martes, 31 de enero de 2017

Duelos

Tenemos la mala suerte de vivir en un país marcado por la Violencia, por una con V mayúscula y por muchas otras menos sonoras; un país que ha evadido hacer sus duelos, que ha pasado de una época atroz a otra sin siquiera haberse detenido a elaborar; un país, por tanto, con una salud mental de mierda.

Alguna vez, después de un buen rato de estar hablando con un adolescente sobre el tema, tuve, por fin, la brillante idea de preguntarle ¿sabes lo que es el duelo? Y él, algo dudoso -tal vez porque no le veía ninguna relación con lo que yo había estado hablando-, respondió: “sí, es cuando dos personas se citan para pelear". Una vez más, pensé, los psicólogos y esa patética costumbre de creer que todos saben de lo que estamos hablando.

La vida es un constante duelo, decía mi profesor de prácticas: por los seres queridos que se han ido, porque mueren o simplemente desaparecen; por nuestro cuerpo que muta constantemente; por los lugares que dejamos atrás; por los buenos momentos que nunca volverán a repetirse; duelos hasta por lo que no fue. Y la vida es, también, la manera como los resolvemos.

Si algo he aprendido de ellos es que los vives solo, son tú y tu pensamientos inmersos en esa marea de emociones, ideas, recuerdos... Es por eso que nadie vive un duelo exactamente de la misma manera que otro, nadie puede decirte cómo superarlo, nadie puede saber lo que sientes y hasta el más comprometido en ayudarte o acompañarte tarde o temprano se cansará, porque sentirá que no quieres hacerlo, o simplemente creerá que estás tardando demasiado.

He pasado gran parte de mi adolescencia y toda mi vida adulta de duelo en duelo por culpa del amor; ya en este punto me siento cansada de añadir nombres a mi prontuario, de que al final nada quede -más allá de las “experiencias"- y todo porque en algún momento, como una impronta, se me quedó grabada en el inconsciente la idea de que el amor era lo más importante.

De haber sabido lo inútil que era, no habría perdido tanto el tiempo y mi historia sería otra: más feliz, más productiva. Espero que las nuevas generaciones de mujeres puedan dar vuelta a esta estúpida torta y se emancipen del amor. Al menos del romántico, no del que delira por la vida, por los otros, por el universo.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Viaje por Venezuela

Llegué asustada al puente Simón Bolívar que comunica Colombia con Venezuela, los rumores de que la cosa estaba fea pululaban, eso sí, el flujo de gente que iba y venía de uno al otro lado -a pie- era abundante. A lo largo del puente varios se ofrecieron a llevar las maletas en carritos de mercado por 5 mil -a estas alturas no sé si pesos o bolívares, diferencia importante-; decidí echar a andar con la mía a cuestas mientras cuadraba con un taxista que se ofrecía  a llevarnos hasta el terminal de San Cristóbal por 2.500 Bs cada uno, cuando otros pedían 5.000. Mintió cuando dijo que el carro estaba a dos cuadras, caminamos más de cinco hasta llegar a él, un Malibú viejo que suele ser utilizado en estos menesteres y, entre otras cosas, para transportar gasolina. Nos embarcamos, el viaje se hizo placentero, con poca cola y sólo tres pasajeros -nosotras-, más el chófer. 

Llegar a San Cristóbal -bastión de la oposición- y dirigirme a almorzar después de haber asegurado el pasaje hacia Caracas fue una agradable sorpresa: en la plaza de mercado había de todo, verduras, carne, pollo, la famosa harina pan, aunque a precio colombiano, 4.500 Bs., azúcar, aceite, harina de trigo, entre otros; había pan en todas las panaderías; caro sí, pero había. Curiosamente, el viaje que estaba planeado para las 4 de la tarde salió a las 5 y 45, tuvieron que embarcar en un sólo autobús a los viajeros de las 3, 4 y 5 de la tarde, algo inusual por estas épocas, lo cual consideré un mal presagio; noté que los precios habían aumentado considerablemente, el almuerzo nos costó 3.500 Bs., cuando la última vez que vine a Venezuela (en 2014) se conseguía uno bueno en 170. La arepa en una de las paradas costó 2.500 y por el café grande -sin leche- nos pidieron 1.000, cuando anteriormente costaba 35; otro inconveniente tuvo que ver con la falta de disponibilidad de los puntos de pago con tarjeta, alrededor todos contábamos fajos y fajos de billetes, aun así logramos cenar, volver al autobús y despertar a las 5:45 a.m. cuando ya entrábamos a mi amada Caracas, que nos recibió perezosa, con su olor a café y sus ranchos en las colinas, con sus autopistas... ¡Vaya que sigue siendo linda la condenada! 

Llegamos bien al Este, una zona "bien", aunque este al lado de la populosa barriada de Petare, vi dos pequeñas colas, una normal y otra de personas de la tercera edad "¿qué están vendiendo?, no se sabe, la gente viene a ver qué hay, seguro hoy les toca a su número de cédula"; una hora después ya no había cola. Los motochoros estaban de descanso, no vi ni uno, "parece que a esta hora se van a dormir después de su jornada de trabajo" dijo mi hermano. Nos recibió una montaña de hayacas, un pollo relleno y un pernil de cerdo a punto de entrar en el horno. Camionetas con verduras, huevos y de todo para preparar las hayacas estaban parqueadas al lado del andén; música en la panadería, esta a rebosar de gente comprando el pan de jamón. "¿Dónde diablos está la crisis? Creo que, como el comercial chibchombiano, estoy en el lugar equivocado, debí irme para el 23 de enero... Pero si estos burgueses son los que más se quejan, la verdad no entiendo nada..."

Para completar la decepción -pues me dijeron que estuviera preparada para entrar a Alepo, sin los bombardeos-, mi cuñada llega con una caja de panetonnes y otra de aceite de oliva, 16 regalos para mi sobrina incluidos una bicicleta y un televisor de 39 pulgadas, un dron... ¡Pero qué coños! Creo que me equivoqué de país o de noticieros, más bien espero sobrevivir a esa comilona, en Colombia hubiese tenido que conformarme con rebanadas de jamón de pavo de zenú y ensalada de papa con mayonesa... 

¡Qué diablos, relajarse y disfrutar de esta miseria, de esta porquería de revolución! Y felices pascuas.  

domingo, 11 de diciembre de 2016

Mutismo selectivo

El silencio de una profesora de los Andes sobre el caso de Yuliana Andrea Samboní

Suceden cosas horribles en este mundo. Suceden cosas horribles en mi país. Hemos visto en el transcurso de muchos años homicidios, masacres, descuartizamientos, violaciones y empalamientos. Acabamos de pasar una semana plagada de noticias cada vez más escalofriantes sobre el rapto, maltrato, abuso sexual y asesinato de una niña indígena desplazada de 7 años, al parecer, perpetrado por un individuo perteneciente a una familia prestante. Los detalles son aberrantes. La rabia y el afán de venganza expresada en el muro de lamentaciones en que se han convertido las redes sociales no se ha hecho esperar.

En el trasegar por mi página de facebook tropiezo con un estado que dice: "A los colombianos se nos va la vida de indignación en indignación". Nada más cierto y también el que nos sintamos aliviados sólo por el hecho de expresarla sin pensar siquiera en que algo debe hacerse para que esto no siga sucediendo. No nos pasa por la cabeza que las cosas deben cambiar. Que todos debemos hacerlo.

Entonces yo, una de esas tantas indignadas, desde hace un buen tiempo me he convertido en hincha furibunda de una mujer fuerte, aguerrida, a quien no le tiembla la mano para señalar, desde su facebook, la ignorancia, el machismo y la bajeza que nos caracterizan como sociedad. Esta mujer, de nombre Carolina Sanín, entre otras causas defendió como la que más el Nobel de Literatura entregado a Bob Dylan e insultó a todo el que se atreviera a contradecir las decisiones del Comité, atreviéndose a tildar de "parido por el ano" (aunque luego se enredara tratando de negarlo) a uno de los huérfanos más ilustres de esta guerra nuestra: el señor Héctor Abad Faciolince.

Pero, para mi sorpresa, mi heroína ha guardado un silencio sepulcral (frase que tildará la susodicha de lugar común si algún día se dignara a leer este humilde escrito) sobre el caso de Yuliana. Desde el 4 de diciembre me he dedicado a revisar con atención su perfil y nada; ahí están sus reflexiones profundas sobre cosas importantes, como la última película de Oliver Stone; frases inteligentes de quien debe ser su alter ego masculino, el poeta maldito (bautizado así por mí), Girolamo Vico Acquanera, de quien desconozco si sea un personaje real o ficticio, mi ignorancia supina en casi todos los temas del mundo me impiden saberlo.

Al principio creí que se trataba de un tema muy doloroso para ella como para ventilarlo en un estúpido muro de facebook, pero recordé que es una auto declarada feminista y que hace un par de semanas denunció un caso de acoso contra ella misma por parte de una página de matoneadores habituales en estas redes, exigiendo a las directivas de la universidad en la que es profesora a pronunciarse y rechazar de manera contundente la publicación de unas fotos suyas, una de ellas alterada para que apareciera con un ojo morado, demanda a la que me sumé por considerarlo un acto violento y degradante; y de pronto pensé: ¿no será amiga o conocida de la familia o del mismo imputado? ¿No pertenecen ambos a la élite colombiana, esa que tiene acceso a las mejores universidades del país y del extranjero? ¿Hará parte del círculo de amigos y familiares del presunto asesino que han decidido hacer un pacto de silencio para no contribuir a dañar aun más su ya maltrecha imagen?

No pretendo con esto acusarla y menos contando con el único argumento de que, por pertenecer ambos a una clase privilegiada, deban conocerse o tener alguna relación; sólo pretendo expresar mi decepción ante lo que para mí es un abandono por parte de una de las grandes luchadoras por los derechos de la mujer en nuestro país. Espero que nunca llegue a leer esto, porque estoy segura de que sus críticas girarían entre otras cosas, en torno a mi pésimo uso del gerundio, tema en el que suele ser un poco reiterativa. Aun así, pienso correr el riesgo. Al fin y al cabo la señora Sanín es también una abanderada de la libertad de expresión. ¿O no, Carolina?



domingo, 4 de diciembre de 2016

Revelaciones

De pronto, esta pitonisa de la calamidad despierta llena de certeza, aunque se haya acostado deseando abrir los ojos diez años después, con los muertos de la posguerra ya contados para no tener que vivirlos cada día desde un lugar distinto, con un rostro, una edad, un nombre y una historia de lucha particular, terminados igualmente a bala en una calle cualquiera de esta tierra salvaje.

Esta rapsoda de la tristeza sabe que esas familias están llorando a su ser querido, pero ella los padece a todos y arrastra su duelo perenne; porque aunque diga odiarla, ama esta tierra exhuberantemente bella y tan perversa como una Lucrecia Borgia con alpargatas y sombrero vueltiao; sobre ella ha sido groseramente feliz y amada, sus sabores y olores han deleitado aun sin quererlo cada uno de sus sentidos y esa savia deliciosa y maldita recorre sus venas y habita en su saliva, se transpira en su sudor y sale por sus desechos, volviendo a entrar cada día con cada respiración, con cada mirada aterrada y candorosa que lanza a cada macabro ser que habita su camino.

Esta vestal de la tragedia, esta hechicera sin magia, esta profetisa de la obviedad ha dejado de creer en un tiempo pasado mejor, ha dejado de añorar una época bucólica que nunca tuvo lugar: ha empezado a repudiar la edad en que los niños se morían como moscas por falta de vacunas y en que hombres y mujeres iban a su aire, esparciendo sus descontrolados pelos y olores; le ha dado la bienvenida a los teclados y a las pantalla, a los venenos de distintos colores y sabores, a la destrucción y el hartazgo que traen consigo, porque el mundo debe ir siempre hacia adelante aunque allá nos espere el precipicio, aunque ya no veamos nunca más águilas calvas ni osos polares. 

Porque nada es y será mejor que recorrer el camino e ir volando feliz hacia la muerte, y tampoco es tan cierto que los humanos de antes fueran más sabios y más cultos que estos pequeños ignorantes de 6 años, genios de la electrónica y de los mass media. Porque los de antes también mataban y comían del muerto y violaban mujeres y las empalaban y creían en brujas y luego las quemaban, para quedar bien frente a su pastor con pantalón o sotana.

Ya esta sibila de a peso se cansó de luchar contra una corriente que no se detiene aunque vaya por el camino de la destrucción más abyecta y letal: comprendió que para que el humano viva los demás seres deben ser sacrificados, pues su existencia es tan egoísta y voraz que no permite espacio para que otros animales o bosques o ríos sobrevivan, aunque de ellos coma y beba y respire.

La última voluntad de esta sacerdotisa sin labia es que esta injusta esperanza, este fatalista optimismo sean respetados por los nostálgicos de la lavada a mano y de la luz con velas: nunca pertenecimos a ese tiempo, pertenezcamos al que, por capricho de la diosa Fortuna nos ha tocado en suerte. 

Y sigamos destruyendo, que el mundo renacerá sin ayuda de nosotros cuando ya no estemos.


martes, 22 de noviembre de 2016

Un lugar en el mundo

Pareciera que no hay lugar en este mundo a donde ir sin sentirse amenazado. Si nuestros antepasados iban de un lugar a otro buscando alimento, huyendo de las fieras, ahora huimos de los crímenes perpetrados por seres de nuestra misma especie. 

Los estados -con pocas excepciones- han fracasado en su función de garantizar la seguridad de los ciudadanos, aunque hace eones ya ni se esfuerzan por hacerlo: las incursiones a la vida política cada vez tienen razones más lejanas y distintas a la de servir a la causa del pueblo, en la mayoría de los casos se busca sólo el lucro personal o la fama y la grandeza, pasar a los anales de la historia.

¿Cómo vivir, sabiendo que nadie puede protegernos de todo lo que atenta contra nuestra integridad, tanto emocional como física, de tantas maneras? ¿Es por eso que buscamos nuestra felicidad en drogas, alcohol, entretenimiento, vídeojuegos, viajes y compras, muchas compras? Salimos a la calle y es muy probable que alguien intente agredirnos, violentarnos; el aire que respiramos está viciado y nuestra comida envenenada y, ¿por quién? ¿Son los tiburones y las ballenas quienes contaminan los mares con hidrocarburos, con todo tipo de desechos, con plástico? ¿Son los tigres y los elefantes quienes talan las selvas y los bosques? ¿Son los pájaros los que vierten a nuestra atmósfera miles de millones de partículas dañinas?

Sabemos la respuesta, lo cruel es que quienes criticamos a ciertas religiones por considerar al humano como el ser superior por supuestamente estar hecho a imagen y semejanza de la divinidad y por consiguiente ser el amo de la naturaleza, debemos reconocer que si en algo se ha destacado esta especie es en su infinita capacidad para la destrucción, incluso de algo tan maravilloso y monumental como este hermoso planeta, ese "punto azul pálido en el espacio", como decía Carl Sacan.

Dice Francisco, el Papa: "son los comunistas quienes piensan como cristianos"; desafortunadamente, los sistemas creados por humanos son imperfectos y corruptibles y el capitalismo ha hecho bien su trabajo de desprestigio de todo orden que no favorezca el libre mercado: ya no hay nada en el mundo que no tenga precio, que no pueda ser comprado, hasta la dignidad. Si los sistemas han fracasado y muchos gobiernos han caído (algunos no por su incompetencia sino por lo contrario, por querer hacer las cosas de manera correcta) ¿qué nos queda? ¿La movilización social, la indiferencia, confiar en la nueva -o vieja- generación de tecnócratas?  Y ante una arremetida del neo conservadurismo y los extremismos que nunca se han ido ¿podremos tener esperanza?

viernes, 28 de octubre de 2016

Viejo Mundo

No me engañas, viejo mundo, aunque intentes parecer moderno y sofisticado: 
veo patéticos tus cuerpos deformes, tus rostros inexpresivos, tus genes alterados; 
tus enfermedades catastróficas.

Sigues siendo el mismo que quemó herejes, que masacró niños y ancianos; 
sigues odiando a las mujeres, a los maricas y a los negros; 
asesinando a los nativos, rechazando a los extranjeros.

No logras embaucarme con tu tecnología inútil, tus comunicaciones rápidas, tus noticias inventadas; 
ni con tus líderes egoístas, tus mercachifles religiosos, tus ídolos de silicona, tus aviones y cohetes.

Eres un viejo cada vez más sediento de muerte, pontificas sobre todo, quieres que todos compremos tus manuales sin sentido;
destruyes toda forma inocente de vida, castigas a quienes se te oponen; 
matas, cada día, a quienes te aman.

No quiero tu moda ni tus reglas, desprecio tus discursos y tus derechos inhumanos.

Sólo puedo esperar que algún día, por fin, desaparezcas.

sábado, 15 de octubre de 2016

Maldita igualdad

Tantos años de evolución, tantas décadas de emancipación y seguimos siendo violentadas: hasta por nosotras mismas.

Ya se ha dicho que la liberación femenina solo sirvió para esclavizarnos más, para permitirnos entrar en el competitivo mundo laboral, en la política, los deportes y en todos los campos, sí, pero solo con relativo éxito; porque estamos siempre en falta, nos hacen sentir inferiores pagándonos mucho menos, siendo miradas con desconfianza porque nuestras "particularidades" hormonales hacen temer de nosotras descargas de emocionalidad inexplicables y hacen dudar de que seamos tan capaces y estemos tan preparadas como ellos para ejercer estas actividades.

En cuanto a lo físico, dicha liberación solo transformó nuestra anterior celda, porque todavía nos ata la belleza: se nos sigue exigiendo vernos atractivas, tener un look adecuado y para ellos nos venden un montón de productos; seguimos teniendo que depilar nuestro bigote, piernas y axilas y se nos juzga si estamos pasadas de peso, ¿o acaso hay un comentario equivalente en el género masculino sobre el gordo de cara bonita que podría verse mejor si tuviera la voluntad para adelgazar? Lo dudo. El hombre, excepto por su deber de ser macho, puede permitirse muchísimas más libertades, y estoy segura de que no hay una mujer a la que no le hayan dicho que podría verse mejor si se hace tal o cual retoque.

Algunos se atreven a decir que no deberíamos limitarnos, que por qué no podríamos salir solas a altas horas de la noche o ir por un barrio peligroso; cómo decirles que no es lo mismo que una de nosotras se suba a un bus vacío que si lo hace un varón, o que no es injustificado tener miedo de pasar por un callejón oscuro, ¿de verdad consideran que la limitación está en nuestra mente, que el peligro es inexistente? No lo pueden saber, no entienden que no somos nosotras las culpables de convertirnos en víctimas -están convencidos de que gozamos victimizándonos-, ¿Cómo pueden afirmar que disfrutamos siendo violadas y asesinadas o que tenemos la culpa por vestirnos de cierta manera o tomarnos unos tragos?

¡Cuánto dolor causa cada mujer muerta a manos de quien debería haberla cuidado, amado! Y cuánto duelen los comentarios revictimizantes: ¡pero qué estúpida! ¿por qué no lo dejó? No lo dejó por muchas razones, a veces por haber escuchado toda la vida que una debía conseguirse un marido para ser feliz, para luego de hacerlo y comprobar que es un grandísimo hijo de puta, y ante la necesidad de alguien que nos comprenda, nos salgan con un:"no mijita, usted ya tiene su hogar, tiene que luchar por él".

¡Cuántas muertes se habrían evitado si muchas no fueran expulsadas de sus hogares paternos, porque a veces no son ellos, ¡es la familia, es nuestro entorno cercano, es la sociedad quienes nos clavan el puñal, disparan las balas, empujan el palo que nos empala! ¡Todos esos padres y madres machistas y misóginos para quienes siempre seremos el error que llegó en vez del ansiado varoncito! 

Gemir = vivir

  Tantos gemidos como personas en el mundo los he escuchado de todos los tipos unos suenan como lamentos  otros como suspiros hay unos de ha...