No permitamos que la angustia nos haga romantizar lo que antes estaba mal.
domingo, 5 de abril de 2020
Nostalgia ¿De qué?
No permitamos que la angustia nos haga romantizar lo que antes estaba mal.
viernes, 27 de marzo de 2020
Tiempos de pandemia II
Hoy es el tercer día de confinamiento obligatorio decretado por el gobierno -tal como lo han hecho otros en el mundo-, para intentar detener el avance del virus; hay prohibición de salir de nuestras casas, de juntarnos, de saludar a otros con un simple apretón de manos. Y como en esos filmes apocalípticos, las imágenes de la catástrofe no se hacen esperar: largas filas en los supermercados de gente que puede llenar sus carros con cosas necesarias y no tanto; saqueos a almacenes por parte de algunos que no se cuentan dentro de las gentes de bien con ahorros en sus cuentas bancarias; en las calles la desesperación de los que no tienen qué comer o un hogar en el cuál resguardarse. Hoy el líder de una de las religiones dominantes se ha dirigido a sus fieles en una plaza silenciosa, desde el bastión de la opulencia de su nada austero Estado, el Papa Francisco ha pedido reflexionar sobre este mundo enfermo y egoísta que hemos construido.
Nos exigen aislarnos y hemos creado una sociedad que se basa en el contacto. Antes nos mandaban a conseguir pareja, reproducirnos, hacer fiestas familiares y rodearnos de amigos; ahora tomarse un café o una cerveza en un bar parece muy lejano. Así deben haberse sentido los que vivieron las guerras mundiales, esperando que las bombas dejaran de caer para poder salir al mercado o al cine, para hacer el amor lento y sin miedo... Creo que nadie de mi generación vio la hecatombe tan cerca.
¿Y si no lo logramos? ¿Si alguno de nosotros no llega a finalizar el mes, el trimestre, si lo que hemos vivido hasta antes de la cuarentena fue todo? Quedará en nuestros armarios la ropa que no usamos, la maleta que no pudimos estrenar en ese viaje cuyos pasajes perdimos o nunca llegamos a comprar. ¿Y si nuestra ida a bailar o esa cena con amigos antes de encerrarnos fue realmente la última?
He pasado por casi todos los estados de ánimo posibles en estos cuatro días: un positivismo irracional, pensando en que todo esto es una oportu-crisis (en palabras de los Simpsons) de la cual saldremos, no sólo vivos, sino fortalecidos; un pesimismo irrebatible frente a las estadísticas que no paran de aumentar; una sensación de libertad al salir a las calles vacías a desafiar las restricciones; una resignación que le implora al bicho que me invada de una vez para sufrirlo y vencerlo estoicamente, para que pase algo que me saque de una vez de la paranoia y de esta angustia hasta de tocarme con mis propias manos, que si mi cuerpo no puede derrotarlo sea mi hora, que tendrá que llegar, como a todos.
Ya sé que en el fondo todos esperamos que esto pase para volver a nuestras vidas, que, aunque infelices, nos daban pequeños momentos de alegría. Tal vez sólo deseemos una última oportunidad para hacer aquello que dejamos pendiente, algo a lo que la pandemia no le puso pausa, sino nosotros mismos...
Aunque como están las cosas eso, como todo lo demás que conocimos, tal vez ya nunca sea.
martes, 17 de marzo de 2020
Tiempos de pandemia
* Personaje principal de Un cuento de Navidad de Charles Dickens.
martes, 28 de enero de 2020
Mujeres contra el machismo: Bombshell
Con frecuencia, las feministas me parecieron “exageradas"; aun discrepo de las radicales (especialmente de sus posturas contra el trans activismo y la abolición de la prostitución).
Puede que lo hayamos callado y hasta consentido. Puede que en su momento le restáramos importancia. Pero mujeres, hombres: no lo pedimos, por lo tanto no lo disfrutamos.
Por una sola vez, fue acoso laboral, es una forma de abuso y no estuvo bien, no está bien.
jueves, 5 de diciembre de 2019
Estaba en llamas cuando me acosté
Tantas palabras contenidas
Ganas de decir te amo, no puedo vivir sin ti
Querer besarte, abrazarte, amarte
Desear que las cosas estén bien, que estemos bien.
Escucho tu voz y tu risa todo el día dentro de mí
Hiciste que mi estómago se retorciera cuando dijiste algunas cosas
Pero tal vez las deje pasar...
¿Qué me hiciste?
Te conozco hace tres días y quiero morirme contigo.
martes, 19 de noviembre de 2019
La guerra que nunca nos tocó
Ellos vieron la cara del terror de frente, los sintieron llegar con sus camuflados y sus armas, con sus botas y sus capuchas; los oyeron arribar en medio de la noche anunciados por los ladridos de los perros, abriendo las puertas con estruendo, con sus linternas en medio de la oscuridad; pudieron oler el miedo y la sangre.
¿Con qué derecho quienes nunca fuimos tocados por la violencia opinamos sobre la guerra? ¿Cuánta empatía nos faltó y nos falta para llorar sus muertos, sus desaparecidos, sus reclutados? ¿Cómo nos atrevimos a votar No a una oportunidad de acabar con tanta barbarie? ¿Cómo nuestros padres y abuelos que huyeron de esa violencia en los campos, apoyan a los guerreristas de corbata y camionetas blindadas que desde sus lujosas casas y oficinas despotrican de una paz que además de imperfecta es incompleta, insuficiente, mínima?
Deberíamos acordar en que no solo es infame sino cruel, desear y justificar muertes de los que consideramos inferiores solo porque les tocó nacer en un rancho de paja, de cartón o de lata con piso de tierra. No todos tuvimos la oportunidad de abrir una llave y que de ella saliera agua; no todos fuimos privilegiados.
Deberíamos entenderlo, sentir compasión y apoyar y cultivar la paz de todas las maneras posibles.
sábado, 26 de octubre de 2019
De marchas y tropeles
Quienes contamos con unas cuantas décadas en este mundo hemos visto todo tipo de manifestaciones y revueltas: de ambos lados del espectro político, en nuestro país y en otros cercanos o lejanos, algunas “pacíficas" y otras que han incendiado todo a su paso; y todos, de una manera u otra, hemos participado de alguna.
Al menos una vez hemos salido a apoyar a la patria en los desfiles de independencia o a protestar contra el gobierno por las alzas en los transportes y en los servicios públicos, por los recortes en los presupuestos para la educación y la salud, por la negligencia ante las masacres contra líderes reconocidos y anónimos, frente a dudosos resultados electorales; hemos visto marchas de profesores y estudiantes, de pensionados y mujeres, de campesinos, indígenas, afrodescendientes; movilizaciones que aglutinan personas de todas las edades y marchas de viejos jóvenes y de jóvenes viejos -parafraseando a Pepe Mujica-; unas coloridas como las del orgullo gay y otras plagadas de rostros compungidos; silenciosas o llenas de comparsas y bullicio.
Algunas han terminado en tropel (como decimos aquí), con destrozos materiales, heridos y hasta muertos de uno u otro lado. Hay unas que han tumbado presidentes o reversado medidas anti populares, otras han sido reivindicativas, conmemorativas y tal vez muchas -aparentemente- no han servido para nada. Las hay financiadas por gobiernos poderosos, otras motivadas nada más que por el descontento popular que aunque aparente no existir, como el vapor en una olla a presión y de manera silenciosa crece y empuja, hasta que logra, por alguna vía -unas veces más potente que otras-, salir como una explosión.
El espejismo de la democracia ha limitado nuestro papel como ciudadanos a la mera función de contribuyentes y nuestra participación política a la rutina de votar en unas cuantas elecciones, cada vez más generadoras de suspicacias por la alta posibilidad de manipulación de los resultados. Así que luchar, como bien lo han sabido los pueblos aborígenes de nuestra América desde tiempos inmemoriales, ha sido la única manera de darle una sacudida al poder, a ese que se anquilosa y atornilla en su trono y se olvida del pueblo. ¿Qué más dan entonces unas cuantos vidrios rotos, unos edificios incendiados, unas pérdidas económicas, incluso algunas o muchas vidas sacrificadas si se está peleando precisamente por eso tan valioso, más que la vida de uno, la de muchos, la de todos? El fuego purificador invadiéndolo todo, aunque luego todo vuelva a la calma y las cenizas se vayan con el viento.
Porque mientras muchas señoras y señores de camándula sentados frente al televisor se persignan mientras escupen improperios contra los vagos desadaptados que “protestan quieren todo regalado", esas explosiones no son más que maravillosa poesía: el indicio, aunque leve, de que estamos vivos, de que a pesar de lo mucho que interactuamos con aparatos tecnológicos aun somos capaces de tener empatía, de indignarnos, de sentir, como cuentan que el abuelo le dijo a la abuela cuando tuvo una erección a sus setenta y pico: ¡todavía, carajo!
Gemir = vivir
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