jueves, 10 de diciembre de 2020

Salir

Mi madre acaba de terminar de armar el árbol de navidad -sin mi ayuda- y al preguntar cómo se veía no pude evitar decirle que me daba igual.

No me gusta asumir la pose de del Grinch cinematográfico, tampoco de la furibunda anti imperialista ni de la pachamamerta que pone árboles secos y no pinos, pero detesto todo lo que esta época implica.

Acabo de cerrar mi cuenta de facebook porque no soporté ver a antiguos compañeros de universidad otrora despeinados y con mochila, hablando o presumiendo en fotos de sus decoraciones navideñas, de lo emocionados que están sus hijos, de la caja de donuts con decoración en rojo, verde y blanco que se han comido o van a engullir para seguir engordando como pavos navideños a quienes algún día les llegará su diciembre. No pude tampoco con sus lamentos por los familiares perdidos este año por cuenta del omnipresente virus y no puedo ni podré más con sus opiniones, quejas, reflexiones (que yo también hice de manera recurrente y casi enfermiza). Hoy decidí salir de ese mundo de exposición asfixiante. Hoy quiero salir de todo lo que pueda en este mundo que cada vez me irrita más.

Mantendré al mínimo mis redes y por ende los contactos sociales, desearía no tener siquiera esta necesidad absurda de compartir con unos pocos conocidos y otros anónimos lo que siento a través de estas letras; me rehúso a ser una compradora y una consumidora más; lamento tener que usar un teléfono inteligente para comunicarme con familiares y amigos, para enterarme de lo que pasa en el planeta; ya no pienso comprar ni celebrar lo que me dicen y cuando me digan que debo hacerlo, no me pienso obligar a ser sociable, tampoco seré ya nunca una empleada de tiempo completo en nada ni para nadie. Tendré lo que necesite, no más que eso.

Sin salir de lo que considero mi hogar, saldré de esta rueda en la que nos apretujamos como hámsters rumbo a la destrucción. Acepto mi destino de no envejecer ni tener nietos a quienes malcriar. Quiero que sepan que verdaderamente detesto los rollos de canela y los mc flurry's que me obligué a comprar para no parecer una miserable tacaña. Prefiero las almojábanas rellenas con bocadillo, aunque no sea una hippie vegana sembradora y recolectora de sus propios alimentos.

Salgo de un mundo al que me obligué a entrar para ser aceptada.  Y, como rezaba ese edicto memorable en la película La estrategia del caracol, “ahí les dejo su hijueputa casa pintada".

jueves, 12 de noviembre de 2020

Mantras

Silencio
No hay prisa
Escucha
No tienes que ir a ninguna parte
No hay nada ni nadie que te lo demande
Descansa
Estás en la casa de tu infancia
Toma el sol en el patio
Suprime la angustia
Espera
Encomiéndate a tus ancestros
Confía
Venera sus dioses
La vida sigue siempre
Acalla las voces
Reza
Domina el miedo
Acorrálalo.

jueves, 15 de octubre de 2020

¿Estás ahí?

Durante siglos miles de pensadores, filósofos, poetas y sabios se han desvelado tratando de descifrar tu misterio. Hoy lo intenta, una vez más, esta insignificante mortal.

¿Qué eres? Me pregunto en las noches en que la música y las voces exaltadas dan paso al silencio del toque de queda; no quién, sino qué, pues no creo que seas “alguien" ni tengas imagen o personalidad.

¿Eres acaso el viento sobre los árboles, que parece decir cosas muy profundas en las noches en que despierto y lo veo estremecer sus ramas, a veces con un cadencioso vaivén, a veces con tanta fuerza que parecieran desprenderse de la tierra con todo y raíces? ¿Eres ese halcón que pasó sobre mí esa mañana de caminata acongojada y vino a posarse, gigante, sobre el muro de mi patio como un ángel o un espectro?

Eres la desesperación con que una madre clama por su hijo desaparecido, con que el anciano y el enfermo terminal ruegan por unos años más de vida, la esperanza de los que empiezan a amarse y cruzan los dedos para que dure; también la ilusión de quien se encamina a su primer día de trabajo, de quien abraza a su primogénito, de quien recoge su primera cosecha; la fantasía de aquella niña que creyó en que su padre resucitaría y que cuando creciera las personas serían inmortales y podría cambiar el mundo solo por ser ella.

Eres todo eso: ilusión, esperanza, fuerza, deseo, delirio y necesidad. Además angustia, desesperación, impotencia, miedo, sentirse pequeño en este inmenso universo como me sentí frente a ese mar Pacífico en un documental chileno en el que imaginé que la gente viajaba a través del tiempo hasta los confines del mundo y sus otras dimensiones, al punto de que sus protagonistas, esos ancianos mapuches, se cruzaban con sus tatarabuelos muertos y sus conquistadores asesinos.

Lástima que te hayan dado un nombre tan genérico como ‘Dios' (dioses hay tantos), que muchos lo hayan manoseado y lo sigan haciendo; sé que sin pedirte me has dado, sé también que cuando te he implorado con desesperación me has ignorado. Ahora mi petición no sería que libraras de males al mundo, ni mucho menos bienes, salud o tan siquiera vida para mí o los míos: rogaría no ser más esta débil persona sino una más fuerte, más convencida, invulnerable a tantos charlatanes y discursos de sabiduría que también engañan y desilusionan.

Me gustaría que, aunque la fe me es esquiva, tuviéramos una relación cercana... ¡Sabes con cuánto ardor deseo que existas!

miércoles, 26 de agosto de 2020

Un miércoles cualquiera

Querido diario:
Quise comunicarte mi nuevo descubrimiento y es que, al parecer, no todo es malo en este confinamiento: he entendido cosas sobre mí y los otros que ni en mil años de vida “normal” podría haber imaginado y que serán invaluables en tiempos venideros (si llega a haberlos).

¿Recuerdas ese cuento de Cortázar La autopista del sur? Me gustó tanto cuando lo leí, me pareció la vida reflejada... En esa historia de 30 páginas algo pasa en la carretera que hay un gran atasco de carros que pretenden entrar a la ciudad; éste se prolonga por horas, días, la espera se convierte en desespero, luego en resignación, la gente empieza a acostumbrarse, por una necesidad de supervivencia se organizan, se crea una pequeña comunidad, se establecen relaciones, aparecen los conflictos, liderazgos, amores y la inevitable muerte.

Bueno, ha sucedido algo similar en mi cuadra, especialmente con los vecinos del frente y de ambos lados de mi casa: como nunca antes nos hemos conocido, nos ponemos citas a través de la reja, compartimos las frutas o verduras que compramos a los carreteros que pasan y sólo venden en grandes cantidades; a veces un cerveza, un vino o una agüita de hierbas.

No hay muchas opciones en estos días de encierro, así que si no queríamos morir de soledad debíamos acudir a los más cercanos (evoco también el texto de Daniel Samper Pizano en la época de los apagones cuando las familias volvieron a comer juntas sin el infaltable televisor y cómo jocosamente mencionaba que en esos encuentros algunos conocían hasta a nuevos miembros con quienes no habían tenido el gusto de departir). He tenido conversaciones con personas que llevan más de veinte años viviendo en mi calle y con las cuales no cruzaba ni un saludo; me he dado cuenta de que un vecinito cansón que estrellaba su balón contra las rejas del garaje ahora es un adolescente que por unas monedas hace los mandados y saca a pasear a los perros de la gente mayor que no puede salir; ellos saben los dolores que me aquejan y yo los suyos, me desean y les deseo pronta mejoría.

Me gusta este estado de cosas, sólo me preocupa que en la narración del argentino una vez que el trancón se disipa las gentes también, la velocidad en la vía aumenta y a medida que se acercan a la gran urbe las caras conocidas dentro de los autos se pierden en el horizonte. No hubo tiempo para despedidas, la rutina establecida desapareció y nadie pensó en tomar los datos para volver a contactarse, tal vez pensaron que ese momento duraría toda la vida. 

Ojalá no nos pase igual.

miércoles, 29 de julio de 2020

Amigo querido

                                                                                                                   Para pico               
 
Sentí que podía escribirte sobre las cosas tan terribles que estamos viviendo, sobre mi agitación y mi angustia -aunque sepas de sobra los hechos y mi estado emocional- y que tal vez hacerlo contribuiría a alivianar mi carga, porque, ¿quién más que tú para tomarme de la mano y darme calma? ¿Quién sino tú puede consolarme y decirme que no es nada, que ya pasará?

Los recuerdos de nuestros días me alegran la vida: las tardes de domingo tomando el sol sobre la hierba del parque, las conversaciones banales y profundas, nuestras fumadas de primíparos, ¡nuestros ataques de risa con los mismos chistes de hace más de 15 años! Esas anécdotas que al contarlas sólo nosotros encontramos graciosas. Los domingos tirados cada uno en un sofá compartiendo algo caliente de beber, yendo a recorrer las callejuelas del centro para escapar de los niños y la familia, haciendo ventas sin ganancias, diligencias inventadas. No había momento más plácido que el de ver una película mala metidos entre las cobijas, tú abrazado a tu tigre, yo sumida en mis duelos.

Amigo de la vida, mi hermano: ¿llegaremos a viejos y cumpliremos nuestra mutua promesa de vivir en una ciudad intermedia con buen clima? ¿Recuerdas nuestro sueño de sentarnos a contemplar la caída del sol en una hamaca al calor de unos roncitos? ¿Superaremos estos días de virus y carencias, de pánico e incertidumbres? ¿Tendremos la oportunidad de ser los viejos verdes que sin duda seríamos teniendo aventuras con gentes de cualquier edad, disfrutando de las conversaciones y la música? 

Solo me queda esperar que las tormentas que ahora arrecian y parecen no tener intención de amainar las atravesemos en nuestra barca desvencijada y maltrecha, las derrotemos a punta de buen humor y bacanería y no logren borrarnos de la faz de esta atribulada tierra.

Promete que vas a mantenerte a salvo para mí, para nosotros. 

Prometo lo mismo.

jueves, 14 de mayo de 2020

Tiempos de pandemia III

¿Se levantan todos los días como yo, pensando que lo de la pandemia fue una pesadilla? ¿Que todo está mal, como siempre, pero sin la amenaza de enfermar y morir ahogado sin nadie más alrededor que unos cuantos trabajadores de la salud cubiertos de pies a cabeza? ¿Rememoran ese último día feliz, como el mío en la playa cuando llevé de la mano a mi sobrina que se aventuraba un poco más adentro en el mar? ¿Pasan las noches presas de la angustia, ante la idea de morir precisamente ahora, cuando todo parecía por fin empezar a ir bien, con la gente despertando y saliendo a las calles a pelear por sus derechos?

Recuerdo haber pensado ese 3 de enero mientras miraba las montañas de La Guaira que siempre recordaría ese momento, pasara lo que pasara, porque sólo ese instante importaba, sintiendo el calor del sol en mis hombros y el agua que enfriaba mis piernas, saboreando la cerveza que en la orilla me esperaba en la hielera; era feliz y lo sabía. Ahora no sé si volveré a serlo. Nunca imaginé que ese “pasara lo que pasara" involucraría la amenaza de un virus que nos impide ver y sobre todo abrazar a quienes amamos, temer a cualquiera que se nos acerque y no saber cuándo terminará todo, para volver a los innumerables problemas que antes nos agobiaban.

Pero, ¿qué es lo que nos pone en este estado de inquietud, lo que nos llena de desasosiego y desesperanza? ¿Es no poder seguir con nuestra vida, porque nuestras libertades individuales se han visto más restringidas que nunca con los toques de queda, los días permitidos para hacer compras y las pocas actividades que están exentas de prohibición argumentando que es por nuestro bien (si más que la pandemia es la incapacidad de los gobiernos de proveernos la atención en salud que requeriríamos -no sólo en esta crisis-, la que nos tiene confinados)? ¿Es la posibilidad de enfermar, ser aislados y morir lejos de los nuestros y sin que alguien querido estreche nuestra mano?

¿Si ya había suficientes enfermedades, guerra y hambrunas por qué nos cuesta tanto la idea de abandonar este mundo a pesar de lo mucho que nos amenaza, agrede y decepciona? ¿Por qué habríamos de sentir miedo quienes hemos soportado una guerra de 60 años, o mujeres que como yo a pesar de haber salido tantas veces solas de nuestras casas o de un bar y de estar bebidas, subir a tantos taxis o haber caminado de noche, hemos tenido la fortuna de que nuestros cuerpos no hayan sido encontrados  en un lugar solitario, desnudos, violados o asesinados?

¿Por qué entonces tememos, si hemos sobrevivido a tanto? Eso no garantiza que ahora no podamos contagiarnos y que nuestros cuerpos, a los que hemos tratado de cuidar y proteger no sucumban, pero podríamos sentirnos satisfechos: hemos peleado y vencido en varias batallas. 

Tratemos de salir de esta con honor y dignidad, aunque, no obstante, esto implique que, en palabras de García Márquez “no vivamos para contarla".

domingo, 5 de abril de 2020

Nostalgia ¿De qué?

“No sé bien qué día es hoy" cantaba Vicentico en los Fabulosos Cadillacs. No sé porque estoy en confinamiento obligatorio hace más de diez días (perdí la cuenta desde el 4°) y llevo al menos siete sin salir siquiera a comprar algo de mercado.

Cada mañana me levanto, desayuno, me quito el top de dormir y lo cambio por uno para estar en casa. En la tarde, cuando el calor se desvanece un poco en mi infernal ciudad, me baño, vuelvo a ponerme el top de dormir para leer un rato antes de acostarme y luego, una vez más, duermo. El moño del pelo permanece invariable, excepto cuando lo lavo con champú que cada vez es menos frecuente -al fin y al cabo nadie, excepto mi progenitora se acerca a mí, aunque con ella también guardo “prudente distancia"-. Y así, sin requerir ropa ni maquillaje, paso mis días.

Este es el “calvario" que nos ha impuesto el gobierno, pero sobre todo un virus del que se ha dicho de todo, desde que era casi inocuo hasta que se contagia con sólo tocar las barandas del bus que antes hayan sido tocadas por un positivo -que por cierto puede serlo sin presentar síntomas-: que permanece en el aire, que se pega a las suelas de los zapatos... En fin, la ciencia y sus contradicciones, avances, incoherencias.

En este aislamiento qué importa si la raíz del pelo me llega a las orejas, si me corto las uñas o depilo las piernas -mis axilas son un homenaje al feminismo, peludas como nunca-.

Debo decir con honestidad que no se qué mecanismo insensato me hizo añorar en días anteriores mi vida en la calle si antes de esto odiaba salir, peleaba con el tráfico y el humo de los carros, con la imprudencia de la gente al manejar, al caminar, su suciedad al ir arrojando basura a su paso. Detestaba que se saltaran las filas haciéndose los vivos, el ruido de sus músicas a todo lo que daban, incluso los cafés y restaurantes por los que tanto clamo me agredían con sus precios exagerados, con su “perdón, hubo un error al hacer la cuenta"; los cines con su volumen ensordecedor, sus precios inalcanzables y su escogencia caprichosa de películas que no me interesaba ver pero sí a las multitudes que se agolpaban en cada espacio, en cada centímetro, en cada resquicio. Se los digo, la vida en esta sociedad que ahora me es negada, en general me fastidiaba.

Muchos pensarán que lo dice una privilegiada que puede darse el lujo de quedarse en casa porque la tiene, leyendo, viendo películas o incluso escribiendo sandeces: es verdad. No extraño a las muchedumbres, más bien me aterra la idea de tener que volver a ellas; me solidarizo con quienes no tienen la posibilidad de resguardarse y dedicar algo de tiempo para sí mismos; me angustian las muertes, los que pasan hambre en las calles, los que no tienen con qué llevar una libra de arroz a la casa. Pero no confío en las limosnas, ni en las donaciones, creo que todos deberíamos tener el derecho a quedarnos adentro, no sólo para cuidar la vida, sino para cultivarnos y disfrutar del ocio, que en esta sociedad explotadora es el mayor privilegio por encima de las riquezas materiales. 

Como rezaba un cartel en las protestas del 2011 en España: “No es la crisis, es el sistema": es allí donde tienen su origen todos nuestros males como sociedad.

No permitamos que la angustia nos haga romantizar lo que antes estaba mal.

Gemir = vivir

  Tantos gemidos como personas en el mundo los he escuchado de todos los tipos unos suenan como lamentos  otros como suspiros hay unos de ha...