jueves, 26 de mayo de 2016

Oda al cine

Quién se podría haber imaginado que una película “pochoclera" (que es como suelen llamar los argentinos a las producciones que recaudan miles de millones de dólares en taquilla), X- Men Apocalipsis, me llevaría atrás, a mis épocas de infancia, a los primeros años de la década de los 80s, momento en el cual empecé a tener consciencia de mí y del mundo... De hecho, tal como aparece allí, el primer presidente estadounidense del que tengo memoria es Reagan, al cual, sin saber en esa época de demócratas ni republicanos, admiraba por haber sido actor de Hollywoood...

Verla me hizo pensar en las tantas guerras y los miles, tal vez millones de muertos que ha habido desde ese momento hasta ahora en el mundo y en mi propio país, muertos de todas las edades, razas y credos, muertos por el hambre y las disputas territoriales, religiosas, políticas y económicas…. Recordé la primera sensación al entrar al teatro y ver mi primera película, recuerdo pensar que todo era posible: viajar al pasado y al futuro, cambiar el destino y salvar al planeta, poder viajar a otros mundos y entrar en esas otras dimensiones. Sí, ahora que lo pienso el cine nos regaló a mi hermano y a mí -y también a muchos otros- un mundo de fantasía al cual escapar cuando la realidad es demasiado fea (que es casi siempre). Y, en estas épocas de polarización es gracias al cine que podemos hablar él y yo sin agredirnos. Es por él que volvemos a ser un par de niños que ríen sin parar. Sigue siendo nuestro primer y más grande amor. Y es el único que nos sigue haciendo sentir mariposas en el estómago cada vez que se apagan las luces y empieza a rodar la cinta. 

Sólo desearía una película eterna de la cual nunca tener que volver a salir.

sábado, 21 de mayo de 2016

El odio

Hasta hace poco no entendía la lucha de clases. En realidad no creía que las clases estuvieran en pugna, pensé que coexistían relativamente en paz, al menos en este momento, en el que más gente tiene acceso a los bienes y la globalización equipara a un adolescente latinoamericano con uno japonés, pues ambos tienen el mismo aparato celular y posiblemente la misma marca de zapatos.

Pero entonces algo empezó a llamar mi atención y terminó convirtiéndose casi en una obsesión: es la capacidad de odiarnos los unos a los otros. Pareciera ser una especie de derecho, una tremenda catarsis poder decir “odio esto", “cómo odio que..."

En mi país -y es posible que esto ocurra en el resto del mundo-, sobretodo odiamos a lo que se sale del patrón que nuestras élites y líderes políticos, culturales y religiosos establecieron: odiamos al negro, al provinciano, al indio, al pobre, al chabacán. En los últimos tiempos se han añadido a la lista los gays, las pre-pago y los traquetos. Antes y aún se odia al “levantado", al que teniendo plata adolece de “falta de clase", al que sale del restaurante con el palillo en boca; a la que tiene un cuerpo voluptuoso a punta de cirugías y carro, ropa y joyas de "dudosa" procedencia; los rolos odian a los costeños y viceversa; todos odiamos a los paisas y nos burlamos de los pastusos y boyacenses; pero también de los discapacitados, los feos, los mal vestidos y los deformes. 

Tal vez existan otros términos más exactos como repudio o fastidio, lo cierto es que nos gusta mofarnos, rechazar, despreciar.

Aquí pocos se atreven a burlarse de las clases altas y los que intentan hacerlo son llamados “resentidos". Nos parece normal que ellos sean los dueños del país, incluido el aire que respiramos y el agua que bebemos. Está bien que ellos sigan gobernando hasta el fin de los tiempos, está bien que vivan en mansiones y jueguen golf o póker en clubes exclusivos, que viajen por el mundo en primera clase o hasta en su propio avión: nos han dicho que Dios hizo a ricos y a pobres por una razón y es para que los primeros disfruten aquí pero en la eternidad se quemen en las llamas del infierno, mientras los segundos pasan penurias en la tierra para luego gozar en el cielo. Además, dicen, unos y otros son necesarios para que haya equilibrio en la ecuación, si uno falta, el otro desaparece y todo se va al carajo.

En cambio, ¿quién no se ha reído alguna vez de los "pobretones" y de los políticos mamertos que dicen representarlos? ¿Quién no ha denostado de su suciedad, de su mal gusto y ropa barata, su supuesta vagancia y escasez de iniciativa? ¿Quién no ha denigrado de la música que escuchan, de cómo hablan y se comportan en la mesa, en los eventos sociales? Si una señora rica sale a la calle pintarrajeada nos parece genial, si una pobre hace lo mismo decimos que va para su trabajo en un bar de mala muerte. Todo lo que use un rico es vanguardia, lo de los pobres no son más que baratijas.

Dicho odio por todo lo que huela a pueblo -dicen los estudiosos-, parece venir de muy atrás en nuestra historia, de la Colonia, período en el cual los españoles afincados en América empezaron a reproducirse y como producto de estas excelsas uniones fueron naciendo los llamados criollos. Estos, para su desgracia, nacieron en esta tierra impura, teniendo para su disgusto más en común con los inferiores nativos que con sus ancestros europeos, y, aunque hayan sido los gestores de la independencia, nunca parecieron sentirse del todo cercanos a aquellos por cuya libertad supuestamente lucharon. Sus anhelos estaban lejos, allá en Europa y no en estos reinos salvajes para ellos carentes de cultura e historia. Nunca se resignaron, nunca nos resignamos: en uno u otro momento hemos deseado ser ingleses, franceses o escandinavos. Y para quienes se consideran ciudadanos de otras tierras más excelsas, aquel que grita “viva Colombia hijueputa, el mejor país del mundo, papá" nos parece ignorante y atrasado, carente de aspiraciones y de mundo, mejor dicho, un corroncho.

Ese aparente nacionalismo ha sido aprovechado por demagogos con el fin de sumar adeptos y por consiguiente votos, pero nunca ha habido una verdadera cohesión, un genuino afecto y admiración por el otro, por ese paisano de otras zonas. Es por eso que los que intentan reivindicar los derechos de los excluidos siempre, además de ser acusados de guerrilleros -en el mejor de los casos- y de corruptos, ladrones y populistas en el peor (aunque sean los de derecha, los blancos y de clase alta los que más hayan matado y saqueado), hagan lo que hagan siempre serán juzgados más duramente y tal vez nunca logren por completo el respeto y la anuencia de los pobres -precisamente aquellos por los cuales su lucha tiene razón de ser-; porque para ellos los ricos son su modelo a seguir y por tanto dignos de veneración. El sometimiento a sus voluntades, creen, garantiza la posibilidad de llegar algún día a ser como ellos, si no en persona propia al menos a través de las siguientes generaciones.

Dudo si alguna vez lograremos congregarnos alrededor de propósitos loables (empiezan a verse pequeños destellos de solidaridad); espero que algún día logremos un equilibrio entre el regionalismo irracional y la aceptación sincera de nuestros orígenes. Pero sobre todo deseo que termine esta guerra demasiado larga que ha fomentado el odio y endurecido la piel de todo un país que no debería hacer más que amar sus diferencias, su variedad y colorido. Ese día sí gritaré: “¡Que viva Colombia hijueputa!"

lunes, 2 de mayo de 2016

La privatización de la vida

Es un hecho que en este mundo no somos nadie sin un peso en el bolsillo; es un hecho que las relaciones -todas- están marcadas por este pequeño gran detalle: que si después de cierta edad no pagas tus cuentas no te quiere ni tu mamá. Es triste que como dice la canción "amigo cuánto tienes cuánto vales" aplique para tus vínculos familiares, amorosos de amistad o incluso laborales; pero saber que no tienes derecho ni a disfrutar de las riquezas de tu país, que todo lo bonito tiene precio, o dueño, o mejor dicho, los dos, que hay lugares en los que sólo parecen ser bienvenidos los extranjeros con sus dólares o sus euros, ¡eso sí que entristece!

Lo digo porque ahora vivo en una ciudad turística -aunque no lo es tanto como por ejemplo, Cartagena- y me he dado cuenta de que ciertas playas, las más bonitas en su mayoría, no sólo cobran entrada, sino hay que ir en carro o pagar transporte a precios exorbitantes, porque no hay de otra, a lo que hay que sumarle el precio de la carpa y las sillas, el pescado y terminas volviéndote el cachaco tacaño que lleva la estera en el morral con un paquete de saltinas y dos latas de atún con una coca cola que te vas a tener que tomar hirviendo, porque apenas sale de la nevera ya empieza a sudar. Pero no hay modo, enterarse de que el parque Tayrona y la Sierra Nevada de Santa Marta son propiedad de Aviatur, que son quienes deciden quién puede costear los impagables alojamientos dizque ecológicos que se inventaron, dan ganas de irse a bañar de ahora en adelante a la Bahía llena de algas (donde va el pueblo) y no se ven pareos ni pavas de última moda o al Rodadero, donde los vendedores son insistentes pero amables y si les compras al menos sabes que estás contribuyendo a la economía de una familia humilde.

Que sigan los ricos y los colombianos arribistas yendo a esas playas escondidas y de nombres raros en las que sólo ves a tres o cuatro familias ricas luciendo la moda de verano de Silvia Tcherassi; de ahora en adelante, vamos pa Taganga y más ná. 


viernes, 8 de abril de 2016

¡Nos están matando!

Uno creció viendo morir a los hombres en la guerra. Se acostumbró a que el papel de las mujeres fuera el de resguardar el hogar, educar los hijos y hasta sostener económicamente a la familia mientras el padre y los hijos estaban en el campo de batalla, más si estos llegaban a convertirse en víctimas fatales.

Así la vivimos en nuestro país: guerrilleros, policías y soldados morían a diario y luego conocimos el sicariato, hombres o niños matando a otros hombres por unos cuantos pesos. Lo que nunca pensamos fue que presenciaríamos esta especie de doloroso equilibrio poblacional, que llegaría el momento en que morirían tantas mujeres como hombres. Lo vemos cada día al hojear los periódicos y comprobar que muchas pierden la vida víctimas de abusos sexuales, robos, mutilaciones, torturas; a puñaladas, por balas disparadas por sus parejas actuales, ex amantes, desconocidos o asesinos a sueldo. Por su condición de mujeres y también por venganzas, "problemas pasionales", deudas o por estar inmersas directa o indirectamente en una guerra que ya no es por unos ideales, sino puramente económica. Parece que no queda ningún tabú que prohíba a los asesinos matar mujeres (y lamentablemente tampoco niños).

En nuestra ciudad y departamento todas las semanas son asesinadas colombianas y del vecino país: niñas, mujeres viejas y jóvenes, madres de familia, estudiantes universitarias; de distintas condiciones educativas y económicas... Pareciera que la muerte se democratiza, que la parca está a favor de la igualdad de los derechos, que ya no somos discriminadas, al menos en el tema de la violencia. 

Al paso que vamos ya no se podrá repetir el chiste malo de que a cada hombre le tocan siete mujeres: a este ritmo y si no nos protegen los gobiernos y los hombres de ellos mismos seremos cada vez menos, y que tendrán que luchar con nosotras por nuestras vidas, porque estas, cada vez más, penden de un hilo.

martes, 15 de marzo de 2016

Crónicas costeñas

Es curioso cómo a la orilla del mar todo se ve diferente. Como decía alguien, es estar en el borde del mundo, aunque no sabes con exactitud lo que está del otro lado. Te preguntas qué traen esas aguas cristalinas o a veces profundamente oscuras... Aquí el sol no da tregua y calcina la piel durante todo el día, pero a las 5 y media de la tarde comienza la transformación que a todos reconcilia con la vida:  el cielo se torna anaranjado y la brisa se hace cada vez más suave, las luces se encienden y todo adquiere una nueva vida, en la que la miseria y la suciedad desaparecen... Porque la pobreza y los contrastes son difíciles de ignorar, cuando para ir a famosas playas como el Rodadero o Taganga tienes que pasar por montañas salpicadas de vegetación reseca y bolsas de plástico, por casas de tabla e innumerables perros que luego merodean por las playas abarrotadas.

Aquí se mezclan la cadencia del samario con acentos de todo el país y de otras naciones suramericanas, el inglés, el alemán y tantos otros; los oídos deben acostumbrarse al estruendo que arrojan los fines de semana los picós, aunque no haya mucha diferencia con las demás ciudades, que suelen ser igualmente ruidosas, excepto por la presencia repetitiva de la champeta. Pero te olvidas de todo sólo al ver las aguas y los barcos en los muelles. No puedo saber si quienes han tenido frente a sí estos paisajes toda la vida habrán de acostumbrarse; no sé si extrañarán ese azul cuando se van lejos...


A mí, hay algo aquí que me llena de ganas de vivir y de amar. Hay algo aquí que me aleja de la depresión, del negativismo y el temor a la muerte. Y no quisiera que acabara.

viernes, 26 de febrero de 2016

Otro día en la red

Decidió que no volvería a indignarse por lo que pasara en el planeta: de nada le servía a las ballenas que ella compartiera imágenes horripilantes de sus matanzas en las costas ensangrentadas de países muy muy lejanos...

Era cierto, flaco favor le hacían a los niños palestinos sus ruegos por detener la masacre, es posible que ese día -ni ningún otro- Netanyahu no revisara su twitter y entonces nunca se enteraría de que una valiente suramericana lo había conminado a dejar en paz a sus sufridos vecinos.

Eso sí, pensó en lo que en esos momentos podría estar tramando Obama y su ejército de asesinos que predicaban la paz y practicaban las guerras; se preguntó qué cosa nueva estarían inventando las multinacionales para envenenarnos y odió a los políticos de su país por ser tan malditamente ambiciosos y corruptos.

Pero ya era hora de bañarse y salir a comprar lo del  almuerzo, asi que cerró su portátil y se metió a la ducha. Cuando salió a las calles soleadas y polvorientas todo estaba tranquilo. Si no es porque uno de esos endiablados buses que iban a toda atentando contra lo que se pusiera en su camino casi la atropella, hubiera flotado en una realidad que parecía mucho más apacible que la que reflejaba su facebook.

Era curioso cómo alguien consciente como ella, de vez en cuando caía en el embrujo de las redes sociales, cómo a veces sentia deseos de publicar la mejor foto de hace tres o diez años para acumular "me gusta". No podía dejar de sentir un poco de vergüenza consigo misma (no con los otros, que al fin y al cabo hacían lo mismo), por esperar aunque fuera un solo comentario en sus publicaciones, por emocionarse cada vez que llegaba una notificación, por sumar emocionada las felicitaciones de cumpleaños. No tenía cómo explicar esa pulsión que le costaba muho frenar cada vez que iba a engullir alguna comida sabrosa (las lentejas de todos los días no le producían esa sensación) o visitaba algun lugar nuevo, de compartir la foto con sus amistades virtuales. Ahora todos, que antes valoraban tanto la privacidad, se habían vuelto exhibicionistas y fetichistas, adoradores de objetos cuyo altar era el muro de su perfil en la red.

También el voyeurismo era un problema que no podía descuidar: había pasado muchas horas revisando los perfiles de otros, mirando sus fotos y preguntándose de dónde sacarían plata para viajar tanto, si todos eran una manada de ignorantes y mediocres, muchos sin título universitario, muchos con títulos comprados en universidades de garage...

Definitivamente, algún día cerraría todas sus cuentas y volvería a ser feliz e indocumentada, ignorando la vida de los demás y el caos en el mundo.

Lamentablemente, hoy no era ese día.

viernes, 12 de febrero de 2016

Mi filosofía

Puedo pasar horas mirando la pantalla y no me importa, nada de lo que veo se me antoja, pareciera que soy inmune a la publicidad... Luego veo cómo acuchillan a una ballena y lloro, veo a los perros abandonados y quisiera llevármelos a todos a la casa: ése es el tipo de cosas que me conmueven. Vienen a decirme que estoy mal, que soy un fracaso porque otras de menos edad ya acumulan muchos y lujosos bienes y yo sólo me hago cargo de una gata con tres patas que puede irse cualquier día. Entiendo su punto, pero no pueden esperar que desee una vida de altibajos económicos/emocionales, caídas de la bolsa, caprichos infantiles y demás, sólo para complacerlos. Prefiero mi rutina de sólo estar, vivir, sin pensar en lo que vendrá. Así quiero que me encuentre el fin de los tiempos que será el fin de mi vida, porque sé que nada me espera del otro lado.

Muchos necesitan gurús porque su libro sagrado les dice que no confíen en su razón, que por el contrario crean en toda suerte de charlatanes y embaucadores. Ahora no son sólo los que prometen una vida después de ésta en un supuesto paraíso: son los que aseguran la obtención de cuanta chuchería es deseada por nuestra gente insatisfecha de objetos, a través de triquiñuelas y rituales absurdos, los que detentan el poder... Se les llama de muchas maneras (hay uno en Venezuela que se autodenomina "arquitecto de sueños") ¿Y qué mejor ejemplo de prosperidad que sus propias arcas llenas? Así nadie lo pone en duda, porque ellos, que hablan de éxito, son exitosos y con eso refuerzan sus propias mentiras... No hay manera de perder, es una apuesta segura.

¿Y si invirtiéramos en otras cosas además de lo necesario y de lo mucho innecesario en conocimiento y sabiduría? No se trata de que todos vayan a la universidad y obtengan un diploma, se trata de que el sentido de la vida sea verdaderamente crecer y desarrollarse, no acumular bienes materiales. ¿Si transitar por cada etapa no tuviera más finalidad que llegar al otro lado siendo mucho mejor, más sabio?

Por la vía del consumo no se llega a ser mejor ciudadano, tal vez se obtenga cierta felicidad, efímera, pero desaparece la solidaridad, porque lo único que importa es la satisfacción de un deseo, el de uno; se genera competencia, envidia, frustración... 

¿Qué tal si cada paso que diéramos tuviera la firme intención de no perjudicar a los demás? ¿Si se educara a la gente en la ayuda al otro, los niveles de violencia no disminuirían consecuentemente? ¿Si ese señor o señora no llegara al banco indispuesto por haber sido casi atropellado por un carro a toda velocidad o por haber viajado con su artritis de pie durante un trayecto de horas porque nadie se dignó a compartir un asiento? ¿Si se instruye en el cuidado del espacio no arrojando basuras, en el respeto por los peatones, a detenerse no sólo en los semáforos en rojo sino en las intersecciones cuando no hay espacio para cruzar para no joder a los demás? ¿Si retornamos al saludo amable, a ceder el paso, a prestar ayuda al anciano, al discapacitado? ¿Y si generamos espacios de crecimiento personal no sólo para individuos, sino para adultos, niños, grupos familiares? ¿Dónde está la población educada, que se deja avasallar por charlatanes y pseudo científicos? ¿Por qué lo investigado no se pone al servicio de la comunidad? ¿Por qué lo descubierto sobre la mejor manera de alcanzar la armonía familiar no se traduce en talleres de formación para padres, hijos y en general en repartir felicidad que esté más ligada a la tranquilidad mental que al éxito material?

Claro, nada de esto les conviene para su mercadeo de objetos, su venta de "experiencias", su lógica de vender todo lo que sea susceptible de ser vendido. Y lo que no.

Gemir = vivir

  Tantos gemidos como personas en el mundo los he escuchado de todos los tipos unos suenan como lamentos  otros como suspiros hay unos de ha...