domingo, 5 de abril de 2020

Nostalgia ¿De qué?

“No sé bien qué día es hoy" cantaba Vicentico en los Fabulosos Cadillacs. No sé porque estoy en confinamiento obligatorio hace más de diez días (perdí la cuenta desde el 4°) y llevo al menos siete sin salir siquiera a comprar algo de mercado.

Cada mañana me levanto, desayuno, me quito el top de dormir y lo cambio por uno para estar en casa. En la tarde, cuando el calor se desvanece un poco en mi infernal ciudad, me baño, vuelvo a ponerme el top de dormir para leer un rato antes de acostarme y luego, una vez más, duermo. El moño del pelo permanece invariable, excepto cuando lo lavo con champú que cada vez es menos frecuente -al fin y al cabo nadie, excepto mi progenitora se acerca a mí, aunque con ella también guardo “prudente distancia"-. Y así, sin requerir ropa ni maquillaje, paso mis días.

Este es el “calvario" que nos ha impuesto el gobierno, pero sobre todo un virus del que se ha dicho de todo, desde que era casi inocuo hasta que se contagia con sólo tocar las barandas del bus que antes hayan sido tocadas por un positivo -que por cierto puede serlo sin presentar síntomas-: que permanece en el aire, que se pega a las suelas de los zapatos... En fin, la ciencia y sus contradicciones, avances, incoherencias.

En este aislamiento qué importa si la raíz del pelo me llega a las orejas, si me corto las uñas o depilo las piernas -mis axilas son un homenaje al feminismo, peludas como nunca-.

Debo decir con honestidad que no se qué mecanismo insensato me hizo añorar en días anteriores mi vida en la calle si antes de esto odiaba salir, peleaba con el tráfico y el humo de los carros, con la imprudencia de la gente al manejar, al caminar, su suciedad al ir arrojando basura a su paso. Detestaba que se saltaran las filas haciéndose los vivos, el ruido de sus músicas a todo lo que daban, incluso los cafés y restaurantes por los que tanto clamo me agredían con sus precios exagerados, con su “perdón, hubo un error al hacer la cuenta"; los cines con su volumen ensordecedor, sus precios inalcanzables y su escogencia caprichosa de películas que no me interesaba ver pero sí a las multitudes que se agolpaban en cada espacio, en cada centímetro, en cada resquicio. Se los digo, la vida en esta sociedad que ahora me es negada, en general me fastidiaba.

Muchos pensarán que lo dice una privilegiada que puede darse el lujo de quedarse en casa porque la tiene, leyendo, viendo películas o incluso escribiendo sandeces: es verdad. No extraño a las muchedumbres, más bien me aterra la idea de tener que volver a ellas; me solidarizo con quienes no tienen la posibilidad de resguardarse y dedicar algo de tiempo para sí mismos; me angustian las muertes, los que pasan hambre en las calles, los que no tienen con qué llevar una libra de arroz a la casa. Pero no confío en las limosnas, ni en las donaciones, creo que todos deberíamos tener el derecho a quedarnos adentro, no sólo para cuidar la vida, sino para cultivarnos y disfrutar del ocio, que en esta sociedad explotadora es el mayor privilegio por encima de las riquezas materiales. 

Como rezaba un cartel en las protestas del 2011 en España: “No es la crisis, es el sistema": es allí donde tienen su origen todos nuestros males como sociedad.

No permitamos que la angustia nos haga romantizar lo que antes estaba mal.

viernes, 27 de marzo de 2020

Tiempos de pandemia II

Una película mala de domingo en la tarde es lo que estamos viviendo.

Hoy es el tercer día de confinamiento obligatorio decretado por el gobierno -tal como lo han hecho otros en el mundo-, para intentar detener el avance del virus; hay prohibición de salir de nuestras casas, de juntarnos, de saludar a otros con un simple apretón de manos. Y como en esos filmes apocalípticos, las imágenes de la catástrofe no se hacen esperar: largas filas en los supermercados de gente que puede llenar sus carros con cosas necesarias y no tanto; saqueos a almacenes por parte de algunos que no se cuentan dentro de las gentes de bien con ahorros en sus cuentas bancarias; en las calles la desesperación de los que no tienen qué comer o un hogar en el cuál resguardarse. Hoy el líder de una de las religiones dominantes se ha dirigido a sus fieles en una plaza silenciosa, desde el bastión de la opulencia de su nada austero Estado, el Papa Francisco ha pedido reflexionar sobre este mundo enfermo y egoísta que hemos construido.

Nos exigen aislarnos y hemos creado una sociedad que se basa en el contacto. Antes nos mandaban a conseguir pareja, reproducirnos, hacer fiestas familiares y rodearnos de amigos; ahora tomarse un café o una cerveza en un bar parece muy lejano. Así deben haberse sentido los que vivieron las guerras mundiales, esperando que las bombas dejaran de caer para poder salir al mercado o al cine, para hacer el amor lento y sin miedo... Creo que nadie de mi generación vio la hecatombe tan cerca.

¿Y si no lo logramos? ¿Si alguno de nosotros no llega a finalizar el mes, el trimestre, si lo que hemos vivido hasta antes de la cuarentena fue todo? Quedará en nuestros armarios la ropa que no usamos, la maleta que no pudimos estrenar en ese viaje cuyos pasajes perdimos o nunca llegamos a comprar. ¿Y si nuestra ida a bailar o esa cena con amigos antes de encerrarnos fue realmente la última?

He pasado por casi todos los estados de ánimo posibles en estos cuatro días: un positivismo irracional, pensando en que todo esto es una oportu-crisis (en palabras de los Simpsons) de la cual saldremos, no sólo vivos, sino fortalecidos; un pesimismo irrebatible frente a las estadísticas que no paran de aumentar; una sensación de libertad al salir a las calles vacías a desafiar las restricciones; una resignación que le implora al bicho que me invada de una vez para sufrirlo y vencerlo estoicamente, para que pase algo que me saque de una vez de la paranoia y de esta angustia hasta de tocarme con mis propias manos, que si mi cuerpo no puede derrotarlo sea mi hora, que tendrá que llegar, como a todos.

Ya sé que en el fondo todos esperamos que esto pase para volver a nuestras vidas, que, aunque infelices, nos daban pequeños momentos de alegría. Tal vez sólo deseemos una última oportunidad para hacer aquello que dejamos pendiente, algo a lo que la pandemia no le puso pausa, sino nosotros mismos...

Aunque como están las cosas eso, como todo lo demás que conocimos, tal vez ya nunca sea.

martes, 17 de marzo de 2020

Tiempos de pandemia

Llevaba un par de meses trabajando después de 7 de estar desempleada y más de dos años sin desempeñarme en mi profesión: ayer me comunicaron que volvía a quedar cesante “por prevención del covid-19", argumentaron.

Volví al encierro habitual (y no sólo por la orden de confinamiento que han dado los gobernantes, ha sido una realidad en casi toda mi vida adulta); de hecho, sólo estaba trabajando un par de horas semanales, así que permanecía mucho tiempo en casa haciendo cosas que el trabajador promedio no puede hacer: leer, dormir, ver películas, navegar en la red, entre otras.

Con esto no pretendo jactarme, sólo quisiera ir más allá de lo que el pánico por la pandemia que azota al mundo nos dejaría ver: la miseria de vida que llevamos, especialmente quienes viven en las grandes ciudades, contaminadas y estresantes, con desplazamientos tan largos que ocupan una buena porción de la jornada; levantarse muy temprano y volver tarde a casa; los mayores ocupándose de preparar el almuerzo para que los más jóvenes lo lleven al lugar de trabajo o al de estudio; la recompensa de un sueldo que se gasta no más llega; comprar algunas cosas que nos hacen sentir bien; las pocas semanas de vacaciones a fin de año y en semana santa (una bendición para ateos y creyentes por igual); los bebés criados por abuelas, vecinas o guarderías; la ilusión de que las cosas algún día van a ser mejores. Y ahora, un virus que echa al traste con todo.

Muchos quedamos sin ese pequeño sueldo que está gastado antes de llegar, con el recipiente de nuestro almuerzo guardado en el gabinete de la cocina hasta nuevo aviso. Estamos tranquilos en casa, pero sin saber qué haremos a fin de mes para pagar los recibos de servicios públicos y comprar el mercado. El mundo, el único que hemos conocido, se derrumba, y no hay nada que nosotros, ciudadanos que abarrotamos el transporte público, los centros comerciales y las arenas de los conciertos, podamos hacer, porque ya ni ese pequeño lugar en la rueda nos corresponde.

Dejamos de existir y aún no nos hemos contagiado.

¿Si clamábamos por un cambio, por qué no creer que era éste el que necesitábamos? ¿Por qué no pensar que el modelo del que formábamos parte y que ahora nos desecha ni siquiera nos acogía, más que por nuestra capacidad de compra y nuestro individualismo? ¿Por qué no aprovechar y voltearlo todo, patear esos viejos valores y gritar, clamar, pelear por un mundo diferente, no dominado por cientos de Scrooges* avaros y codiciosos? ¿Cuál de los billonarios ha regalado cargamentos de tapabocas o desinfectantes? ¿Cuál ha puesto a disposición sus mansiones para curar enfermos? Copiamos de ellos su mezquindad en vez de exigirles la solidaridad que muestran, por ejemplo, entre bancos cuando hay grandes quiebras.

¿Por qué en vez de sucumbir a la depresión y al fatalismo no empezamos por aplicar esa máxima de que las crisis son oportunidades, en este caso para parirnos nuevamente como sociedad y enterrar esos viejos paradigmas construidos a sangre y fuego por Wall Street y Hollywood desde el siglo pasado?



* Personaje principal de Un cuento de Navidad de Charles Dickens.

martes, 28 de enero de 2020

Mujeres contra el machismo: Bombshell

He sido de las que dicen que todo hombre culpado de ser abusador no lo es nada más que por su condición de hombre. He sido de las que sostienen que las mujeres también hacemos daño cuando estamos resentidas o nos sentimos despechadas.

He sido defensora de los derechos de nosotras evitando ser radical, sin dar por sentado que el sexo masculino es el enemigo per se al que siempre debe presumirse culpable.

Con frecuencia, las feministas me parecieron “exageradas"; aun discrepo de las radicales (especialmente de sus posturas contra el trans activismo y la abolición de la prostitución).

Pero hubo algo en la película Bombshell (El escándalo) que realmente me tocó.

Uno no imagina, al ver el trailer, que esas tres mujeres en el ascensor, dos de las cuales se dirigen al mismo piso, enfrenta cada una su propio drama que es a la larga el mismo: el de la milenaria supremacía del hombre sobre la mujer en todos los ámbitos, a la que tuvimos que enfrentarnos y luchar para llegar a este punto, aun precario, aun carente, en el que podemos ser jefas, gerentas, presidentas. El miedo y la ansiedad reflejados en la aspirante; la resignación y el odio de años asomándose al rostro de la rechazada; la duda y la negación de su propia experiencia en la cara de la tercera que las observa.

Una sola escena es suficiente para despertar la repulsa de quienes vivimos el momento en el que el jefe nos pidió una falda más corta, nos acarició una pierna o nos robó un "inocente" beso. La respiración agitada del abusador, su mirada libidinosa, la presunción de su miembro inflamado bajo el pantalón buscando penetrar, llegar a la culminación de su deseo. La humillación resumida en unos cuantos incómodos minutos.

Y es que, en la película, estamos ante unas mujeres republicanas, conservadoras, lejanas al feminismo y a las luchas por los derechos de las mujeres a la igualdad. Pero aun así las entendemos y acogemos, deseamos hasta el final, con las pocas probabilidades existentes de que se haga justicia en un medio dominado por hombres y en el que nosotras no somos más que unas piernas enmarcadas en faldas cortas, que los culpables sean castigados y que sus cabezas rueden por la alfombra en la que hicieron hincarse tantas rodillas.

Las entendemos porque lo vivimos; porque alguna vez pensamos que era necesario, que no importaba, que era sólo un apretón o un besito ¿y qué era esto al lado de lograr nuestros sueños?

Puede que lo hayamos callado y hasta consentido. Puede que en su momento le restáramos importancia. Pero mujeres, hombres: no lo pedimos, por lo tanto no lo disfrutamos.

Por una sola vez, fue acoso laboral, es una forma de abuso y  no estuvo bien, no está bien.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Estaba en llamas cuando me acosté

Tanto hablar y tanto por decir
Tantas palabras contenidas
Ganas de decir te amo, no puedo vivir sin ti
Querer besarte, abrazarte, amarte
Desear que las cosas estén bien, que estemos bien.
Escucho tu voz y tu risa todo el día dentro de mí
Hiciste que mi estómago se retorciera cuando dijiste algunas cosas
Pero tal vez las deje pasar...
¿Qué me hiciste?
Te conozco hace tres días y quiero morirme contigo.

martes, 19 de noviembre de 2019

La guerra que nunca nos tocó

A nosotros nunca el río se nos llevó la casa, no nos tocó salir huyendo de una balacera, una incursión, una toma o una masacre; no corrimos el riesgo de ser reclutados por grupos armados, no tuvimos como única salida para la pobreza meternos al ejército o irnos para la guerrilla.

Nuestra familia, aunque también vino de zonas rurales, en la ciudad conoció tiempos mejores: nuestros abuelos pudieron tener un empleo digno, comprar una casa y darle a sus hijos la oportunidad de estudiar que ellos no tuvieron. Nuestros padres fueron bachilleres y nosotros universitarios -algunos Magister, otros con doctorado-; nuestros hijos -si los tenemos- podrían estudiar en el exterior (aunque el mundo actual no les brinde ninguna garantía, ni les dé esperanza, ni les asegure una mejor vida que la que tuvieron sus antecesores). Hemos viajado dentro y fuera del país, tenemos celulares de media y alta gama, podemos comprar una que otra cosa de marca; de vez en cuando comemos en un restaurante de lujo... 

Mientras, para otros el lujo es comer carne una vez al mes; viajar es ir a la capital del departamento; llegar al bachillerato y poder terminarlo es ir muy lejos.

Ellos vieron la cara del terror de frente, los sintieron llegar con sus camuflados y sus armas, con sus botas y sus capuchas; los oyeron arribar en medio de la noche anunciados por los ladridos de los perros, abriendo las puertas con estruendo, con sus linternas en medio de la oscuridad; pudieron oler el miedo y la sangre.

¿Con qué derecho quienes nunca fuimos tocados por la violencia opinamos sobre la guerra? ¿Cuánta empatía nos faltó y nos falta para llorar sus muertos, sus desaparecidos, sus reclutados? ¿Cómo nos atrevimos a votar No a una oportunidad de acabar con tanta barbarie? ¿Cómo nuestros padres y abuelos que huyeron de esa violencia en los campos, apoyan a los guerreristas de corbata y camionetas blindadas que desde sus lujosas casas y oficinas despotrican de una paz que además de imperfecta es incompleta, insuficiente, mínima?

Deberíamos acordar en que no solo es infame sino cruel, desear y justificar muertes de los que consideramos inferiores solo porque les tocó nacer en un rancho de paja, de cartón o de lata con piso de tierra. No todos tuvimos la oportunidad de abrir una llave y que de ella saliera agua; no todos fuimos privilegiados.

Deberíamos entenderlo, sentir compasión y apoyar y cultivar la paz de todas las maneras posibles.

Por nuestro bien y el de toda la especie humana.

sábado, 26 de octubre de 2019

De marchas y tropeles

Quienes contamos con unas cuantas décadas en este mundo hemos visto todo tipo de manifestaciones y revueltas: de ambos lados del espectro político, en nuestro país y en otros cercanos o lejanos, algunas “pacíficas" y otras que han incendiado todo a su paso; y todos, de una manera u otra, hemos participado de alguna.

Al menos una vez hemos salido a apoyar a la patria en los desfiles de independencia o a protestar contra el gobierno por las alzas en los transportes y en los servicios públicos, por los recortes en los presupuestos para la educación y la salud, por la negligencia ante las masacres contra líderes reconocidos y anónimos, frente a dudosos resultados electorales; hemos visto marchas de profesores y estudiantes, de pensionados y mujeres, de campesinos, indígenas, afrodescendientes; movilizaciones que aglutinan personas de todas las edades y marchas de viejos jóvenes y de jóvenes viejos -parafraseando a Pepe Mujica-; unas coloridas como las del orgullo gay y otras plagadas de rostros compungidos; silenciosas o llenas de comparsas y bullicio.

Algunas han terminado en tropel (como decimos aquí), con destrozos materiales, heridos y hasta muertos de uno u otro lado. Hay unas que han tumbado presidentes o reversado medidas anti populares, otras han sido reivindicativas, conmemorativas y tal vez muchas -aparentemente- no han servido para nada. Las hay financiadas por gobiernos poderosos, otras motivadas nada más que por el descontento popular que aunque aparente no existir, como el vapor en una olla a presión y de manera silenciosa crece y empuja, hasta que logra, por alguna vía -unas veces más potente que otras-, salir como una explosión.

El espejismo de la democracia ha limitado nuestro papel como ciudadanos a la mera función de contribuyentes y nuestra participación política a la rutina de votar en unas cuantas elecciones, cada vez más generadoras de suspicacias por la alta posibilidad de manipulación de los resultados. Así que luchar, como bien lo han sabido los pueblos aborígenes de nuestra América desde tiempos inmemoriales, ha sido la única manera de darle una sacudida al poder, a ese que se anquilosa y atornilla en su trono y se olvida del pueblo. ¿Qué más dan entonces unas cuantos vidrios rotos, unos edificios incendiados, unas pérdidas económicas, incluso algunas o muchas vidas sacrificadas si se está peleando precisamente por eso tan valioso, más que la vida de uno, la de muchos, la de todos? El fuego purificador invadiéndolo todo, aunque luego todo vuelva a la calma y las cenizas se vayan con el viento.
Porque mientras muchas señoras y señores de camándula sentados frente al televisor se persignan mientras escupen improperios contra los vagos desadaptados que “protestan quieren todo regalado", esas explosiones no son más que maravillosa poesía: el indicio, aunque leve, de que estamos vivos, de que a pesar de lo mucho que interactuamos con aparatos tecnológicos aun somos capaces de tener empatía, de indignarnos, de sentir, como cuentan que el abuelo le dijo a la abuela cuando tuvo una erección a sus setenta y pico: ¡todavía, carajo!


Gemir = vivir

  Tantos gemidos como personas en el mundo los he escuchado de todos los tipos unos suenan como lamentos  otros como suspiros hay unos de ha...