miércoles, 23 de octubre de 2013

Eso que llaman patriotismo

Alguna vez lo padecí, estaba muy joven y vivía lejos, época que coincidió con un mundial de fútbol que siempre será recordado en estas latitudes por trágicas razones que no vienen al caso. Me la pasaba peleando con quien se atreviera a hacer cualquier comentario negativo, llegando a derramar lágrimas por culpa de una tierra que no me causaba más que vergüenza.

Con el tiempo terminé cuestionando el tomar partido por un país al que sólo me unía el haber nacido en él, con el que no compartía la manera típica de actuar ni de pensar de sus habitantes. Decidí renunciar a defenderlo y dedicarme a criticar, intentando en lo posible a través de mi actuar cambiar lo que no estaba bien -al menos en mi vida-, porque entendí que hace falta mucho más que desearlo para cambiar las cosas (a menos que fuera el deseo de muchos).

Y es que desafortunadamente dicho “sentimiento" permanece dormido durante la mayor parte de nuestra vida y sólo despierta -exaltado- en situaciones en las que medimos fuerzas con uno o varios contendientes de otras naciones (olimpiadas, mundiales y hasta reinados) para ir in crescendo cuando se alcanza el triunfo y terminar en un éxtasis desbocado o convertirse en una resaca depresiva cuando el resultado es el fracaso. Ambos casos igualmente dotados de una gran carga de violencia susceptible de ser disparada por el más pequeño acontecimiento.

¿Por qué debería pensar que este es el mejor 'vividero' sólo porque soy de aquí? ¿Qué lo hace tan bueno, si que yo sepa está plagado de males, de costumbres y formas de actuar terroríficas? Puedo reconocer que aquí hay lugares bonitos, pero ¿por qué tendría que creer que son mejores que los de cualquier otra parte del mundo?

Sé que para algunos decir esto es casi cometer un delito; que lo que yo considero objetividad para algunos es traición a la patria que debería pagar con el destierro. Desafortunadamente para ellos (o para mí), me dan mucha pereza las embajadas y los aeropuertos en los cuales precisamente por ser de donde soy siempre seré vista con desconfianza y sospecha. Por eso no me he ido.

Y es una lástima que lo único que me interesa de este lugar que son mis seres queridos nunca hayan deseado irse. 

Bueno, sólo algunos y ahí no más...

sábado, 24 de agosto de 2013

Este loco invento

Ya no puedo recordar cómo era mi vida antes; tal vez al levantarme y después de servirme el café prendiera la radio o el televisor; es posible que leyera el periódico o simplemente mirara por la ventana o hablara con las personas que vivían conmigo.

Puede que no lo sepa, pero estoy segura de que no soy la única. Y es que, ¿alguien sabe cómo nos comunicábamos con los familiares o amigos que vivían lejos? ¿Qué hacíamos con nuestro tiempo muerto, ese en que no estábamos trabajando, estudiando, durmiendo o enamorándonos? Me dirán que usábamos el teléfono, hacíamos visita, íbamos al cine o nos sentábamos en una panadería a tomar café o gaseosa con pan. Pero para bien o para mal, nuestra existencia nunca será la misma: Internet se ha adueñado de ella y de nuestro tiempo.

Tenemos a la mano desde pornografía hasta noticias de todos los rincones del mundo; desde vídeos de artistas desaparecidos hasta películas que aún no han llegado a los cines; desde recetas de cocina hasta la muerte de Gadafi en vivo y en directo... Ahora es posible contactarnos con gente que no sólo está lejos, sino que nunca hemos visto o no vemos en mucho tiempo, o más aún, que nunca veremos.

Esta maravilla global nos permite el don de la ubicuidad, la capacidad de expresar lo que sentimos y pensamos, cuándo y dónde se nos ocurra. También de ser militantes de múltiples causas: la defensa de los animales, la protesta social, la búsqueda de niños perdidos; la prevención del maltrato, los secuestros, el bullying; de participar en cadenas de oración por personas enfermas, compartir recetas milagrosas para curar el cáncer u otras enfermedades; alertar sobre los abusos de poder, las estafas de la industria farmacéutica o de las multinacionales que nos envenenan; expresar indignación por las múltiples guerras, la crítica a la clase política mundial, las cruzadas a favor y en contra de las religiones... Sentamos posición, criticamos, rechazamos, compartimos, perdemos y ganamos amigos y nos dormimos cada noche agobiados por las noticias desalentadoras o tranquilos de haber contribuido a que el mundo sea más justo, más creyente, o más escéptico; lo que sea, según los intereses de cada uno.

Pero ¿en qué radica el encanto, la seducción de este medio que nos hace apertrecharnos en nuestra cama o escritorio, protegidos detrás de una pantalla a través de la cual sólo mostramos lo que queremos y velamos lo que no nos enorgullece?

¿Será que nos libramos de la incomodidad del contacto, la inseguridad de 'la calle y sus vicios', del calor o del frío y de las inclemencias del tráfico? ¿Ahorramos tiempo y dinero, hacemos amigos a los que conservamos simplemente dando me gusta en sus publicaciones y enviando un mensaje o una postal virtual en sus cumpleaños, nos quedamos con los que nos son cercanos ideológicamente y nos deshacemos de aquellos que piensan diferente o no apoyan nuestras posturas? ¿Empezamos a detestar tener que salir, esperamos con ansia el momento de revisar nuestras notificaciones, nos cuesta concentrarnos en el aburrido profesor o conferencista que habla mientras podríamos estar chateando o whasapeando? ¿O simplemente nos saltamos las pocas normas sociales que subsisten y lo hacemos (escribir, revisar mensajes y fotos) sin ningún pudor?

Lo cierto es que resulta interesante preguntarse qué vendrá después y cuáles serán los efectos de este fenómeno en la sociedad. En el futuro inmediato seguiremos explotando esta herramienta capaz de hacernos fluctuar entre el anonimato y la efímera fama que nos proporciona la publicación de nuestros pobres triunfos en la vitrina a través de la cual observamos y nos observan, hasta que aparezcan otras, que no dejarán de aparecer...




jueves, 22 de agosto de 2013

Creo que he cumplido

Porque estoy en este mundo sin haber pedido venir
Mi único deber es conmigo mismo
Hacer por mí lo que mis padres y nadie pudo
Buscar los esquivos momentos de tranquilidad evadiendo la desgracia.

Aunque no  todo dependa de mí
No necesito a otro a quién hacer feliz
Puedo intentarlo conmigo
Dejemos a los no nacidos quietos en la nada del no ser
En la absoluta paz.

jueves, 1 de agosto de 2013

De mí

Soy repetitiva, hay ciertos temas que me obsesionan y sobre los que vuelvo una y otra vez: religión, política, maternidad... Sobre la primera no tengo -ni creo que tenga en el futuro- algo bueno qué decir; con respecto a la segunda, reafirmo mi posición “de extrema" recalcitrante y acerca de la tercera, aunque siento que no he dicho suficiente, prolongaré ese placer para otra ocasión.

Últimamente le he dado vueltas a la cuestión del cambio y lo retomo porque algunas personas que dicen tenerme cierto cariño han reclamado mi tendencia a hacer o decir cosas “impropias" para mi edad.

A los que dicen que a los cuarenta no queda bien ser revolucionario solo puedo replicarles que parte de crecer, para mí, es adquirir una voz que ni de fundas podría haber tenido a los veinte (cuando mi mayor preocupación era a quién se lo daba). Haber vivido me permite tener una posición frente al mundo y, sinceramente, no encuentro una razón válida para estar a favor de un sistema que ha sido despiadado con el mismo ser que lo creó (el hombre, por supuesto) y con la naturaleza, llevándolos al extremo de la degradación. Por eso me identifico con tendencias que ponen la vida por encima de la riqueza material, que apoyan la igualdad de derechos y castigan la discriminación; que dan al individuo la posibilidad de decidir sobre su vida y su cuerpo, porque lo reconocen pensante y no como un autómata descerebrado al que hay que trazarle el camino. Creo que estos son los fundamentos básicos del humanismo, pero a otros les suena a discurso comunista.

No tengo problemas en ventilar mi vida y mis defectos, me han visto burlarme de ellos y criticarme, pues aunque me formé para estudiar al ser humano me he dedicado especialmente a hacerlo con mis sentimientos, experiencias y gustos. Es por ello que través de la escritura hago catarsis y autoanálisis, aunque no tenga mucho talento y sea incapaz de escribir un cuento o un poema tan siquiera regular. Admiro a tantos escritores que logran deleitar a las masas con sus historias, que a mí me hace feliz que tres o cuatro de mis amigos lean estas palabras.

También me gusta hablar. Más que gustarme, es uno de los placeres que más disfruto y lo llevo hasta sus últimas consecuencias, porque carece de sentido si no llego al menos a un acuerdo con mi interlocutor. Si con alguno no coincido en religión o política, al menos debo terminar conviniendo en las maravillas del café o en lo hermosos que son los gatos o cualquiera de los demás animales. Cuando eso no pasa y el contertulio es difícil, temo que me veré enfrentada a una que otra peleílla, que por cierto no me desagradan del todo.

Así que mi propuesta es: sentémonos y hablemos. Nadie tiene que ser o hacer nada que no quiera, démosle una patada a esos prejuicios que hacen la vida más aburrida.

Aquí estaré esperando.

martes, 9 de julio de 2013

Memorias desde una clínica de abortos

Era un día normal de diciembre, pronto tendría que volver a su ciudad natal para celebrar las fiestas en familia. La abuela respiraba con dificultad en la habitación, las luces del árbol titilaban y ella, más por costumbre que por deseo, sucumbió.

Nada fuera de lo normal ocurrió hasta la víspera de año nuevo, cuando el olor de las viandas características la mareó y sintió ganas de vomitar. Los siguientes días los pasó en cama con lo que todos creían era un virus estomacal, sintiendo náuseas ante la sola presencia de la comida: y la regla no le había llegado. Definitivamente, al regresar tendría que hacerse una prueba.

Las enfermeras que entregaban el resultado no pudieron evitar un “uichhh" recriminatorio al ver su reacción desencantada ante el “discretísimo" positivo dicho en voz alta en frente de todos. Salió de ahí a la sala en la que él esperaba y no tuvo que decir nada. Había muchas cosas en qué pensar.

La cita fue a una hora temprana, primero debieron asistir a una charla en la que había otras parejas, ella sólo sintió curiosidad por una señora y una jovencita que se sentaban muy juntas. Cuando hicieron la presentación la señora dijo sus nombres y mencionó que su hija, con tan solo 14 años había salido embarazada y ¿qué iba a hacer con una criatura si la niña ni siquiera podía valerse por ella misma?

Después de recordarles la pertinencia de escoger un método anticonceptivo adecuado para no tener que volver a pasar por eso los dejaron ir; se sentaron en la cafetería y ella seguía sin saber, pensaba en la cara agria de su mamá, sus reproches eternos que ahora sí tendrían justificación. Lo odiaba, hubiera querido abrirle la tripa con un cuchillo, cortarle su asqueroso miembro causante de todo (ni siquiera había tenido un orgasmo, pedazo de mal polvo) ¡Y tenía que preñarla!

Llegó el día y allí estaba ella dejando su ropa en una canasta de plástico y poniéndose una bata, había dos opciones pero la de las pastillas implicaba tener que volver por un legrado; decidió hacer el procedimiento de una sola vez.

No hubo anestesia, al lado de la camilla una mujer le sostenía la mano y la miraba a la cara mientras le hablaba, tal vez para evitar que sintiera curiosidad de ver hacia abajo; ella sentía algo vibrar y moverse violentamente adentro suyo, sintió rabia, deseó haber nacido hombre, tuvo miedo de morirse y culpa, mucha culpa.

Pero sobrevivió, aunque tuvo que pasar varios días con un termómetro al lado de la cama ante cualquier indicio de fiebre (lo que podría significar una infección), retornó a su vida y pensó en no volver a repetirlo.

Aunque no lo cumplió.

martes, 28 de mayo de 2013

Pequeñas miserias

Que la rutina me carcome
Que la depresión me consume
Que tus besos me saben a mentira
A soledad y a miedo.

Que quiero quemar esta casa
Con todo y todos adentro
Que a veces te amo con un amor dudoso
Que no me alcanza hasta la mañana.

Que un día me cansaré de lavar tus trastos
Caminaré sobre tus calzoncillos manchados
Contestaré sí a esa pregunta y me iré lejos
Con sólo una maleta y mi dignidad recuperada.

lunes, 27 de mayo de 2013

No soy atea... ¡soy politeísta!

No sé debido a qué intereses económicos el imperio romano terminó claudicando frente a la poderosa iglesia monoteica (me gusta más esta palabra), lo cierto es que, si lo pensamos bien, eso hizo que de ahí en adelante la religión y la vida se hicieran muy pero muy aburridas.

Es por eso que, dentro del cuantioso tiempo que he dedicado a pensar y a cuestionar al dios del cristianismo y a todo lo que lo rodea, he terminado por crear en mi vida una especie de agnosticismo salpicado de politeísmo -como el que practicaban los griegos y romanos-, donde conviven una multitud de dioses semihumanos, con poder sobre los diferentes elementos pero que en ciertos casos comparten con nosotros los mortales la incapacidad para intervenir o cambiar ciertos acontecimientos. Me seducen mucho más estos seres  imperfectos, tan mundanos, que no son todopoderosos, que la mayoría de las ocasiones tienen que presenciar impotentes las catastrofes causadas por ellos o no por las que tienen que atravesar sus "hermanos menores" (como dirían nuestros parientes indígenas), sin poder cambiar las circunstancias, ni poder hacer nada para ayudarlos...

Me gusta más creer en una diosa Gea que domina lo tierra, un dios del sol (Helios) o de los océanos,  uno de la guerra, etc. Cuyos fundamentos son al menos concretos, más que  en uno omnipotente, omnipresente y omnisciente que aún así se queda estático, se deleita  con el sufrimiento teniendo todo el poder para erradicarlo, un dios “bueno" que no evidencia por ninguna parte su bondad...

En fin, que si como dicen las abuelas hay que creer en algo, prefiero creer en esos dioses sensuales,  aunque en realidad -y tal como se supone que ya lo habría hecho la humanidad-, yo ya he superado esa etapa animista y primitiva en la que las deidades son necesarias para explicar el mundo, porque entendí que no tiene sentido preguntarse el por qué de algo que simplemente no tiene respuesta. Aún.

jueves, 18 de abril de 2013

El nombre perfecto

                                              Para mi sobrina


Podría pasarme la vida aspirando tu olor
Siguiendo cada gesto, cada risa
Mirando a través de tus ojos asombrados
No tuve que amamantarte para sentirme atada a ti
Eres una Victoria de la existencia
Que vino a salvarnos de la tristeza y el olvido.

sábado, 13 de abril de 2013

Cambiar o no cambiar... esa es la cuestión

Es el dilema al que nos enfrentamos muchos mayores de 30  años: ¿Debemos seguir siendo los mismos, eternos niños o adolescentes, juguetones, risueños, o es preciso enseriarnos, pensar responsable y conservadoramente, abandonar los ideales juveniles para embarcarnos en la corriente “realista"?

¿Y si el cambio va en sentido contrario a lo que se espera, si se pasa de tradicional a rebelde y contestatario, características atribuidas exclusivamente a la gente “joven"? ¿Si lo que teníamos como ideal de vida deja de interesarnos o se torna  simplemente absurdo? ¿Eso significaría un retroceso o un avance?

A algunos les critican que sigan siendo los mismos, que no hayan “crecido"; a otros que  traicionaran los ideales que les fueron inculcados. Al parecer, siempre habrá algo por qué hacernos sentir culpables, aunque el cambio sólo debería ser necesario si nosotros así lo queremos o sentimos. Pero eso a nadie parece importarle, todos quieren imponer su verdad.

Tal vez en esto, como en casi todo, no hay verdades, nada está dicho...

miércoles, 9 de enero de 2013

Hermosa maternidad...

Muchas hablan de las maravillas de serlo, pero yo aún no encuentro una razón para querer tener descendencia.

Puede que en los albores de la humanidad fuera necesario reproducirse -por eso ha sido siempre inherente a nuestra condición de seres vivos-, pero ahora y en este mundo que odio, ¿qué justificaría lo que considero una irresponsabilidad? Me parece una falta de respeto con ese nuevo ser traerlo a la vida y una crueldad que en la mayoría de las familias de clase media se les dé a los hijos todo, se los malcríe con cosas innecesarias para luego sacarlos de la casa, de la "vagancia" en pro de la productividad, cuando no se les ha enseñado a ser productivos.

Muchos dirán que es la ley de la vida pero es asqueroso que, por ejemplo en E.E.U.U. quieran echarlos cuando obtienen su licencia de conducir -es decir a los 16 años- o les saquen provecho metiéndolos en cuanto concurso, comercial de t.v. o reinado encuentran (como lo podemos ver en los famosos "realities") siempre que les pueda traer algún beneficio. O ¿qué tal cuando se los retiene con el cuento de que todo está muy caro como para que puedan hacer su propia vida o de que "tienen" que ser el sostén de los padres en la vejez? ¿Y qué decir de los pobres miserables que utilizan a sus hijos para robar o pedir limosna, los que los alquilan, prostituyen, etc.?

No encuentro más que egoísmo en la paternidad (y en la maternidad obviamente) cuando no improvisación. Me sorprende el que los padres no enseñen nada, limiten su papel a comprar comida, trapos y juguetes (en los llamados hogares privilegiados) y buscar las instituciones más costosas, prejuiciosas y represivas (como  los colegios religiosos) sin ser capaces de transmitir algo esencial como el amor por el mundo y todo lo que lo habita.

El principal método de enseñanza termina siendo el pésimo ejemplo que se les da, la falta de respeto con que a veces se  los "reprende", los insultos o golpes y en no pocas ocasiones la permisividad... Luego se quejan, lloran y reclaman, aunque la mayoría termine mostrándose orgulloso para no reconocer su fracaso y en  muchos de los casos, serán más felices quienes tengan retoños escandalosamente ricos (aunque esa riqueza provenga del crimen) que quienes por obra del azar terminen teniendo la "mala suerte" de contar con personas pensantes dentro de su progenie (esto último como resultado  de la noción de éxito que impone nuestra trastornada sociedad).

En conclusión, seguirá siendo un bicho raro una mujer cuya mayor realización no sea ser madre y un hombre que decida no ir por ahí esparciendo su semilla. Yo entre tanto, miraré con algo de recelo a las madres y padres entre enamorados y hastiados de sus hijos maleducados e insoportables. Continuaré amando la música, los libros y a mí misma y esperaré el momento de extinguirme sin dejar mi huella genética, sin el placer incomparable de ser llamada mamá, deseando de todo corazón no tener que tragarme estas palabras algún día...

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...