jueves, 14 de agosto de 2014

Shhhh... ¡un poco de silencio!

No puedo entender tanto alboroto alrededor de un suicidio. Y menos cuando su ejecutor ha sido un personaje “famoso" a quien la mayoría de nosotros no tenía el placer de conocer. Podría considerar entendible el dolor cuando se trata de hechos trágicos que involucran a seres próximos y hasta justificado en el caso de niños y jóvenes, pero no así cuando son desconocidos que la “caja boba" o la pantalla grande nos han hecho sentir cercanos.

Tal vez escandalizarnos por la muerte “temprana" de un actor de 63 años que sufría depresión, problemas de alcoholismo y adicción a las drogas sea el resultado de nuestra educación religiosa, por la cual nuestro cuerpo es un templo que no debemos profanar y menos arrebatarle la vida -de la cual no somos dueños pues lo es el Señor, quien tan generosamente nos la regaló-. Posiblemente lo que nos duele sea ver derrumbarse a nuestros ídolos, esos que representan el ideal de fama y fortuna con el que alucinamos, con sus mansiones y convertibles y sirvientes incluidos.

¿Todavía nos sorprende y aterra el castigo divino, la ida directa por esa vía al infierno, o más bien que alguien decida apresurar un fin inevitable sólo que sin el elemento sorpresa que nos suele deparar el destino cruel, en el que sucumbimos luego de una penosa enfermedad, una larga vejez o una bala marcada con nuestro nombre? ¿Al fin al cabo la muerte no es el destino de todo lo vivo?

A mí personalmente, me duele más el suicidio de una madre que luego de asesinar a sus pequeños acaba con su humanidad, o el de un hombre que enceguecido por los celos arrastra consigo al amor de su vida y hasta al tercero en disputa hacia una dantesca muerte; y me afecta mucho más cuando se trata de niños o adolescentes que toman esa fatal determinación. Mi pesar surge de la oportunidad que no tuvieron de vivir; que no hayan tenido la posibilidad de decidir por sí mismos lo que eran o querían ser. Todos los demás suicidas son unos afortunados. Mucho más aquellos que le regalaron algo de su talento a la humanidad y contribuyeron a hacerla más grande. 

Puede que sea sólo una romántica a la que impactó saber que Paul Lafargue y su esposa, la hija de Karl Marx, se suicidaron antes de que su cuerpo comenzara a traicionarlos. Y porque considero valientes a los que acaban con una vida que ya ha dejado de serlo mientras el resto sólo nos resignamos. Lo cierto es que, en esas condiciones: ¡Bienvenida sea la muerte, cuando es gracias a ella que nos hacemos inmortales!

jueves, 29 de mayo de 2014

¿Por qué vivimos como vivimos?

Es innegable que gran parte de los problemas que aquejan a nuestra sociedad son responsabilidad de los estados, que en su mayoría no garantizan a los ciudadanos la más mínima seguridad personal, laboral, ni atención básica en salud, educación, vivienda o alimentación. Ni siquiera al nacer y teniendo en cuenta que seremos un ladrillo más en la construcción del sólido muro de la sociedad, se nos garantiza el sustento; si nuestros padres en conjunto o nuestras madres solas, o quienes se hacen cargo de nosotros no salen a vender su fuerza laboral o su creatividad, mejor dicho, si ellos no trabajan o roban para alimentarnos, moriremos de hambre. Puede suceder también que nadie asuma el compromiso; estaremos entonces a merced del hambre o el frío, tal vez seamos llevados a una institución de huérfanos con la opción de ser adoptados por gente de las más diversas calañas, haciendo parte de una macabra ruleta, en la que podemos correr con suerte o caer en desgracia.

Lo cierto es que no sólo somos objeto de la desidia de gobernantes, también de la insensatez de quienes por haber contribuido biológicamente con nuestra procreación adquieren el derecho de vejarnos: recibiremos sus maltratos, nos transmitirán sus prejuicios (conocidos como religiones), sus creencias, sus héroes o sus santos. Si consideran que deben quemar nuestras manos con cáscaras de huevo calientes por tomar unas monedas de sus billeteras, no les temblará la mano; si creen que deben llevarnos a un  "sobandero" para que nos cure la diarrea, no dudarán en hacerlo; si piensan que un brujo nos librará de los espíritus que nos han poseído, emplearán sus esfuerzos y dinero en purificar nuestras almas; es posible que acudan a un sacerdote o pastor para hacernos bautizar y así introducirnos en la fe, quedando así cooptados tal vez para siempre por un dogma.
   
Nacemos a un mundo que la mayoría de nosotros no cuestionará, muchos nos pondremos en la tarea de satisfacer a la sociedad y a nuestros seres queridos: estudiaremos para tener las mejores notas, seremos empleados ejemplares, atenderemos la obligación de establecernos, formar una familia, convertirnos en esposos y padres adquiriendo deudas para hacernos a la casa de nuestros sueños y poder tener unas vacaciones de lujo cada año; los hijos crecerán transformándonos en dulces abuelos cómodamente pensionados (si es que las leyes nos lo permiten) para disfrutar de una vejez pacífica. Y morir siendo recordados como personas de bien. O no.

Como ciudadanos cumpliremos con nuestro deber votando cada cierto tiempo por el candidato que mejor represente nuestros ideales o nuestros tabúes, porque gracias a dios tenemos un sistema -la Democracia-, que nos hace creer que "ellos" gobiernan para nosotros y nos permite tener la conciencia tranquila, achacándoles toda la responsabilidad del desastre que es este mundo y nuestras vidas. Lo curioso es que aunque participemos de la "fiesta democrática" pocas veces tendremos la dicha de ver a nuestro candidato elegido, lo que nos producirá cierta frustración, ¡porque nos gusta ganar! Entonces empezaremos a pensar en votar por el más seguro ganador, no importa si pertenece o no al partido que nos legaron nuestros padres o al que escogimos por convicción, porque poco a poco nuestras concepciones se irán diluyendo, endureciendo, los revolucionarios de ayer somos los conservadores de hoy, aunque algunos -tal vez por gracia divina- nunca hayan sido picados por el bicho del socialismo. Es posible también que por orden de nuestros guías espirituales contribuyamos aún más a la sociedad llevando una vez al año mercado a los pobres o regalando ropa que no usamos a los ancianatos; asistiremos cada domingo a la iglesia o el culto y saldremos tan relajados que no nos perturbará cada día durante el almuerzo ver noticias de masacres y asesinatos -lejos en la geografía o cerca de nuestro hogar-; porque, al fin y al cabo, hemos sido absueltos.

Pero, aunque cada semana nuestro dios nos perdone, habrá algo que nos seguirá torturando, que nos mantendrá como a los hámsters en su aparatito dando vueltas sin cesar y se ha convertido en estrategia de reclutamiento de organizaciones tan poderosas como las iglesias y el gran Mercado. Hemos venido al mundo con dos heridas, dos deudas primigenias que pagaremos a lo largo de nuestra vida: la mancha del pecado original que según la religión cristiana tendremos que borrar aunque sea imborrable (tanto que el sacrificio de Jesús, el hijo de Dios hecho hombre, no bastó para desaparecerla) y por ello debemos temer toda nuestra vida al castigo y las miles de desgracias a las que nos hicimos acreedores sin saberlo, porque desobedecimos y lo seguimos haciendo.

De ahí la lucha sin fin que libraremos por llenar nuestra segunda falta, esa que nos hará sentir siempre inconformes, decretada por una sociedad que nos antecede y por una profesión que debería ser penalizada -la publicidad- que con su principal aliada la propaganda, nos venderá objetos pero también ideales de vida, de belleza, de éxito, así como personas, “líderes” políticos y estrellas de papel. Buscaremos la satisfacción de nuestras "necesidades" sin saber que son absolutamente definidas por la sociedad, cuando casi todo aquello que deseamos es por lo general innecesario, nada tiene que ver con nuestra supervivencia, pero aún así estamos convencidos de que al obtenerlo nos hará más felices, porque eso es lo que nos han hecho creer.

Mucha gente inteligente y pensante puede argüir que no es manipulada, que decide por sí misma, que su estilo de vida responde a sus propios deseos y demandas emocionales... Pero, ¿vivir como vivimos es resultado de una necesidad o de una imposición? ¿hasta qué punto un imperativo social es interiorizado e incorporado hasta convertirse en una necesidad? Y, ¿si otras maneras de vivir consideradas "disfuncionales" (drogadicción, indigencia, delincuencia) no son más que formas de resistencia contra ese mandato que nos ordena ser "personas decentes"?




sábado, 26 de abril de 2014

Parálisis

He visto cómo la vida pasa frente a mí. A mi lado. Por encima de mi cabeza. He sentido el ardor de la pasión, las ganas de comerme el mundo y he tenido miedo; de volar, de gritar, de amar; de entregarme al placer, a lo desconocido, a la incertidumbre. Sólo al dolor me he abandonado completamente. Sólo a él me he abrazado con furia y he sido suya como de nadie. He dejado que penetre mi cuerpo y le he permitido conquistar el territorio de mis dudas y adueñarse de mí. Ya nada puedo hacer. Ya nada queda por hacer. Mis murallas ya no pueden derrumbarse. La llave que abre el cerrojo está enterrada en el fondo de un abismo. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. Mi piel ya no resiste. Espero el fin.  

miércoles, 19 de febrero de 2014

Urgente

¿Alguien podría decirme
Dónde hallaré a la gente buena?
Necesito desesperadamente un acto de bondad
Lo muros de maldad con que tropiezo
Estan destrozándome el alma
Ya casi no me quedan fuerzas
Para decir.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Eso que llaman patriotismo

Alguna vez lo padecí, estaba muy joven y vivía lejos, época que coincidió con un mundial de fútbol que siempre será recordado en estas latitudes por trágicas razones que no vienen al caso. Me la pasaba peleando con quien se atreviera a hacer cualquier comentario negativo, llegando a derramar lágrimas por culpa de una tierra que no me causaba más que vergüenza.

Con el tiempo terminé cuestionando el tomar partido por un país al que sólo me unía el haber nacido en él, con el que no compartía la manera típica de actuar ni de pensar de sus habitantes. Decidí renunciar a defenderlo y dedicarme a criticar, intentando en lo posible a través de mi actuar cambiar lo que no estaba bien -al menos en mi vida-, porque entendí que hace falta mucho más que desearlo para cambiar las cosas (a menos que fuera el deseo de muchos).

Y es que desafortunadamente dicho “sentimiento" permanece dormido durante la mayor parte de nuestra vida y sólo despierta -exaltado- en situaciones en las que medimos fuerzas con uno o varios contendientes de otras naciones (olimpiadas, mundiales y hasta reinados) para ir in crescendo cuando se alcanza el triunfo y terminar en un éxtasis desbocado o convertirse en una resaca depresiva cuando el resultado es el fracaso. Ambos casos igualmente dotados de una gran carga de violencia susceptible de ser disparada por el más pequeño acontecimiento.

¿Por qué debería pensar que este es el mejor 'vividero' sólo porque soy de aquí? ¿Qué lo hace tan bueno, si que yo sepa está plagado de males, de costumbres y formas de actuar terroríficas? Puedo reconocer que aquí hay lugares bonitos, pero ¿por qué tendría que creer que son mejores que los de cualquier otra parte del mundo?

Sé que para algunos decir esto es casi cometer un delito; que lo que yo considero objetividad para algunos es traición a la patria que debería pagar con el destierro. Desafortunadamente para ellos (o para mí), me dan mucha pereza las embajadas y los aeropuertos en los cuales precisamente por ser de donde soy siempre seré vista con desconfianza y sospecha. Por eso no me he ido.

Y es una lástima que lo único que me interesa de este lugar que son mis seres queridos nunca hayan deseado irse. 

Bueno, sólo algunos y ahí no más...

sábado, 24 de agosto de 2013

Este loco invento

Ya no puedo recordar cómo era mi vida antes; tal vez al levantarme y después de servirme el café prendiera la radio o el televisor; es posible que leyera el periódico o simplemente mirara por la ventana o hablara con las personas que vivían conmigo.

Puede que no lo sepa, pero estoy segura de que no soy la única. Y es que, ¿alguien sabe cómo nos comunicábamos con los familiares o amigos que vivían lejos? ¿Qué hacíamos con nuestro tiempo muerto, ese en que no estábamos trabajando, estudiando, durmiendo o enamorándonos? Me dirán que usábamos el teléfono, hacíamos visita, íbamos al cine o nos sentábamos en una panadería a tomar café o gaseosa con pan. Pero para bien o para mal, nuestra existencia nunca será la misma: Internet se ha adueñado de ella y de nuestro tiempo.

Tenemos a la mano desde pornografía hasta noticias de todos los rincones del mundo; desde vídeos de artistas desaparecidos hasta películas que aún no han llegado a los cines; desde recetas de cocina hasta la muerte de Gadafi en vivo y en directo... Ahora es posible contactarnos con gente que no sólo está lejos, sino que nunca hemos visto o no vemos en mucho tiempo, o más aún, que nunca veremos.

Esta maravilla global nos permite el don de la ubicuidad, la capacidad de expresar lo que sentimos y pensamos, cuándo y dónde se nos ocurra. También de ser militantes de múltiples causas: la defensa de los animales, la protesta social, la búsqueda de niños perdidos; la prevención del maltrato, los secuestros, el bullying; de participar en cadenas de oración por personas enfermas, compartir recetas milagrosas para curar el cáncer u otras enfermedades; alertar sobre los abusos de poder, las estafas de la industria farmacéutica o de las multinacionales que nos envenenan; expresar indignación por las múltiples guerras, la crítica a la clase política mundial, las cruzadas a favor y en contra de las religiones... Sentamos posición, criticamos, rechazamos, compartimos, perdemos y ganamos amigos y nos dormimos cada noche agobiados por las noticias desalentadoras o tranquilos de haber contribuido a que el mundo sea más justo, más creyente, o más escéptico; lo que sea, según los intereses de cada uno.

Pero ¿en qué radica el encanto, la seducción de este medio que nos hace apertrecharnos en nuestra cama o escritorio, protegidos detrás de una pantalla a través de la cual sólo mostramos lo que queremos y velamos lo que no nos enorgullece?

¿Será que nos libramos de la incomodidad del contacto, la inseguridad de 'la calle y sus vicios', del calor o del frío y de las inclemencias del tráfico? ¿Ahorramos tiempo y dinero, hacemos amigos a los que conservamos simplemente dando me gusta en sus publicaciones y enviando un mensaje o una postal virtual en sus cumpleaños, nos quedamos con los que nos son cercanos ideológicamente y nos deshacemos de aquellos que piensan diferente o no apoyan nuestras posturas? ¿Empezamos a detestar tener que salir, esperamos con ansia el momento de revisar nuestras notificaciones, nos cuesta concentrarnos en el aburrido profesor o conferencista que habla mientras podríamos estar chateando o whasapeando? ¿O simplemente nos saltamos las pocas normas sociales que subsisten y lo hacemos (escribir, revisar mensajes y fotos) sin ningún pudor?

Lo cierto es que resulta interesante preguntarse qué vendrá después y cuáles serán los efectos de este fenómeno en la sociedad. En el futuro inmediato seguiremos explotando esta herramienta capaz de hacernos fluctuar entre el anonimato y la efímera fama que nos proporciona la publicación de nuestros pobres triunfos en la vitrina a través de la cual observamos y nos observan, hasta que aparezcan otras, que no dejarán de aparecer...




jueves, 22 de agosto de 2013

Creo que he cumplido

Porque estoy en este mundo sin haber pedido venir
Mi único deber es conmigo mismo
Hacer por mí lo que mis padres y nadie pudo
Buscar los esquivos momentos de tranquilidad evadiendo la desgracia.

Aunque no  todo dependa de mí
No necesito a otro a quién hacer feliz
Puedo intentarlo conmigo
Dejemos a los no nacidos quietos en la nada del no ser
En la absoluta paz.

Gemir = vivir

  Tantos gemidos como personas en el mundo los he escuchado de todos los tipos unos suenan como lamentos  otros como suspiros hay unos de ha...