sábado, 24 de diciembre de 2016

Viaje por Venezuela

Llegué asustada al puente Simón Bolívar que comunica Colombia con Venezuela, los rumores de que la cosa estaba fea pululaban, eso sí, el flujo de gente que iba y venía de uno al otro lado -a pie- era abundante. A lo largo del puente varios se ofrecieron a llevar las maletas en carritos de mercado por 5 mil -a estas alturas no sé si pesos o bolívares, diferencia importante-; decidí echar a andar con la mía a cuestas mientras cuadraba con un taxista que se ofrecía  a llevarnos hasta el terminal de San Cristóbal por 2.500 Bs cada uno, cuando otros pedían 5.000. Mintió cuando dijo que el carro estaba a dos cuadras, caminamos más de cinco hasta llegar a él, un Malibú viejo que suele ser utilizado en estos menesteres y, entre otras cosas, para transportar gasolina. Nos embarcamos, el viaje se hizo placentero, con poca cola y sólo tres pasajeros -nosotras-, más el chófer. 

Llegar a San Cristóbal -bastión de la oposición- y dirigirme a almorzar después de haber asegurado el pasaje hacia Caracas fue una agradable sorpresa: en la plaza de mercado había de todo, verduras, carne, pollo, la famosa harina pan, aunque a precio colombiano, 4.500 Bs., azúcar, aceite, harina de trigo, entre otros; había pan en todas las panaderías; caro sí, pero había. Curiosamente, el viaje que estaba planeado para las 4 de la tarde salió a las 5 y 45, tuvieron que embarcar en un sólo autobús a los viajeros de las 3, 4 y 5 de la tarde, algo inusual por estas épocas, lo cual consideré un mal presagio; noté que los precios habían aumentado considerablemente, el almuerzo nos costó 3.500 Bs., cuando la última vez que vine a Venezuela (en 2014) se conseguía uno bueno en 170. La arepa en una de las paradas costó 2.500 y por el café grande -sin leche- nos pidieron 1.000, cuando anteriormente costaba 35; otro inconveniente tuvo que ver con la falta de disponibilidad de los puntos de pago con tarjeta, alrededor todos contábamos fajos y fajos de billetes, aun así logramos cenar, volver al autobús y despertar a las 5:45 a.m. cuando ya entrábamos a mi amada Caracas, que nos recibió perezosa, con su olor a café y sus ranchos en las colinas, con sus autopistas... ¡Vaya que sigue siendo linda la condenada! 

Llegamos bien al Este, una zona "bien", aunque este al lado de la populosa barriada de Petare, vi dos pequeñas colas, una normal y otra de personas de la tercera edad "¿qué están vendiendo?, no se sabe, la gente viene a ver qué hay, seguro hoy les toca a su número de cédula"; una hora después ya no había cola. Los motochoros estaban de descanso, no vi ni uno, "parece que a esta hora se van a dormir después de su jornada de trabajo" dijo mi hermano. Nos recibió una montaña de hayacas, un pollo relleno y un pernil de cerdo a punto de entrar en el horno. Camionetas con verduras, huevos y de todo para preparar las hayacas estaban parqueadas al lado del andén; música en la panadería, esta a rebosar de gente comprando el pan de jamón. "¿Dónde diablos está la crisis? Creo que, como el comercial chibchombiano, estoy en el lugar equivocado, debí irme para el 23 de enero... Pero si estos burgueses son los que más se quejan, la verdad no entiendo nada..."

Para completar la decepción -pues me dijeron que estuviera preparada para entrar a Alepo, sin los bombardeos-, mi cuñada llega con una caja de panetonnes y otra de aceite de oliva, 16 regalos para mi sobrina incluidos una bicicleta y un televisor de 39 pulgadas, un dron... ¡Pero qué coños! Creo que me equivoqué de país o de noticieros, más bien espero sobrevivir a esa comilona, en Colombia hubiese tenido que conformarme con rebanadas de jamón de pavo de zenú y ensalada de papa con mayonesa... 

¡Qué diablos, relajarse y disfrutar de esta miseria, de esta porquería de revolución! Y felices pascuas.  

domingo, 11 de diciembre de 2016

Mutismo selectivo

El silencio de una profesora de los Andes sobre el caso de Yuliana Andrea Samboní

Suceden cosas horribles en este mundo. Suceden cosas horribles en mi país. Hemos visto en el transcurso de muchos años homicidios, masacres, descuartizamientos, violaciones y empalamientos. Acabamos de pasar una semana plagada de noticias cada vez más escalofriantes sobre el rapto, maltrato, abuso sexual y asesinato de una niña indígena desplazada de 7 años, al parecer, perpetrado por un individuo perteneciente a una familia prestante. Los detalles son aberrantes. La rabia y el afán de venganza expresada en el muro de lamentaciones en que se han convertido las redes sociales no se ha hecho esperar.

En el trasegar por mi página de facebook tropiezo con un estado que dice: "A los colombianos se nos va la vida de indignación en indignación". Nada más cierto y también el que nos sintamos aliviados sólo por el hecho de expresarla sin pensar siquiera en que algo debe hacerse para que esto no siga sucediendo. No nos pasa por la cabeza que las cosas deben cambiar. Que todos debemos hacerlo.

Entonces yo, una de esas tantas indignadas, desde hace un buen tiempo me he convertido en hincha furibunda de una mujer fuerte, aguerrida, a quien no le tiembla la mano para señalar, desde su facebook, la ignorancia, el machismo y la bajeza que nos caracterizan como sociedad. Esta mujer, de nombre Carolina Sanín, entre otras causas defendió como la que más el Nobel de Literatura entregado a Bob Dylan e insultó a todo el que se atreviera a contradecir las decisiones del Comité, atreviéndose a tildar de "parido por el ano" (aunque luego se enredara tratando de negarlo) a uno de los huérfanos más ilustres de esta guerra nuestra: el señor Héctor Abad Faciolince.

Pero, para mi sorpresa, mi heroína ha guardado un silencio sepulcral (frase que tildará la susodicha de lugar común si algún día se dignara a leer este humilde escrito) sobre el caso de Yuliana. Desde el 4 de diciembre me he dedicado a revisar con atención su perfil y nada; ahí están sus reflexiones profundas sobre cosas importantes, como la última película de Oliver Stone; frases inteligentes de quien debe ser su alter ego masculino, el poeta maldito (bautizado así por mí), Girolamo Vico Acquanera, de quien desconozco si sea un personaje real o ficticio, mi ignorancia supina en casi todos los temas del mundo me impiden saberlo.

Al principio creí que se trataba de un tema muy doloroso para ella como para ventilarlo en un estúpido muro de facebook, pero recordé que es una auto declarada feminista y que hace un par de semanas denunció un caso de acoso contra ella misma por parte de una página de matoneadores habituales en estas redes, exigiendo a las directivas de la universidad en la que es profesora a pronunciarse y rechazar de manera contundente la publicación de unas fotos suyas, una de ellas alterada para que apareciera con un ojo morado, demanda a la que me sumé por considerarlo un acto violento y degradante; y de pronto pensé: ¿no será amiga o conocida de la familia o del mismo imputado? ¿No pertenecen ambos a la élite colombiana, esa que tiene acceso a las mejores universidades del país y del extranjero? ¿Hará parte del círculo de amigos y familiares del presunto asesino que han decidido hacer un pacto de silencio para no contribuir a dañar aun más su ya maltrecha imagen?

No pretendo con esto acusarla y menos contando con el único argumento de que, por pertenecer ambos a una clase privilegiada, deban conocerse o tener alguna relación; sólo pretendo expresar mi decepción ante lo que para mí es un abandono por parte de una de las grandes luchadoras por los derechos de la mujer en nuestro país. Espero que nunca llegue a leer esto, porque estoy segura de que sus críticas girarían entre otras cosas, en torno a mi pésimo uso del gerundio, tema en el que suele ser un poco reiterativa. Aun así, pienso correr el riesgo. Al fin y al cabo la señora Sanín es también una abanderada de la libertad de expresión. ¿O no, Carolina?



domingo, 4 de diciembre de 2016

Revelaciones

De pronto, esta pitonisa de la calamidad despierta llena de certeza, aunque se haya acostado deseando abrir los ojos diez años después, con los muertos de la posguerra ya contados para no tener que vivirlos cada día desde un lugar distinto, con un rostro, una edad, un nombre y una historia de lucha particular, terminados igualmente a bala en una calle cualquiera de esta tierra salvaje.

Esta rapsoda de la tristeza sabe que esas familias están llorando a su ser querido, pero ella los padece a todos y arrastra su duelo perenne; porque aunque diga odiarla, ama esta tierra exhuberantemente bella y tan perversa como una Lucrecia Borgia con alpargatas y sombrero vueltiao; sobre ella ha sido groseramente feliz y amada, sus sabores y olores han deleitado aun sin quererlo cada uno de sus sentidos y esa savia deliciosa y maldita recorre sus venas y habita en su saliva, se transpira en su sudor y sale por sus desechos, volviendo a entrar cada día con cada respiración, con cada mirada aterrada y candorosa que lanza a cada macabro ser que habita su camino.

Esta vestal de la tragedia, esta hechicera sin magia, esta profetisa de la obviedad ha dejado de creer en un tiempo pasado mejor, ha dejado de añorar una época bucólica que nunca tuvo lugar: ha empezado a repudiar la edad en que los niños se morían como moscas por falta de vacunas y en que hombres y mujeres iban a su aire, esparciendo sus descontrolados pelos y olores; le ha dado la bienvenida a los teclados y a las pantalla, a los venenos de distintos colores y sabores, a la destrucción y el hartazgo que traen consigo, porque el mundo debe ir siempre hacia adelante aunque allá nos espere el precipicio, aunque ya no veamos nunca más águilas calvas ni osos polares. 

Porque nada es y será mejor que recorrer el camino e ir volando feliz hacia la muerte, y tampoco es tan cierto que los humanos de antes fueran más sabios y más cultos que estos pequeños ignorantes de 6 años, genios de la electrónica y de los mass media. Porque los de antes también mataban y comían del muerto y violaban mujeres y las empalaban y creían en brujas y luego las quemaban, para quedar bien frente a su pastor con pantalón o sotana.

Ya esta sibila de a peso se cansó de luchar contra una corriente que no se detiene aunque vaya por el camino de la destrucción más abyecta y letal: comprendió que para que el humano viva los demás seres deben ser sacrificados, pues su existencia es tan egoísta y voraz que no permite espacio para que otros animales o bosques o ríos sobrevivan, aunque de ellos coma y beba y respire.

La última voluntad de esta sacerdotisa sin labia es que esta injusta esperanza, este fatalista optimismo sean respetados por los nostálgicos de la lavada a mano y de la luz con velas: nunca pertenecimos a ese tiempo, pertenezcamos al que, por capricho de la diosa Fortuna nos ha tocado en suerte. 

Y sigamos destruyendo, que el mundo renacerá sin ayuda de nosotros cuando ya no estemos.


martes, 22 de noviembre de 2016

Un lugar en el mundo

Pareciera que no hay lugar en este mundo a donde ir sin sentirse amenazado. Si nuestros antepasados iban de un lugar a otro buscando alimento, huyendo de las fieras, ahora huimos de los crímenes perpetrados por seres de nuestra misma especie. 

Los estados -con pocas excepciones- han fracasado en su función de garantizar la seguridad de los ciudadanos, aunque hace eones ya ni se esfuerzan por hacerlo: las incursiones a la vida política cada vez tienen razones más lejanas y distintas a la de servir a la causa del pueblo, en la mayoría de los casos se busca sólo el lucro personal o la fama y la grandeza, pasar a los anales de la historia.

¿Cómo vivir, sabiendo que nadie puede protegernos de todo lo que atenta contra nuestra integridad, tanto emocional como física, de tantas maneras? ¿Es por eso que buscamos nuestra felicidad en drogas, alcohol, entretenimiento, vídeojuegos, viajes y compras, muchas compras? Salimos a la calle y es muy probable que alguien intente agredirnos, violentarnos; el aire que respiramos está viciado y nuestra comida envenenada y, ¿por quién? ¿Son los tiburones y las ballenas quienes contaminan los mares con hidrocarburos, con todo tipo de desechos, con plástico? ¿Son los tigres y los elefantes quienes talan las selvas y los bosques? ¿Son los pájaros los que vierten a nuestra atmósfera miles de millones de partículas dañinas?

Sabemos la respuesta, lo cruel es que quienes criticamos a ciertas religiones por considerar al humano como el ser superior por supuestamente estar hecho a imagen y semejanza de la divinidad y por consiguiente ser el amo de la naturaleza, debemos reconocer que si en algo se ha destacado esta especie es en su infinita capacidad para la destrucción, incluso de algo tan maravilloso y monumental como este hermoso planeta, ese "punto azul pálido en el espacio", como decía Carl Sacan.

Dice Francisco, el Papa: "son los comunistas quienes piensan como cristianos"; desafortunadamente, los sistemas creados por humanos son imperfectos y corruptibles y el capitalismo ha hecho bien su trabajo de desprestigio de todo orden que no favorezca el libre mercado: ya no hay nada en el mundo que no tenga precio, que no pueda ser comprado, hasta la dignidad. Si los sistemas han fracasado y muchos gobiernos han caído (algunos no por su incompetencia sino por lo contrario, por querer hacer las cosas de manera correcta) ¿qué nos queda? ¿La movilización social, la indiferencia, confiar en la nueva -o vieja- generación de tecnócratas?  Y ante una arremetida del neo conservadurismo y los extremismos que nunca se han ido ¿podremos tener esperanza?

viernes, 28 de octubre de 2016

Viejo Mundo

No me engañas, viejo mundo, aunque intentes parecer moderno y sofisticado: 
veo patéticos tus cuerpos deformes, tus rostros inexpresivos, tus genes alterados; 
tus enfermedades catastróficas.

Sigues siendo el mismo que quemó herejes, que masacró niños y ancianos; 
sigues odiando a las mujeres, a los maricas y a los negros; 
asesinando a los nativos, rechazando a los extranjeros.

No logras embaucarme con tu tecnología inútil, tus comunicaciones rápidas, tus noticias inventadas; 
ni con tus líderes egoístas, tus mercachifles religiosos, tus ídolos de silicona, tus aviones y cohetes.

Eres un viejo cada vez más sediento de muerte, pontificas sobre todo, quieres que todos compremos tus manuales sin sentido;
destruyes toda forma inocente de vida, castigas a quienes se te oponen; 
matas, cada día, a quienes te aman.

No quiero tu moda ni tus reglas, desprecio tus discursos y tus derechos inhumanos.

Sólo puedo esperar que algún día, por fin, desaparezcas.

sábado, 15 de octubre de 2016

Maldita igualdad

Tantos años de evolución, tantas décadas de emancipación y seguimos siendo violentadas: hasta por nosotras mismas.

Ya se ha dicho que la liberación femenina solo sirvió para esclavizarnos más, para permitirnos entrar en el competitivo mundo laboral, en la política, los deportes y en todos los campos, sí, pero solo con relativo éxito; porque estamos siempre en falta, nos hacen sentir inferiores pagándonos mucho menos, siendo miradas con desconfianza porque nuestras "particularidades" hormonales hacen temer de nosotras descargas de emocionalidad inexplicables y hacen dudar de que seamos tan capaces y estemos tan preparadas como ellos para ejercer estas actividades.

En cuanto a lo físico, dicha liberación solo transformó nuestra anterior celda, porque todavía nos ata la belleza: se nos sigue exigiendo vernos atractivas, tener un look adecuado y para ellos nos venden un montón de productos; seguimos teniendo que depilar nuestro bigote, piernas y axilas y se nos juzga si estamos pasadas de peso, ¿o acaso hay un comentario equivalente en el género masculino sobre el gordo de cara bonita que podría verse mejor si tuviera la voluntad para adelgazar? Lo dudo. El hombre, excepto por su deber de ser macho, puede permitirse muchísimas más libertades, y estoy segura de que no hay una mujer a la que no le hayan dicho que podría verse mejor si se hace tal o cual retoque.

Algunos se atreven a decir que no deberíamos limitarnos, que por qué no podríamos salir solas a altas horas de la noche o ir por un barrio peligroso; cómo decirles que no es lo mismo que una de nosotras se suba a un bus vacío que si lo hace un varón, o que no es injustificado tener miedo de pasar por un callejón oscuro, ¿de verdad consideran que la limitación está en nuestra mente, que el peligro es inexistente? No lo pueden saber, no entienden que no somos nosotras las culpables de convertirnos en víctimas -están convencidos de que gozamos victimizándonos-, ¿Cómo pueden afirmar que disfrutamos siendo violadas y asesinadas o que tenemos la culpa por vestirnos de cierta manera o tomarnos unos tragos?

¡Cuánto dolor causa cada mujer muerta a manos de quien debería haberla cuidado, amado! Y cuánto duelen los comentarios revictimizantes: ¡pero qué estúpida! ¿por qué no lo dejó? No lo dejó por muchas razones, a veces por haber escuchado toda la vida que una debía conseguirse un marido para ser feliz, para luego de hacerlo y comprobar que es un grandísimo hijo de puta, y ante la necesidad de alguien que nos comprenda, nos salgan con un:"no mijita, usted ya tiene su hogar, tiene que luchar por él".

¡Cuántas muertes se habrían evitado si muchas no fueran expulsadas de sus hogares paternos, porque a veces no son ellos, ¡es la familia, es nuestro entorno cercano, es la sociedad quienes nos clavan el puñal, disparan las balas, empujan el palo que nos empala! ¡Todos esos padres y madres machistas y misóginos para quienes siempre seremos el error que llegó en vez del ansiado varoncito! 

jueves, 29 de septiembre de 2016

Cosas sueltas

Me aburro todos los días. 

Me acuesto todas las noches cansada de oír el mismo ruido, de ver y escuchar las mismas cosas.

Me canso de esperar algo bueno de mi bendita especie, no hago más que desear una hecatombe que lo destruya todo para que esta tierra vuelva a empezar sin nosotros.

Me molesta sentirme diferente y ser rechazada por eso y a la vez necesitar el rechazo para recordarme que no soy como ellos.

Me fastidian cada vez más los fanáticos religiosos que me acusan de pactos con el demonio cuando me declaro atea, mientras yo tengo que soportar sus imágenes, su dios y su amén por todas partes.

Me asquea, me duele con dolor físico la estupidez de mis compatriotas, de los extranjeros y de casi todos los humanos.

Pocas cosas me seducen tanto como la inteligencia y es tan difícil hallarla, que a veces siento que hasta en mí misma escasea.

No puedo entender que un pueblo por cuenta del odio prefiera lanzarse al abismo y rechace su propio bienestar, pudiendo perdonar, ser grande y benévolo.

Me harta tener que estar siempre demostrando algo: que sirvo para un trabajo, que estoy a la moda, que sé de qué me hablan todo el tiempo cuando no lo sé ni me interesa saberlo.

Lo peor es tener que fingir que algo me importa, cuando por mí, se puede ir todo a la mierda.

jueves, 26 de mayo de 2016

Oda al cine

Quién se podría haber imaginado que una película “pochoclera" (que es como suelen llamar los argentinos a las producciones que recaudan miles de millones de dólares en taquilla), X- Men Apocalipsis, me llevaría atrás, a mis épocas de infancia, a los primeros años de la década de los 80s, momento en el cual empecé a tener consciencia de mí y del mundo... De hecho, tal como aparece allí, el primer presidente estadounidense del que tengo memoria es Reagan, al cual, sin saber en esa época de demócratas ni republicanos, admiraba por haber sido actor de Hollywoood...

Verla me hizo pensar en las tantas guerras y los miles, tal vez millones de muertos que ha habido desde ese momento hasta ahora en el mundo y en mi propio país, muertos de todas las edades, razas y credos, muertos por el hambre y las disputas territoriales, religiosas, políticas y económicas…. Recordé la primera sensación al entrar al teatro y ver mi primera película, recuerdo pensar que todo era posible: viajar al pasado y al futuro, cambiar el destino y salvar al planeta, poder viajar a otros mundos y entrar en esas otras dimensiones. Sí, ahora que lo pienso el cine nos regaló a mi hermano y a mí -y también a muchos otros- un mundo de fantasía al cual escapar cuando la realidad es demasiado fea (que es casi siempre). Y, en estas épocas de polarización es gracias al cine que podemos hablar él y yo sin agredirnos. Es por él que volvemos a ser un par de niños que ríen sin parar. Sigue siendo nuestro primer y más grande amor. Y es el único que nos sigue haciendo sentir mariposas en el estómago cada vez que se apagan las luces y empieza a rodar la cinta. 

Sólo desearía una película eterna de la cual nunca tener que volver a salir.

sábado, 21 de mayo de 2016

El odio

Hasta hace poco no entendía la lucha de clases. En realidad no creía que las clases estuvieran en pugna, pensé que coexistían relativamente en paz, al menos en este momento, en el que más gente tiene acceso a los bienes y la globalización equipara a un adolescente latinoamericano con uno japonés, pues ambos tienen el mismo aparato celular y posiblemente la misma marca de zapatos.

Pero entonces algo empezó a llamar mi atención y terminó convirtiéndose casi en una obsesión: es la capacidad de odiarnos los unos a los otros. Pareciera ser una especie de derecho, una tremenda catarsis poder decir “odio esto", “cómo odio que..."

En mi país -y es posible que esto ocurra en el resto del mundo-, sobretodo odiamos a lo que se sale del patrón que nuestras élites y líderes políticos, culturales y religiosos establecieron: odiamos al negro, al provinciano, al indio, al pobre, al chabacán. En los últimos tiempos se han añadido a la lista los gays, las pre-pago y los traquetos. Antes y aún se odia al “levantado", al que teniendo plata adolece de “falta de clase", al que sale del restaurante con el palillo en boca; a la que tiene un cuerpo voluptuoso a punta de cirugías y carro, ropa y joyas de "dudosa" procedencia; los rolos odian a los costeños y viceversa; todos odiamos a los paisas y nos burlamos de los pastusos y boyacenses; pero también de los discapacitados, los feos, los mal vestidos y los deformes. 

Tal vez existan otros términos más exactos como repudio o fastidio, lo cierto es que nos gusta mofarnos, rechazar, despreciar.

Aquí pocos se atreven a burlarse de las clases altas y los que intentan hacerlo son llamados “resentidos". Nos parece normal que ellos sean los dueños del país, incluido el aire que respiramos y el agua que bebemos. Está bien que ellos sigan gobernando hasta el fin de los tiempos, está bien que vivan en mansiones y jueguen golf o póker en clubes exclusivos, que viajen por el mundo en primera clase o hasta en su propio avión: nos han dicho que Dios hizo a ricos y a pobres por una razón y es para que los primeros disfruten aquí pero en la eternidad se quemen en las llamas del infierno, mientras los segundos pasan penurias en la tierra para luego gozar en el cielo. Además, dicen, unos y otros son necesarios para que haya equilibrio en la ecuación, si uno falta, el otro desaparece y todo se va al carajo.

En cambio, ¿quién no se ha reído alguna vez de los "pobretones" y de los políticos mamertos que dicen representarlos? ¿Quién no ha denostado de su suciedad, de su mal gusto y ropa barata, su supuesta vagancia y escasez de iniciativa? ¿Quién no ha denigrado de la música que escuchan, de cómo hablan y se comportan en la mesa, en los eventos sociales? Si una señora rica sale a la calle pintarrajeada nos parece genial, si una pobre hace lo mismo decimos que va para su trabajo en un bar de mala muerte. Todo lo que use un rico es vanguardia, lo de los pobres no son más que baratijas.

Dicho odio por todo lo que huela a pueblo -dicen los estudiosos-, parece venir de muy atrás en nuestra historia, de la Colonia, período en el cual los españoles afincados en América empezaron a reproducirse y como producto de estas excelsas uniones fueron naciendo los llamados criollos. Estos, para su desgracia, nacieron en esta tierra impura, teniendo para su disgusto más en común con los inferiores nativos que con sus ancestros europeos, y, aunque hayan sido los gestores de la independencia, nunca parecieron sentirse del todo cercanos a aquellos por cuya libertad supuestamente lucharon. Sus anhelos estaban lejos, allá en Europa y no en estos reinos salvajes para ellos carentes de cultura e historia. Nunca se resignaron, nunca nos resignamos: en uno u otro momento hemos deseado ser ingleses, franceses o escandinavos. Y para quienes se consideran ciudadanos de otras tierras más excelsas, aquel que grita “viva Colombia hijueputa, el mejor país del mundo, papá" nos parece ignorante y atrasado, carente de aspiraciones y de mundo, mejor dicho, un corroncho.

Ese aparente nacionalismo ha sido aprovechado por demagogos con el fin de sumar adeptos y por consiguiente votos, pero nunca ha habido una verdadera cohesión, un genuino afecto y admiración por el otro, por ese paisano de otras zonas. Es por eso que los que intentan reivindicar los derechos de los excluidos siempre, además de ser acusados de guerrilleros -en el mejor de los casos- y de corruptos, ladrones y populistas en el peor (aunque sean los de derecha, los blancos y de clase alta los que más hayan matado y saqueado), hagan lo que hagan siempre serán juzgados más duramente y tal vez nunca logren por completo el respeto y la anuencia de los pobres -precisamente aquellos por los cuales su lucha tiene razón de ser-; porque para ellos los ricos son su modelo a seguir y por tanto dignos de veneración. El sometimiento a sus voluntades, creen, garantiza la posibilidad de llegar algún día a ser como ellos, si no en persona propia al menos a través de las siguientes generaciones.

Dudo si alguna vez lograremos congregarnos alrededor de propósitos loables (empiezan a verse pequeños destellos de solidaridad); espero que algún día logremos un equilibrio entre el regionalismo irracional y la aceptación sincera de nuestros orígenes. Pero sobre todo deseo que termine esta guerra demasiado larga que ha fomentado el odio y endurecido la piel de todo un país que no debería hacer más que amar sus diferencias, su variedad y colorido. Ese día sí gritaré: “¡Que viva Colombia hijueputa!"

lunes, 2 de mayo de 2016

La privatización de la vida

Es un hecho que en este mundo no somos nadie sin un peso en el bolsillo; es un hecho que las relaciones -todas- están marcadas por este pequeño gran detalle: que si después de cierta edad no pagas tus cuentas no te quiere ni tu mamá. Es triste que como dice la canción "amigo cuánto tienes cuánto vales" aplique para tus vínculos familiares, amorosos de amistad o incluso laborales; pero saber que no tienes derecho ni a disfrutar de las riquezas de tu país, que todo lo bonito tiene precio, o dueño, o mejor dicho, los dos, que hay lugares en los que sólo parecen ser bienvenidos los extranjeros con sus dólares o sus euros, ¡eso sí que entristece!

Lo digo porque ahora vivo en una ciudad turística -aunque no lo es tanto como por ejemplo, Cartagena- y me he dado cuenta de que ciertas playas, las más bonitas en su mayoría, no sólo cobran entrada, sino hay que ir en carro o pagar transporte a precios exorbitantes, porque no hay de otra, a lo que hay que sumarle el precio de la carpa y las sillas, el pescado y terminas volviéndote el cachaco tacaño que lleva la estera en el morral con un paquete de saltinas y dos latas de atún con una coca cola que te vas a tener que tomar hirviendo, porque apenas sale de la nevera ya empieza a sudar. Pero no hay modo, enterarse de que el parque Tayrona y la Sierra Nevada de Santa Marta son propiedad de Aviatur, que son quienes deciden quién puede costear los impagables alojamientos dizque ecológicos que se inventaron, dan ganas de irse a bañar de ahora en adelante a la Bahía llena de algas (donde va el pueblo) y no se ven pareos ni pavas de última moda o al Rodadero, donde los vendedores son insistentes pero amables y si les compras al menos sabes que estás contribuyendo a la economía de una familia humilde.

Que sigan los ricos y los colombianos arribistas yendo a esas playas escondidas y de nombres raros en las que sólo ves a tres o cuatro familias ricas luciendo la moda de verano de Silvia Tcherassi; de ahora en adelante, vamos pa Taganga y más ná. 


viernes, 8 de abril de 2016

¡Nos están matando!

Uno creció viendo morir a los hombres en la guerra. Se acostumbró a que el papel de las mujeres fuera el de resguardar el hogar, educar los hijos y hasta sostener económicamente a la familia mientras el padre y los hijos estaban en el campo de batalla, más si estos llegaban a convertirse en víctimas fatales.

Así la vivimos en nuestro país: guerrilleros, policías y soldados morían a diario y luego conocimos el sicariato, hombres o niños matando a otros hombres por unos cuantos pesos. Lo que nunca pensamos fue que presenciaríamos esta especie de doloroso equilibrio poblacional, que llegaría el momento en que morirían tantas mujeres como hombres. Lo vemos cada día al hojear los periódicos y comprobar que muchas pierden la vida víctimas de abusos sexuales, robos, mutilaciones, torturas; a puñaladas, por balas disparadas por sus parejas actuales, ex amantes, desconocidos o asesinos a sueldo. Por su condición de mujeres y también por venganzas, "problemas pasionales", deudas o por estar inmersas directa o indirectamente en una guerra que ya no es por unos ideales, sino puramente económica. Parece que no queda ningún tabú que prohíba a los asesinos matar mujeres (y lamentablemente tampoco niños).

En nuestra ciudad y departamento todas las semanas son asesinadas colombianas y del vecino país: niñas, mujeres viejas y jóvenes, madres de familia, estudiantes universitarias; de distintas condiciones educativas y económicas... Pareciera que la muerte se democratiza, que la parca está a favor de la igualdad de los derechos, que ya no somos discriminadas, al menos en el tema de la violencia. 

Al paso que vamos ya no se podrá repetir el chiste malo de que a cada hombre le tocan siete mujeres: a este ritmo y si no nos protegen los gobiernos y los hombres de ellos mismos seremos cada vez menos, y que tendrán que luchar con nosotras por nuestras vidas, porque estas, cada vez más, penden de un hilo.

martes, 15 de marzo de 2016

Crónicas costeñas

Es curioso cómo a la orilla del mar todo se ve diferente. Como decía alguien, es estar en el borde del mundo, aunque no sabes con exactitud lo que está del otro lado. Te preguntas qué traen esas aguas cristalinas o a veces profundamente oscuras... Aquí el sol no da tregua y calcina la piel durante todo el día, pero a las 5 y media de la tarde comienza la transformación que a todos reconcilia con la vida:  el cielo se torna anaranjado y la brisa se hace cada vez más suave, las luces se encienden y todo adquiere una nueva vida, en la que la miseria y la suciedad desaparecen... Porque la pobreza y los contrastes son difíciles de ignorar, cuando para ir a famosas playas como el Rodadero o Taganga tienes que pasar por montañas salpicadas de vegetación reseca y bolsas de plástico, por casas de tabla e innumerables perros que luego merodean por las playas abarrotadas.

Aquí se mezclan la cadencia del samario con acentos de todo el país y de otras naciones suramericanas, el inglés, el alemán y tantos otros; los oídos deben acostumbrarse al estruendo que arrojan los fines de semana los picós, aunque no haya mucha diferencia con las demás ciudades, que suelen ser igualmente ruidosas, excepto por la presencia repetitiva de la champeta. Pero te olvidas de todo sólo al ver las aguas y los barcos en los muelles. No puedo saber si quienes han tenido frente a sí estos paisajes toda la vida habrán de acostumbrarse; no sé si extrañarán ese azul cuando se van lejos...


A mí, hay algo aquí que me llena de ganas de vivir y de amar. Hay algo aquí que me aleja de la depresión, del negativismo y el temor a la muerte. Y no quisiera que acabara.

viernes, 26 de febrero de 2016

Otro día en la red

Decidió que no volvería a indignarse por lo que pasara en el planeta: de nada le servía a las ballenas que ella compartiera imágenes horripilantes de sus matanzas en las costas ensangrentadas de países muy muy lejanos...

Era cierto, flaco favor le hacían a los niños palestinos sus ruegos por detener la masacre, es posible que ese día -ni ningún otro- Netanyahu no revisara su twitter y entonces nunca se enteraría de que una valiente suramericana lo había conminado a dejar en paz a sus sufridos vecinos.

Eso sí, pensó en lo que en esos momentos podría estar tramando Obama y su ejército de asesinos que predicaban la paz y practicaban las guerras; se preguntó qué cosa nueva estarían inventando las multinacionales para envenenarnos y odió a los políticos de su país por ser tan malditamente ambiciosos y corruptos.

Pero ya era hora de bañarse y salir a comprar lo del  almuerzo, asi que cerró su portátil y se metió a la ducha. Cuando salió a las calles soleadas y polvorientas todo estaba tranquilo. Si no es porque uno de esos endiablados buses que iban a toda atentando contra lo que se pusiera en su camino casi la atropella, hubiera flotado en una realidad que parecía mucho más apacible que la que reflejaba su facebook.

Era curioso cómo alguien consciente como ella, de vez en cuando caía en el embrujo de las redes sociales, cómo a veces sentia deseos de publicar la mejor foto de hace tres o diez años para acumular "me gusta". No podía dejar de sentir un poco de vergüenza consigo misma (no con los otros, que al fin y al cabo hacían lo mismo), por esperar aunque fuera un solo comentario en sus publicaciones, por emocionarse cada vez que llegaba una notificación, por sumar emocionada las felicitaciones de cumpleaños. No tenía cómo explicar esa pulsión que le costaba muho frenar cada vez que iba a engullir alguna comida sabrosa (las lentejas de todos los días no le producían esa sensación) o visitaba algun lugar nuevo, de compartir la foto con sus amistades virtuales. Ahora todos, que antes valoraban tanto la privacidad, se habían vuelto exhibicionistas y fetichistas, adoradores de objetos cuyo altar era el muro de su perfil en la red.

También el voyeurismo era un problema que no podía descuidar: había pasado muchas horas revisando los perfiles de otros, mirando sus fotos y preguntándose de dónde sacarían plata para viajar tanto, si todos eran una manada de ignorantes y mediocres, muchos sin título universitario, muchos con títulos comprados en universidades de garage...

Definitivamente, algún día cerraría todas sus cuentas y volvería a ser feliz e indocumentada, ignorando la vida de los demás y el caos en el mundo.

Lamentablemente, hoy no era ese día.

viernes, 12 de febrero de 2016

Mi filosofía

Puedo pasar horas mirando la pantalla y no me importa, nada de lo que veo se me antoja, pareciera que soy inmune a la publicidad... Luego veo cómo acuchillan a una ballena y lloro, veo a los perros abandonados y quisiera llevármelos a todos a la casa: ése es el tipo de cosas que me conmueven. Vienen a decirme que estoy mal, que soy un fracaso porque otras de menos edad ya acumulan muchos y lujosos bienes y yo sólo me hago cargo de una gata con tres patas que puede irse cualquier día. Entiendo su punto, pero no pueden esperar que desee una vida de altibajos económicos/emocionales, caídas de la bolsa, caprichos infantiles y demás, sólo para complacerlos. Prefiero mi rutina de sólo estar, vivir, sin pensar en lo que vendrá. Así quiero que me encuentre el fin de los tiempos que será el fin de mi vida, porque sé que nada me espera del otro lado.

Muchos necesitan gurús porque su libro sagrado les dice que no confíen en su razón, que por el contrario crean en toda suerte de charlatanes y embaucadores. Ahora no son sólo los que prometen una vida después de ésta en un supuesto paraíso: son los que aseguran la obtención de cuanta chuchería es deseada por nuestra gente insatisfecha de objetos, a través de triquiñuelas y rituales absurdos, los que detentan el poder... Se les llama de muchas maneras (hay uno en Venezuela que se autodenomina "arquitecto de sueños") ¿Y qué mejor ejemplo de prosperidad que sus propias arcas llenas? Así nadie lo pone en duda, porque ellos, que hablan de éxito, son exitosos y con eso refuerzan sus propias mentiras... No hay manera de perder, es una apuesta segura.

¿Y si invirtiéramos en otras cosas además de lo necesario y de lo mucho innecesario en conocimiento y sabiduría? No se trata de que todos vayan a la universidad y obtengan un diploma, se trata de que el sentido de la vida sea verdaderamente crecer y desarrollarse, no acumular bienes materiales. ¿Si transitar por cada etapa no tuviera más finalidad que llegar al otro lado siendo mucho mejor, más sabio?

Por la vía del consumo no se llega a ser mejor ciudadano, tal vez se obtenga cierta felicidad, efímera, pero desaparece la solidaridad, porque lo único que importa es la satisfacción de un deseo, el de uno; se genera competencia, envidia, frustración... 

¿Qué tal si cada paso que diéramos tuviera la firme intención de no perjudicar a los demás? ¿Si se educara a la gente en la ayuda al otro, los niveles de violencia no disminuirían consecuentemente? ¿Si ese señor o señora no llegara al banco indispuesto por haber sido casi atropellado por un carro a toda velocidad o por haber viajado con su artritis de pie durante un trayecto de horas porque nadie se dignó a compartir un asiento? ¿Si se instruye en el cuidado del espacio no arrojando basuras, en el respeto por los peatones, a detenerse no sólo en los semáforos en rojo sino en las intersecciones cuando no hay espacio para cruzar para no joder a los demás? ¿Si retornamos al saludo amable, a ceder el paso, a prestar ayuda al anciano, al discapacitado? ¿Y si generamos espacios de crecimiento personal no sólo para individuos, sino para adultos, niños, grupos familiares? ¿Dónde está la población educada, que se deja avasallar por charlatanes y pseudo científicos? ¿Por qué lo investigado no se pone al servicio de la comunidad? ¿Por qué lo descubierto sobre la mejor manera de alcanzar la armonía familiar no se traduce en talleres de formación para padres, hijos y en general en repartir felicidad que esté más ligada a la tranquilidad mental que al éxito material?

Claro, nada de esto les conviene para su mercadeo de objetos, su venta de "experiencias", su lógica de vender todo lo que sea susceptible de ser vendido. Y lo que no.

Lamentos

Sé que no debo, pero a veces me descubro sintiendo.
Me sorprendo esperando que alguna vez lleguen a aceptarme
Y me respeten.
En ocasiones deseo ser lo que ellos quieren
También a veces lamento haber sido una gran decepción
Lo siento más por ellos que por mí:
Soy solo un remedo.

Sé que algunos sufren porque no soy lo que esperaban
Resienten mi fracaso porque es el suyo
Nunca pensaron
Que el paso por este mundo podría ser de otra manera
Solo buscaban que me acogiera a su libreto
Y yo lo destruí hace tiempo con mis desaciertos.

Así que de aquello tan prometedor ya no queda nada
Solo unas cuantas fotos gastadas
Y la historia de una vida desperdiciada.

sábado, 9 de enero de 2016

Carta al presidente

Apreciado sr. Santos:

Debería comenzar con una frase de Chipi Chipi, la canción de Charly García: “yo nunca fui a New York, no sé lo que es París" porque yo, presidente, no he viajado por el mundo ni nací en cuna de oro como usted, aunque, al igual que la suya, mi familia fue liberal y luego, como usted, se volvió uribista. Pero lo que soy yo, nunca supe lo que era ser socio de un club, aunque unos primos que sí lo eran nos invitaban a mi hermano y a mí de vez en cuando a la piscina del suyo, uno de los más chichipatos de la ciudad, nada que ver con el Jockey, el Gun o esos clubes elegantes de Bogotá. 

Sepa presidente, que estudiar fuera del país como lo hizo usted nunca pasó por mi cabeza y menos durante el bachillerato, pues era algo imposible de costear para mi mamá, viuda y secretaria; tampoco pensar en tener carro (aún no lo tengo) o trabajar en el negocio familiar como la mayoría de los herederos de las familias ricas de todos los países, simplemente porque ese negocio familiar nunca existió. Entienda que yo no soy como usted, pero la mayoría de compatriotas tampoco lo son. Usted y su familia hacen parte de una minoría que, digamos que por méritos tuvo una vida distinta a la de los que a diario hemos sobrevivido con uno o dos salarios mínimos.

Debo decir que yo estudié en la Nacional y por cierto, no me volví mamerta; todo lo contrario, detesté durante mi permanencia allí las arengas izquierdosas pasadas de moda de mis compañeros de campus. Pero tampoco me hice derechista. Es por eso que en otras circunstancias no hubiera votado por usted, como lo hice para su segundo mandato, si no fuera por el deseo de ver a este país libre del conflicto armado.

Aunque la mayoría de nosotros, ciudadanos de a pie, no tengamos ni vayamos a tener injerencia en las grandes decisiones, eso no significa, señor presidente, que seamos bobos, aunque usted y la mayoría de los políticos nos consideren así. Yo no me trago entero sus declaraciones airadas, como una reciente en la que consideraba inaudito que se asesinara un opositor en Venezuela -como si aquí no hubieran asesinado a miles en elecciones y fuera de ellas- ¡Acababan de morir de desnutrición unos niños en la Guajira y usted decidió pronunciarse acerca de la falta de democracia en el vecino país! Una broma de mal gusto presidente, hay que saber por qué indignarse, hay que saber escoger las batallas, dicen por ahí.

Pero también sé que nada de lo que usted u otros políticos dicen es al azar, todo tiene un propósito, como la insistencia suya y de sus ministros en que se re abriera la represa del Quimbo. Me pregunto qué intereses entrarán en juego allí, como en la venta de Isagén. También me indigna que usted se haga el de la vista gorda con el uso descarado que hace el vice presidente de los recursos de la nación para hacer campaña política. Me asquea la manera en que él mismo y su Ministro de vivienda salieron a celebrar el triunfo de Peñalosa en la alcaldía porque, no hay que ser petrista para saberlo, ese ex guerrillero fue durante cuatro años la piedra en el zapato de los dueños de los negocios con los recursos públicos de nuestra querida capital. 

Disculpe usted si pareciera responsabilizarlo de todo lo malo que sucede en el país, no lo es, el término más acertado sería co-responsable, junto con varias generaciones de familias que sería muy largo nombrar. También sé que este sistema de exclusión macabro no fue invento suyo, ni la manera depredadora de acabar con los recursos públicos y entregárselos a las multinacionales mineras, el caballito de batalla de sus campañas; sé que parece muy preocupado porque el fenómeno del niño apenas está empezando y parece que tardará, le preocupa que derrochemos agua y energía... Pero ¿No le preocupa vender nuestros ríos, nuestros páramos, nuestras selvas a empresas extranjeras para que los exploten y sólo nos dejen contaminación y más pobreza? No entiendo presidente, parece usted inteligente, pero en muchos casos la inteligencia está ligada a una gran dosis de cinismo y también de soberbia. El inteligente tiende a considerar  a los demás como inferiores, se burla de ellos en su cara. Sin embargo, me resisto a creer que los políticos sean más inteligentes que nosotros los ciudadanos, los estudiantes y los científicos, los intelectuales, los artistas o los profesionales. Aún así me pregunto ¿por qué entonces son ustedes los que nos gobiernan? 

No quiero agobiarlo más presidente, aunque soy consciente de que nunca llegará  a leer esto. Entienda que muchos votamos por usted, no por su carisma de niño rico bogotano, ni por su habilidad para jugar poker y poner “cara de poker": lo elegimos porque deseamos que la guerra deje de ser un pretexto para que nos claven cada vez más impuestos y nos reduzcan cada vez más el salario y deterioren nuestras condiciones de salud, de trabajo y de vida. Usted y yo sabemos que la paz no llegará con la firma de un acuerdo entre el gobierno y las Farc o el Eln. Ese será apenas el comienzo del verdadero camino que culminaremos el día en que los políticos como usted dejen de mentirnos. Ese día sí cesará la horrible noche.

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...