jueves, 16 de diciembre de 2021

Carta para Mochis

 ¿Qué puedo decir ahora que ya no estás? Solo que nunca pude pagarte (no hubiera podido hacerlo) el inmenso amor, la compañía constante, el apoyo, la escucha, todo ¿Cómo puede amar tanto un gato? ¿Cómo puede hacer sentir cobijado a un inmundo humano, que tanto lo olvida y abandona? ¿Cómo no sentirme una más de tus crías aunque no hubiera salido de tu pequeño vientre?

Me dejas en una soledad inmensa, aunque más fuerte y dispuesta a hacerle frente a la vida, al mundo, ahora sin ti. No toleraba más tu cuerpo sufriente, no te quería vieja ni enferma, ni dolorida como estabas; no por mí, esta vez no es mi egoísmo el que habla, es mi profundo amor el que te que te deja ir, el que te quiere libre y parte, otra vez, de la tierra. Ve allá, Mochita.  

viernes, 26 de noviembre de 2021

¿Dónde está la Humanidad?

En estos tiempos de tan variadas formas de comunicación la gente muere sola: ancianos, personas de mediana edad, adultos jóvenes, adolescentes son encontrados en sus casas; sus cuerpos (a veces con varios días de descomposición) dan cuenta de que esas palabras finales no fueron oídas, esa mirada postrera no se dirigió a nadie, esa mano no fue tomada por última vez por un otro; una vida más que se apagó sin testigos (como muchos enfermos de covid).

¿Dónde está la humanidad, ahora que las nuevas generaciones se levantan para defender la tierra, a los animales, a los habitantes originarios de las naciones, a las minorías raciales y sexuales? ¿Dónde la solidaridad, que todos sentimos que esas millones de vistas en nuestras fotos y publicaciones no se traducen en una llamada, en un mensaje para saber cómo estamos o si necesitamos un par de pastillas o una sopa para el alma o para la gripe?

En una sociedad hiperconectada el individualismo no es solo preocupante, es absolutamente doloroso; el individuo que trabaja, que compra, que consume, parece ser muy aceptado por su entorno próximo, parece haber alcanzado el éxito y sin embargo, tal vez está tan solo como el enfermo mental recluido en el hospital, como el preso en su celda, como el anciano a quien sus hijos y nietos ya no visitan. 

¿Cómo puede ser esto cierto si en las “redes" aparecemos rodeados de amigos y de felicidad, si tenemos tantos colegas y compañeros de ideales que comentan nuestros estados y celebran nuestras fotos? ¿Es esta una interacción genuina, efectiva para las necesidades del ser humano? ¿Se relacionaban mejor nuestros antepasados que tenían tan pocos amigos reales y casi ninguno alrededor del mundo, quienes solo contaban con las cartas y los telegramas que demoraban tanto en llegar a destino para decirles a sus lejanos cuánto los extrañaban?

¿Dónde está la humanidad si solo sabemos comprar y producir basura sin que nos importe que cada cosa que desechamos, así lo hagamos en el lugar correcto, tiene impacto para el planeta y todas las especies que lo habitan? ¿Pensamos acaso en que cada teléfono celular, par de zapatos o jeans que tiramos produce una alteración en los ecosistemas?

¿Dónde está la humanidad? Me pregunto frente al cuerpo agonizante de un pequeño animal al que algún conductor apurado por llegar a quién sabe dónde atropelló y dejó botado en la carretera. Su cuerpo aun caliente no quiere dejar escapar la vida.

Pero ya es tarde.

viernes, 5 de noviembre de 2021

Un cuarto propio

 Hay miles de cosas que no se enseñan en los colegios, a pesar de la cantidad de contenidos, investigaciones y todo tipo de pedagogías que se venden como innovadoras y las verdaderas respuestas a todas las demandas de conocimiento de la sociedad actual. 

Uno de los textos que debería ser obligatorio es ese maravilloso ensayo Una habitación propia (A room of one's own) en el que Virginia Wolf hace un siglo proponía que para que las mujeres pudieran escribir novelas debían poseer un lugar (físico, mental) y dinero. Todo el género femenino debería leerlo y los hombres también, en lo posible.

¿Cuántos padres, a lo largo de la historia, pensaron en la necesidad de dejar a sus hijas una herencia, un legado educativo, una renta? Podrán decir que hasta hace pocas décadas ellas no podían siquiera disponer de su dinero y sus bienes, ni acceder a la educación superior ni participar en la política, entonces, ¿para qué perder la plata si iban a terminar dedicadas a la casa, los hijos y el marido? Y si tenían la "fortuna" de casarse con un hombre rico que poseyera recursos suficientes para pagar empleadas y niñeras, el papel de ellas se limitaba a la organización de cenas y fiestas familiares, eventos de caridad y todo tipo de actividades, incluso culturales, pero solo como entretenimiento, porque era casi imposible que fueran admitidas como profesionales respetables en cualquier área.

Fue debido a esto que los antepasados dejaron a muchas de sus descendientes femeninas a merced de los maltratos, humillaciones y la violencia del patriarcado -sin mala intención, tal vez solo con una profunda ignorancia-, porque la sociedad así lo determinaba.

Wolf narra que tuvo la fortuna -real o imaginaria- de que una tía le dejara una pequeña renta; otras tuvieron padres adelantados a su época que las educaron como si fueran hombres; por ello algunas pudieron ser libres. Y no, no es victimización, es la historia de casi todas nuestras bisabuelas, abuelas y madres la que nos golpea en las narices.

“Ahora las cosas han cambiado" -dirán los que critican a las mujeres que se quedan al lado de aquel que las ultraja por los hijos, un techo, comida- “las mujeres pueden trabajar, estudiar, ser artistas, doctoras, presidentas". Sí, queridos, después de muchas luchas, pero con más esfuerzo y a un mayor costo, con el riesgo de no poder con todo y de encontrarse con algunos cuantos abusadores en el camino.

Entonces, amigos, amigas: si quieren que sus hijas escriban una novela o un libro de cuentos, o compongan canciones o construyan edificios o puentes: denles un cuarto propio. No se trata de un espacio físico sino de un lugar en el amor, en la autoestima, en la vida. Y dinero, que pueda traducirse en educación, viajes, idiomas, talentos, experiencias.

Solo así tendrán una voz, incluso en estos “avanzados" tiempos.

martes, 12 de octubre de 2021

Mi amigo burgués

 Nació en el seno de una familia trabajadora, sus padres (o al menos uno de ellos) fueron a la universidad, estudiaron una carrera técnica o salieron de uno de esos colegios que formaban docentes o bachilleres comerciales, gracias a lo cual pudieron conseguir un trabajo estable e ir avanzando en sus carreras a medida que estudiaban y ganaban experiencia. Por lo mismo, tuvieron casa propia y pudieron vacacionar -al menos una vez al año-, en su país o en uno cercano en Latinoamérica; incluso ir una que otra vez a USA, por tener familiares allá. 

Supo lo que era tener un carro familiar (tal vez un taxi) primero usado, luego nuevo, no de alta gama pero respetable. El papá le enseñó a manejar o en su defecto el abuelo, un tío, primo o hermano mayor. Por ahora no tiene vehículo porque le preocupa el medio ambiente, por eso usa Uber o alguna otra plataforma (aunque puede que en algunos meses compre un carro eléctrico o a gas, para cuidar el planeta; sus ingresos de más de seis salarios mínimos mensuales -y contando- lo permitirían).

Mi amigo fue a un colegio privado -aunque no era de los más prestantes de la clase- y luego asistió a la universidad pública; pudo terminar la carrera y cursar luego un posgrado. Tuvo acceso a libros, a cine, a cultura, a viajes. Gozó de un buen roce social durante su época de estudios, vivió en un barrio respetable de una ciudad intermedia o de la capital; conoce muy buenos restaurantes, ha probado la comida italiana, española, árabe y últimamente peruana -que está muy de moda-  y ha tomado vino, ron cubano, whisky doce años, vodka malo en la U. (y de buena calidad ahora). Tal vez por eso se cree burgués.

Conoció a los pobres -pero que no la pobreza- desde pequeño, cuando iban a trabajar o a limpiar su casa; sus papás o uno que otro pariente tenían una vena caritativa y en algún momento iban a los barrios a regalar un mercado a una familia que lo necesitaba. Donaron la ropa o los juguetes que no usaban, dieron dulces en el día de las brujas y regalos en navidad a los niños desfavorecidos, cumpliendo con su deber cristiano de dar para recibir; y para agradecer.

Pero los pobres nunca fueron sus amigos, la mayoría de su círculo de infancia y juventud era como él, algunos con apellido más rimbombante y economía más pudiente; ahora se codea con gente de mayor prestigio, hasta famosos, o hijos de papi con maestrías y doctorados en el extranjero, bilingües o trilingües; también ha tenido contacto con los excluidos en su trabajo -que se ha enfocado en lo social-, ha conocido los rostros de la guerra y la segregación, ha escuchado sus relatos, se ha adentrado en sus dramas y ha sentido empatía, aunque no haya vivido lo que ellos.

Su verdadera inmersión a los sectores marginados es solo para proveerse de la droga que consume en sus rumbas: su trabajo con los pobres se limita a eso, al trabajo, y no a vivir entre ni como ellos, ni a soportar el ruido ni la suciedad ni la rudeza de sus entornos. La plaza de mercado se le hace un paseo exótico y una alternativa buenísima para el guayabo, pero para el diario prefiere el ejecutivo de 18.000 con pechuga a la plancha o salmón si es posible, aunque casi siempre tenga almuerzo de trabajo en un restaurante mucho más elegante que eso. Puede que en unas de esas untadas de pueblo tome cerveza en una tienda de barrio, pero por supuesto prefiere las franquicias con alguna palabra en inglés en el aviso de la entrada donde encuentra cerveza extranjera o artesanal -y también le parece muy cool la que es producida por desmovilizados, porque apoya los procesos de entrega de armas y sobre todo es un pacifista-. 

Su pensamiento es "de avanzada": está a favor del aborto, la eutanasia, del Estado laico y en contra de la corrupción; quiere que dejemos de estar gobernados por "finqueros" deshonestos y autoritarios, sueña con un país ilustrado en el que todos tengan acceso a la lectura, a los conciertos, a los museos, al teatro. Odia el totalitarismo "de derecha o de izquierda", a los militares y a los levantados que sufren de "dequeísmo" en sus discursos; le molesta el populismo que promete a todos igualdad (cree que eso nunca será posible); está convencido de que el socialismo y el comunismo fracasaron, de que el libre mercado debe imperar pero con unos mínimos básicos. Le gustan los candidatos con Doctorado, cultos, mesurados, sin discursos veintejulieros.

Mi amigo se considera socialdemócrata porque cree que es la que ha llevado a los principales países europeos a ser las potencias que son (no se ha dado cuenta de que allí cada vez más impera la ultraderecha); para él, el descubrimiento de América nos enriqueció cultural y racialmente (porque nos blanqueó); el cristianismo es la cuna de las más hermosas obras de arte de la civilización; el capitalismo, con todo y sus defectos, es el mejor sistema posible. 

Está cómodo con su vida y no quiere que nada cambie porque, para él, aunque muchas cosas están mal en la sociedad, nada justifica el retorno al atraso y la barbarie.  

miércoles, 8 de septiembre de 2021

El arte de nombrar-se

 Soy obsesiva con el tema del nombre: el de las personas, de las cosas, de todo lo que existe. Fue el tema de mi trabajo de pregrado y me sigue rondando, pero ¿cómo no? Si no hay cosa más humana que nombrar (¿o acaso la gata le pone nombre a sus crías?).

“Todos tenemos algo qué decir de nuestro nombre" escribía una joven yo aspirante a psicóloga hace dos décadas: “si nos gusta o lo odiamos, si era el de algún pariente que no conocimos o del artista de moda en la época en que fuimos concebidos... Nuestros padres al nombrarnos, nos dan verdaderamente la vida, pues antes flotamos en la nada de la indiferenciación; el nombre nos da acceso a lo simbólico del lenguaje".

Recuerdo que hace algunos años mi pequeña ahijada cambiaba de nombre cada semana y pretendía que toda la familia la llamara con el de su momentáneo capricho; pues bien, algunos se molestaban e insistían en llamarla por el nombre que le habían dado sus padres. Yo accedía a sus deseos con gusto pues no creía que esto afectara su identidad, la que estaba, precisamente, construyendo a partir de sus cambios de nombre.

La “marca del amor", para algunos, no tiene nada de democrático, no lo decidimos, se nos sometió a él sin más opciones que amarlo, odiarlo, tolerarlo o, en menor medida, desecharlo (son muy pocos, pero hay quienes hacen el aburrido proceso legal de cambiarlo).

Es por esto, porque soy una estudiosa del nombre, que zanjo la cuestión que a muchos escandaliza y atormenta: la de quienes fueron llamados José y ahora quieren ser Sara y quienes fueron bautizadas Alejandra y ahora se sienten Daniel ¿Por qué no nombrarles como lo desean y no como aparecen en un viejo papel?

A todos los que me pregunten les diría: que se bauticen como quieran, que esta vida es muy corta como para vivir con un nombre que no nos gusta o que cada día nos recuerda aquello que queremos dejar atrás. 

Amémonos en nuestro nombre.

miércoles, 11 de agosto de 2021

Ese

El envidioso, el chicanero, el acomplejado, el avivato; el ignorante, el mentiroso, el arribista, el ventajoso; el violento, el pacato, el hijueputa, el asesino; el inculto, el paramilitar, el traqueto, el embaucador; el rezandero, el interesado, el traicionero, el hipócrita; el receloso, el godo, el narco, el psicópata; el que compra votos, el que elige asesinos; el rata, el malparido, el que se roba elecciones, el que vende hasta a su madre; el brujero, el chichipato, el que se roba hasta un hueco, el goterero; el que come mierda y escupe pollo; el borracho, el violador, el sucio; el que mata animales; el prepago, el pecueco, el vulgar, el pedante; este impune chochal bicentenario tiene cuentas pendientes conmigo desde mi infancia y dudo que algún día se las pueda cobrar. 

miércoles, 21 de julio de 2021

Extrañamiento

¿Qué es la vida sino este constante fluctuar entre realismo e irrealidad, entre la contundencia de levantarse cada mañana con la vejiga llena y nuestra imposibilidad de aceptar que un virus que no podemos ver haya puesto en jaque a la misma ciencia que crea brazos robóticos y transplanta corazones de simio en humanos?

¿Qué es más verídico, lo que nos golpea en la cara o aquello que persiste en nuestra memoria? Como la casa de la abuela, a la que uno cree poder ir cualquier tarde a tomar café y conversar, aunque esté ocupada por otros o ya no exista.

¿No seguimos amando a nuestros familiares que ya no están, como a cada uno de nuestros amores, no importa que se hayan ido o el daño que nos hayan hecho? ¿No permanecen en nuestra memoria y en nuestros sueños, donde aparecen y aparecemos amándolos, tan jóvenes, tan inocentes como solíamos serlo?

Así como el que muere se queda con nosotros, todos aquellos a quienes amamos seguirán siendo amados por una parte de nosotros, porque en ese amado nos amamos, en ese amado fuimos doblemente amados (por él y por nosotros).

En cambio la materialidad de la existencia que se pasea entre nosotros, las miles de víctimas por todo tipo de causas, son aun una especie de fantasía a la que asistimos a través de aparatos que también nos proveen de ficción. Aunque los asesinatos, la guerra y el recién aparecido bicho nos respiren en la nuca, sigue siendo más urgente pagar la cuenta de Netflix o la marca del celular que obtendremos en la próxima quincena: siempre es más interesante ocuparse de nimiedades que pensar en lo importante, especialmente si ellas nos permiten escapar de realidades horrendas. 

Sobrevivimos así, evadiendo, permaneciendo en los delirios de nuestra mente en la que somos las criaturas más especiales del universo, aunque no seamos más que una mota de polvo entre miles de millones... Y es esta desconexión la culpable de que no pensemos en cambiar nada, de que nos quedemos con las múltiples opciones de escape que nos proporciona un mundo en el que todo se puede comprar.

Tal vez lo que no aprendimos del confinamiento es que no necesitábamos viajar por el mundo, sino ahondar en nuestro interior -algo que fuimos incapaces de hacer- aunque, ¿no es cierto que adonde vayamos llevamos nuestros recuerdos y afectos y ellos hacen que seamos como ese Nautilus que navega todos los océanos del planeta sin que las criaturas del mar puedan penetrarlo y a las cuales se observa solo a través de pequeñas ventanas?

No hemos entendido que tenemos un deber como habitantes de este planeta y es solo el de ver la verdad. Es por eso que nos encaminamos tan rápidamente a la destrucción.

Esperemos que la tierra, que no necesita de nosotros y estará mejor cuando nos extingamos, en su sabiduría y magnificencia sepa perdonar nuestro estupidizado e inocuo paso por la existencia.

miércoles, 16 de junio de 2021

Un campo de flores

Creí que me mataría, que ese dolor acabaría con mi vida o lo haría yo misma, porque simplemente no podría  soportarlo. 

Nunca viví algo así, que fuera a la vez un padecimiento y una alegría, una liberación. Fue como me sentí después de ese tan temido abandono: imaginé que es como quien presencia el fin de la guerra parado sobre los escombros humeantes y los cadáveres en su ciudad antes asediada; el alivio de la ya ocurrida destrucción, cuando han cesado los disparos y las bombas, y nada peor puede pasar.

Entendí que puede haber un sufrimiento dulce y una alegría dolorosa -cobró todo el sentido el oximorón y tal vez nunca fue más evidente ni más certero- fue como si el ataque tan esperado ocurriera y arrasara con todo a su paso, pero diera vida a un campo de margaritas, violetas y azucenas, un prado colorido y de suaves aromas perfumando la primavera.

Sí, fue como resistir mil inviernos antes de que saliera el sol, pero ¡Cuánto valió la pena la espera! 


miércoles, 19 de mayo de 2021

Soñar

Llevo un rato observándola dormir, como tantas otras veces. Mi gata se estremece, sus bigotes parecen convulsionar, su boca hace ademán de mamar y pienso en si ella y ellos (perros, gatos, leones, chimpancés) soñarán, si aromas de su infancia podrán aparecer en sus etapas profundas de sueño; si por poseer al igual que nosotros un sistema nervioso desarrollado, habrán de tener consciencia e inconsciencia.

La veo y me hace feliz pensarlo, pero también me compadezco de quienes dicen no soñar (me pregunto si eso será eso posible) pues, ¿habría otra manera de soportar la realidad si no nos hundiéramos cada noche en ese mundo onírico en el que reminiscencias del pasado, amores ya lejanos, personas que hace mucho dejaron este mundo -o nosotros mismos en otras épocas- aparecen, viven, actúan como si fuera una realidad paralela, otra vida de 6, 7 u 8, horas según sea el hábito de sueño de cada uno o de tan solo unos cuantos minutos?

Definitivamente soy una soñadora. Pero no de esas de día, en el mundo diurno soy más bien una escéptica de la vida que no hace planes más allá de unas pocas horas, así que proyectar planes futuros me es imposible. Pero de noche, juro que me transformo en una Sherezada que se cuenta a sí misma historia tras historia y despierta confundiendo sueño y realidad, al punto de que ha sido común a lo largo de todos estos años dudar de si algo lo viví o lo soñé. 

Tantas veces no he estado en mis sueños, tantas veces soy solo una espectadora de lo que hacen otros a quienes nunca conocí, que he llegado a creer, en contra de mi propia razón, que existe la reencarnación y he vivido muchas vidas, de las cuales esta es solo una más.

Tendría que agradecer a mi inconsciente por permitirme soñar tanto, sé que si mi vida no fuera cada noche un alistarme para la aventura de soñar, no habría podido tolerar el mundo real.

Por eso en tiempos aciagos, como lo son todos, nos y me deseo bonitos sueños.

domingo, 2 de mayo de 2021

Radiografía de un país macabro

 El nombre ya es un mal chiste, Colombia, en honor a Columbus -no el genial detective de la serie de los ochenta, sino el descubridor, ese italiano perdido e ignorante que creía haber llegado a las Indias-. Todo indica que nos enorgullece ser oprimidos, arrodillados desde chiquitos, lambones, pusilánimes, complacientes.

Desde allí todo fue mal; dicen que antes de las tres carabelas los nativos vivían en paz -excepto cuando se enfrentaban con otras tribus, y se mataban, bebían la sangre de sus enemigos y robaban sus tierras, a sus animales y a sus mujeres-. No nos consta, nada sabemos de la conquista hacia atrás, es como si ese 12 de octubre de 1492 hubiera borrado la historia de nuestros antepasados.

Lo demás, está lleno de versiones acomodadas de unos, que añoran haber seguido siendo colonia española (esos arrogantes chapetones ahora no nos pedirían visa para ir a la Madre Patria) y otros que lamentan no haber sido la gran nación latinoamericana que soñaba el Libertador (un camello si pensamos en lo difícil que hubiera sido poner de acuerdo a tantos y tan diferentes).

Lo único cierto es ese transitar común por la historia cobijados por el respeto a las formas de una gente de bien -que para ser tan poca tiene mucho poder- y sus implacables sentencias ejecutadas limpiamente (sin dejar pruebas, sin investigaciones efectivas como los asesinatos de Gaitán, Galán, Pizarro, Garzón y un largo etcétera) por los esbirros de siempre, unos miserables iguales de pati sucios a aquellos a quienes suelen perseguir y masacrar (el pueblo contra el pueblo), sólo porque creen que sirviendo a los ricos van a ser como ellos (es por eso que llevan con orgullo sus uniformes y se dejan condecorar con sus medallas de mentiras). No lo saben, pero nunca van a ser como ellos, aunque vivan en sus barrios y ostenten carros más lujosos que los de sus patrones: aquí la élite nunca se rebajará al nivel del vulgo y vulgo es cualquiera que trabaje una hora más que ellos, que nunca lo hicieron ni lo harán, si es que el sistema los sigue manteniendo intocables.

Esta tierra cruel, regada por ríos de sangre, ha visto morir a cientos de jóvenes y mujeres, ancianos y niños sin inmutarse, mientras empina una botella de whisky malo y escucha alguna música violenta y ramplona. Este pedazo de patria no ofrece un atisbo de esperanza a los que nacieron entre casas de lata y piso de tierra, la movilidad social, el ascenso, existen solo para unos pocos que se atreven a meter en un cajón su dignidad; brilla el sol para quien traiciona su clase y a sí mismo. El resto perecerá en la más pura y diáfana ignominia.

Y aquí estamos, tratando de buscar entre la sangre y la mugre, entre el traqueteo de los disparos, las historias de masacres, el ruido estridente de los vecinos, algo de esperanza. Mientras muchos se escandalizan por algunos vidrios rotos y paredes pintadas y se solidarizan con la clase que los oprime (los jefes, los dueños), otros dejan su vida en el pavimento de alguna ciudad intermedia, en la sala de su casa, en una carretera rural o en la montaña, por un ideal de igualdad que nunca llegará y hará parecer que no sirvió de nada.

Pero todo indica que sí servirá y se anuncia un tiempo en el que esos que se sientan en el club a reírse de los guisos; esos que han sido protegidos por más de 200 años de un juego de ping pong macabro con el poder entre rojos y azules -que aparentan ser distintos pero son los mismos-; ya no van a tenerla tan fácil contra unas "hordas" que responden más a una publicación de menos de diez palabras de su influencer favorito que a un discurso politiquero de dos horas: algo cambió y hoy la realidad se nos hace un poco menos mezquina. 

Y de paso, que caigan todas las estatuas que tengan que caer.

jueves, 1 de abril de 2021

Los libros y la lectura

 Una de mis mayores ocupaciones durante este tiempo de pandemia ha sido la lectura; poniéndome al día con clásicos como La Odisea, Veinte mil leguas de viaje submarino o Madame Bovary, he logrado sacarle el cuerpo a la angustia y evadirme de una realidad que ha producido tanto sufrimiento a una gran parte de la humanidad.

He contado esta historia muchas veces, mi hermano y yo empezamos a leer desde pequeños aun antes de que en el colegio nos obligaran a hacer reseñas sobre García Márquez y sin que nadie nos empujara a ello. Había libros en la casa y no existía la televisión por cable (mucho, pero muchísimo menos el internet), así que leíamos para no aburrirnos y porque era más divertido que hacer tareas (claro que en nuestra época eran muy pocas y sencillas, se podían hacer en la primera hora de clase antes de que llegaran los profesores).

Mi mamá compraba muchos de ellos a través del catálogo del “Círculo de lectores", que era poco dado a los clásicos y más enfocado en los de suspenso de Agatha Christie o Jack Higgins o en novelas románticas con títulos como Tierna furia de amor o Miedo a volar. Antes de cumplir nueve años yo había leído la “saga" de Flores en el ático (Pétalos al viento, Si hubiera espinas, Cenizas del ayer) y aunque ahora mismo no la recomendaría a alguien de esa edad, podría asegurar que ha visto cosas peores en televisión o internet.

Mi hermano también leía las historietas de vaqueros que encontraba desparramadas en el cuarto de mi tío materno y de paso la revista Vea y supongo que una que otra pornográfica. Pero nunca leímos para presumir, eso ni siquiera se nos pasaba por la cabeza; vine a saber en la universidad que la gente se reunía a hablar de los libros que había leído, haciendo con ello gala de su erudición (y por supuesto, ninguno de los que mencionaban en esas tertulias me sonaba conocido). Ese descubrimiento me hizo sentir como una completa ignorante.

Me sigue sorprendiendo que la gente utilice la lectura para discriminar o sentirse superior, aunque tampoco entiendo cómo a algunos les parece aburrido seguir una historia, imaginarse personajes y lugares desconocidos; ¿cómo hacen para no sentir la curiosidad de sumergirse en esos mundos de fantasía y experimentar la nostalgia cuando nos despedimos de un libro que nos acompañó durante semanas, meses o incluso años? Transmitir esa sensación sigue siendo imposible, porque, como reza la frase que le atribuyen a Borges, ¿cómo se obliga a alguien a ser feliz?

Lamento que esa felicidad la conozcan cada vez más pocos; me aterra también que en el mundo de las letras, como en todo, haya tanta basura disponible para consumir; siento mucho que nos leamos a más teóricos y a más literatos, pero sobre todo me entristece que, contrario a mi deseo y el de muchos, no sea la lectura tampoco lo que vaya a salvar a nuestro ya condenado mundo.

viernes, 26 de marzo de 2021

Ella

 Si me preguntaran a quién necesité y siempre estuvo, diré que Ella.

Nunca envejecieron su sonrisa ancha ni su andar cadencioso. 

Nunca dio la espalda a quienes acudimos a su puerta en busca de un regazo en el cual volver a ser niños.

Nunca su hombro se rehusó a enjugar nuestras lágrimas.

Su trajinar por la cocina fue consuelo para quienes ansiábamos, no sólo los frutos de su sazón, sino sus palabras sabias.

Si alguien pudo odiarla -lo cual pongo en duda- fue sólo porque envidiaba su gracia y el amor que todos le hemos tenido.

Ha sido más cómplice que cualquier persona de mi edad -a cualquier edad-.

Siempre nos dijo que sí a todos. ¿Sabía exactamente lo que necesitábamos oír, por eso tuvo a flor de labios las palabras correctas?

¡Qué sorprendente ángel moreno y con garbo nos regaló la vida!

¡Qué verdadera mamá gallina de todos estos pollitos necesitados de afecto!

Eres y serás inmortal, Carmen Victoria.

sábado, 27 de febrero de 2021

De la muerte y sus lecciones

 Escribir para otros puede ser una gran frustración: sentirse insatisfecho con las palabras que quedan en el papel o en la pantalla, pensando que no se alcanzó a decir lo que se quería o de la manera en que se deseaba; la poca retroalimentación de quienes leen o la a veces negativa por parte de aquellos que, a juicio de quien garabatea las letras, no están lo suficientemente autorizados para hacerla, pues nunca han escrito una frase en su vida; las lisonjas poco objetivas de los seres queridos y en fin, la auto crítica implacable, pueden ser un duro obstáculo para quien se atreve a compartir sus textos. Que en últimas se lance a hacerlo debería ser, si no ponderado, al menos reconocido como un signo de valentía.

Y, ¿cómo hablar de la muerte, compañera fiel de nuestra vida y escritos sin que, como dice Silvio Rodríguez “se haga sentimental, fuera de la vanguardia o evidente panfleto"? ¿Qué decir sobre la parca más allá de lo que ya bellamente expresó Akenatón -siamés protagonista de La historia de La humanidad contada por un gato-: “estremece a los hombres pero para mí no es nada porque, mientras existo, ella no existe, y cuando ella existe, yo ya no soy"?

Hace unos años un líder indígena perdió su batalla contra el famoso virus y al enterarme de la noticia lo recordé tan vital en medio de una reunión y en plena mesa de personajes ilustres engullendo un caldo que parecía ser de pescado, quien hablaba -de pie en ese momento- y los que permanecían sentados trataban de hacer caso omiso y poner cara de circunstancias mientras él chupaba ruidosamente lo que parecía ser un hueso o la cabeza del provechoso animal...

Es la vida. Quien estuvo tan vivo, un sábado -para mí el día más vivo- murió. También mi abuelo, quien partió unos meses después, se despedía la última vez encargándome pan y dulces, estando seguro de que nos volveríamos a ver. 

¿Debería angustiarnos como lo hace si la tenemos tan cierta, tan insobornable, tan inesquivable? ¿Se emparentan más con ella quienes traicionan su propósito de vida, ese anhelo personal que los demás sólo posponemos y hacen lo preciso para apresurarla? ¿Tendrían que estar más tranquilos quienes creen en Dios y en la eternidad que quienes, aunque hemos intentado develar sus misterios y acercarnos a él, aun no acogemos su mensaje más que de forma aproximativa, cautelosa? 

¿Quién o qué nos libra más de la muerte que vivir con derroche, con fruición, sin temor a atragantarnos con el aire que debería penetrar profundo en nuestros pulmones?

Esa enseñanza me dejan ese líder indígena y mi querido nono: cada día, hoy más que nunca, precisamos vivir.

martes, 26 de enero de 2021

¿Sabemos amar?

Últimamente, y ante el número creciente de conflictos en los hogares y relaciones por causa del tiempo que hemos debido pasar confinados, es imposible no preguntarse ¿cuántas de nuestras relaciones son motivadas  por sentimientos puros y no por deber y obligación, entre otras causales? Es decir ¿Cuánto de ese amor es real, genuino y no responde a presiones sociales?

Creemos que amamos -y esto no es un invento, está soportado por investigaciones científicas-, porque sentimos atracción sexual, porque sobrevaloramos el concepto de pareja de la novela romántica o nos atrae lo que el otro refleja de nosotros y cómo nos hace sentir; nos unen a nuestros seres queridos los ideales de la familia feliz, el cuento de la armonía parental; a nuestros hijos la exaltación de la paternidad, los machacados “madre no hay sino una" o “los hijos son la prolongación de la existencia"...

Pero en resumidas cuentas no amamos, nos quedamos en un lugar seguro que puede volverse nuestra prisión o incluso nuestra sepultura solo porque la sociedad agrícola se fundamenta en el establecimiento de hogares permanentes (ya no vamos, como nuestros antepasados cazadores-recolectores de un lado al otro tomando lo que la naturaleza nos brinda: ahora cosechamos y debemos cuidar nuestros cultivos, no importa si no sembramos nada de manera literal). Tantos matrimonios han permanecido juntos por prescripción social, por temor al escándalo, a la soledad o simplemente a lo desconocido. Muchos dicen amar a sus descendientes y a veces no les procuran el más mínimo cuidado o atención; cuántos hijos permanecen al lado de sus padres hasta la ancianidad porque lo consideran un mandato divino o se ven empujados por circunstancias familiares o necesidad... Y ahí, ¿dónde está el amor?

Tal vez existan los amores de verdad: algunas amistades entre personas del mismo o diferente sexo son amor puro; el de muchos y muchas hacia sus mascotas trasciende los sentimientos que expresan incluso hacia sus propios familiares; hay tíos y tías que darían la vida por sus sobrinos; y una gran cantidad de padres y madres sienten hacia sus hijos uno sincero, no sólo el que responde a una responsabilidad adquirida...

¿Cómo reconocerlo? Me atrevo a lanzar algunas de sus principales características (espero que no parezca sacado del texto bíblico I de Corintios, aunque puede que tome cosas de allí): el verdadero amor no es egoísta, quiere el bien y la felicidad del ser amado por encima de los propios deseos y prejuicios; no busca cambiar al otro para complacerse, no lo retiene ni lo obliga, no lo maltrata; se demuestra con pequeños y grandes actos, con lealtad, con servicio, entiende y atiende las necesidades del o la amada; puede reconocerse, sabe cuándo no es y cuándo debe renunciar e irse; pero ante todo, el que ama primero se atiende y es leal a sí mismo. Esta es la primera condición para amar de manera sana a otros.

Deberíamos pensar si amamos realmente, pero, fundamentalmente, sería una buena idea comenzar a hacerlo.



Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...