lunes, 12 de septiembre de 2022

Decálogo 1

 Trataré de plasmar las cosas que a mi juicio debemos tener presentes para vivir mejor y sufrir un poquito menos. Aquí van:

1. Admitir que los que NO están es porque así lo desean; no se puede obligar a nadie a permanecer, a disfrutar de nuestra compañía. Que esté el que quiera, así de simple.

2. De 20 cosas que hagamos en el día, la semana, el mes o el año 19 pueden salir mal -incluso las 20-, pero eso no debe impedir que sigamos intentándolo una y otra vez cada día, hasta que una sola de esas cosas (o algunas, o todas) funcione.

3. Siempre se puede volver a comenzar, siempre es posible recoger los pedacitos de corazón y volver a juntarlos; quedará remendado y con grietas pero de eso se trata la supervivencia: de sanar las heridas y vivir con las cicatrices (lo dijo Margaret Mead, lo dice el Kintsugi japonés) ¡Creámoslo! 

4. La existencia no puede limitarse a esperar que esa alma gemela llegue, que el trabajo soñado aparezca, que nos llamen los amigos y los seres queridos: "hay que salir a pelear, hay que salir a luchar (...) hay que salir al sol" como dice Fito Páez. Y buscar la vida.

5. Nadie tiene la obligación con otro de cuidar de su felicidad y su salud física y mental: cada quien es responsable de su bienestar y su equilibrio. Que cada uno se ocupe de sí mismo, los demás solo acompañan.

Y bien, solo llegué a cinco ¿Cuál sería tu decálogo?

(Continuará...)

miércoles, 24 de agosto de 2022

Mi amigo burgués 2

 Se siente muy satisfecho con este nuevo triunfo del progresismo latinoamericano: mi amigo es, ante todo, un demócrata y aunque está convencido de que el capitalismo es el sistema más viable para la coexistencia entre sociedades disímiles, le parece que se ha convertido en un lobo feroz que ha azotado a los países dejándolos sumidos en la miseria y la hambruna, mientras unos -muy pocos- poseen la mayor parte de la riqueza. Está seguro de que es necesaria una inyección de humanidad, un intento por emparejar las cosas; sueña con un futuro en el que sus vástagos no tengan que avergonzarse por tomar el brunch en la terraza de un buen restaurante de comida fusión, mientras migrantes y locales hambrientos se acercan a pedir unas monedas. Tampoco quiere tener miedo de que esta desigualdad rampante lo ponga en peligro por usar su apple watch o contestar una llamada en su iphone.

Acaba de regresar de Ciudad de México -sus utopías de recorrer el mundo ya no pasan por Europa, tierra llena de ruinas de grandezas extintas-, una de las tres metrópolis latinoamericanas junto con Río de Janeiro y Buenos Aires a las que no se cansa de ir y volver, pues está convencido de que allí, en sus territorios se definirá el futuro de esta zona del mundo tan vapuleada. Mi amigo no se considera un turista, es más bien un estudioso de las culturas para su crecimiento personal y por ende, para su contribución al conocimiento de la sociedad humana. Se siente un viajero errante que va de la montaña al desierto, del mar al páramo, de las favelas a las grandes alamedas; quiere que su vida sea un testimonio de las semejanzas y los contrastes entre los diferentes pueblos, de la dialéctica que caracteriza la existencia, de lo trascendente y lo efímero de nuestro paso por este mundo. 

Sigue en su proceso de deconstrucción: su compañera ha contribuido enormemente a develar sus micro machismos ocultos y poco a poco ha ido eliminando de su discurso esos decires del patriarcado que contribuyen a discriminar a las compañeras y compañeres (no solo mujeres, sino todo el espectro de opciones sexuales que pueden coexistir en la especie humana). Acepta su naturaleza bisexual y ya no teme abrazar y besar a sus amigos hombres, aunque estos se sientan intimidados; él está muy seguro de sus gustos y tendencias, que son abiertos pero honestos, sin buscar dañar a nadie ni mucho menos incomodar a su pareja o parejas sexuales. Trata de ser responsable emocionalmente, de hacerse cargo de sus defectos y sus responsabilidades, de reconocer cuando sus palabras o actos agreden, está muy "sobre sí mismo" y también se encarga de de señalar lo que no tolera o considera ofensivo de otros.

Mi amigo siente que va por el camino correcto y, por primera vez en su vida, está seguro de que el mundo también...

martes, 19 de julio de 2022

Poemas de pandemia


En las noches galopa en el pecho como cien caballos huyendo en estampida
De día enfría las manos y baja en pequeñas gotas por la espalda
Siempre ha estado allí
Agazapado en las sombras de la ventana en las noches de terror
Repitiéndose en el eco de las letanías a los muertos
Sentado en la silla del profesor
Detrás de la mueca de burla de los niños cuando alzaban la falda para ver los calzones de las niñas
Amenazando con la correa gruesa del padre en la mano desencajada por la ira de la madre
Actuando como juez cuando se descubrían los placeres del cuerpo
Se burló al subir a todos los aviones
A la hora de amar recordó siempre que la felicidad era ilusoria
Me ha perseguido sin descanso por cada resquicio del sueño
No crecí con miedo
El miedo creció dentro de mí
-

Las calles solitarias tienen ahora el olor de la muerte
No porque antes no lo tuvieran, con tanto que aquí se mata
Pero ahora hay algo que nos hace alejarnos de los otros
Más que antes, que siempre
Los gatos son los únicos que permanecen impávidos,
Se acuestan en mitad de la avenida como si nada pudiera dañarlos
Los perros sucumbieron al pánico
Será por lo apegados que están a sus amos.
Yo miro por la ventana como una vecina fisgona
Tengo cuarenta y seis y mi pelo se ha puesto blanco de repente.

-

La hormiga construye su casa indiferente a los pasos de los transeúntes
Cava y saca bolitas de arena que deja en el andén
Su casa está dentro de la tierra y esos tres segundos que demora a la intemperie destrozan mis nervios
Temo que el incauto, el descuidado, el temeroso o el cruel la aplasten con un pisotón
Tanto trabajo para terminar por ahí desparramada

-

Tengo que amarrar una cuerda a mi dedo para recordar ser feliz
Hubo un tiempo en que era natural, pero eso quedó atrás
Ahora las comidas son medidas con un aparato complejo que calcula la circunferencia del tubérculo
Y da el peso exacto en gramos de la carne
Las afugias de antes ya solo provocan risa
Y la risa es tan esquiva que debe buscársela en las páginas de tiras cómicas del periódico
El mundo ya no es lo que era y la felicidad no asoma
En cambio la parca espera pacientemente en una silla de la alcoba

-

¿Dónde están los hábitos de las monjas que me recibían en la puerta del colegio?
¿Permanecen colgados en la habitación a la espera de un mandato?
¿Desaparecieron o se llevan por dentro para no despertar sospecha?
¿Dónde están los terrones de azúcar que parecían eternos?
¿Dónde las manzanas acarameladas de los circos?
¿Y a dónde fueron los circos, plagados de hombres y mujeres escuálidos, como los tigres y elefantes que llevaban de un lado al otro?
¿Dónde está esa niña que creía en la resurrección de los muertos y en la inmortalidad de sus padres?
¿A dónde fue la vida que se nos dio sin pedirla?

jueves, 14 de julio de 2022

He/She

Encerrarme en mi castillo y salir solo de noche 

escondida bajo una gran capa

a las tabernas como el Orlando de Woolf

y un día irme allí, en uno de sus sótanos, sin que la servidumbre sepa cómo, ni de qué

tal vez por un golpe en la cabeza, en la oscuridad

tal vez de inanición o de tristeza.

Morir anónimamente, como esos antepasados que pusieron su granito de arena para levantar esta inmensa ciudadela 

enterrarme y salir 20 años después como las cigarras, solo para morir

24 horas son suficientes para vivir en el mundo. 

Apagar todo, borrarlo todo, solo escuchar aullidos de lobo y el rugir del viento en las copas de los árboles

salir de este mundo que invade, que ensordece

solo oscuridad y silencio, como debe ser en el fondo del mar

como debe ser la muerte, tan esperada.



jueves, 16 de junio de 2022

Nosotros y las cosas

 Hace seis meses y dos días que murió mi gata y todavía rondan por ahí algunas de sus cosas -que ella no compró ni pidió, por supuesto-, pero que yo como humana, como habitante del mundo material consideré imprescindibles para nuestra convivencia.

Sus platos, su juguete, su cepillo con algunos de los pelitos todavía enredados (que me hacen pensar en la locura de que su ADN puede serme útil si algún día se inventan una manera de revivir a quienes tanto extrañamos) me la recuerdan, me hacen suspirar y soltar a veces unas lágrimas, pero sobre todo me sumen en la tremenda incapacidad de deshacerme de ellos, como si al hacerlo borrara su memoria de mi vida.

Así pasa con muchos objetos que conservamos: algunos que nunca hemos usado pero esperamos hacerlo algún día; los que quisimos mucho o aprovechamos en su momento y ya no funcionan o no nos son útiles, de los que no nos atrevemos a salir; los que nos evocan momentos felices o tristes, los recuerdos de viajes que hicimos, de personas que perdimos, fotos de épocas mejores que no volverán, las entradas a esos conciertos a los que parece haberse ido en otra vida; cartas de amor, esas piezas de museo en vía de extinción; libros que nos regalaron o compramos y que leímos o de los que nunca superamos las primeras páginas y aun así no nos deshacemos de ellos; la ropa querida, la roída de tanto usar, la nueva que guardamos para algo especial... ¿Somos nuestras cosas, esas que dejaremos atrás cuando abandonemos este mundo y con las que nuestros allegados no sabrán qué hacer? 

El círculo de objetos se extiende a nuestra casa: los muebles, los cuadros, las porcelanas, los adornos de navidad, las vajillas heredadas de los abuelos... Nuestro espacio se convierte en un gran armario, en un almacén de antigüedades con valor "sentimental". No pensemos en los extremos (los acumuladores patológicos que sufren del llamado "Síndrome de Diógenes"), remitámonos a los "normales" que también guardamos multitud de enseres mientras en el mundo proliferan movimientos que promueven poseer máximo doce o veinte cosas y "viajar ligero" (que literalmente significa que toda nuestra vida quepa en una maleta). ¿Con cuántas cosas podemos vivir, cuántas menos de las que tenemos y cuántas más, por cierto, deseamos?

Si tuviera que escoger de las mías solo cinco, me quedaría con un pequeño tótem del guerrero que compré en San Agustín para que me diera fuerza; tres libros: Cuentos completos de Horacio Quiroga, Mujeres que corren con los lobos de Clarissa Pinkola y Antología poética de Mario Benedetti; y mi pocillo para el café. ¿Por qué son tan importantes si no me permitirían vivir ni un solo día en una isla desierta? 

No tengo la respuesta, sólo sé que hay una pregunta que de vez en cuando cruza mis pensamientos nocturnos: 

¿Qué dirán, cuando ya no estemos, nuestras cosas de nosotros?


jueves, 12 de mayo de 2022

Confesión

 ¿Qué son las palabras para mí, además de la vida? Sé que suena estúpido, ingenuo, rebuscado, cursi pero, ¿qué habría sido de mí si de niña no hubiera leído cualquier libro que tomé de una biblioteca poco selecta devorándolo como un hambriento a un pedazo de pan duro y no pensara en ese instante que alguien como yo podía garabatear cosas en un papel? Cosas que me pasaban, que me dolían, que me angustiaban...

¿Qué hubiera pasado si a los 9, a los 12, a los 15, a los 18 y de ahí en adelante a cada hora y en cada día de mi vida no hubiera tenido este pensamiento: tranquila, ya lo escribirás, solo tienes que esperar un poco para hacerlo y todo se verá más claro

¿Qué destino trágico me hubiera aguardado esas noches en que miraba por la ventana de un doceavo piso y contemplaba los pinos sobre los que se destrozaría mi cuerpo antes de caer al suelo si no hubiera sacado el viejo cuaderno de debajo de mi almohada para escribir hasta que el sueño me venciera? 

Componer un poema sería para mí subir al Everest sin siquiera haber culminado las escaleras de un edificio de cinco pisos; construir un cuento sería como correr 10 maratones seguidas, cuando me falta el aire a los dos metros caminando despacio... ¿Una novela? ¡Impensable, con mi nula imaginación!

No soy escritora y aun así las letras me han salvado la vida. No sé escribir, solo soltar lo que sale de mi alma atribulada. Y que pueda hacerlo, que lo pueda sacar casi todo, me permite sobrevivir. 

Solo le pido al universo que siga funcionando por lo que me resta de vida. 

lunes, 4 de abril de 2022

Pensar la política

Si como nos han enseñado la palabra proviene del griego Politiká "asuntos de las ciudades" (polis = ciudad), la política, al menos en Colombia, ha perdido ese componente principal de su vocablo: ser el medio para alcanzar propósitos sociales, el bienestar común, y se ha convertido en la satisfacción de pequeñas (y grandes, en el caso de los que la utilizan para enriquecerse groseramente) necesidades propias.

Eso explica por qué muchos venden su voto por un contrato de trabajo (o  la posibilidad de acceder a uno), por una bolsa de mercado o de cemento, por una cantidad en efectivo. Se lo vende porque hay quién lo compre; se lo empeña porque es mejor pensar en uno que en una masa amorfa a la que le llaman sociedad y que poco o nada puede hacer por nosotros cuando tenemos dificultades.

Se vota para colmar una carencia, un apremio básico -a veces mínimo- y se transa barata, la consciencia. De ahí en adelante poco importa lo que pueda pasar o hacer ese político a quien contribuimos a elegir, da igual que apruebe leyes contrarias a los intereses de la mayoría porque, igual, todos incumplen ¿no? Hasta los que prometen salud y bienestar o, más bien: ¿Acaso todos no prometen lo mismo? De esto se trata la desesperanza aprendida, concepto de la psicología aplicado aquí a la política: no se les cree a los candidatos por los que se vota, son otras las motivaciones para acercarse a las urnas, pero no precisamente la certeza de que las cosas pueden cambiar para bien.

¿Son culpables solo los que lo compran como los que lo venden, o también es culpable el Estado, que no garantiza las condiciones mínimas a su población y nos deja desamparados, sin ningún otro valor como individuos que este penoso papel cada cuatro años de idiotas útiles?  

Hay también algunos que votan por ideología, por convicción, por disciplina (porque pertenecen a un movimiento o partido) y están los que votan emputados o por miedo a. Son votos honestos, se podría decir, pero ¿no es acaso innegable el papel de la propaganda negra que vende a determinado candidato como el diablo o el hermano gemelo de cierto dictador de otro país, o se basa en mentiras y desprestigio como cuando se afirmaba que apoyar un proceso de desmovilización de un grupo armado significaba regalarles el país a los rebeldes? 

¿Debemos seguir creyendo que la libertad de expresión y de prensa es el mayor valor de una democracia cuando esa prensa pertenece o a un gobierno -en el caso de regímenes totalitarios- o a multinacionales locales o extranjeras con intereses específicos, a quienes les conviene manipular la opinión para inclinar la balanza a su favor?

Lo cierto es que es preciso ocuparnos más de esta discusión, porque como decía Charles de Gaulle: “He llegado a la conclusión de que la política es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos”. 

Gemir = vivir

  Tantos gemidos como personas en el mundo los he escuchado de todos los tipos unos suenan como lamentos  otros como suspiros hay unos de ha...