miércoles, 30 de diciembre de 2020

Las manos del abuelo

- ¿Seguro que no me va a doler? Preguntó Marianita mirando los dedos gruesos y gigantes de su abuelo, quien con un pedazo de algodón en una mano y el tarro de Merthiolate en la otra se aprestaba a curar la rodilla herida.
- No sólo no le va a doler, mi muñequita, sino que no le va a quedar ninguna cicatriz y va a
poder ir al reinado en Cartagena.

Y efectivamente no dolió, como pasaba siempre que le curaba algún raspón, cortada, reventada o chichón. Sus manos eran expertas en sanar.

-¿A dónde iremos hoy, nonito?
-Vamos a viajar a las tierras de las mil y una noches; recorreremos los desiertos majestuosos, las mezquitas imponentes, veremos los castillos rodeados por frondosos jardines de árboles frutales; pasaremos por las tiendas de los nómadas y los mercados abarrotados de dátiles y todo tipo de telas bordadas en oro; volaremos en alfombras mágicas y aspiraremos los perfumes de las princesas cubiertas de delicados velos; acariciaremos caballos de elegantes crines y brillante pelaje; espiaremos a los reyes en sus tronos y a los mendigos apostados con sus muletas en los andenes; a los niños de ojos oscuros y profundos, a los hombres de barbas negras y pobladas; a las cabras en los techos de las casas hechas de barro que parecen enclavarse en la tierra; planearemos a través de ríos de aguas cristalinas en las que bebió el profeta Mahoma; escucharemos su delicado murmullo y el trinar de miles de aves; de lejos observaremos a las vacas sagradas pastar sin prisa y los huertos y los olivos reverdecer y a todos los habitantes de estas tierras inclinarse al caer el sol en profunda reverencia. También si quieres pasearemos en globo por las pirámides y saludaremos a la Esfinge.
- ¡Siiii nonito! Allá es adonde quiero ir.

El abuelo se tomó el tiempo para describir los paisajes y las gentes, Marianita con la boca abierta escuchaba y casi evitaba pasar saliva para no perderse nada del relato. 

Además de probar los juguetes el día de Navidad, enseñarlos a montar bicicleta y patinar, curar sus heridas y traerles los dulces más maravillosos del mundo (las melcochas, los masmelos o los caramelos de anís o de leche rellenos de chocolate), el abuelo contaba historias fantásticas, algunas reales -como la de él quedándose dormido en el camión que manejaba para “la Empresa” (una petrolera) al borde de un barranco, de donde tuvieron que rescatarlo con una grúa, sin que se diera cuenta del peligro hasta que despertó sintiendo que lo halaban (con carro y todo) hacia la carretera-. 

El nono (así le decían, no por tener ancestros italianos, sino porque es la costumbre en los Santanderes) también los llevaba a comprar la pólvora de diciembre en unas tiendas de lona que ponían en el mismo tierrero en el que se instalaban los circos y las ciudades de hierro que pasaban por la ciudad, a todos los que llevaba siempre a sus dos consentidos: Mariana y Jacobo, los primeros nietos y los más queridos siempre. A los niños les gustaba que les comprara manzanas acarameladas aunque duraran todo el rato con las manos pegajosas, con las que se aferraban con fuerza a las barras de los carritos en la montaña rusa, a las sillas voladoras o a los manubrios de los caballitos del carrusel, los preferidos de Marianita. A Jacobo le gustaban más la Casa del terror y el Gravitrón, esa especie de nave espacial en la que uno daba vueltas pegado a las paredes sin poder moverse. La diferencia entre la niña y su hermano es que a él le parecía que si uno no salía asustado o físicamente descompuesto, la atracción no había valido la pena.

Había una foto de los tres (de esas en miniatura que entregaban en un estuche de pasta sujeto a una cadenita con una abertura por la que se podía ver la imagen) en uno de los circos en la que el abuelo, en sus poderosos cuarenta, hacía gala de su apostura; el nieto de su pícardía guiñando el ojo a la cámara y Marianita, tal vez de cinco o seis años, sin poder sonreír y con los ojos desorbitados del susto ante el espectáculo sobrecogedor de tigres, elefantes, luces y sobre todo los payasos, que lograban intimidarla.

Cuando todavía no iban al colegio los montaba en el asiento delantero de su taxi y los llevaba a recorrer la ciudad en busca de pasajeros (aunque a la niña no tanto porque era una complicación cuando sentía deseos de ir al baño; el niño salía del apuro en cualquier árbol) y los clientes se maravillaban de ese par de nietos tan hermosos y "bien portados", además de inteligentes y despiertos. En él los llevaba también a clases de natación y danzas (al colegio no, porque quedaba a una cuadra y podían ir caminando), a casa de la familia paterna y al cementerio a visitar las tumbas los domingos; en él, Jacobo soñaba con que conducía solo mientras movía el volante sentado en las piernas del abuelo; allí encontraban siempre en la guantera algún objeto curioso que terminaba siendo un regalo inesperado.

Mariana recuerda todo en la sala de velaciones en la que yace el cuerpo de su abuelo. Para ella siempre fue el mismo, aunque en los últimos tiempos cuando lo abrazaba lo sentía cada vez más frágil y encogido; él, que fue tan alto y robusto. Siempre fue su muñequita pero en los últimos tiempos era ella quien le llevaba dulces y pan de leche al asilo; él devolvía el favor contándole historias delante del novio, quien solía acompañarla:
-Mi niñita era tan tragona y gordita de recién nacida, que las enfermeras llamaban a la casa para que llevaran más leche de fórmula, ¡porque se tomaba cuatro onzas de tetero! Y aun así quedaba con hambre y levantaba la clínica a gritos-.

A ella no le daba vergüenza sino ternura que su novio escuchara esas historias.

Antes de que se llevaran el féretro, miró por última vez enredadas en un rosario esas manos que tanto la curaron
-¡Cuánto las voy a extrañar! Pensó, mientras ajustaban la tapa.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Hablemos de cosas serias

Aquí estamos: es el día de Navidad para los cristianos en todo el mundo y nueve meses después de declarar confinamientos generalizados, la pandemia nos azota con más fuerza. La región en la que vivo, con graves problemas sociales antes de la aparición del nuevo virus, ve colapsar sus servicios de salud, morir día a día a sus más emblemáticos médicos y aun así permanece indiferente, ensimismada en una orgía de fiestas, compras y locura colectiva; estamos librando una batalla en la que los caídos aumentan por minuto, las balas y bombas son silenciosas pero igualmente letales y pocos parecen entenderlo.

Nadie imaginó en sus propósitos para el nuevo año que una situación de tal magnitud nos golpearía de la manera en que lo ha hecho; creíamos que eso de esperar el antídoto milagroso para un virus mortal era cosa de películas de ciencia ficción y cómics de súper héroes; nos sentíamos lejos de situaciones tan características de sociedades premodernas: la generación de los aparatos tecnológicos inteligentes y de la interconexión no podía colapsar por culpa de un agente invisible y desconocido. 

Tal vez eso pueda explicar la negación en la que muchos persisten; eso y nuestra capacidad de mirar siempre para otro lado, como lo hemos hecho ante la destrucción del medio ambiente, los saqueos a los erarios públicos, la capacidad de nuestros dirigentes de embarcarnos en guerras en las que los muertos y lisiados los ponen siempre los sectores más desposeídos, no importa el lugar del mundo en el que se ubiquen los conflictos; tampoco la guerra, como la enfermedad y la muerte (aunque muchos afirmen lo contrario) es democrática.

Cómo no preguntarse por qué está crisis nos ha azotado tan duro, siendo como era una gripa fuerte (o al menos así lo expresaron los expertos al comienzo); la respuesta no está muy lejos: poca inversión en salud, sistemas inhumanos en los que el acceso al “bienestar" está restringido a sectores “privilegiados"; el atraso en educación, el mínimo apoyo a la investigación científica y en general, la inexistente promulgación de un estilo de vida verdaderamente saludable en todos los sectores de la población -más allá de la cultura vacía del fitness-, con el consiguiente resultado de una alta prevalencia de enfermedades crónicas (entre ellas la obesidad), que se han convertido en el cóctel perfecto para esta hecatombe.

Los ciudadanos “conscientes" nos sorprendemos ante aquellos que abarrotan las calles y los centros comerciales, nos alarmamos por el creciente número de contagios, nos quedamos en casa porque tenemos un techo y alguien del grupo familiar cuenta con ahorros o una pensión; ignoramos, no sólo que otros viven del diario y el rebusque, sino que nosotros mismos, hace unos meses (antes de que esto comenzara) e incluso en medio de los periodos de relajación de medidas, abarrotábamos aeropuertos, restaurantes, bares, almacenes de ropa de marca: porque todos hemos tomado parte en la dinámica del consumo; todos, al menos una, pero me atrevo a decir que muchas veces, compramos algo que no necesitábamos.

Hoy nos rasgamos y se rasgan las vestiduras nuestras autoridades, pero ellos mismos han repetido una y otra vez la consigna: “ante la adversidad, salgamos a gastar, es la única cura para todos los males de esta sociedad". 

Aunque -literalmente- nos mate.



jueves, 10 de diciembre de 2020

Salir

Mi madre acaba de terminar de armar el árbol de navidad -sin mi ayuda- y al preguntar cómo se veía no pude evitar decirle que me daba igual.

No me gusta asumir la pose de del Grinch cinematográfico, tampoco de la furibunda anti imperialista ni de la pachamamerta que pone árboles secos y no pinos, pero detesto todo lo que esta época implica.

Acabo de cerrar mi cuenta de facebook porque no soporté ver a antiguos compañeros de universidad otrora despeinados y con mochila, hablando o presumiendo en fotos de sus decoraciones navideñas, de lo emocionados que están sus hijos, de la caja de donuts con decoración en rojo, verde y blanco que se han comido o van a engullir para seguir engordando como pavos navideños a quienes algún día les llegará su diciembre. No pude tampoco con sus lamentos por los familiares perdidos este año por cuenta del omnipresente virus y no puedo ni podré más con sus opiniones, quejas, reflexiones (que yo también hice de manera recurrente y casi enfermiza). Hoy decidí salir de ese mundo de exposición asfixiante. Hoy quiero salir de todo lo que pueda en este mundo que cada vez me irrita más.

Mantendré al mínimo mis redes y por ende los contactos sociales, desearía no tener siquiera esta necesidad absurda de compartir con unos pocos conocidos y otros anónimos lo que siento a través de estas letras; me rehúso a ser una compradora y una consumidora más; lamento tener que usar un teléfono inteligente para comunicarme con familiares y amigos, para enterarme de lo que pasa en el planeta; ya no pienso comprar ni celebrar lo que me dicen y cuando me digan que debo hacerlo, no me pienso obligar a ser sociable, tampoco seré ya nunca una empleada de tiempo completo en nada ni para nadie. Tendré lo que necesite, no más que eso.

Sin salir de lo que considero mi hogar, saldré de esta rueda en la que nos apretujamos como hámsters rumbo a la destrucción. Acepto mi destino de no envejecer ni tener nietos a quienes malcriar. Quiero que sepan que verdaderamente detesto los rollos de canela y los mc flurry's que me obligué a comprar para no parecer una miserable tacaña. Prefiero las almojábanas rellenas con bocadillo, aunque no sea una hippie vegana sembradora y recolectora de sus propios alimentos.

Salgo de un mundo al que me obligué a entrar para ser aceptada.  Y, como rezaba ese edicto memorable en la película La estrategia del caracol, “ahí les dejo su hijueputa casa pintada".

jueves, 12 de noviembre de 2020

Mantras

Silencio
No hay prisa
Escucha
No tienes que ir a ninguna parte
No hay nada ni nadie que te lo demande
Descansa
Estás en la casa de tu infancia
Toma el sol en el patio
Suprime la angustia
Espera
Encomiéndate a tus ancestros
Confía
Venera sus dioses
La vida sigue siempre
Acalla las voces
Reza
Domina el miedo
Acorrálalo.

jueves, 15 de octubre de 2020

¿Estás ahí?

Durante siglos miles de pensadores, filósofos, poetas y sabios se han desvelado tratando de descifrar tu misterio. Hoy lo intenta, una vez más, esta insignificante mortal.

¿Qué eres? Me pregunto en las noches en que la música y las voces exaltadas dan paso al silencio del toque de queda; no quién, sino qué, pues no creo que seas “alguien" ni tengas imagen o personalidad.

¿Eres acaso el viento sobre los árboles, que parece decir cosas muy profundas en las noches en que despierto y lo veo estremecer sus ramas, a veces con un cadencioso vaivén, a veces con tanta fuerza que parecieran desprenderse de la tierra con todo y raíces? ¿Eres ese halcón que pasó sobre mí esa mañana de caminata acongojada y vino a posarse, gigante, sobre el muro de mi patio como un ángel o un espectro?

Eres la desesperación con que una madre clama por su hijo desaparecido, con que el anciano y el enfermo terminal ruegan por unos años más de vida, la esperanza de los que empiezan a amarse y cruzan los dedos para que dure; también la ilusión de quien se encamina a su primer día de trabajo, de quien abraza a su primogénito, de quien recoge su primera cosecha; la fantasía de aquella niña que creyó en que su padre resucitaría y que cuando creciera las personas serían inmortales y podría cambiar el mundo solo por ser ella.

Eres todo eso: ilusión, esperanza, fuerza, deseo, delirio y necesidad. Además angustia, desesperación, impotencia, miedo, sentirse pequeño en este inmenso universo como me sentí frente a ese mar Pacífico en un documental chileno en el que imaginé que la gente viajaba a través del tiempo hasta los confines del mundo y sus otras dimensiones, al punto de que sus protagonistas, esos ancianos mapuches, se cruzaban con sus tatarabuelos muertos y sus conquistadores asesinos.

Lástima que te hayan dado un nombre tan genérico como ‘Dios' (dioses hay tantos), que muchos lo hayan manoseado y lo sigan haciendo; sé que sin pedirte me has dado, sé también que cuando te he implorado con desesperación me has ignorado. Ahora mi petición no sería que libraras de males al mundo, ni mucho menos bienes, salud o tan siquiera vida para mí o los míos: rogaría no ser más esta débil persona sino una más fuerte, más convencida, invulnerable a tantos charlatanes y discursos de sabiduría que también engañan y desilusionan.

Me gustaría que, aunque la fe me es esquiva, tuviéramos una relación cercana... ¡Sabes con cuánto ardor deseo que existas!

miércoles, 26 de agosto de 2020

Un miércoles cualquiera

Querido diario:
Quise comunicarte mi nuevo descubrimiento y es que, al parecer, no todo es malo en este confinamiento: he entendido cosas sobre mí y los otros que ni en mil años de vida “normal” podría haber imaginado y que serán invaluables en tiempos venideros (si llega a haberlos).

¿Recuerdas ese cuento de Cortázar La autopista del sur? Me gustó tanto cuando lo leí, me pareció la vida reflejada... En esa historia de 30 páginas algo pasa en la carretera que hay un gran atasco de carros que pretenden entrar a la ciudad; éste se prolonga por horas, días, la espera se convierte en desespero, luego en resignación, la gente empieza a acostumbrarse, por una necesidad de supervivencia se organizan, se crea una pequeña comunidad, se establecen relaciones, aparecen los conflictos, liderazgos, amores y la inevitable muerte.

Bueno, ha sucedido algo similar en mi cuadra, especialmente con los vecinos del frente y de ambos lados de mi casa: como nunca antes nos hemos conocido, nos ponemos citas a través de la reja, compartimos las frutas o verduras que compramos a los carreteros que pasan y sólo venden en grandes cantidades; a veces un cerveza, un vino o una agüita de hierbas.

No hay muchas opciones en estos días de encierro, así que si no queríamos morir de soledad debíamos acudir a los más cercanos (evoco también el texto de Daniel Samper Pizano en la época de los apagones cuando las familias volvieron a comer juntas sin el infaltable televisor y cómo jocosamente mencionaba que en esos encuentros algunos conocían hasta a nuevos miembros con quienes no habían tenido el gusto de departir). He tenido conversaciones con personas que llevan más de veinte años viviendo en mi calle y con las cuales no cruzaba ni un saludo; me he dado cuenta de que un vecinito cansón que estrellaba su balón contra las rejas del garaje ahora es un adolescente que por unas monedas hace los mandados y saca a pasear a los perros de la gente mayor que no puede salir; ellos saben los dolores que me aquejan y yo los suyos, me desean y les deseo pronta mejoría.

Me gusta este estado de cosas, sólo me preocupa que en la narración del argentino una vez que el trancón se disipa las gentes también, la velocidad en la vía aumenta y a medida que se acercan a la gran urbe las caras conocidas dentro de los autos se pierden en el horizonte. No hubo tiempo para despedidas, la rutina establecida desapareció y nadie pensó en tomar los datos para volver a contactarse, tal vez pensaron que ese momento duraría toda la vida. 

Ojalá no nos pase igual.

miércoles, 29 de julio de 2020

Amigo querido

                                                                                                                                         Para pico               
Sentí que podía escribirte sobre las cosas tan terribles que estoy viviendo, sobre mi agitación y mi angustia -aunque sepas de sobra los hechos y mi estado emocional- y que tal vez hacerlo podría contribuir a alivianar mi carga, porque ¿quién más que tú para tomarme de la mano y darme calma? ¿Quién sino tú puede consolarme y decirme que no es nada, que ya pasará?

Los recuerdos de nuestros días me alegran la vida: las tardes de domingo tomando el sol sobre la hierba del parque, las conversaciones banales y profundas, nuestras fumadas de primíparos ¡Y los ataques de risa con los mismos chistes de hace más de 15 años! Esas anécdotas que al contarlas sólo nosotros encontramos graciosas... Tirados cada uno en un sofá compartiendo algo caliente de beber, escapando de los niños y de la familia yendo a recorrer las callejuelas del centro, haciendo ventas sin ganancias, diligencias inventadas. No había momento más plácido que el de ver una película mala metidos entre las cobijas, tú abrazado a tu tigre, yo sumida en mis duelos.

Amigo de la vida, mi hermano ¿Llegaremos a viejos y cumpliremos con nuestra promesa de vivir en una ciudad intermedia con buen clima? ¿Recuerdas nuestro sueño de sentarnos a contemplar la caída del sol en una hamaca al calor de unos roncitos? ¿Superaremos estos días de virus y carencias, de pánico e incertidumbres? ¿Tendremos la oportunidad de ser los viejos verdes que sin duda seríamos teniendo aventuras con gentes de cualquier edad, disfrutando de las conversaciones y la música? 

Sólo me queda esperar que las tormentas que ahora arrecian y parecen no tener intención de amainar las atravesemos en nuestra barca desvencijada y maltrecha, las derrotemos a punta de buen humor y bacanería, y no nos borren de la faz de esta atribulada tierra.

Promete que vas a mantenerte a salvo para mí, para nosotros. Prometo lo mismo.

jueves, 14 de mayo de 2020

Tiempos de pandemia III

¿Se levantan todos los días como yo, pensando que lo de la pandemia fue una pesadilla? ¿Que todo está mal, como siempre, pero sin la amenaza de enfermar y morir ahogado sin nadie más alrededor que unos cuantos trabajadores de la salud cubiertos de pies a cabeza? ¿Rememoran ese último día feliz, como el mío en la playa cuando llevé de la mano a mi sobrina que se aventuraba un poco más adentro en el mar? ¿Pasan las noches presas de la angustia, ante la idea de morir precisamente ahora, cuando todo parecía por fin empezar a ir bien, con la gente despertando y saliendo a las calles a pelear por sus derechos?

Recuerdo haber pensado ese 3 de enero mientras miraba las montañas de La Guaira que siempre recordaría ese momento, pasara lo que pasara, porque sólo ese instante importaba, sintiendo el calor del sol en mis hombros y el agua que enfriaba mis piernas, saboreando la cerveza que en la orilla me esperaba en la hielera; era feliz y lo sabía. Ahora no sé si volveré a serlo. Nunca imaginé que ese “pasara lo que pasara" involucraría la amenaza de un virus que nos impide ver y sobre todo abrazar a quienes amamos, temer a cualquiera que se nos acerque y no saber cuándo terminará todo, para volver a los innumerables problemas que antes nos agobiaban.

Pero, ¿qué es lo que nos pone en este estado de inquietud, lo que nos llena de desasosiego y desesperanza? ¿Es no poder seguir con nuestra vida, porque nuestras libertades individuales se han visto más restringidas que nunca con los toques de queda, los días permitidos para hacer compras y las pocas actividades que están exentas de prohibición argumentando que es por nuestro bien (si más que la pandemia es la incapacidad de los gobiernos de proveernos la atención en salud que requeriríamos -no sólo en esta crisis-, la que nos tiene confinados)? ¿Es la posibilidad de enfermar, ser aislados y morir lejos de los nuestros y sin que alguien querido estreche nuestra mano?

¿Si ya había suficientes enfermedades, guerra y hambrunas por qué nos cuesta tanto la idea de abandonar este mundo a pesar de lo mucho que nos amenaza, agrede y decepciona? ¿Por qué habríamos de sentir miedo quienes hemos soportado una guerra de 60 años, o mujeres que como yo a pesar de haber salido tantas veces solas de nuestras casas o de un bar y de estar bebidas, subir a tantos taxis o haber caminado de noche, hemos tenido la fortuna de que nuestros cuerpos no hayan sido encontrados  en un lugar solitario, desnudos, violados o asesinados?

¿Por qué entonces tememos, si hemos sobrevivido a tanto? Eso no garantiza que ahora no podamos contagiarnos y que nuestros cuerpos, a los que hemos tratado de cuidar y proteger no sucumban, pero podríamos sentirnos satisfechos: hemos peleado y vencido en varias batallas. 

Tratemos de salir de esta con honor y dignidad, aunque, no obstante, esto implique que, en palabras de García Márquez “no vivamos para contarla".

domingo, 5 de abril de 2020

Nostalgia ¿De qué?

“No sé bien qué día es hoy" cantaba Vicentico en los Fabulosos Cadillacs. No sé porque estoy en confinamiento obligatorio hace más de diez días (perdí la cuenta desde el 4°) y llevo al menos siete sin salir siquiera a comprar algo de mercado.

Cada mañana me levanto, desayuno, me quito el top de dormir y lo cambio por uno para estar en casa. En la tarde, cuando el calor se desvanece un poco en mi infernal ciudad, me baño, vuelvo a ponerme el top de dormir para leer un rato antes de acostarme y luego, una vez más, duermo. El moño del pelo permanece invariable, excepto cuando lo lavo con champú que cada vez es menos frecuente -al fin y al cabo nadie, excepto mi progenitora se acerca a mí, aunque con ella también guardo “prudente distancia"-. Y así, sin requerir ropa ni maquillaje, paso mis días.

Este es el “calvario" que nos ha impuesto el gobierno, pero sobre todo un virus del que se ha dicho de todo, desde que era casi inocuo hasta que se contagia con sólo tocar las barandas del bus que antes hayan sido tocadas por un positivo -que por cierto puede serlo sin presentar síntomas-: que permanece en el aire, que se pega a las suelas de los zapatos... En fin, la ciencia y sus contradicciones, avances, incoherencias.

En este aislamiento qué importa si la raíz del pelo me llega a las orejas, si me corto las uñas o depilo las piernas -mis axilas son un homenaje al feminismo, peludas como nunca-.

Debo decir con honestidad que no se qué mecanismo insensato me hizo añorar en días anteriores mi vida en la calle si antes de esto odiaba salir, peleaba con el tráfico y el humo de los carros, con la imprudencia de la gente al manejar, al caminar, su suciedad al ir arrojando basura a su paso. Detestaba que se saltaran las filas haciéndose los vivos, el ruido de sus músicas a todo lo que daban, incluso los cafés y restaurantes por los que tanto clamo me agredían con sus precios exagerados, con su “perdón, hubo un error al hacer la cuenta"; los cines con su volumen ensordecedor, sus precios inalcanzables y su escogencia caprichosa de películas que no me interesaba ver pero sí a las multitudes que se agolpaban en cada espacio, en cada centímetro, en cada resquicio. Se los digo, la vida en esta sociedad que ahora me es negada, en general me fastidiaba.

Muchos pensarán que lo dice una privilegiada que puede darse el lujo de quedarse en casa porque la tiene, leyendo, viendo películas o incluso escribiendo sandeces: es verdad. No extraño a las muchedumbres, más bien me aterra la idea de tener que volver a ellas; me solidarizo con quienes no tienen la posibilidad de resguardarse y dedicar algo de tiempo para sí mismos; me angustian las muertes, los que pasan hambre en las calles, los que no tienen con qué llevar una libra de arroz a la casa. Pero no confío en las limosnas, ni en las donaciones, creo que todos deberíamos tener el derecho a quedarnos adentro, no sólo para cuidar la vida, sino para cultivarnos y disfrutar del ocio, que en esta sociedad explotadora es el mayor privilegio por encima de las riquezas materiales. 

Como rezaba un cartel en las protestas del 2011 en España: “No es la crisis, es el sistema": es allí donde tienen su origen todos nuestros males como sociedad.

No permitamos que la angustia nos haga romantizar lo que antes estaba mal.

viernes, 27 de marzo de 2020

Tiempos de pandemia II

Una película mala de domingo en la tarde es lo que estamos viviendo.

Hoy es el tercer día de confinamiento obligatorio decretado por el gobierno -tal como lo han hecho otros en el mundo-, para intentar detener el avance del virus; hay prohibición de salir de nuestras casas, de juntarnos, de saludar a otros con un simple apretón de manos. Y como en esos filmes apocalípticos, las imágenes de la catástrofe no se hacen esperar: largas filas en los supermercados de gente que puede llenar sus carros con cosas necesarias y no tanto; saqueos a almacenes por parte de algunos que no se cuentan dentro de las gentes de bien con ahorros en sus cuentas bancarias; en las calles la desesperación de los que no tienen qué comer o un hogar en el cuál resguardarse. Hoy el líder de una de las religiones dominantes se ha dirigido a sus fieles en una plaza silenciosa, desde el bastión de la opulencia de su nada austero Estado, el Papa Francisco ha pedido reflexionar sobre este mundo enfermo y egoísta que hemos construido.

Nos exigen aislarnos y hemos creado una sociedad que se basa en el contacto. Antes nos mandaban a conseguir pareja, reproducirnos, hacer fiestas familiares y rodearnos de amigos; ahora tomarse un café o una cerveza en un bar parece muy lejano. Así deben haberse sentido los que vivieron las guerras mundiales, esperando que las bombas dejaran de caer para poder salir al mercado o al cine, para hacer el amor lento y sin miedo... Creo que nadie de mi generación vio la hecatombe tan cerca.

¿Y si no lo logramos? ¿Si alguno de nosotros no llega a finalizar el mes, el trimestre, si lo que hemos vivido hasta antes de la cuarentena fue todo? Quedará en nuestros armarios la ropa que no usamos, la maleta que no pudimos estrenar en ese viaje cuyos pasajes perdimos o nunca llegamos a comprar. ¿Y si nuestra ida a bailar o esa cena con amigos antes de encerrarnos fue realmente la última?

He pasado por casi todos los estados de ánimo posibles en estos cuatro días: un positivismo irracional, pensando en que todo esto es una oportu-crisis (en palabras de los Simpsons) de la cual saldremos, no sólo vivos, sino fortalecidos; un pesimismo irrebatible frente a las estadísticas que no paran de aumentar; una sensación de libertad al salir a las calles vacías a desafiar las restricciones; una resignación que le implora al bicho que me invada de una vez para sufrirlo y vencerlo estoicamente, para que pase algo que me saque de una vez de la paranoia y de esta angustia hasta de tocarme con mis propias manos, que si mi cuerpo no puede derrotarlo sea mi hora, que tendrá que llegar, como a todos.

Ya sé que en el fondo todos esperamos que esto pase para volver a nuestras vidas, que, aunque infelices, nos daban pequeños momentos de alegría. Tal vez sólo deseemos una última oportunidad para hacer aquello que dejamos pendiente, algo a lo que la pandemia no le puso pausa, sino nosotros mismos...

Aunque como están las cosas eso, como todo lo demás que conocimos, tal vez ya nunca sea.

martes, 17 de marzo de 2020

Tiempos de pandemia

Llevaba un par de meses trabajando después de 7 de estar desempleada y más de dos años sin desempeñarme en mi profesión: ayer me comunicaron que volvía a quedar cesante “por prevención del covid-19", argumentaron.

Volví al encierro habitual (y no sólo por la orden de confinamiento que han dado los gobernantes, ha sido una realidad en casi toda mi vida adulta); de hecho, sólo estaba trabajando un par de horas semanales, así que permanecía mucho tiempo en casa haciendo cosas que el trabajador promedio no puede hacer: leer, dormir, ver películas, navegar en la red, entre otras.

Con esto no pretendo jactarme, sólo quisiera ir más allá de lo que el pánico por la pandemia que azota al mundo nos dejaría ver: la miseria de vida que llevamos, especialmente quienes viven en las grandes ciudades, contaminadas y estresantes, con desplazamientos tan largos que ocupan una buena porción de la jornada; levantarse muy temprano y volver tarde a casa; los mayores ocupándose de preparar el almuerzo para que los más jóvenes lo lleven al lugar de trabajo o al de estudio; la recompensa de un sueldo que se gasta no más llega; comprar algunas cosas que nos hacen sentir bien; las pocas semanas de vacaciones a fin de año y en semana santa (una bendición para ateos y creyentes por igual); los bebés criados por abuelas, vecinas o guarderías; la ilusión de que las cosas algún día van a ser mejores. Y ahora, un virus que echa al traste con todo.

Muchos quedamos sin ese pequeño sueldo que está gastado antes de llegar, con el recipiente de nuestro almuerzo guardado en el gabinete de la cocina hasta nuevo aviso. Estamos tranquilos en casa, pero sin saber qué haremos a fin de mes para pagar los recibos de servicios públicos y comprar el mercado. El mundo, el único que hemos conocido, se derrumba, y no hay nada que nosotros, ciudadanos que abarrotamos el transporte público, los centros comerciales y las arenas de los conciertos, podamos hacer, porque ya ni ese pequeño lugar en la rueda nos corresponde.

Dejamos de existir y aún no nos hemos contagiado.

¿Si clamábamos por un cambio, por qué no creer que era éste el que necesitábamos? ¿Por qué no pensar que el modelo del que formábamos parte y que ahora nos desecha ni siquiera nos acogía, más que por nuestra capacidad de compra y nuestro individualismo? ¿Por qué no aprovechar y voltearlo todo, patear esos viejos valores y gritar, clamar, pelear por un mundo diferente, no dominado por cientos de Scrooges* avaros y codiciosos? ¿Cuál de los billonarios ha regalado cargamentos de tapabocas o desinfectantes? ¿Cuál ha puesto a disposición sus mansiones para curar enfermos? Copiamos de ellos su mezquindad en vez de exigirles la solidaridad que muestran, por ejemplo, entre bancos cuando hay grandes quiebras.

¿Por qué en vez de sucumbir a la depresión y al fatalismo no empezamos por aplicar esa máxima de que las crisis son oportunidades, en este caso para parirnos nuevamente como sociedad y enterrar esos viejos paradigmas construidos a sangre y fuego por Wall Street y Hollywood desde el siglo pasado?



* Personaje principal de Un cuento de Navidad de Charles Dickens.

martes, 28 de enero de 2020

Mujeres contra el machismo: Bombshell

He sido de las que dicen que todo hombre culpado de ser abusador no lo es nada más que por su condición de hombre. He sido de las que sostienen que las mujeres también hacemos daño cuando estamos resentidas o nos sentimos despechadas.

He sido defensora de los derechos de nosotras evitando ser radical, sin dar por sentado que el sexo masculino es el enemigo per se al que siempre debe presumirse culpable.

Con frecuencia, las feministas me parecieron “exageradas"; aun discrepo de las radicales (especialmente de sus posturas contra el trans activismo y la abolición de la prostitución).

Pero hubo algo en la película Bombshell (El escándalo) que realmente me tocó.

Uno no imagina, al ver el trailer, que esas tres mujeres en el ascensor, dos de las cuales se dirigen al mismo piso, enfrenta cada una su propio drama que es a la larga el mismo: el de la milenaria supremacía del hombre sobre la mujer en todos los ámbitos, a la que tuvimos que enfrentarnos y luchar para llegar a este punto, aun precario, aun carente, en el que podemos ser jefas, gerentas, presidentas. El miedo y la ansiedad reflejados en la aspirante; la resignación y el odio de años asomándose al rostro de la rechazada; la duda y la negación de su propia experiencia en la cara de la tercera que las observa.

Una sola escena es suficiente para despertar la repulsa de quienes vivimos el momento en el que el jefe nos pidió una falda más corta, nos acarició una pierna o nos robó un "inocente" beso. La respiración agitada del abusador, su mirada libidinosa, la presunción de su miembro inflamado bajo el pantalón buscando penetrar, llegar a la culminación de su deseo. La humillación resumida en unos cuantos incómodos minutos.

Y es que, en la película, estamos ante unas mujeres republicanas, conservadoras, lejanas al feminismo y a las luchas por los derechos de las mujeres a la igualdad. Pero aun así las entendemos y acogemos, deseamos hasta el final, con las pocas probabilidades existentes de que se haga justicia en un medio dominado por hombres y en el que nosotras no somos más que unas piernas enmarcadas en faldas cortas, que los culpables sean castigados y que sus cabezas rueden por la alfombra en la que hicieron hincarse tantas rodillas.

Las entendemos porque lo vivimos; porque alguna vez pensamos que era necesario, que no importaba, que era sólo un apretón o un besito ¿y qué era esto al lado de lograr nuestros sueños?

Puede que lo hayamos callado y hasta consentido. Puede que en su momento le restáramos importancia. Pero mujeres, hombres: no lo pedimos, por lo tanto no lo disfrutamos.

Por una sola vez, fue acoso laboral, es una forma de abuso y  no estuvo bien, no está bien.

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...