miércoles, 30 de diciembre de 2020
Las manos del abuelo
jueves, 24 de diciembre de 2020
Hablemos de cosas serias
Aquí estamos: es el día de Navidad para los cristianos en todo el mundo y nueve meses después de declarar confinamientos generalizados, la pandemia nos azota con más fuerza. La región en la que vivo, con graves problemas sociales antes de la aparición del nuevo virus, ve colapsar sus servicios de salud, morir día a día a sus más emblemáticos médicos y aun así permanece indiferente, ensimismada en una orgía de fiestas, compras y locura colectiva; estamos librando una batalla en la que los caídos aumentan por minuto, las balas y bombas son silenciosas pero igualmente letales y pocos parecen entenderlo.
Nadie imaginó en sus propósitos para el nuevo año que una situación de tal magnitud nos golpearía de la manera en que lo ha hecho; creíamos que eso de esperar el antídoto milagroso para un virus mortal era cosa de películas de ciencia ficción y cómics de súper héroes; nos sentíamos lejos de situaciones tan características de sociedades premodernas: la generación de los aparatos tecnológicos inteligentes y de la interconexión no podía colapsar por culpa de un agente invisible y desconocido.
Tal vez eso pueda explicar la negación en la que muchos persisten; eso y nuestra capacidad de mirar siempre para otro lado, como lo hemos hecho ante la destrucción del medio ambiente, los saqueos a los erarios públicos, la capacidad de nuestros dirigentes de embarcarnos en guerras en las que los muertos y lisiados los ponen siempre los sectores más desposeídos, no importa el lugar del mundo en el que se ubiquen los conflictos; tampoco la guerra, como la enfermedad y la muerte (aunque muchos afirmen lo contrario) es democrática.
Cómo no preguntarse por qué está crisis nos ha azotado tan duro, siendo como era una gripa fuerte (o al menos así lo expresaron los expertos al comienzo); la respuesta no está muy lejos: poca inversión en salud, sistemas inhumanos en los que el acceso al “bienestar" está restringido a sectores “privilegiados"; el atraso en educación, el mínimo apoyo a la investigación científica y en general, la inexistente promulgación de un estilo de vida verdaderamente saludable en todos los sectores de la población -más allá de la cultura vacía del fitness-, con el consiguiente resultado de una alta prevalencia de enfermedades crónicas (entre ellas la obesidad), que se han convertido en el cóctel perfecto para esta hecatombe.
Los ciudadanos “conscientes" nos sorprendemos ante aquellos que abarrotan las calles y los centros comerciales, nos alarmamos por el creciente número de contagios, nos quedamos en casa porque tenemos un techo y alguien del grupo familiar cuenta con ahorros o una pensión; ignoramos, no sólo que otros viven del diario y el rebusque, sino que nosotros mismos, hace unos meses (antes de que esto comenzara) e incluso en medio de los periodos de relajación de medidas, abarrotábamos aeropuertos, restaurantes, bares, almacenes de ropa de marca: porque todos hemos tomado parte en la dinámica del consumo; todos, al menos una, pero me atrevo a decir que muchas veces, compramos algo que no necesitábamos.
Hoy nos rasgamos y se rasgan las vestiduras nuestras autoridades, pero ellos mismos han repetido una y otra vez la consigna: “ante la adversidad, salgamos a gastar, es la única cura para todos los males de esta sociedad".
Aunque -literalmente- nos mate.
jueves, 10 de diciembre de 2020
Salir
jueves, 12 de noviembre de 2020
Mantras
jueves, 15 de octubre de 2020
¿Estás ahí?
Durante siglos miles de pensadores, filósofos, poetas y sabios se han desvelado tratando de descifrar tu misterio. Hoy lo intenta, una vez más, esta insignificante mortal.
¿Qué eres? Me pregunto en las noches en que la música y las voces exaltadas dan paso al silencio del toque de queda; no quién, sino qué, pues no creo que seas “alguien" ni tengas imagen o personalidad.
¿Eres acaso el viento sobre los árboles, que parece decir cosas muy profundas en las noches en que despierto y lo veo estremecer sus ramas, a veces con un cadencioso vaivén, a veces con tanta fuerza que parecieran desprenderse de la tierra con todo y raíces? ¿Eres ese halcón que pasó sobre mí esa mañana de caminata acongojada y vino a posarse, gigante, sobre el muro de mi patio como un ángel o un espectro?
Eres la desesperación con que una madre clama por su hijo desaparecido, con que el anciano y el enfermo terminal ruegan por unos años más de vida, la esperanza de los que empiezan a amarse y cruzan los dedos para que dure; también la ilusión de quien se encamina a su primer día de trabajo, de quien abraza a su primogénito, de quien recoge su primera cosecha; la fantasía de aquella niña que creyó en que su padre resucitaría y que cuando creciera las personas serían inmortales y podría cambiar el mundo solo por ser ella.
Eres todo eso: ilusión, esperanza, fuerza, deseo, delirio y necesidad. Además angustia, desesperación, impotencia, miedo, sentirse pequeño en este inmenso universo como me sentí frente a ese mar Pacífico en un documental chileno en el que imaginé que la gente viajaba a través del tiempo hasta los confines del mundo y sus otras dimensiones, al punto de que sus protagonistas, esos ancianos mapuches, se cruzaban con sus tatarabuelos muertos y sus conquistadores asesinos.
Lástima que te hayan dado un nombre tan genérico como ‘Dios' (dioses hay tantos), que muchos lo hayan manoseado y lo sigan haciendo; sé que sin pedirte me has dado, sé también que cuando te he implorado con desesperación me has ignorado. Ahora mi petición no sería que libraras de males al mundo, ni mucho menos bienes, salud o tan siquiera vida para mí o los míos: rogaría no ser más esta débil persona sino una más fuerte, más convencida, invulnerable a tantos charlatanes y discursos de sabiduría que también engañan y desilusionan.
Me gustaría que, aunque la fe me es esquiva, tuviéramos una relación cercana... ¡Sabes con cuánto ardor deseo que existas!
miércoles, 26 de agosto de 2020
Un miércoles cualquiera
Me gusta este estado de cosas, sólo me preocupa que en la narración del argentino una vez que el trancón se disipa las gentes también, la velocidad en la vía aumenta y a medida que se acercan a la gran urbe las caras conocidas dentro de los autos se pierden en el horizonte. No hubo tiempo para despedidas, la rutina establecida desapareció y nadie pensó en tomar los datos para volver a contactarse, tal vez pensaron que ese momento duraría toda la vida.
miércoles, 29 de julio de 2020
Amigo querido
Sentí que podía escribirte sobre las cosas tan terribles que estoy viviendo, sobre mi agitación y mi angustia -aunque sepas de sobra los hechos y mi estado emocional- y que tal vez hacerlo podría contribuir a alivianar mi carga, porque ¿quién más que tú para tomarme de la mano y darme calma? ¿Quién sino tú puede consolarme y decirme que no es nada, que ya pasará?
jueves, 14 de mayo de 2020
Tiempos de pandemia III
Pero, ¿qué es lo que nos pone en este estado de inquietud, lo que nos llena de desasosiego y desesperanza? ¿Es no poder seguir con nuestra vida, porque nuestras libertades individuales se han visto más restringidas que nunca con los toques de queda, los días permitidos para hacer compras y las pocas actividades que están exentas de prohibición argumentando que es por nuestro bien (si más que la pandemia es la incapacidad de los gobiernos de proveernos la atención en salud que requeriríamos -no sólo en esta crisis-, la que nos tiene confinados)? ¿Es la posibilidad de enfermar, ser aislados y morir lejos de los nuestros y sin que alguien querido estreche nuestra mano?
domingo, 5 de abril de 2020
Nostalgia ¿De qué?
No permitamos que la angustia nos haga romantizar lo que antes estaba mal.
viernes, 27 de marzo de 2020
Tiempos de pandemia II
Hoy es el tercer día de confinamiento obligatorio decretado por el gobierno -tal como lo han hecho otros en el mundo-, para intentar detener el avance del virus; hay prohibición de salir de nuestras casas, de juntarnos, de saludar a otros con un simple apretón de manos. Y como en esos filmes apocalípticos, las imágenes de la catástrofe no se hacen esperar: largas filas en los supermercados de gente que puede llenar sus carros con cosas necesarias y no tanto; saqueos a almacenes por parte de algunos que no se cuentan dentro de las gentes de bien con ahorros en sus cuentas bancarias; en las calles la desesperación de los que no tienen qué comer o un hogar en el cuál resguardarse. Hoy el líder de una de las religiones dominantes se ha dirigido a sus fieles en una plaza silenciosa, desde el bastión de la opulencia de su nada austero Estado, el Papa Francisco ha pedido reflexionar sobre este mundo enfermo y egoísta que hemos construido.
Nos exigen aislarnos y hemos creado una sociedad que se basa en el contacto. Antes nos mandaban a conseguir pareja, reproducirnos, hacer fiestas familiares y rodearnos de amigos; ahora tomarse un café o una cerveza en un bar parece muy lejano. Así deben haberse sentido los que vivieron las guerras mundiales, esperando que las bombas dejaran de caer para poder salir al mercado o al cine, para hacer el amor lento y sin miedo... Creo que nadie de mi generación vio la hecatombe tan cerca.
¿Y si no lo logramos? ¿Si alguno de nosotros no llega a finalizar el mes, el trimestre, si lo que hemos vivido hasta antes de la cuarentena fue todo? Quedará en nuestros armarios la ropa que no usamos, la maleta que no pudimos estrenar en ese viaje cuyos pasajes perdimos o nunca llegamos a comprar. ¿Y si nuestra ida a bailar o esa cena con amigos antes de encerrarnos fue realmente la última?
He pasado por casi todos los estados de ánimo posibles en estos cuatro días: un positivismo irracional, pensando en que todo esto es una oportu-crisis (en palabras de los Simpsons) de la cual saldremos, no sólo vivos, sino fortalecidos; un pesimismo irrebatible frente a las estadísticas que no paran de aumentar; una sensación de libertad al salir a las calles vacías a desafiar las restricciones; una resignación que le implora al bicho que me invada de una vez para sufrirlo y vencerlo estoicamente, para que pase algo que me saque de una vez de la paranoia y de esta angustia hasta de tocarme con mis propias manos, que si mi cuerpo no puede derrotarlo sea mi hora, que tendrá que llegar, como a todos.
Ya sé que en el fondo todos esperamos que esto pase para volver a nuestras vidas, que, aunque infelices, nos daban pequeños momentos de alegría. Tal vez sólo deseemos una última oportunidad para hacer aquello que dejamos pendiente, algo a lo que la pandemia no le puso pausa, sino nosotros mismos...
Aunque como están las cosas eso, como todo lo demás que conocimos, tal vez ya nunca sea.
martes, 17 de marzo de 2020
Tiempos de pandemia
* Personaje principal de Un cuento de Navidad de Charles Dickens.
martes, 28 de enero de 2020
Mujeres contra el machismo: Bombshell
Con frecuencia, las feministas me parecieron “exageradas"; aun discrepo de las radicales (especialmente de sus posturas contra el trans activismo y la abolición de la prostitución).
Puede que lo hayamos callado y hasta consentido. Puede que en su momento le restáramos importancia. Pero mujeres, hombres: no lo pedimos, por lo tanto no lo disfrutamos.
Por una sola vez, fue acoso laboral, es una forma de abuso y no estuvo bien, no está bien.
Solo tu nombre
Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...
-
¿En qué momento mis ojos empezaron a mirarte distinto? A veces, me salvas de una pesadilla otras, me hundes en una me das una ilusión y ...
-
La vida se aprende viviendo: no me pidas, niño, que te muestre el mundo del que ya estoy de vuelta. No tengo por qué enseñarte el Golem de ...
-
El dardo que no da en la diana la bomba que no explota la bala que roza la sangre que no miente La histeria del cuerdo la solidez del loco ...