que señalar es a la banana republics gobernadas por dictaduras de uniforme que lanzan discursos incendiarios contra ellos, los buenos.
De la misma manera, la satanización y el desprestigio se enfocan en la supuesta corrupción de estos gobiernos, obviando la de los países que cumplen con las órdenes de los EE.UU.; sólo de vez en cuando los grandes escándalos retumban para luego caer en el olvido. Entonces, el único que aceptó sobornos fue Lula no Macri, (quien también apareció salpicado en lo de Odebrecht); sólo Kim Jong Un es autoritario (no Donald Trump); sólo en el gobierno de Maduro hay pobres, no en el de Piñera; sólo en Nicaragua hay protestas, no en Colombia... Y así.
¿Cuál podría ser entonces nuestra alternativa frente a esta arremetida? Resistir sí, pero cómo. Educar sí, pero a quiénes. Los jóvenes en un porcentaje importante -aunque hay muchos convencidos de las bondades de la ultraderecha-, por naturaleza y gracias en parte a las redes sociales que traen consigo tanta información diversa, tienen clara la amenaza. Algunos profesionales y gente mayor también.
Pero ¿y eso jóvenes y adultos, pobres y de clase media, trabajadores y desempleados que creen en el orden y en las tradiciones como fundamento de un país; que achacan todos los males a los pobres (¡ellos mismos!), negros, inmigrantes, homosexuales? Los que están convencidos de lo necesario de la desigualdad, de la exclusión, para que la sociedad sobreviva?
¿Esperamos que se cansen de comer mierda, para que tomen conciencia y dejen el cuentico de “veamos las cosas buenas, dejemos el negativismo que sólo sirve para polarizar"?
Solo tu nombre
Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...
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