miércoles, 21 de febrero de 2018

Y qué si...?

Escuché, con ocasión de la muerte de ese extraterrestre autodenominado Prince, una y otra vez una canción suya titulada "What if", que me encantó por su melodía un poco religiosa -porque debo reconocer que no entiendo la letra y no me di a la tarea de buscarla-. Lo cierto es que vino a mí con ocasión de las actuales contiendas políticas (porque siempre, a toda hora y en todo el mundo hay elecciones), en forma de pregunta, pero no sólo con respecto a ellas, en general: ¿Y qué si...?

¿Mi país hubiera tenido un gobierno de izquierda -de alguno de esos líderes que se veían tan capaces y fueron asesinados- y no hubiera existido la tal "apertura económica", ni las privatizaciones, ni los TLC y siguiera existiendo el Seguro Social y Telecom e Inravisión y la Televisión Educativa y los empleos para toda la vida y las primas y las cesantías y las vacaciones pagas y las licencias remuneradas y las horas extras y las bonificaciones y los ascensos y el SENA (ups, ese sí existe) y todo lo que alcanzamos a conocer y borró de un plumazo un señor al que llamaban Rudy Hommes?

¿Estaríamos mejor educados pero no comeríamos en Mc Donalds y no tendríamos Iphones sino los primeros celulares que inventaron los rusos y nuestras calles estarían inundadas de Wolswagens y Renaults 4 y comeríamos sólo papa nuestra, arroz nuestro y arracacha? ¿Estaríamos en medio de una gran crisis económica y el señor del Norte nos amenazaría cada día de por medio y todas las Instituciones internacionales creadas y sostenidas por el mismo señor nos condenarían y nuestra gente saldría por cientos a los países vecinos (ah, perdón, eso sí pasó) en busca de empleos en restaurantes o vendiendo chucherías en sistemas de transporte repletos, teniendo dos y tres títulos profesionales y hasta postgrados?


Con respecto a mi vida ¿Qué si me hubiera casado y tenido hijos a los 27, como correspondía...? ¿sería feliz? ¿mi esposo me habría dejado ahora a los cuarenta? ¿sería una divorciada atractiva en busca de "colágeno", una cuchi barbie? ¿o tendría un matrimonio y un hogar exitoso, con cumpleaños y días de Halloween perfectos, me habría hecho una lipo y estaría buenona aunque eso a mi esposo no le importara porque se estaría cogiendo a su secretaria o a su alumna o a su paciente o a todas las anteriores? 

¿Y si hubiera tenido la berraquera de hacer una Maestría o un Doctorado, o los dos, en otro país, aprendiendo otro idioma o adquiriendo otro acento y quedándome a vivir allá, engrosando la lista de cerebros fugados, sin recordar el sabor del mute, con novio extranjero (el cual nunca he probado, a menos que el venezolano cuente como tal), con apartamento, vida, costumbres y pensamiento de extranjera, detestando todo lo colombiano y a la vez añorando ese  tierrero que es mi ciudad natal o la fría y provinciana capital en la que fui tan feliz mientras estudiaba mi pregrado?

¡Uf, qué agotador resulta imaginar otro destino posible, como si sirviera de algo! Mejor, quedémonos con nuestro "paraíso capitalista/con mal empleo/mala salud/educación paga/pero somos libres" y nuestra "vida de soltera/que pasa de los 40/que vive con la mamá" y no hagamos nada, que para eso sí servimos. 

sábado, 2 de septiembre de 2017

Un dios impotente

La gente suele asustarse frente a quien se proclama ateo y es que, hay que reconocer que la palabra puede sonar fea; se debería decir incrédulo, librepensador, pagano, abstemio, en fin; en cambio impresiona el hecho de que, 2000 y pico de años después, mucha gente alrededor del mundo crea, no sólo que eso de la venida de Jesucristo realmente ocurrió, sino que volverá a pasar, aunque no sepamos cuándo y haya transcurrido tanto tiempo sin que el hijo del Señor dé muestras de querer asomarse por este agobiado mundo.

Resulta sorprendente que, pese al paso de los siglos, estas religiones sigan manteniendo adeptos, construyendo iglesias y convocando seguidores alrededor de la tierra, siendo sus jerarcas exitosos rock star de la "Palabra de Dios", con la suficiente fuerza y poder político para tumbar gobiernos y destrozar imperios enemigos. Aún hoy, sin la segunda venida del Mesías a la vista, con muestras evidentes de que esa deidad es absolutamente ineficaz para detener la maldad humana o la fuerza de la naturaleza, o terriblemente perversa para observar con indiferencia la guerra, la muerte, la destrucción del planeta, entre otras, millones se agolpan en sus templos, destinan importantes sumas de dinero para mantener el rimbombante estilo de vida de sus líderes y atribuyen cualquier pequeña victoria a la voluntad de un todopoderoso caprichoso que parece odiar a los indefensos y deleitarse con su agonía.

Tal vez hemos estado equivocados y su función no sea evitar los desastres, sino acompañarnos a través del proceso: estar ahí como un voyeurista en la enfermedad y muerte de los seres queridos; en las catástrofes de todo tipo, sin intervenir más que de vez en cuando para salvar a unos pocos afortunados bajo los escombros de un terremoto o los hierros retorcidos de un avión venido a tierra. Lo cierto es que admiro la fe de los creyentes y cómo se aferran a lo más nimio, a ese que sobrevivió mientras miles murieron, a esa vida exitosa frente a las muchas desgraciadas, a ese sol luego de la tormenta que arrasó un pueblo entero, a esa lluvia tímida que cae después de un terrible incendio...

Sí, es admirable y algunos desearíamos que la fe que nos fue inoculada en los primeros años hubiera resistido a los miles de indicios que en la realidad demostraban que, ciertamente, ¡no existías, Dios!

viernes, 4 de agosto de 2017

Un cuento

Berenice tenía los pechos más lindos de la comarca, o al menos eso pensaba ella cuando los miraba desde arriba, asomando entre el corpiño, blancos y redondos, turgentes e indiscretos.

Berenice había amado mucho y también había sufrido mucho por amor; la vida no la trató muy bien pero para ella siempre había valido la pena, aunque por su corazón hubieran transitado personajes de todas las pelambres, de los cuales sin excepción se había enamorado sin pensar en las consecuencias...

Un día vio cómo sus tetas ya no eran firmes al tacto y se escurrían como gelatina de leche; su cara ya no tenía la frescura ni su cuerpo las redondeces de otrora; entonces lloró y maldijo y temió que ya ninguno la amaría; pensó en gastar todo lo que tenía estiramientos y en gimnasios y hacer todas las dietas para volver atrás, al cuerpo que nunca tuvo; pero luego sonrió y se dijo que el plástico no era lo suyo y decidió que envejecería con dignidad, aunque eso supusiera una avalancha de miradas indiscretas sobre sus arrugas y canas (lo de avalancha era realmente exagerado, no salía tanto ni tenía tantos conocidos).

Lo peor era que ahora que su juventud se había ido era cuando se sentía más joven y más bella y con más ganas de amar y de tener sexo -no pensaba en otra cosa- y así salió la calle limpiándose la vergüenza y descubrió que todos los hombres querían con ella: los viejos tacaños con sus viagras y sus ganas de jóvenes -pero no tan jóvenes como para sentir que violaban a sus nietas-; los jóvenes con ganas de adultas, pero no tan adultas como para sentir que se follaban a sus abuelas; todos la desnudaban con los ojos, suponían en ella una insaciable calentura, deseaban satisfacerla y hacerla suya sin poseerla, sin hacerse cargo de sus dolores y sus muertes, sin ofrecerle amores ni "para toda la vida"; sólo su cuerpo -no su maltratado corazón-, les atraía.

Berenice decidió compartir con ellos sus goces y se entregó al placer, sentía que estaba haciendo su aporte a la humanidad haciendo a esos pobres cachondos felices, comprendió que su belleza era tanta que no era justo desperdiciarla con un solo tío y menos en nombre de ese absurdo que llamaban amor, porque uno -y en eso fue por primera vez brutalmente sincera- nunca había sido suficiente para ella (todos siempre lo supieron, pero tenían miedo de decírselo porque no querían abrir esa caja de Pandora).

Pero el plazo se había cumplido y ya no había nada que la pudiera detener: ni hogar, ni hijos, ni marido, ni familia, ni jefes, ni cuentas bancarias. Nada. Era absoluta y desoladoramente libre. Y esta vez no metería la pata, o más bien, el corazón. Era un hecho.

martes, 18 de julio de 2017

Elogio de mi Colombia

Este, el segundo más feliz del mundo, es un país tremendamente aburrido. No porque no sucedan cosas de todo tipo, porque suceden. Muchas. Malas, especialmente.

Pero además de poca imaginación, es reiterativo, con sonsonetes que se han repetido durante años sin que nadie llegue a creerlos del todo, pero que son incuestionables al punto de ser tachado de apátrida quien se atreva a impugnarlos, como el de “somos el mejor vividero del mundo", este es el paraíso más bello" y “con la mejor gente" o, “si no tuviéramos guerra seríamos una potencia"...

Sin embargo, estas verdades basadas en argumentos de humo, terminan por aburrir y por sembrar en sus habitantes un sentimiento de inutilidad, reflejado en el “eso pa qué", “deje así",  “pa qué voto si van a gobernar los mismos"; “para qué pago los impuestos si los políticos se van a robar la plata"; “para qué cumplo con la ley si los demás se la pasan por la faja"...

Desesperanza aprendida, dirían los psicólogos. Un país de negativos. Un país que se toma demasiado en serio a sí mismo; un país cuyo ego es tan frágil que siempre está al borde del colapso. Un pais desmembrado, buscando desesperadamente algo de cohesión. De esperanza.

Paradójicamente, esta tierra feliz, está al acecho ante cualquier presa fácil, no importa o mucho más si se trata de un compatriota; un país tan cariñoso y tan letal, tan pródigo en elogios como en imprecaciones. País esquizofrénico.

El mismo que durante años cacareó su deseo de paz en reinados y púlpitos, en tarimas y televisores, en cientos de revistas y periódicos y ahora desde allí ataca un proceso de paz que, aunque imperfecto como todo lo humano, nos saca de un marasmo de casi 60 años. Un país que añora volver a un pasado de guerra y que reivindica la pacificación a través de la bala, la motosierra y los hornos crematorios...

País de héroes de un día que al otro día son reducidos a parias; país de reivindicaciones vacías; país mezquino y egoísta. País enfermo y perverso. Tan benévolo como lo pueden ser los payasos diabólicos de las películas de terror.

¡Cómo te temo Colombia! A qué nuevo abismo habrás de llevarnos ahora?

miércoles, 17 de mayo de 2017

¿Todo es por el sexo?

Para nadie es un secreto que el sexo domina el mundo: todo, absolutamente todo lo que sucede en nuestras vidas tiene relación con él (lo dijo hace más de un siglo Sigmund Freud): ningún aspecto, ni aun la política, ni la religión están desligadas de este fenómeno... Y aunque en esta era de milenials es muy bonito pensar en el amor, no hay que buscar mucho para darse cuenta de que es más fácil conseguir alguien con quien fornicar que alguien a quien amar o que nos ame; porque el amor, el de los poemas y novelas, es un acto absolutamente voluntario y racional, que implica grandes esfuerzos y sacrificios que van en contra del instinto natural (la monogamia es un ejemplo de ello) que no todos están dispuestos a hacer (sólo los inteligentes, diría Rodolfo Llinás).

En el fondo, todo termina tratándose de sexo; sin embargo, algunas personas aún creen en ese invento humano -como todos los demás inventos- llamado amor y gastan energías en buscarlo aunque sepan lo imposible de esta empresa, dejando toda esa energía regada por ahí, en infinidad de bares, restaurantes, camas y cafés, cuando al final todo, inevitable e irremediablemente, se va a la mierda.

Por supuesto, la culpa la tiene la idea del amor que nos ha mostrado la cultura occidental: uno demasiado solemne y poco terrenal, trascendente, exclusivo, inmaculado, nada que ver con nuestra condición humana, sucia e imperfecta. ¿Cómo podemos ser tan bestias para exigir amor eterno a un pobre mortal que come y defeca a diario, que está idiotizado por la publicidad y se derrite por los cuerpos jóvenes y turgentes de los comerciales de cualquier producto, cuyos creativos serían retrasados mentales si pusieran en ellos a gente normal, con defectos? ¿Cómo podemos aspirar a que el amor sobreviva a la rutina, las afugias económicas, las familias, las suegras, las amigas y los amigos, el tedio?

Y como con esa idea del amor viene la de posesión, la cosa se vuelve aún más compleja: creemos que el otro debe ser únicamente para nosotros, que su cuerpo y hasta sus pensamientos nos pertenecen... Cuando alguien ha sentido la punzada de los celos sabe lo doloroso que pueden ser, para quien los padece, la zozobra, la ansiedad, la irrupción de pensamientos horribles sobre las miles de formas posibles de ser engañado; y el daño que estos causan a la pareja y al grupo familiar, aunque ¿nos hemos preguntado si en vez de reprocharle podemos ayudarlo? ¿Deberíamos simplemente señalar, juzgar y abandonar al celotípico?

¿Qué podemos esperar de una sociedad tan enferma que muchos de sus miembros se atreven a pensar que tienen derecho a arrebatar la vida de alguien porque no corresponde a su “amor"? Si carecemos de inteligencia emocional ¿no deberían instruirnos en ese campo, como lo hacen con las matemáticas o la biología? ¿No traería esto como consecuencia individuos más sanos y nos haría por tanto, más viables como especie?

Mientras eso pasa, sigámonos matando por “amor", al fin y al cabo no deja de ser una dulce mentira... Mientras dura.

miércoles, 8 de marzo de 2017

El mito de la libertad de expresión

Fue precisamente Dalton Trumbo, guionista norteamericano acusado de ser un espía del comunismo y obligado a escribir protegido por seudónimos, quien en una entrevista afirmó: "si me preguntaran qué escogería entre libertad de expresión y techo y comida, por supuesto que preferiría lo segundo".

Ha sido considerado un derecho fundamental el poder decir lo que pensamos sin que esto acarree consecuencias, pero ¿realmente se debe poder decir todo? Suponiendo que el parámetro sea que sí, siempre y cuando no afecte a los demás, ¿cómo trazar ese límite? ¿qué lesiona y qué no, la honra y el buen nombre de uno u otros?

Porque ¿qué tan malo puede ser expresar todas nuestras opiniones? De hecho podemos hacerlo: criticar al gobernante de turno (aunque en algunos regímenes pueden apresarte o matarte por ello); le puedes decir a alguien que es un hijo de puta y lo más probable es que no salgas bien librado; puedes decir de tu vecino, de tu jefe o de quien sea lo que quieras, pero ¡aténte a las consecuencias! parece ser el mensaje...

¿Qué tan viable es una sociedad sin cierto tipo de reglamentaciones, específicamente en este sentido? ¿qué, si lo que se dice es del otro es una calumnia, o es verdad, pero forma parte de su fuero íntimo? ¿Y si con ello no se está protegiendo la vida de uno o de muchos y sí vulnerándola? ¿Si con esas palabras se contribuye a generar pánico o violencia? ¿O lo que se dice es irresponsable y es sólo producto del ego,  el afán de figurar, el odio o deseo de venganza?

En Colombia hemos avanzado mucho en este sentido: pasamos de ser un país pacato a ser uno en el que se pagan un par de millones por entrar a una fiesta con la actriz porno más cotizada para poder tocarle la vagina y las tetas; cualquiera puede sacar al mercado un vídeo sexual para lograr fama o para dañarle a otro la reputación; hay abundantes programas de chismes en donde podemos enterarnos de la vida de nuestras estrellas del momento... Y así como cada vez se hacen cosas más desesperadas por reconocimiento y algunos pasan por varios tipos de prostitución para mantenerse en boca de otros, también se dice mucho, se opina sobre todo, se juzga, se reivindica pero también se vulnera, se aplasta, se lesiona.

A veces, lo más difícil termina siendo saber cuándo debemos parar.

Y callar.

lunes, 6 de marzo de 2017

Mi ama

La veo regresar todas las mañanas del país de los sueños
La sigo al levantarse y preparar su café, leer sola los periódicos
Contemplo su súplica silenciosa por una llamada que no llega
La observo mordisquear el queso y engullir el pan, añorante de otro mundo.

La miro enojarse y maldecir, llorar cada vez que algo lo recuerda
Acompaño sus recorridos por la casa, su rebotar por las paredes
La siento tan frágil sobre el piso de cerámica, revolviéndose en el colchón y suspirando en la ducha
Adivino sus ganas de morir, su rabia por estar viva y entonces me aproximo.

Quisiera decirle que ninguno la amará como lo hizo ella
Quisiera no ver sus lágrimas asomar, tan cerca de su risa
Quisiera que supiera que va a estar bien, porque ella sola ilumina este lado del mudo
Pero sólo puedo restregar mi cuerpo contra su pierna mientras la miro y pienso:
Algún día ya no habrá corazón qué romper, querida humana.

Gemir = vivir

  Tantos gemidos como personas en el mundo los he escuchado de todos los tipos unos suenan como lamentos  otros como suspiros hay unos de ha...