sábado, 30 de diciembre de 2023

El paso del tiempo

                                                                                                                           Para mi hermano

 ¿Por qué a veces estás tan abatido? 

¿Por qué hay días en los que estás sensible y todo te afecta?

Hace algunos años lloraste por ese niño que murió en las costas tratando de escapar con su familia de la pobreza y el hambre; ahora te duelen esos muertos bajo los escombros dejados por las bombas en tierras lejanas, aunque no entiendas su lengua ni practiques su religión.

Has vivido más de media vida y todavía pareces esa alma recién llegada al mundo que se pregunta ¿por qué los hombres destruyen y asesinan, cómo pueden cegar una, miles de vidas?

Y mientras más envejeces más vívidas son tus memorias: a veces, la propaganda de un producto que consumías en la infancia te devuelve a esos días dulces y sientes que no has dejado de ser el niño que se sentaba alelado frente al televisor mientras comía su plato de cereal extranjero.

También, sin saber por qué, llega a ti ese viernes feliz en el que te levantaste de la siesta, llovía y saliste con tu hermano con los impermeables puestos (el tuyo era rojo, el de él, verde) a saltar en los charcos y luego entraste a ver en la tv Pipi Calzaslargas que te fascinaba, aunque no entendieras muy bien por qué una niña vivía sola en una gran casa con un caballo y un mono y tenía para gastar un baúl lleno de monedas de oro.

¡Cuánto has añorado ese disfraz tan amado, imaginándolo allí, en el armario donde estaban los demás! Aunque ya no existan el disfraz ni el armario, ni siquiera la casa en la que dormiste tantos años y donde salías a jugar con tu perro en el garaje.

Son tantas las veces en que recordaste esa navidad que fue todo lo que querías y pudiste oler nuevamente el empaque del juguete que tanto deseabas y llegó a ti esa noche, como un milagro... Esa sensación de que todo era posible, que solo debías desear algo intensamente y alguien allá arriba se encargaría de hacerlo realidad, nunca volvió a repetirse.

Suele pasar que no reconoces a esa niña de las fotos que intenta no llorar mientras mira a la cámara y sopla las velitas con su gorrito de papel y sus ojos asustados; tampoco a la joven regordeta y con exceso de maquillaje que posa y se ríe efusivamente. No recuerdas haber estado en esos lugares ni lo que estabas pensando cuando se inmortalizaron esos momentos: podrías no haber sido tú.

Luego, por un momento una imagen te traslada a otra dimensión y llegas a alucinar con tu vida siendo otra, en otro lugar, con otro paisaje y otro destino.

Pero estás aquí y ahora, y la soledad, el silencio, el desgaste y la muerte son indiscutiblemente reales.

jueves, 21 de diciembre de 2023

Amores binacionales

 Dicen que uno no debería regresar a los lugares en los que ha sido feliz y, según eso, yo no debería haber vuelto a la metrópolis de mi infancia. Pero lo he hecho muchas veces y nunca, ni en sus peores momentos, me ha decepcionado.

Muchos conocidos ya han escuchado hasta el cansancio esta perorata: la primera gran ciudad que conocí fue la capital de Venezuela -mi segunda patria- y para una niña de 7 años que aún creía en seres sobrenaturales y en que los muertos resucitaban, fue una experiencia mágica y de colores, sabores y sensaciones inolvidables.

Recuerdo llegar de noche y transitar a toda velocidad por una autopista que parecía flotar sobre el suelo y de hecho lo hacía, rodeada de inmensos edificios y avisos luminosos como los que se veían en las películas gringas, después de muchas horas de viaje y de haber saboreado en el camino un café más rico y más fuerte que el de mi propio país (cafetero, por cierto); de probar unas arepas que parecían tener mil variedades para escoger y ver en esos mostradores dulces y galletas (Sorbeticos, Nucita, Torontos) que en mi vida había conocido. Todo, desde el viaje en carro hasta hacernos los dormidos cuando nos paraban en las alcabalas para que los guardias no nos pidieran papeles, era misterioso y emocionante.

Cuando llegamos, cansados, a nuestro destino, el olor del apartamento -no sabría decir a qué, a rancio y a nuevo, a desinfectante-, el de la ciudad toda a smog, a comida china (cada lugar tiene su olor) se me quedó grabado para siempre, como el de esa juguetería con un nombre poco sugestivo: la General Import, en la que había de todo lo que un niño pudiera desear. Y el metro, ¡Wow! Nunca había sentido esa sensación de aceleración y desaceleración más que en el Gravitrón de las ciudades de hierro, era como llegar con el cuerpo tan rápido a un destino que la mente no terminaba de enterarse (como dijo alguna vez García Márquez sobre viajar en avión).

Fue mi primera vez en un zoológico, mi primer helado en un Mc Donalds, mi primera hamburguesa en Burguer King (¡lo siento, soy hija de los ochentas!) y cómo no, ¡la playa! Aunque había conocido el mar en San Andrés unos años antes, pero estar en una ciudad con mucho tráfico, rodeada de montañas y con pequeñas casas enclavadas en sus faldas (cuyas luces de noche simulaban un pesebre viviente), atravesar un túnel y verlo allí, esperándonos, con su pescado y su tostón gigante (patacón) con ensalada de zanahoria y repollo rallados y mucho queso y salsas por encima ¡Era una delicia! 

El chocolate caliente en el cerro El Ávila, ataviados con ropas de invierno como si estuviéramos en Saint Tropez, la subida en teleférico y ver desde arriba los edificios pequeñitos; el cochino frito con cachapa en el Junquito (un pueblito a una hora de Caracas); las fresas en la Colonia Tovar (un poco más allá). Los sandwiches de jamón y queso, que eran de un nivel superior a los colombianos por la calidad de sus ingredientes; los cachitos (una especie de croissants), las empanadas de carne mechada, de cazón (una variedad de pescado); los pasteles de pavo y queso crema, de espinaca con ricota; la paella, la sangría, la reina pepiada, el pasticho (la lasaña aquí) y tantos platos insuperables que hicieron que al regresar a mi país papero y desabrido casi no pudiera tolerar su comida...

Todavía escucho las gaitas y no puedo dejar de recordar las salidas de noche a patinar en el paseo Los Próceres; la misa de gallo a la que fuimos, felices, de madrugada; la alegría de los vecinos que parecían conocernos de toda la vida ¡Qué país alucinante! Y estaba ahí al lado, más cerca que la fría, en todos los sentidos, Bogotá... 

¡Qué amor tan temprano y tan eterno por ti, mi bella Caracas! 

sábado, 9 de diciembre de 2023

¿Somos tolerantes?

 No tengo, como es el caso del personaje de la película El Grinch, ningún trauma relacionado con la navidad; de hecho, tuve unas maravillosas. Como a todo niño me encantaba en ese momento de la vida en que era algo mágico y desconocido (que hicieras una carta pidiendo juguetes y una noche aparecieran bajo el árbol era alucinante). No ando robándome los árboles ni las luces de nadie, pero resulta que crecí y me di cuenta de que era solo una ocasión comercial, un sincretismo entre creencias paganas y cristianas aprovechado para vender cada vez más productos, así que ver a la gente corriendo por sus regalos, sus adornos y sus “estrenos" se me hizo cada vez más ridículo y ahora me produce un tremendo aburrimiento.

Pero resulta que pensar así es casi un delito. Me han dicho de todo y ya la verdad no me afecta, pero debo decir que no solo no me gusta la navidad, tampoco la natilla ni los villancicos y lo que más detesto es que sea una época en que más que nunca se aprovecha para pasar por encima de los demás con música a todo parlante, desorden y pólvora hasta donde da. Lo peor es que no me considero amargada, amo la música, adoro el baile, los espectáculos con juegos pirotécnicos que duran unos minutos y muestran piruetas de luces de colores con poco ruido me encantan, pero además, ninguna diversión de mi parte pasaría por hacerle la vida o el rato angustioso a ningún ser vivo. Me gustan las reuniones de amigos donde se charla y la música sirve para ambientar y obviamente para bailar, pero no entiendo cómo en diciembre, así como en tantas otras fiestas, se sientan un montón de personas con cara de aburridas alrededor de unos bafles a todo volumen con el dueño de casa generalmente doblado por el alcohol en su silla, solo despertándose (en algunas ciudades traquetas) para echar los doce tiros reglamentarios cuando suenan las respectivas campanadas; así, sin hablar, sin reír. Es incomprensible para mí.

Tampoco me gusta que al final de la película el Grinch termine amando la navidad, es el eterno mensaje gringo de “estas conmigo o estás en mi contra". No. Se pueden rechazar ciertas costumbres sociales que se consideran sin sentido y ser personas normales y felices, como muchos lo somos; para otros es una cuestión de creencias distintas a la mayoritaria y eso también es respetable. Solo no nos tiene que gustar lo mismo a todos ¿Podrían, por favor, entenderlo?

martes, 5 de diciembre de 2023

Ni putas ni santas

  Hace un tiempo estuve en el campo y pregunté qué tipo de flores eran las que adornaban el centro de mesa: la respuesta es que eran llamadas por los locales "cuarto de puta" por su olor particular; nunca he estado en la habitación de una meretriz, pero el aroma que expelen es dulce y penetrante. Eso me llevó a pensar en lo común que es escuchar frases como "fuma como puta presa" o cómo suele decirse que tiene "pinta de puta" cuando alguien del sexo femenino se viste o maquilla de forma llamativa-  y a preguntarme cuál será la fascinación que ejerce en las personas de todas las condiciones sociales esta profesión ("la más antigua en la historia de la humanidad").

Hay una dualidad en la mente de la mayoría de los hombres, producto del machismo en el que fueron formados, que los lleva a buscar como compañera y madre de sus hijos a la mujer casta, preferiblemente sin pasado -porque el hecho de que lo tuvieran los mortificaría durante toda la relación-; pero a la vez desear a rabiar a las de conducta atrevida, las que encarnan todos los placeres. Es por eso que acuden a la prostitución en todas sus variedades y es en parte esta deformación la que les impide concebir que la mujer "normal", la compañera, la madre, tenga deseos y experimente placer, no solo con ellos sino -lo más insoportable- con otros además de ellos. Y como la esposa es de su propiedad, el no tolerarlo lleva a todo tipo de aberraciones como la violencia y el feminicidio.

Quienes nacimos con este sexo y quienes no nacieron pero se identifican con él sabemos lo difícil que es ser mujer y ejercer nuestros derechos, los que aún están en el papel y han tenido que ser peleados con bravura a lo largo de la historia. Se nos juzga por hacer lo que queremos y más si va en contra de lo establecido; se nos castiga por decir lo que pensamos sin filtros; si somos abnegadas se nos ataca, si somos libres también; si nos abandonan casi siempre para los demás es por nuestra culpa, porque no fuimos lo suficientemente buenas en la casa, en el sexo o en alguna otra cosa. 

Así que, a veces, para salvaguardar nuestra dignidad como personas, nuestro amor propio e incluso nuestra propia vida tenemos que abandonar al que nos violenta física o verbalmente, al que nos cela, al que no piensa en más que gastarse la plata que se gana en juerga; al que nos es infiel aunque le hayamos parido sus hijos. Debemos irnos de ahí y de nuestros hogares; también de amistades o de trabajos en los que no nos sentimos valoradas o somos acosadas, y es entonces cuando además de la de santas o putas surge una nueva categoría: nos convertimos en hijas de puta, porque se supone que debíamos aguantarlo todo. Porque se nos pedía que fuéramos una fuente inagotable de amor y de perdón, porque aparentemente el cariño se demuestra quedándose, a pesar de que las vejaciones se repitan una y otra vez.

Pues no. No nos vamos a seguir quedando aunque los amigos y la familia nos juzguen, ya es justo después de tantos siglos que podamos irnos azotando la puerta sin mirar atrás y sin que peligre nuestra integridad.

Así que ni putas ni santas ni hijas de puta: mujeres. Libres.

jueves, 2 de noviembre de 2023

En primera persona

 Una mujer que llegó a formar parte de mi familia hace años y a quien siempre admiré -precisamente por ser lo que en ese momento ninguna de las mujeres de la mía era universitaria, bilingüe, "viajada" por el mundo-, me dijo, estando en mis veintes, que si hubiera podido escoger otra vida no se habría casado ni tenido hijos, sino que viviría sola y se dedicaría a escribir. ¡Cuánto me escandalicé en ese momento pensando que lo que decía era una especie de herejía, teniendo como tenía una "bonita" familia con esposo, dos hijos y una carrera! ¡Era todo lo que deseaba para mí en ese momento en que iba por ahí metiendo la pata mientras decidía qué hacer con mi vida! Aunque viviendo en su casa pude darme cuenta de que su matrimonio con un hombre abusivo y adicto era un infierno... Pero, ingenua como era, estaba firmemente convencida de que no sería ese mi caso, que encontraría a un hombre bueno que me haría feliz. Y bueno, algunos años después lo encontré.

Pero entonces no quise casarme, ni los niños, ni la casa, porque sabía que el aburrimiento que ya comenzaba a atacarme en el noviazgo me mataría en la convivencia. Mucho después entendí que amor y matrimonio no eran necesariamente la misma cosa -aunque las películas gringas mostraran lo contrario- y que el primero podía acabarse muy pronto aunque el otro sobreviviera (y viceversa). 

En cuanto a los hijos, era algo que no dejaba de preguntarme ¿en serio los desea o los necesita, Mónica? ¿Sacrificar su tiempo, su tranquilidad, tener una obligación permanente? ¿Era eso lo que realmente quería o lo que me habían hecho creer que necesitaba para ser feliz?

Entonces, lo fui aplazando mientras seguía en la búsqueda de "eso" que sentía que me faltaba para cerrar el hueco en el pecho con el que había nacido y crecido, llegando con el tiempo a la conclusión de que definitivamente no era un hijo. Pero, ¿qué era entonces? ¿Un compañero de vida, un amor para siempre, tal vez? ¿O muchos amores en forma de amigas, parceros, tías con las que tengo mucha empatía, compañías felinas y por supuesto, parejas?

Con el paso del tiempo todas esas cosas se fueron sumando, pero especialmente un amor secreto que tuve desde la infancia, desde aquel cumpleaños en que me regalaron un diario que nunca supe dónde terminó; ese amor escondido y silencioso que quise mantener sólo para mí empezó a querer manifestarse y a circular por entre algunos pocos entusiastas, conocidos y desconocidos, que se arriesgaron a fisgonear en los escritos de una persona que fluctúa entre la soledad y el deseo de socializar, que puede ser tan fría como apasionada, tan dura como débil. 

Esa soy yo y el hueco sigue ahí y lo sigo llenando con las cosas que me gustan: con la escritura especialmente, con mi profesión, con la lectura de esas escritoras y escritores maravillosos vivos y muertos, con la comida sencilla pero rica, con un vino o unas cervezas acompañadas de una buena charla, con un paseo al campo o viendo una buena película en un sillón cómodo. 

Y admiro a las mujeres que los tuvieron e hicieron y hacen de ellos unos seres humanos valiosos. Pero lo siento si, a pesar de amar a los niños y tal vez por el inmenso respeto que les tengo, no quise ser una de ellas. 

viernes, 29 de septiembre de 2023

Cotidiano

La basura en el andén 
la baldosa que salpica
el perro con sarna
mis ganas de tenerte

La alcantarilla sin tapa
el humo de los buses
la fila en el banco
mis ganas de tenerte aquí

El gato que casi atropellan
la cáscara que casi me hace resbalar
la música a todo volumen
mis ganas de tenerte entre mis piernas

La propaganda política 
la moneda que no doy
la campanita del vendedor de helados
y tú que no vienes 
a meterte entre mis piernas

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Hombre joven

A donde vayas, hombre grande,

-Gulliver que aplasta las cabezas como alfileres 

en esta tierra de enanos-

llévate los abrazos que dejan al borde de la asfixia

los besos que secan la saliva

el sexo como correr una maratón

tu orgasmo que no es débil quejido

sino bramido que estremece el lecho

tu fuerza que es la de mil caballos

las palabras que lanzas sin ningún examen

tu estar sin pedir permiso

con esa arrogancia de los años en flor.

domingo, 3 de septiembre de 2023

Delirio

 Estoy loca

juro que lo estoy

los conocimientos de la academia no alcanzan

para explicar el mal que me aqueja

todo lo arruiné:

los amores, la carrera y mis dientes

la belleza, que tal vez no era tanta

la perdí

la inteligencia tampoco sirvió de nada

porque nada aprendí


Solo fui una sensual

que vivió en la constante turbación del deseo

que no se aplicó ni ejecutó

que quiso escribir y le salió mal

que soñaba con cantar y desentonó

los hombres me repudiaron

las amigas fueron un remedo

una gata me dejó en completa orfandad

y lo que dije hace tres minutos lo olvidé


No dejo obra

ni hijo

ni árbol

ninguna memoria quedará de mí

los gusanos esperan para devorarme 

sigo viva, pero no sirve de nada.


lunes, 28 de agosto de 2023

Monogamia feroz

 Te encuentras con esos amigos que llevan más de diez años casados y sientes que son un solo ente que respira y camina en dos piernas, como unos siameses que de tanto andar juntos ya saben lo que cada uno va a decir y se completan las frases; te parecía lindo antes, pero ahora, después de tanto trajinar por la vida te parece un poco fatigoso.

Escuchas en consulta a esos veinteañeros que al calor de la pasión engendraron un hijo que llegó a destiempo, que interrumpe sus rutinas y se suma a sus múltiples desencuentros; que será criado por la dedicada abuela quien no pudo educar a sus propios vástagos por tener que salir cada día a buscar el sustento, pero que ahora está dispuesta a reparar a través de este ser todos los errores que cometió y que seguirá cometiendo su descendencia sin que nadie pueda evitarlo... No entiendes por qué estos casi infantes insisten en permanecer juntos intentando exorcizar sus múltiples demonios (especialmente el de los celos obsesivos, omnipresentes) cada uno revisando el Whatsapp del otro en busca de señales de engaño, de pruebas contundentes de que se flirtea y se demuestra interés fuera de este círculo de inexistente felicidad y más bien fuente de agobio.

Te preguntas por qué algunas parejas se dan siempre la razón frente a los demás, ¿acaso evitan una discusión o simplemente la posponen para la llegada a casa? ¿Cómo se soportan esos que pelean todo el día y parecen no tener nada en común? Y además, ¿es posible que todas las anécdotas sean compartidas, no hay espacio para la individualidad, no tienen vidas por separado?

Tratas de imaginar cómo sería cada uno si no estuviera fusionado con el otro (sobre todo el que parece estar más a la sombra del que ama); cuáles serían sus ideas si no tuvieran que demostrar al mundo que sólo esa persona de entre miles le agrada y es la única con quien le interesa estar. Observas con inquietud cómo deben negar el natural deseo y abstenerse de mirar más de una vez a alguien que les parece atractivo sólo por "evitar problemas"; que cada uno está siempre bajo sospecha para su media naranja y cualquier tercero resulta siendo una amenaza (lo atisbas cuando el amado se va al baño y por un momento el otro es nuevamente un individuo que coquetea, pero su gesto vuelve a ser indiferente cuando aquel regresa). Sabes que será así interminablemente hasta que alguno de los dos se canse o se vaya con uno o una más joven (o más rico o más interesante, lo que sea).

Piensas ¿Alguna vez actué como ellos? ¿Llegué a creer que otro y yo éramos la encarnación del amor, de todos los amores de la historia del mundo, que no se iba a acabar nunca y los demás eran unos pobres mortales por no experimentar esa sublime sensación? Por supuesto que sí y también una vez tras otra me decepcioné sin que por eso dejara de intentar tocar el cielo de la realización a partir de la búsqueda de una aparente completud, la persecución incesante de eso que, por lo irrealizable, nos es tan esquivo. 

¿Cuántas veces fingimos desinterés, negamos atracciones, dejamos de cometer infidelidades solo para esgrimir frente al otro una superioridad moral a prueba de la más exhaustiva investigación, para poder reclamar exclusividad y dedicación sin ambages? Nos morimos de miedo de perder "eso" que creemos tan valioso aunque sea disfuncional y caótico; nos sentimos cómodos con nuestras miserias ya reveladas en pareja; el pánico a la soledad o a pasar de nuevo por el proceso de conquista y la posterior desilusión nos arrojan a esa caverna de disconfort, a esa paranoia constante, a la terrible sensación de conservar “lo poco" bueno ante la perspectiva de quedarnos un día sin nada.

¡Qué agotador tener que mentirnos y negar nuestra naturaleza para parecer normales dentro de una sociedad tan patológica! Honestamente, ¿es buena idea la monogamia?


domingo, 13 de agosto de 2023

Soledad y libertad

 Quemar las naves para la RAE es una expresión que significa "tomar una decisión irreversible". Según Wikipedia, el término puede referirse a la decisión de Hernán Cortés durante la Conquista de México de inutilizar sus naves para dejar claro a sus hombres que la retirada era imposible. 

Es lo que viene a mi cabeza cuando pienso que con el género masculino algo se rompió y no hay vuelta atrás. 

Y eso que si alguien es biológica y decididamente heterosexual soy yo, porque desde muy temprano en la vida me volvieron loca la voz, el olor, la presencia de los hombres; su "mundo" -del que envidiaba el aparente dominio de tanta variedad de temas e intereses- y lo que creía que era su aporte "tan fundamental" para la humanidad, tanto en las artes como en la política y en las ciencias (eran épocas en las que ignoraba que lo que me aburría de las mujeres era lo que se nos había impuesto al relegarnos al ámbito "menor" del hogar y la crianza, sí, como si fuera algo menor sacar adelante a sus crías para que ellos pudieran perpetuar sus linajes y sus intereses).

Pero es lamentable lo que hicieron la sociedad y especialmente el régimen patriarcal con este ser que, por muy feminista que una sea debe reconocerlo, no es despreciable per se. En lo que lo convirtieron, en un inseguro patológico que debe estar reafirmando su poder para sentirse aceptado, que no puede y no debe permitirse sensibilidades a riesgo de ser considerado menos hombre, que cree que su misión en la vida -con excepciones, obviamente- es ir por ahí haciendo guerras, destruyendo, pisoteando, apoderándose de tierras, de riquezas y muy frecuentemente asesinando tanto a sus iguales como a las mujeres (de las que se asume dueño y señor), es un papel muy triste y patético de representar.

A muchas nos pesa haber conocido el amor a través de la tragedia de Romeo y Julieta y haber crecido pensando que la travesía con un otro masculino debía pasar por un sufrimiento interminable, aguantar violencias y majaderías, dejar de ser una misma, sacrificar la libertad de pensar, decir y cuestionar por temor a soportar sus arranques de furia o lastimar su frágil ego. Por eso en este trayecto del camino me propongo no soportar más abusos, crueldades, silencios castigadores, desprecios y descalificaciones sólo por compañía o por el placer de unos cuantos besos y del encuentro de cuerpos (porque el tan anhelado de almas es muchísimo más esquivo). 

Me rehúso a aceptar algo menos que ser tratada como un ser valioso, no delicado ni frágil, pero sí digno de respeto. No aceptaré más calificativos de fastidiosa o tóxica por pedir explicaciones mínimas, exigir responsabilidad afectiva o demostraciones de cariño. No toleraré más insultos, recriminaciones, intentos de aislarme, de prohibirme palabras, compañías o actividades, de poseerme como un objeto. Aunque eso implique enfrentarme a la idea de ir a los lugares que quiero sola, plantearme una vida sin las cosas bonitas de estar en pareja y acostumbrarme a que se me mire raro en restaurantes o cines, porque aunque se hable mucho de cultivar el amor propio, a veces se ve con sospecha a aquellos que caminan sin una compañía a su lado.

Empiezo a ver las ventajas: nadie me pide explicaciones o sabotea mis planes simplemente porque no le interesan; nadie me acusa de lo que no he hecho ni se enfurece porque expreso mi punto de vista; ahora amarme, escucharme y complacerme son sólo mi responsabilidad.

Como un mantra que tomo de la película Argentina, 1985 proclamado a raíz de las tantas atrocidades develadas en el juicio a la Junta Militar, me digo hoy a mí misma: Nunca Más, Mónica. 

domingo, 6 de agosto de 2023

De 2020

Sólo temo.
De día, de noche,
sólo el pánico sujeta mi mano.
Háblame, dime que lo superaré
este horrible tiempo.
Ya no deseo ver a nadie
la risa desapareció de mis labios.
Sólo pienso en dormir
Y no despertar.
No es el virus el responsable de mi agonía
Es un temor que no descifro: a morir sí,
a enfermar
pero también a vivir.
Es el horror de esta vida lo que me atenaza
¿Tendré salvación?
¿Saldré del otro lado, estaré bien?
La ansiedad no me deja pensar
mi mente está vacía
ya no hay ideología ni pensamiento
no logro articular las ideas
no puedo opinar sobre nada.
Soy como un árbol hueco
y ni siquiera las termitas 
quieren habitarme.

miércoles, 26 de julio de 2023

Mi cuarto propio

 Que una mujer debe tener dinero y un cuarto propio para poder escribir novelas, sentenció esa extraterrestre monumental, que revolucionó junto con tantas otras el mundo llamada Virginia Woolf. 

Lo hizo recordando que hace apenas un par de siglos las mujeres no teníamos un espacio físico más allá del compartido con otros miembros de la familia para "ser y hacer" a nuestro antojo, y por la pesada carga de obligaciones que tenían nuestras antepasadas como para hacer otra cosa además de fregar y cocinar; esto sumado al escarnio y la infinidad de críticas que recibían las pocas que se atrevían a desafiar ese mezquino orden establecido.

Pues bien, he aquí que algunas no se resignaron y escribieron, pintaron, compusieron música, filmaron películas y se desnudaron, emborracharon e hicieron todo los que les estaba prohibido; cada vez somos más, aunque aun hay muchas que no tuvieron ni tendrán más destino que la cocina, la escoba o las calles para mendigar o prostituirse, porque les fueron vetadas la educación y las oportunidades; porque crecieron en un entorno empobrecido; porque la desigualdad se ensaña mucho más con ellas y todavía las cadenas socio culturales nos imponen el mandato del amor y la reproducción como un deber y fuente de completud femenina. A pesar de todo seguimos conquistando espacios, algo que a veces nos demanda esfuerzos sobrehumanos que pagamos con nuestra vida o con infelicidad (aunque en estos tiempos la insatisfacción es lo que caracteriza la existencia de todo el género humano). 

No sobra decir que algunas nacimos y crecimos con ciertos privilegios; que aunque durante décadas cuestionamos nuestros entornos y los múltiples errores que se cometieron en nuestra crianza debemos reconocer que gracias a esas ventajas escribimos algunas letras, asistimos a la universidad, tuvimos una voz y fuimos más que "la esposa o la mamá de..." Personalmente, ahora que supero mi mediana edad y después de saldar cuentas con la niña y adolescente rebelde que fui -además de empezar a trabajar en mis mommy and daddy issues-, debo reconocer que si no hubiera tenido una educación, una casa a la cual poder volver una y otra vez y una madre que aunque no entendía lo que pasaba me abría los brazos y soportaba los embates de mi rabia, no sería la incipiente lanzadora de palabras que hoy soy.

Gracias a ello pude irme de lugares en los que se me exigía recoger ropa que no era mía del suelo y lavarla, algo que nunca hice en mi casa; de espacios en los que se alzaba la voz o se me echaba en cara la comida que ingería o la luz que gastaba, como jamás lo viví en mi hogar; de relaciones en las que era insuficiente y en las que no recibía ninguna dignidad como persona y mucho menos amor, como sí lo he tenido en el seno de mi familia.

Ese, puedo decirlo ahora, ha sido mi cuarto propio. ¿Cuál es el tuyo?

 

martes, 11 de julio de 2023

Tuve una vez un amigo

  Más bien han sido varios, en algunos casos fue amistad verdadera, en otros había otras intenciones; unos desaparecieron, otros permanecen.

Pero este en particular (a pesar de no ser lo que para muchos es una buena persona) me vio de otra manera que ahora, después de haber llegado un poco tarde a la comprensión de la desigualdad de los sexos, entiendo que fue imprescindible para perder el miedo a hablar desde mi propia voz y mi propio lenguaje. Es que su mirada no se fijaba en mis senos ni en mi trasero: estaba al nivel de mi cabeza y me apuntaba de frente al cerebro. 

Con él descubrí lo maravilloso de pasar la noche hablando tanto de lo profundo como de lo banal, de los libros leídos sólo por el placer de hacerlo, de los chismes de la farándula local e internacional, de burlarnos del alto grado de estupidez de los demás y de nosotros mismos, de horrorizarnos con la maldad humana y asombrarnos con las portentosas creaciones de esta contradictoria especie que somos. En esas tertulias me revelé a mí misma como una interlocutora interesante, a la altura de cualquier conversación.

No formamos parte de la vida del otro en este momento; ciertamente el personaje que creó para relacionarse con el mundo me repugna, pero valoro lo que me dio en el tiempo que compartimos: lo que me inspiró haberlo visto como un modelo a seguir cuando era apenas un escritor de blogs desconocido; lo que me maravilló llegar a su casa y ver en pantalla grande uno de mis primeros textos y escuchar sus comentarios que me sonaban un poco exagerados pero halagadores. 

Tal vez pasó antes y no lo noté, pero por primera vez sentí que alguien se impresionaba más por mi inteligencia que por otra cosa y -no porque me crea un sex symbol- si algo sabemos las mujeres es que se nos suele juzgar más por las cualidades físicas que tengamos o de las que carezcamos, por eso cuando no es así lo agradecemos.

A esta persona la llevo en mi corazón aunque con frecuencia la deteste; la extraño como a esos días en los que buscábamos algo que no sabíamos qué era, tal vez no morirnos de aburrimiento en un lugar tan terrorífico como la ciudad donde nacimos, y perdernos en la fantasía del alcohol y otras sustancias. Sé que esos días no volverán y que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, como dice Neruda en su poemapero seguiré buscando repetir esa sensación y esa embriaguez, que me hacían sentir tan viva.

miércoles, 5 de julio de 2023

Amarguras

La mosca de la fruta

tan examinada por científicos

pasa sola, de la exquisita manzana 

a la banana a punto de pudrirse;

sus parientes las moscas comunes

no conocen su tragedia:

ella aprende, dice la ciencia

pero muere en treinta días.

Soy esa mosca que piensa

y como ella,

soy materia en descomposición.


Las cántaras de leche llenadas todas las mañanas

el vendedor de sangre

para el caldo de pichón

el asado en el anafre, el sancocho en el río

las melcochas de bienvenida los mediodías

las hojas de plátano para envolver la carne

el canasto del mercado

las hallacas de diciembre

a eso sabían la infancia

y la felicidad.


Deberíamos demandar todos en masa

por el amor que era mentira

por empujarnos a crecer

por dejar el alma en la oficina y el transporte

por la lluvia que vemos detrás de la ventana

por ese humo desgracia que tenemos que toser -como dice Chico Buarque-

por las fiestas de oficina y las reuniones de padres

por el montón de mierda que nos morimos por comprar

por la vida, que no pedimos y padecemos cada día.







 

jueves, 15 de junio de 2023

Especímenes

 "De todo hay en la viña del Señor" dicen las Sagradas Escrituras del cristianismo.

Está el que se ríe amargamente y solo expresa odio, destila veneno; su risa no es cascada prístina, es avalancha oscura.

Existe quien sonríe siempre pero su sonrisa es cómplice: máscara que esconde intenciones, oculta pensamientos, que calla y omite.

Hay quien es pura imagen de portada, presencia impecable y de vanguardia, insubstancial pero no etéreo; el que va a lugares solo para tomar la foto; aquel que no disfruta la gastronomía sino el placer de enseñar su plato; alguien que no ama, pero aparenta en su perfil una simbiosis imposible.

Existe el que es eterna víctima, quien se siente golpeado una y otra vez por las circunstancias: aquel que se cree tan importante como para que el universo se confabule permanentemente contra su atribulada existencia. 

Hay quien vive abrumado por las ocupaciones y las preocupaciones, el que siempre está de afán y contrariado, quien nunca tendrá tiempo o no querrá tenerlo: un eterno ocupado y no disponible constante.

Está el que no es feliz y no quiere que nadie lo sea, quien va haciendo daño y justificándolo; el que no disfruta el canto del pájaro ni el atardecer; aquel que sólo utiliza y calcula; quien nunca pedirá disculpas ni se creerá capaz de caer en el error; alguien que tampoco amará jamás, loca y perdidamente.

Y hay quien arrastra la vida como una pesada condena, aquel que sobrevive gracias a la dependencia o la fe; el que busca desesperadamente aferrarse a algo y con ello aplacar su tormento.

Pero está en quien convergen la luminosidad y el caos, quien será a la vez rabiosamente feliz y demoledoramente oscuro; el que se sentirá definitivamente insatisfecho e irremediablemente optimista; aquel que dirigirá su rabia contra aquello que se ensañe contra lo bueno y lo bello, pero amará todo lo que sea amable... uno que morirá con una sonrisa en sus labios porque sabrá que su vida valió la pena.


miércoles, 31 de mayo de 2023

Los amantes

 Cuando él la besó loca y desprevenidamente su mundo entero se partió en dos: las muchas cervezas, la música estridente y la penumbra del bar la sumían en una especie de mareo brumoso en el que no recordaba dónde ni en qué época de su vida estaba; era como si estuviera de vuelta en 1994 a punto de cumplir enfebrecida los veinte años, deseosa como todos a esa edad de descubrir el mundo, el sexo y el amor.

A partir de allí los encuentros con ese compañero de correrías etílicas no serían los mismos, los labios de ambos terminaban atrayéndose como objetos de metal a un potentísimo imán buscando nuevas posiciones, distintas formas de juntarse, sensaciones inéditas en las que la saliva fluía como un torrente insuficiente para un desierto insaciable. Los años de diferencia no existían ni las miradas perplejas de contertulios, el mundo alrededor desaparecía cuando estos dos satélites llenos de grietas, desenfrenos y metidas de pata se unían; no importaba cuánto se hubieran equivocado antes: en esto simplemente acertaban. 

Cuando sus cuerpos se juntaron en el abrazo más cálido que ella hubiera experimentado jamás, sintió que todo estaba bien, que de pronto sus heridas sanaban dejando cicatrices perfectas y rosadas que solo existían para recordarle que había vivido; que los años no habían pasado en vano. ¿La habían estrechado y besado así antes, sin que fuera el preludio de algo ni mediara la obligación conyugal, solo por el placer de hacerlo? ¿Por qué en los últimos años había dejado de sentir ese calor, esa emoción en su pecho, ese latido que se extendía a cada miembro y dejaba su cuerpo anhelante de muchas más dosis de esta pócima adictiva?

El paso a la horizontalidad solo fue una continuación de las ansias de amalgamarse; saciado el deseo urgente lo único importante era que esas dos pieles permanecieran unidas y se nutrieran, como si de ello dependiera la supervivencia de ambos en el mundo, como la planta que debe ser regada para no secarse, como el suelo que necesita ser abonado para ser sembrado, como ese recién nacido que debe mamar el líquido primigenio para no morir. El orgasmo, eso por lo que se habían desencadenado guerras y tragedias a lo largo de la historia de cientos de civilizaciones, era lo de menos si podían estar así, quietos y en silencio después de amarse, uno al lado del otro escuchando el viento mover las hojas de los árboles, el ruido de los carros y las músicas lejanas, los sonidos de la ciudad por la que solían deambular como fantasmas ebrios.

Un día ya no se les vio juntos y cada uno pareció arreglárselas muy bien con su nueva vida; aquello que solía atraerlos terminó estallando como un volcán dormido que sin avisar dejó restos de corazones regados por el sucio pavimento. Lo que al principio parecía ser una historia de perfecta comunión dejó ver -como relata el personaje de la película Alfie-, esas pequeñas grietas en las obras de arte de los museos que solo se hacen evidentes al acercarse aunque de lejos acusen perfección, porque de cerca son vestigios de un mundo que ya no existe. 

Tanta pasión los devoró y aunque se les podía encontrar en los sitios de antes riendo y hablando con otras personas, como si aquella historia no hubiera existido, de vez en cuando una canción, un pensamiento que cruzaba raudo la mente les traía el recuerdo del otro. Entonces, una sonrisa imperceptible cargada de nostalgia se convertía en el merecido homenaje a esos días en los que la vida fue como debería ser: algo digno de ser vivido.

jueves, 18 de mayo de 2023

La locura de ser fan

 A raíz del lanzamiento de la serie que narra una parte de la vida de mi cantante favorito algunas personas me han preguntado: "¿y, qué tal te pareció?" Yo, con la arrogancia de quien se cree experto en un tema de interés general he respondido: "no sé, no la he visto ni necesito hacerlo, conozco su vida de memoria porque tengo todos sus discos".

Quizás es que, como todo en mi vida también hago mal esto de ser fanática y tal vez por eso y por una legendaria tacañería que me impide gastar un montón de plata en entrada y pasajes tampoco iré a su próximo concierto, que es la celebración de los 30 años de su trabajo musical más vendido. También es porque esta persona a quien veo lanzando un disco tras otro, de una gira a la otra y hablando con afectación en las entrevistas, no tiene nada que ver con aquella que compuso esas melodías desgarradas y sensuales de las que me enamoré y que siendo un joven desgarbado de pelo largo ejecutaba en el piano con movimientos paroxísticamente torpes, como si lo atacara una especie de ataque de epilepsia o hubiera sufrido de niño una parálisis cerebral.

No sé si a todos nos pasa con nuestros ídolos pero es como si con la vejez dejaran de parecerse a esa figura rebelde con la que uno se sigue identificando y terminaran siendo, como dicen ahora, unos señoros vestidos con ropa de diseñador que ya no arrastran consigo el dolor y la rabia de una existencia sin sentido, convirtiéndose en unos extraños y hasta despreciables para quienes alguna vez hicimos de ellos nuestros referentes; tal vez en nuestros ídolos queramos vernos a nosotros mismos también eternamente jóvenes y por eso no superamos que se conviertan en ancianos respetables que disfrutan de sus nietos y sus perros en algunas de sus mansiones, usando piyamas finas y sin esconder sus barrigas, sus calvicies y sus novias mucho más jóvenes. 

Es posible que queramos sólo quedarnos con su banda sonora, pero de su existencia actual, terrena, no nos importe lo más mínimo.

domingo, 7 de mayo de 2023

Profanación

Soy tuya 

toma mi cuerpo 

fatigado y enfebrecido

-como el del toro después de la corrida-

destaja mi vientre palpitante

lanza mis vísceras a los gallinazos

Desángrame

como al cordero

en la piedra del sacrificio

quema mi piel y mis huesos

esparce las cenizas

así,

algo de dignidad podrías darme.

viernes, 28 de abril de 2023

La próxima vez

 A la próxima, pequeña

alquila un pony y cabalga, cabalga mucho

admira el paisaje, aspira el aroma de las flores del campo

deléitate con la fragancia de los pinos

observa las aves en pleno vuelo

luego, descansa

dale al cuadrúpedo una manzana, 

acaricia su cabeza

y despídete, sin nostalgia.


O ve al mar, tontita,

y sumérgete en sus aguas cadenciosas

permite que las olas te bajen el corpiño y te pongan de cabeza

échate al sol, toca la arena caliente

bebe el agua de mil cocos fríos

saborea los afrodisíacos frutos 

succiona las cabezas de pescado y las patas de cangrejo

luego ponte crema fría y duerme bajo las aspas

al vaivén de las hamacas.


Y sube a la montaña más alta

envuélvete en mantas, toma el chocolate caliente

o zapatea el joropo y sigue el coleo,

baila al ritmo de los sones y las cumbias

mueve las faldas en el bambuco

canta y escucha el viento rugir

chupa los licores dulces de las tinajas

aspira los humos

pero nunca más llores por amor, 

mi niña.


miércoles, 19 de abril de 2023

Poema a mi amor

 Mi amor sabe que me ama

por eso deja platos sucios en la mesa

y calzoncillos en la ducha

para que demuestre cuánto lo quiero


Mi amor no expresa que me ama

pero lo intuyo en su mirada

dice que lo demuestra en la cama

aunque su pasión no me alcance para nada


Para mi amor no sirvo

se cansa de cargar conmigo

aunque soy yo quien lo abraza

cuando de miedo tiembla como un niño


Mi amor me ama

pero es muy hombre para decirlo

se cree el sostén de la casa

pero soy quien pago los recibos


Mi amor me asusta hablando fuerte

y golpea con sus puños la mesa

no sabe que me dolería mi muerte

porque lo dejaría solo, a su alteza.


jueves, 30 de marzo de 2023

¿Habemus dignidad?

 Debería ser una máxima innegociable: que una vida sin dignidad no merece la pena ser vivida. Pero, primero: ¿qué es la dignidad? "Cualidad de digno", dice la RAE. "Cualidad del que se hace valer como persona", apunta Google. Entonces,, ¿es algo que se nos otorga o es una característica que decidimos voluntariamente? "Cargo o empleo honorífico", "prebenda del Obispo u Arzobispo", insiste la RAE. En fin, algo que depende de un título (la dignidad del Rey, por ejemplo), de una jerarquía, de una posición. No es para todos, por tanto, no todos somos dignos (aunque podamos actuar con dignidad) ¿Alguien lo entiende?

"¿Se va a hacer la digna?" le decía en mis tiempos el novio a la novia cuando esta lo pillaba coqueteando a sus espaldas y lo castigaba "con el látigo de la indiferencia"; entonces, es algo así como deponer el placer por causa de un capricho u orgullo tonto. "Tan jodido y tan digno", decían o dicen las señoras de bien cuando un pobre se niega a arrastrarse por tres pesos o lo que sea. En mi país, ser digno parece ser un poco estúpido o no ser "vivo" (avión, como predica nuestro credo colombiano y especialmente paisa) un oportunista y aprovechado, perderse la ocasión que se sirve en bandeja, rechazar una ventaja. 

Pero, ¿qué diablos es, en la práctica, vivir con dignidad? Mejor dicho, ¿pueden ostentarla los pobres como los ricos, los negros como los blancos, las mujeres como los hombres o es una cualidad segregacionista, un privilegio?

Me he propuesto vivir con dignidad -aun sin saber lo que eso pueda significar-: trato de decir lo que pienso (no siempre como lo pienso porque ¡qué problemático sería!) y de quien lo pienso; hay innegociables, cosas con las que definitivamente no puedo; aun así he permitido maltratos de tantas fuentes, incluyendo el sistema mismo, la familia, los amigos, los cercanos. "Es que la mala educación pulula en los hogares" -me digo-; "tienen problemas psicológicos, traumas" -me explico-; "en realidad no quieren hacer daño, aunque lo hagan" -me conformo-; y así voy por la vida, pensando que el insulto, la vejación, el abuso, no son culpa de quienes los ejercen sino de algo mayor (el capitalismo, el mal que nos acecha, el viento que nos empuja, como decía ese soberbio cura interpretado por Phillip Seymour Hoffman en La duda).

Dicen que la dignidad es imposible cuando tienes hambre (o hijos con ella), por eso toleras que te escriban mensajes a las 9 de la noche o los fines de semana, por eso permites que te "llame al orden" alguien con menos educación pero tal vez con más suerte o habilidades "sociales" que tú; por eso aguantas, aguantas, aguantas, hasta que un día, léelo bien: simplemente mueres.

A veces no entiendo por qué deseamos tanto vivir una larga -y casi siempre indigna- vida, así sin más, sin quejarnos, sin oponernos, sin luchar por tener un poco más de dignidad. Y sin pensar en acabarla, pronto.



jueves, 2 de marzo de 2023

Mi vida con ellas

Antes de leer "Un cuarto propio" de Virginia Woolf, en una entrada anterior, escribía: "por alguna razón que otros sabrán explicar mejor, no siento una empatía especial por mi género; me caen bien o mal las personas, independientemente de que sean hombres o mujeres, no asumo que estas deban generarme aceptación sólo porque son como yo. (...) Tampoco siento que seamos más inteligentes, no creo que un mundo gobernado por nosotras sería mejor, ni que el hecho de poder dar vida nos haga superiores. No me parece que el hombre deba ser erradicado de la faz del planeta. De la misma manera, deploro que en muchos temas los hombres sean superiores porque nosotras no nos "preocupamos" por cultivarnos. Conozco mujeres brillantes, sí, con una vasta cultura, intelectuales, pero al menos en mi entorno, no son tantas como me gustaría".

Muchas cosas han cambiado: Woolf nos hizo saber que el hecho de que no existieran tantas mujeres científicas o artistas como hombres no era solo cuestión de voluntad, que tener poco conocimiento y formación no fue culpa de nosotras o de nuestra carencia de inquietudes o habilidades intelectuales; no fue nuestra decisión hablar solo de lo doméstico, ni del amor, ni tener tan poco interés en las cosas profundas, "excelsas" de la vida, como parecían tenerlo los varones: fue producto de unas condiciones de sometimiento inhumanas, porque durante siglos nos ubicaron en un nivel inferior al de las mismas bestias (en muchas culturas era mucho más importante poseer una vaca o un burro que una hija); se nos privó del uso de la palabra como expresión del pensamiento; se nos consideró inferiores intelectualmente y hasta algunas religiones como seres carentes de alma; se nos relegó del arte, de la escritura, de la política; se nos acusó de locas con tanta frecuencia que terminamos por creerlo, al igual que lo de insuficientes intelectual y físicamente. 

Aun arrastramos en nuestros cuerpos los ecos de esos estigmas: consideramos que porque nos falta o sobra un poco de grasa o vello o tenemos cierto tipo de cabello o de piel somos imperfectas y necesitamos acudir a productos y modificaciones que nos pueden llevar a la muerte. Somos inseguras porque el mundo se ha encargado de recordarnos cada día de nuestra existencia que tenemos que demostrar que somos iguales a los hombres aunque no lo seamos, porque ellos siguen teniendo los mayores privilegios.

Ahora somos profesionales y seguimos con la carga de la familia. Hay muchas más artistas, intelectuales, científicas, pero seguimos en desventaja: ganamos menos o se nos juzga con mayor severidad, poniendo especial atención a cualquier falla, al más mínimo asomo de emocionalidad para acudir a la sucia teoría de que estamos bajo los efectos de nuestro periodo o nos guía el resentimiento. 

No tienen que aprobar cada cosa que hacemos para defender el derecho, no solo a la igualdad, sino a nada más y nada menos que ¡a la vida! que se nos sigue arrebatando en virtud de nuestro sexo; pero pueden, al menos, tratar de entenderlo.

Nuestra existencia sigue siendo dura, pero seguimos en la lucha.

domingo, 5 de febrero de 2023

Gracias a la vida

 Solía pasar de la envidia al alivio cuando veía parejas que acumulaban muchos años juntos, a veces pensaba ¿por qué no pude tener lo mismo? Pero también ¿cuánto me habría costado en términos de libertad, compartir gran parte de mi vida con alguien más? Pero en últimas el mayor interrogante siempre ha sido ¿por qué nos inocularon esa idea -tan macabra por lo inexistente- del amor? ¿Querían hacernos vivir en la frustración, porque todos sabemos que eso que  muestran en las comedias románticas es imposible?

Tuve la oportunidad de casarme y la desperdicié, tuve la oportunidad de ser madre y la rechacé, no imaginaba de ninguna de las dos maneras un ser dependiente de mí y constantemente demandante de mi energía: apenas puedo conmigo. Admiro a las buenas madres, a las que pueden con todo y además dan amor, no a las que buscan cómo deshacerse de sus hijos dejándolos al cuidado de otros ni a las que los ignoran y maltratan (aunque casi las entiendo, debe ser agotador vivir con el ruido propio y sumarle el de otros).

Ahora valoro todo lo que el amor “no permanente" me permitió: sufrí, sí, pero me reinventé un par de veces (y espero seguir haciéndolo); fui a tantos lugares sola que aprendí a disfrutarlo -y a buscarlo-; nunca fui la madre de nadie y hace mucho dejé de ser la pareja de alguien; soy solo yo y aunque a veces me queje, en general me encanta. 

Ya no creo y mucho menos sufro por no haber tenido acceso a esa “felicidad conyugal" de que muchos presumen y que está plagada casi en general de grandes sacrificios, engaños y auto engaños, aplazamientos y encubrimientos; pero sobre todo de una pérdida de individualidad y de la incapacidad de auto percibirse como un ser completo, y suficiente.

Tal vez esto no aplique para todos los casos y muchos sientan que su vida marital les permitió realizar completamente su potencial. Yo le agradezco a la vida hoy que mi historia haya sido otra.

Y que venga lo que venga.


lunes, 9 de enero de 2023

Opiniones impopulares

 Si tuviéramos esa hermosa cualidad llamada miedo al ridículo tendríamos en cuenta estos tips:

- Que hayas nacido y vivido en una población cualquiera de este trajinado y saqueado país no lo hace el lugar más bello del universo. Te falta mucho, pero mucho mundo, Yesenia.

- Todos en algún momento de la vida hemos tenido una hora, unos días, unos meses, unos años miserables. La vida perfecta no existe sino en tu imaginación y en la de los desesperados que revisan las redes de los influencers para amargarse, Jhonatan. Ubícate.

- Ver películas navideñas gringas debería provocarnos vergüenza y depresión a los habitantes de este platanal: aquí no hay decoraciones lindas ni regalos soñados ni Santas rubicundos, aquí lo que hay es un sancocho vergonzoso de chucherías desechables chinas, mala comida y un montón de borrachos echando voladores, quedándose dormidos con la botella de Old Parr o aguardiente en la mano al lado del picó (parlante), despertándose cada vez que intentan apagárselo o llevarlo a acostar. Corronchería pura y dura.

- Tener un trabajo, casa propia, un carrito, familia no son sinónimo de felicidad, son las cosas que la sociedad prefabricada en la que naciste te hace creer que son las metas a lograr para todo ser humano. No presumas de tus miserias impuestas, te ves patético, Brayan.

- No nena, no eres fitness porque te operaste y el cirujano te marcó los abdominales y los bíceps y te recomendaron una rutina de gimnasio, dieta y masajes para no perder los milloncitos que invertiste: los cuerpos de los verdaderos deportistas no son tan perfectos ni exagerados. Deja de engañar al prójimo, Dismary.

- No gente, la salud mental no depende de nosotros ni es una actitud, es producto de una sociedad superficial y excluyente: a ese joven con esquizofrenia que no tiene seguridad social si no toma su medicamento pueden enloquecerlo las voces en su cabeza; a esa amiga bipolar no le dan ataques de locura cuando bebe, está enferma; ese adulto mayor deprimido no tiene apoyo psico social y además su pensión no le alcanza. Dejen de creer las bobadas de los fraudulentos coaches, los curas retirados que ahora son consejeros emocionales y de cuanto pastor, pseudo artista y charlatán que pontifican sobre lo que no saben. Vayan a terapia con psicólogos de verdad. 

De nada.

Solo tu nombre

 Imposible escribir sobre ti sin pensar en inventar  un nuevo alfabeto -tendría que llenarme de neologismos para que las trajinadas palabras...