jueves, 18 de julio de 2019

Renunciar a la vida

Hace algunos meses una novia de adolescencia de mi humano se suicidó. Lo vi llorar como un niño y quejarse de haberla plantado pocas semanas antes de su muerte ¿Qué le quería contar en medio de ese café que le había invitado? ¿Habría servido de algo consolarla, darle ánimos, decirle que la vida siempre tiene algo mejor para dar? Es imposible saberlo pero, de paso, deseé que algún día llore igual mi muerte. 

No sé por qué a todos los de su especie les causa tanto asombro, tanto shock eso que llaman suicidio, como si no fuera la cosa más sensata de hacer ante las agresiones de este mundo que ellos mismos crearon. Pensar en lo solos que están, en lo superficiales y transitorias que son sus relaciones -y no de ahora, de esta era de pantallas y apariencias, de siempre, en todas las épocas y lugares-; es así el humano, gregario pero solitario por naturaleza ¿Es que su capacidad de pensarse a sí mismo lo aísla, cosa que no es problema de otras especies? Es evidente que son los únicos en padecer la soledad, a otros seres vivos -incluyéndonos a los gatos- parece no causarles sufrimiento...

Y luego, esta sociedad que se inventaron e instaura paradigmas que les dañan la cabeza; que los vuelve guiñapos al vaivén de las circunstancias, de la moda, de los otros; entonces van a terapia y se quejan porque se sienten inseguros, poco atractivos, viejos y obesos y se aferran a otros de manera malsana, aunque los maltraten y hasta les destruyan la vida; después pretenden no volverse mierda cuando terminan relaciones en las que eran vulnerados y despreciados, de las que no se podían librar por temor a quedarse  solos y creerse demasiado poco, aunque el otro fuera una basura maltratadora y egocéntrica.

Les sorprende sentirse fracasados por no conseguir un empleo, aunque no sea de su agrado y esté mal pago, porque se inventaron una noción de éxito que significa tener mucho dinero para gastar. Les aterra que una madre se lance con su hijo de un puente y se sienten con derecho a juzgarla, cuando su sufrimiento tuvo que ser tanto que no quiso irse sin asegurarse de que su criatura no viviera lo que ella...

¿Cómo pueden dormir tranquilos viendo morir a tantos jóvenes, a tantos niños y niñas, a tantos padres, madres y ancianos, a tantos animales desaparecer, tantos bosques y selvas arrasados, tantos ríos contaminados o reducidos a charcos nauseabundos? 

Perdónenme señores, sé que poco entiendo de sus códigos y reglas, pero no dejo de preguntarme ¿qué esperan de un mundo que sólo los violenta más que pensar en abandonarlo?

sábado, 6 de julio de 2019

“Si tengo que esforzarme, no es lo mío, no me interesa". Diario de un gato

Soy un gato adulto, hembra, para más señas, aunque evito usar la palabra gata -que los humanos han hecho peyorativa usándola con propósitos ofensivos hacia las hembras de su especie-.

No siempre fui un felino, sé que tuve muchas vidas aunque no las recuerdo todas, pero estoy segura, por ejemplo, de que hace muchos soles atrás fui un aristócrata. Recuerdo levantarme a cualquier hora del día cuando los criados abrían las cortinas, desayunar en una linda terraza con café y tostadas escuchando noticias sobre mis lejanas propiedades y llevar una vida dedicada a los negocios, el arte y las grandes fiestas y tertulias en la corte de algún rey. Solo debía preocuparme por no caer en desgracia con el soberano de turno y administrar los bienes heredados para que no desaparecieran y mis descendientes no me maldijeran eternamente.

Unas décadas después, en los tiempos de las grandes revoluciones, fui una hermosa cortesana atormentada entre los vientos de liberación y el deseo de aferrarme al pasado esplendor. Fui amada y amé más de lo indecible a muchos hombres, les di placer y me lo dieron, muchos perdieron la cabeza por mí y quisieron atarme a sus dormitorios, pidieron que mi vientre diera frutos pero yo no deseaba ser una madre abnegada; luché por hacerme oír, supliqué que me amaran sin títulos ni cadenas, sin rutinas ni familiares entrometidos. Ninguno de mis amantes pudo asumirlo y tuve que envejecer y morir sola.

Pasaron los siglos y fui un escritor fracasado y pretencioso. No leía a nadie más que a mí y me sentía el mejor del mundo; hablaba mal de todos los demás escritores y me sentía orgulloso de mi poco intelecto y cultura. Morí en la miseria, pero no en esa en la que falta el pan, sino en la que ennegrece el alma, porque traicioné a todos y a mí mismo por querer dejar mi nombre en los anales de la historia, cosa que tampoco pude lograr.

Ahora y por suerte soy una especie de dios vivo: ya no tengo más que pedirle comida a mi olvidadiza humana en las mañanas y por las tardes, tomar el sol siempre que se pueda y estar a una distancia prudente de la pequeña ilusa que me alimenta para evitar que cometa tonterías. Es un trabajo fácil, ella es algo ingenua y enamoradiza pero toda una buenaza. Y me idolatra.

La vida y su evolución me trajeron hasta aquí en una suerte de nirvana y creo que me lo merezco. Si algo he aprendido es que debo respetar mi esencia, ser lo que he sido y soy, no importa lo que digan los otros ¡Que ellos vivan a su manera y me dejen en paz! Porque si tengo que esforzarme por conseguir algo, ya sea dinero o amor, sencillamente no vale la pena.

Lo único que sé es que esta vez moriré y nunca más regresaré. Lo siento por los que nunca llegarán a ser gatos...

¡Miau! (adiós).

domingo, 31 de marzo de 2019

Ese activismo necesario

Escuché sobre alguien que vino de Venezuela -donde tenía un cargo directivo en un banco- a trabajar en “una de esas maquilas de Pat Primo" en mi ciudad. Reconozco que la palabreja hizo que me estremeciera: “¿esas cosas existen en este país?" creía que estaban en lugares lejanos, como la China o Indonesia, nunca imaginé que podrían estar siquiera cerca de nosotros, en esta pequeña villa fronteriza plagada de desempleados.

Me propuse no volver a comprar esa marca, aunque recordé que prácticamente ya no compro nada de ninguna marca. Y es que sólo de pensar que esas prendas han sido fabricadas por niñas, adolescentes o mujeres famélicas en jornadas extenuantes con salarios de miseria, me siento incómoda y avergonzada: es por eso que dejé de ir a almacenes como Zara aunque haya promociones, a H y M y hasta a Desigual, cuyos carísimos vestidos pueden haber sido pagados a un precio irrisorio a aquellas sufridas manos que les dieron vida.

No sólo el tema del vestuario se ha vuelto complicado; existen unos almacenes de todo a mil, a dos mil o a cinco mil, a los que es inevitable entrar sin comprar al menos una chuchería, a los cuales ahora ni me acerco, pues estoy segura de que cosas tan baratas fueron fabricadas en condiciones deplorables, con materiales de mala calidad por trabajadoras y trabajadores mal pagos y con el agravante de la obsolescencia programada. Entonces, considero que por ningún motivo debo comprarlas.

En cuanto a la comida, el asunto se torna un poco más angustioso: si bien evito consumir productos procesados, tomar bebidas gaseosas que causan enfermedades y obesidad o comidas rápidas de cadenas que además de producir alimentos dañinos para la salud utilizan a jóvenes estudiantes a los que pagan salarios por debajo de lo debido (con la excusa de que ellos no tienen familias que mantener y sólo trabajan en sus ratos libres para pagarse ciertos lujos), lo que no he logrado aún es adherirme al movimiento por la liberación animal que promueve, entre otras cosas, el veganismo.

Intento aplicar lo de un día a la semana sin carne como ayuda para el planeta, sé que debería asesorarme con especialistas antes de modificar mi dieta pero, ¿seré capaz de vencer mi resistencia a un cambio en los hábitos alimenticios que han acompañado todos mis años de vida? Estoy en contra del maltrato animal y no iría a una tienda de mascotas a comprar un cachorro, siempre he preferido y aplicado la adopción y lo seguiré haciendo aunque me sigo preguntando ¿hasta dónde llega mi preocupación y empatía hacia otros seres vivos?

Podríamos seguir con otros tópicos que exigen alguna postura como el de la xenofobia hacia los migrantes, el asedio a los palestinos en la Franja de Gaza, la destrucción de la Amazonía o el deshielo de los polos, sobre los cuales a veces no podemos más que sentirnos impotentes, pues la mayoría de nosotros apenas logra disminuir el uso de plástico reutilizando su botella de agua y usando una bolsa de tela para las compras en el supermercado.

Lo cierto es que el mayor acceso a la información que permite el uso de internet y los dispositivos electrónicos nos empujan a convertirnos en militantes de causas nobles, aunque de ninguna manera podemos dejar de lado la consciencia política, la movilización social y la coherencia en nuestros actos, pues de lo contrario estaremos destinados a ser simplemente seres angustiados e inútiles detrás de una pantalla, o peor, dueños de una auto atribuida superioridad moral cómoda y dañina, tanto para nosotros mismos como para este planeta que tanto nos necesita.


viernes, 1 de marzo de 2019

¡Mátenme, feministas!

Por alguna razón que otros sabrán explicar mejor, no siento una empatía especial por mi género; me caen bien o mal las personas, independientemente de que sean hombres o mujeres, no asumo que ellas deban generarme aceptación sólo porque son como yo. Tampoco me siento particularmente cómoda rodeada de otras féminas, a veces sucede todo lo contrario, me intimidan cuando las veo tan crispadas (ya sé, amigas feministas, es por la opresión de tantos siglos), que muchas reuniones con ellas me hacen sentir un enorme deseo de huir.

Me sucede también con muchos hombres, aunque no puedo caer en generalizaciones, porque si bien es evidente que algunos me causan incomodidad, aprensión y hasta fastidio, los que son mis amigos y otros conocidos, se me hacen una compañía verdaderamente agradable. "Será por el tema de la seducción" dirán, "será porque ellos siempre te están viendo como un pedazo de carne al cual probablemente podrán engullir sin mucho esfuerzo" -puede ser-, pero disfruto estar con hombres, hablar con ellos, discutir, como también he disfrutado hacerlo con mujeres olvidándome del género, conectándonos intelectual o emocionalmente.   

No quiero decir que no tenga amigas: tengo unas entrañables a las cuales quiero y admiro, con las que me siento cómoda y relajada, por las que no me siento juzgada; pero no disfruto especialmente la reuniones que muchas suelen llamar de manera jocosa "aquelarres" si éstas son para denigrar de los hombres o de otras mujeres. Me gustan las buenas conversaciones con ellos o con ellas, no asumo que sea mejor con uno u otro género.

Tampoco siento que nosotras seamos particularmente inteligentes o mejores, no creo que un mundo gobernado por nosotras sería mejor, ni que el hecho de poder dar vida (con la colaboración de los hombres, por cierto) nos haga superiores. No me parece que el hombre deba ser erradicado de las faz del planeta. De la misma manera deploro que en muchos temas los hombres sean superiores porque nosotras no nos preocupamos por cultivarnos. Conozco mujeres brillantes, sí, con una vasta cultura, intelectuales, pero al menos en mi entorno, no son tantas como me gustaría.

En cuanto a sentirme especialmente afectada por lo que les ocurre a tantas mujeres en el mundo, por supuesto que sí: soy una de ellas, me he sentido vulnerable y vulnerada por mi condición como tal, he sentido rabia por no poder salir después de cierta hora sin el riesgo de ser violentada; he llorado por la muerte de muchas a manos de sus parejas, del padre de sus hijos, de aquel a quien entregó su amor. He sentido rabia por las miles de niñas abusadas. Pero también me duelen los niños.

No creo que el hombre, el masculino sea nuestro enemigo natural. Al menos no siempre. Tampoco que todos sean victimarios, nosotras también podemos serlo. Rechazo el feminismo que censura a la que quiere casarse y tener hijos o depilarse las piernas y usar maquillaje. Creo que si bien muchas fuimos abusadas y callamos por miedo o porque sólo posteriormente tuvimos conciencia de que lo que nos habían hecho estaba mal, deploro que esto sea utilizado como instrumento de desprestigio o como venganza, así como negar al padre el contacto con sus hijos porque se fue con otra; considero que poco bien le hace a un movimiento que alcanzó tantos logros acusar a mansalva o sin pruebas sólo por hacer daño o reinvindicar nuestras luchas, de actos que si bien son reprochables y el producto de una cultura machista y patriarcal, no son delitos o hasta hace poco no eran considerados como tales, pues estaban "normalizados" para usar sus términos. Debemos educar, formar nuevas generaciones libres de discursos machistas y patriarcales.

Escupir en la cara a los ‘falotenientes' no es la manera.

lunes, 7 de enero de 2019

¿Qué hacer?

Cuando has pasado los últimos años de tu vida, los únicos de militancia política, apoyando a los candidatos más difamados por cuenta de la estigmatización de las propuestas alternativas y ves como pierdes, una tras otra, todas las elecciones, a veces te preguntas si ya está bueno y es hora de darte por vencido.

Porque pareciera que después de un breve renacer en América del Sur de gobiernos progresistas, soberanos, contrarios a Washington y sus mandatos, el radicalismo de derecha racista, misógino, xenófobo y homófobico, más preocupado por beneficiar a los grandes capitales que a los trabajadores y a las clases medias, avanza a pasos agigantados y ya no entendemos cómo esos tantos perseguidos y perjudicados por las medidas de esos gobiernos, apoyan ciegamente a quienes serán sus verdugos.

¿Qué hacer cuando todo parece perdido, cuando la gente capta los mensajes amplificados por los medios de comunicación de los supuestos fracasos de la izquierda y minimiza descaradamente los efectos nocivos en el planeta y todos sus habitantes, incluidos ríos, bosques y selvas, del capitalismo?

Pocas personas razonan sobre lo que implica para la izquierda cargar aún con el estigma del stalinismo (cuando por lo general la derecha no suele ser tachada de réplica del nazismo); se desprestigia a Cuba, Corea del Norte, Nicaragua y Venezuela, países que al igual que los demás tienen problemas de pobreza y violencia -sin ser los únicos-, sin tener en cuenta que casi todos cargan con unas economías asfixiadas por los bloqueos y las sanciones "pedagógicas" de Washington y sus aliados y han sido marginados de los movimientos mundiales y de las ayudas de doble filo de las superpotencias. Y a pocos realmente les importa la pobreza, el hambre, el número de muertes violentas en Estados Unidos o en México, porque a quienes hay que señalar es a la banana republics gobernadas por dictaduras de uniforme que lanzan discursos incendiarios contra ellos, los buenos.

De la misma manera, la satanización y el desprestigio se enfocan en la supuesta corrupción de estos gobiernos, obviando la de los países que cumplen con las órdenes de los EE.UU.; sólo de vez en cuando los grandes escándalos retumban para luego caer en el olvido. Entonces, el único que aceptó sobornos fue Lula no Macri, (quien también apareció salpicado en lo de Odebrecht); sólo Kim Jong Un es autoritario (no Donald Trump); sólo en el gobierno de Maduro hay pobres, no en el de Piñera; sólo en Nicaragua hay protestas, no en Colombia... Y así.

¿Cuál podría ser entonces nuestra alternativa frente a esta arremetida? Resistir sí, pero cómo. Educar sí, pero a quiénes. Los jóvenes en un porcentaje importante -aunque hay muchos convencidos de las bondades de la ultraderecha-, por naturaleza y gracias en parte a las redes sociales que traen consigo tanta información diversa, tienen clara la amenaza. Algunos profesionales y gente mayor también.

Pero ¿y eso jóvenes y adultos, pobres y de clase media, trabajadores y desempleados que creen en el orden y en las tradiciones como fundamento de un país; que achacan todos los males a los pobres (¡ellos mismos!), negros, inmigrantes, homosexuales? Los que están convencidos de lo necesario de la desigualdad, de la exclusión, para que la sociedad sobreviva?

¿Esperamos que se cansen de comer mierda, para que tomen conciencia y dejen el cuentico de “veamos las cosas buenas, dejemos el negativismo que sólo sirve para polarizar"?

sábado, 3 de noviembre de 2018

De lo difícil de ser mujer

No lo noté mientras crecía, pero viéndolo en retrospectiva, el comportamiento de los hombres fluctuaba entre la agresividad y una especie de embelesamiento: algunos niños en el colegio nos alzaban la falda en los pasillos, nos hacían zancadillas o empujaban en el patio de recreo (y uno hasta metía en mi pupitre billetes de 20 pesos arrugados con los que yo no sabía qué hacer hasta que la mamá del misterioso filántropo se quejó con las monjas); según lo que nos dijeron esos niños estaban "enamorados" de nosotras. Los primeros años en un colegio mixto hicieron que sintiera miedo de los hombres: fue un alivio pasar luego a uno femenino.

Siendo adultos no deja de ser igualmente frustrante: hombres a los que supuestamente les gustamos que nos tratan mal o no nos hablan. Hay otros que practican el acoso disfrazado de piropos, "roban besos" o hasta jefes que te manosean detrás de puertas o escritorios, a los que muchas veces respondes con una sonrisa para no parecer problemática a pesar de lo mucho que te incomoda.

Fui abusada y nunca lo supe. Tenía doce años y el novio -cinco años mayor- de una prima, mientras jugábamos al escondite me obligó a besarlo. Me preguntó si no sabía besar y ante mi negativa me dijo lo que tenía que hacer: obedecí y sentí una mezcla de susto y asco cada vez que lo hacía. Luego me sentía inquieta a su lado, empezó a ir a la casa cuando mi hermano y yo estábamos solos (mi mamá trabajaba todo el día) y lo enviaba a él a la tienda o al árbol a bajar mangos aprovechando para besar mi incipientes senos y tocar mis partes; no se cómo no me violó, pues yo no oponía resistencia 

¿Cómo saber que lo que él hacía estaba mal si nadie me previno? ¿Quién diablos podía explicarle a ese abusador que no se trataba de una relación consensuada por el hecho de no resistirme si yo era apenas una niña? Mucho tiempo después de haber sentido tanta culpa, supe que él era el único responsable.

¿Se entiende por qué muchas nunca denunciamos o contamos nuestra historia después de muchos años? Porque teníamos miedo y sentíamos vergüenza.; porque creíamos que estaba bien o nos lo merecíamos; porque sabíamos que lo más probable era que termináramos siendo señaladas por "seducir" a los abusadores y no a ellos por lo horrible de sus actos. 

Tener que ponerte un prendedor para cerrar el escote, bajarte la falda para evitar las miradas, callarte a veces para que no te tilden de feminazi; pero también querer de vez en cuando ponerte minifalda o short sin ser tachada de puta. Desear también estar con la sin maquillaje y con el pelo alborotado sin que te importen las miradas y sin que familiares indiscretas te manden a “arreglar"; en fin, liberarnos de todas esas cargas adicionales a la ya pesada de ser consideradas intelectualmente inferiores, inestables emocionalmente, problemáticas y volubles.

Todas esas taras que nos impusieron y que muchas ven como normales, "porque así tenía que ser". Y la parte que aún no acepto: ponernos a las mujeres en contra otras mujeres, por miedo a que nos uniéramos Porque, que no se nos olvide: la sororidad es resistencia.

domingo, 5 de agosto de 2018

Mi cuerpo, mis decisiones

No hablemos del estigma si la familia o los amigos se enteran, de la persecución de las autoridades en los países en que es totalmente prohibido, no hagamos alusión a la culpa que producen décadas de doctrina religiosa y movimientos pro vida que repiten hasta el cansancio la palabra asesinato: pensemos que todas las que pasamos por eso, hemos superado esas taras mentales inyectadas a punta de odio y prejuicios. Hablemos del trauma físico que un aborto acarrea.

Cuando eres una estudiante universitaria de clase media a quien su novio decide "responder" pagando los gastos con tal de no defraudar a la familia que espera verlo graduado y exitoso antes de empujar un cochecito, tienes el problema casi resuelto. No vas a tener que recurrir a las ramas de ruda ni a los ganchos de ropa, es posible que no mueras por la infección o desangrada, así que puedes dirigirte a una de esas Clínicas de la Mujer que afortunadamente existen, con conocimiento o no de los gobiernos, teniendo la certeza de que saben lo que hacen, que estás en buenas manos y que 300 mil o 400 mil pesos lo valen cuando se trata de tu salud y de tu futuro.

Comienza el proceso: vas a la charla con otras mujeres en la misma situación aunque con razones diferentes, te encuentras a una madre seguramente creyente con su hija menor de edad diciendo "no puedo mantener a otra criatura"; ves cómo tratan de disuadirte, en grupo, a solas y aprietas la mano de tu novio, aunque lo odies un poco (o mucho), por ser en parte responsable de estar allí. Entonces fijan la fecha.

Llegas esa mañana sin haber dormido ni desayunado, no porque te lo prohibieran sino porque no podías tragar; además, has sentido las náuseas propias de esa situación y te enteras de que, aunque es algo ambulatorio y sin anestesia, él no puede acompañarte, así nadie sostendrá tu mano y a nadie podrás gritar o apretar si duele; te quitas las ropa, la metes en una canasta como las de los aeropuertos, te pones la bata sin nada debajo y entras.

Sólo sabes que te introdujeron algo, sólo miras hacia el techo, sientes un ruido como el de las fresas de los odontólogos, sientes una vibración y la que lo está haciendo te dice que tu cara está congestionada (el único comentario impertinente y tenía que ser precisamente ahí). No sabes cuánto tiempo pasó, sólo que ya ha terminado. Tienes que ponerte la toalla higiénica que trajiste, comprar un termómetro para vigilar cada cierto tiempo tu temperatura (si pasa de 37ºC puede ser sinónimo de infección), tienes que tomar los antibióticos, consultar si hay hemorragia, descansar...

Sales de ahí sintiéndote apaleada, enferma, pero con la certeza de que hiciste lo que debías, tratando de bloquear esos pensamientos que giran alrededor de palabras como pecado, arrepentimiento, castigo. Todo sale bien y te alegras, pero tienes claro que nunca más pasarás por eso.

Y la vida sigue.

Gemir = vivir

  Tantos gemidos como personas en el mundo los he escuchado de todos los tipos unos suenan como lamentos  otros como suspiros hay unos de ha...